OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (670)

El milagro de las bodas de Caná

Hacia 1380

Liturgia de las Horas

París

Orígenes (+ 253)

1423: Homilías sobre el Primer Libro de los Reyes (Homilia in Librum Regnorum I [1 S] 1,2. Latine Rufino interprete)[1]. 

No se ha encontrado en Internet este texto en castellano, lo ofrecemos a continuación.

Orígenes, Homilías sobre el libro de Samuel[2]

Introducción 

En el preámbulo a su homilía, partiendo del símil propuesto en el libro del Génesis sobre la variedad de los árboles plantados en el paraíso, Orígenes reflexiona sobre las diversas formas de exhortar a la asamblea de los fieles (§ 1).

El primer paso para una correcta comprensión del pasaje bíblico es necesario escucharlo con atención, leerlo con detenimiento. Es lo que hace el predicador en este segundo párrafo. Pidiendo, al mismo tiempo, la ayuda del Señor para realizar con diligencia su servicio (§ 2).

Texto 

Preámbulo: remedios dulces y remedios amargos

1. No fue solo en otro tiempo que Dios plantó el paraíso (cf. Gn 2,8), sino que también por largo tiempo las enseñanzas divinas han hecho acceder a los mortales a su ciudad (cf. Flp 3,20) y a los hombres a la salvación, no cesando de realizar aquello que la voz del justo pide cuando en los Salmos dice: “Condúcelos y plántalos en el monte de tu heredad” (Ex 15,17)[3]. Por eso todos nosotros pedimos ser plantación de Dios, puesto que, si no somos una plantación de Dios, una sentencia será dada por el Juez universal, nuestro Salvador, diciendo: “Toda plantación que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada” (Mt 15,13). Por tanto, Dios planta, hay una agricultura que es propia de Dios, y es necesario que este campo cultivado y plantado por Dios no tenga una sola especie de árboles, sino que, como el campo de un agricultor rico y poderoso, esté lleno de toda clase de árboles (cf. Gn 2,9). Para ver qué sucede en el campo de Dios, consideremos los campos de esta tierra que los hombres cultivan: ¿acaso el dueño[4] de una explotación agrícola tiene toda su tierra con viñedos, toda (su tierra) con higueras, toda (su tierra) con árboles frutales o palmeras? No, sino que un agricultor diligente y trabajador tiene su tierra plantada y sembrada con todas esas especies. Así, por consiguiente, comprendamos que, en el campo que Dios planta, no hay una sola especie de árboles, que producirían frutos dulces, sino que hay frutos dulces, otros ásperos al gusto, y cada uno tiene su utilidad y su don. No busquen, por tanto, en nosotros lo que ustedes tienen en el papa Alejandro[5], pues nosotros reconocemos que él nos sobrepasa a todos en la gracia de la mansedumbre[6]. Esta gracia no soy el único en proclamarla, sino que todos ustedes, por haberla experimentado, la conocen y la aprecian[7]. Y así, porque podemos y deseamos ser las plantas de un mismo campo, sin embargo, no damos frutos del mismo sabor. Reconozco que el gusto de los míos tiene algo de amargo, aunque tal vez más amargo en apariencia que en la realidad, pues la palabra de corrección parece amarga cuando corrige, pero se hace dulce cuando sana. Vean también las palabras de nuestro Señor y Salvador: ellas no contienen todas una bienaventuranza, ni todas son declaraciones de perdón e indulgencia, sino que incluso hay en sus palabras cosas ásperas y severas. Si, en efecto, él dice: “Bienaventurados” (Lc 6,20) los que hacen esto o aquello, dice asimismo: “Pobres de aquellos” (cf. Lc 6,24) que hagan esto o lo otro. He buscado también en los profetas y he constatado que son muy poco numerosos los profetas a quienes se concedió nunca dirigir al pueblo palabras amargas o severas, sino siempre dulces y suaves. Sin embargo, mis predecesores ya han señalado[8] que los salmos intitulados “A los hijos de Coré” (cf. Sal 41 [42],1; 43 [44],1; 44 [45],1, etc.), y solo en estos, parece que no contienen nada de amargo o de severo. Pero esto les fue concedido a ellos por una especie de favor divino: que los Salmos que llevan su nombre contengan siempre realidades gozosas. Por consiguiente, entre los profetas mismos hay mucha diversidad: algunos anuncian cosas tristes, otros, cosas felices. También el apóstol Pablo, que es imitador de Cristo (cf. 1 Co 11,1), dice que tiene un bastón (cf. 1 Co 4,21), evidentemente para aquellos que necesitan ser corregidos; y, en otra parte, dice que va con un espíritu de mansedumbre (cf. 1 Co 4,21), sin duda hacia aquellos cuya vida carecía de faltas. Así, se encuentra en una sola y misma epístola, a la vez palabras amargas y palabras dulces. Igualmente, en la primera epístola a los corintios, en la parte inicial dice: “Ustedes han sido colmados en Él con todas las riquezas, todas las de la palabra y todas las de la ciencia, en virtud de la firmeza que ha adquirido en ustedes el testimonio de Cristo, de manera que nos les falte ningún don de la gracia, esperando la revelación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 1,5-7). Y un poco más adelante mira cómo su lenguaje se irrita cuando dice: “No se escucha hablar sino solo de fornicación entre ustedes, y una fornicación tal que no existe nada semejante incluso entre los paganos; pues uno de entre ustedes vive con la mujer de su padre. Y ustedes están llenos de orgullo, en vez de separarlo y quitar de en medio de ustedes al que así obra” (1 Co 5,1-2). Él obra de esa forma porque aquellos a quienes dirigía su discurso no eran todos dignos de elogios y, por otra parte, no todos eran merecedores de ser corregidos. Por eso combina lo amargo con lo dulce, para que la alabanza llegue a los mejores y la reprimenda a los peores. Hemos dicho esto como preámbulo, porque sé que están habituados a oír siempre palabras agradables de parte de un padre muy dulce, mientras que los arbustos de nuestra plantación son algo ásperos al gusto, pero se convertirán, gracias a las oraciones de ustedes, en un remedio de salvación; puesto que ciertos remedios son dulces, otros ásperos y, en ocasiones, amargos; y, sin embargo, cada uno en su ámbito procura un alivio, si se lo toma con medida y en el tiempo oportuno.

Lectura del texto bíblico

2. La historia que nos ha sido leída del primer libro de los Reyes parece tan difícil que, sin la gracia de la fuerza divina, no se puede exponer una explicación. Allí, en efecto, se refiere: “Había un solo hombre de Armathem Sipha, de la montaña de Efraím, y su nombre era Helchana” (1 S 1,1)[9]. Y después de enumerar toda su genealogía, dice: “Tenía dos mujeres, dice (la Escritura), el nombre de una era Ana; y el nombre de la segunda era Fennana. A Fennana le nacieron hijos, y Ana no tenía hijos. Este hombre subía desde su ciudad, en días fijos, para adorar e inmolar al Dios de los Ejércitos[10] en Silo. Allí estaban Helí y sus dos hijos, Ofni y Finees, sacerdotes del Señor. Llegado el día en que Helchana inmolaba; dio porciones a su mujer Fenanna, a todos sus hijos e hijas. Pero a Ana le dio una porción, porque no tenía hijos[11], pues Dios había cerrado su matriz” (1 S 1,2-5). Después, la Escritura refiere que Ana estaba triste (cf. 1 S 1,7), puesto que, a diferencia de Fennana que había recibido numerosas porciones con sus hijos (cf. 1 S 1,4), ella misma no había recibido más que una sola porción (cf. 1 S 1,5). Y traspasada por este dolor entró en el templo del Señor, lloró y oró (cf. 1 S 1,10) en silencio sin que se oyera su voz (cf. 1 S 1,13), y el sacerdote Helí creyendo que estaba ebria, la increpó (cf. 1 S 1,13-14); pero ella respondiendo con humildad le dio satisfacción, y oró al Señor para concebir, prometiendo consagrar a Dios la criatura que engendrara (cf. 1 S 1,11). Y cuando, luego de su promesa, recibió un hijo (cf. 1 S 1,20), se refiere que, cuando lo destetó, lo ofreció a Dios (cf. 1 S 1,20-28); pues no podía ofrecerlo al Señor antes de haberlo destetado. Por tanto, ella lo ofreció con una oración notable por sus misterios proféticos (cf. 1 S 2,1-11).



[1] Continuamos con nuestra opción de respetar el orden propuesto por la Clavis Patrum Graecorum. Y dejamos de lado aquellas obras del Alejandrino que solo han llegado hasta nosotros de modo fragmentario.

[2]. Edición crítica de Pierre y Marie-Thérèse Nautin en Sources chrétiennes (= SCh), n. 328, Paris, Eds. du Cerf, 1986, pp. 93 ss. Cf. Origenes Werke. Achter Band. Homilien zu Samuel I, zum Hohelied und zu den Propheten, Kommentar zum Hohelied, in Rufins und Hieronymus’ Übersetzungen, ed. W. A. Baehrens, Leipzig, J. C. Hinrichs’sche Buchhandlung, 1925, pp. 1 ss. (Die griechischen christlichen Schriftsteller der ernsten drei Jahrhunderte, 33). Adoptamos la numeración propuesta en la edición de SCh. Los subtítulos son propios. Es posible que Orígenes haya pronunciado seis homilías sobre el libro de Samuel. Solo dos nos han llegado de forma completa, la presente -que es la primera de la serie- que se ha conservado en versión latina de Rufino. Y la que trata sobre 1 S 28,3-25, que sería la quinta, de la cual poseemos el texto griego. Ofreceremos su versión a continuación de la presente.

[3] Orígenes comete un error de memoria, pensando que leyó el pasaje en un salmo, en tanto que se trata del canto de los niños de Israel, en el libro de Éxodo (SCh 328, p. 95, nota 2).

[4] Lit.: paterfamilias.

[5] Se refiere al obispo Alejandro de Jerusalén (+ hacia 251).

[6] O: suavidad, delicadeza, condescendecia (lenitas).

[7] O: la aprueban (probatis).

[8] ¿Se refiere a la obra atribuida a Josipo que trata sobre los títulos de los Salmos? Cf. SCh 328, p. 98, nota 1.

[9] O: Elcaná. Habitualmente me limito a transliterar los nombres tal cual aparecen en versión latina de Rufino.

[10] O: poderes (virtutum).

[11] Falta la frase: “aunque era su preferida”. “Esta omisión no debe remontarse al mismo Orígenes, es imposible que citara de memoria un texto tan largo y que, además, tiene variantes en otras traducciones de la Biblia diferentes de la Setenta; seguramente leía de la Biblia que tenía en la mano mientras predicaba. Pareciera que el olvido se debe a un copista griego, lo cual impulsó a Rufino a introducir la palabra quia (en vez de “y” del texto griego) para relacionar los vocablos: non enim habebat filios (no tenía hijos) con la proposición concluserat Dominus vulvam eius (había cerrado el Señor su vulva)” (SCh 328, pp. 100-101, nota 2).