OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (607)

Moisés recibiendo los mandamientos

Hacia  1322

Región del Lago de Constanza, Alemania

Orígenes, Veintiséis homilías sobre el (libro) de Josué

Homilía VIII: Sobre la toma y el saqueo de Hai (Jos 8,1 ss.)

Introducción

El combate con el enemigo, con el demonio, es tarea de toda la vida, y no de un solo momento (§ 7.5-7).

Texto

La guerra sin cuartel contra el pecado

7.5. En consecuencia, si cuando lees en las Escrituras santas sobre las luchas de los justos, las matanzas y los estragos de los asesinatos, y que los santos no perdonan a ningún enemigo; que, incluso más, se les imputa como pecado, tal como se le computó a Saúl que había dejado con vida a Agag, rey de Amalec (cf. 1 S 15,8-9); entonces, esa forma, que antes expusimos, utilízala para entender las luchas de los justos, que se deben interpretar como las guerras de ellos contra el pecado. ¿Cómo, entonces, subsistirán los justos si conservan en sí mismos algún mínimo pecado? Y por eso se dice sobre esto: “No dejaron ni uno que sobreviviera o huyera” (cf. Jos 8,22).

Prepararse para el combate

7.6. Tal vez, no me creas que se nos manda es contra el pecado. Pero cree a Pablo que dice: “Todavía no resistieron hasta derramar sangre contra el pecado” (Hb 12,4). Ves, te propone la lucha contra el pecado hasta derramar sangre; esta guerra es para ti hasta el final. ¿O no señala esto con evidencia la Escritura divina con estas palabras que acostumbra repetir: “Purifíquense para la guerra” (Jl 4,9 LXX)[1]; y: “Combatan en el combate del Señor” (1 S 18,17)[2].

Conclusión

7.7. ¿Qué otra forma hay para santificar la guerra a no ser el exterminio de todos los enemigos de nuestra alma, que son los vicios de los pecados, y “mortificar los miembros que están sobre la tierra” (Col 3,5), y amputar todas las malas concupiscencias? Así, santificados en el cuerpo y en el espíritu llegaremos a la presencia del Dios viviente y seremos coronados con la palma de la victoria por el mérito de la virtud, por nuestro Señor Jesucristo. A quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. 1 P 4,11).



[1] Lit.: “Santifíquense para la guerra” (Sanctificate bellum).

[2] Vulgata: Proeliare bella Domini. Falta en la LXX.