OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (801)

Jesucristo buen pastor

1300-1500

Etiopía

Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos

Homilía III sobre el Salmo 77 (78) 

Introducción 

Jesús es la roca de la manan torrentes de agua viva que abrevan toda la tierra. Es una roca que se dejó “partir” para regalarnos su agua de vida en la resurrección (§ 3.1). 

Es necesario mantener en nuestros corazones la “memoria Dei”, vivir en un recuerdo constante de las palabras que hemos recibido de nuestro Salvador y Señor. No echar en olvido lo que aprendemos y recibimos en nuestras asambleas (§ 3.2).

A pesar de nuestras faltas, de nuestro hablar mal contra Dios, de nuestras murmuraciones contra Él, en su misericordia nunca nos abandona. Es más, nos prepara una mesa llena de alimentos espirituales (§ 4.1).

La falta de fe en Dios nos expone al pecado, nos hace víctimas de las flechas encendidas del Maligno. Por tanto, debemos fortalecer nuestra fe, para permitir al Espíritu Santo que se eleve en nuestras vidas (§ 4.2).

El último párrafo (n. 5) de la presente homilía encuentra una valiosa ayuda para su comprensión en el siguiente texto del Alejandrino:

«Todo lo que hacen los santos, se dice que es Cristo quien lo realiza, como también lo afirma el Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece, Cristo” (Flp 4,13). Además, el Señor mismo en los evangelios ha ofrecido sobre este punto una muy bella distinción, cuando dice: “Quienquiera que me confiese ante los hombres, yo también me declararé a favor de él delante de mi Padre que está en los cielos. Pero quien me niegue delante de los hombres, yo también renegaré de él delante de mi Padre” (Mt 10,32-33). Lo ves, los que confiesan, lo confiesan a Él, como Él mismo vive en ellos y realiza las obras de vida. Pero para quienes los niegan, no mantiene ni siquiera la comparación verbal, de modo que no dice que quien lo niega Él también renegará de él, sino: “El que me reniegue ante los hombres, yo también renegaré de él ante mi Padre”, para mostrar que el que lo reniega, ciertamente está fuera de Él, pero quien lo confiesa está en Él»[1].

Texto

Cristo es la roca de la que manan torrentes de agua

3.1. Y así como Dios “partió la roca en el desierto y les dio de beber como de un gran abismo” (Sal 77 [78],15), también ahora parte las rocas en el desierto del mundo y nos da el agua en el páramo. ¿Quién, en efecto al leer estas Escrituras, especialmente los pasajes más susceptibles de aporías, no dirá que estos son áridos, sin agua, sin que podamos abrevarnos en el conocimiento de la realidad? Y, sin embargo, cuando Dios lo concede, y es golpeada la roca, es decir, la dureza de las Escrituras, de ellas mana el agua y brotan torrentes. Pues Dios “partió la roca en el desierto y les dio de beber como de un gran abismo, y sacó agua de la roca” (Sal 77 [78],15-16). ¿Quién, al ver a Jesucristo, sobre quien está escrito: “Lo hemos visto, y no tenía apariencia ni belleza, sino que su apariencia era sin honor y despreciable[2] respecto a los hijos de los hombres, varón de dolores y en la aflicción, y que sabía sobrellevar su debilidad” (Is 53,2-3), no dirá: “Esto es una roca. Qué se puede hacer con esto”? Pero mira cuantos ríos han brotado de Él y han regado todo el mundo habitado (cf. Jn 7,38). Por ejemplo, en la jornada del día de hoy las Iglesias que están bajo el cielo, en memoria de la resurrección de Jesucristo se abrevan con aquella agua que ha brotado de la roca, aquella agua sobre la cual algunos decían: “·Lo hemos visto y no tenía apariencia ni belleza” (Is 53,2). Y, sin embargo, Él es la roca de la cual la Escritura dice: “Pero la roca era Cristo” (1 Co 10,4). 

No olvidemos las palabras que nos han sido dichas

3.2. “Hizo bajar como ríos las aguas” (Sal 77 [78],16). Si Dios, también hoy, quiere hacer descender desde los cielos como ríos las aguas, las hace descender de los cielos. No obstante, y aunque sucedan todas estas cosas, nosotros somos de nuevo pecadores y esto está escrito. No porque miremos aquel pueblo por el hecho que pecó, sino porque consideramos si también nosotros no estamos en la misma situación. Ha sido escrito: “Y además se pusieron a pecar contra Él, provocaron al Altísimo en la tierra árida” (sal 77 [78],17). Si después de esta asamblea, después de la enseñanza, después de la exhortación, después de las palabras de aliento, saliendo, pecamos de nuevo, olvidando las palabras que nos han alimentado y el agua que brota de la roca, ¿acaso nosotros no provocamos también al Altísimo en la tierra árida? ¿Acaso no tentamos a Dios en nuestros corazones (cf. Sal 77 [78],18) y decimos aquellas mismas palabras, como está escrito que dijeron entonces, “pidiendo alimento para sus almas[3]” (Sal 77 [78],18)?

El amor misericordioso de Dios

4.1. A menudo, en efecto, dudamos que Dios nos dé el alimento en este desierto. Y puesto que carecemos de alimento y desesperamos de tenerlo, dado que no lo vemos manifestado en forma sensible, hablamos mal de Dios y decimos: “¿Acaso podrá Dios preparar una mesa en el desierto? Pues ha golpeado la roca y brotaron las aguas y los torrentes se han inundado” (Sal 77 [78],19-20). Si fuimos abrevados, ¿acaso no podremos recibir también el alimento? “¿No puede también dar pan o preparar una mesa a su pueblo?” (Sal 77 [78],20). Pero comprende que también nosotros desesperamos de que pueda preparar una mesa en el desierto. Pero Él no insiste en mostrarnos[4] nuestros pecados, sino que nos presenta una mesa llena de alimentos espirituales.

No pequemos por falta de fe

4.2. Sobre esta mesa hemos aprendido que “si te sientas para comer en la mesa de los poderosos, considera con inteligencia las cosas que se te ofrecen y extiende tu mano, sabiendo que deberás preparar cosas semejantes” (Pr 23,1-2 LXX)[5]. Por tanto, digamos: “¿O puedes preparar una mesa para su pueblo?” (Sal 77 [78],20). Y agreguemos: “Por eso el Señor oyó e irrumpió[6], y se encendió un fuego contra Jacob” (Sal 77 [78],21). Donde hay falta de fe, allí está el fuego: pues las flechas encendidas del Maligno (cf. Ef 6,16) caen sobre aquellos que no creen. Y si entonces “se enciende un fuego contra Jacob”, cuánto más grande ahora. Si nosotros pecamos, se encenderá un fuego. Ahora bien, aquel fuego era un fuego sensible, no golpeaba el alma. Pero si ahora se enciende un fuego, nos procura la muerte: no la muerte por la que ellos murieron, según el símbolo que les sucedió a ellos, sino la muerte eterna. Por esto no pequemos por falta de fe[7] en Dios, no sea que se encienda un fuego y también entre nosotros “suba la ira contra Israel” (Sal 77 [78],21). No suba, entonces, la ira, si no que el Espíritu Santo se eleve. Porque si se nos encuentra más abatidos, la ira sube sobre nosotros; sin embargo, si la ira se eleva, ¿por qué se eleva? Si se enciende un fuego. Tenemos que comprender por qué motivo se enciende un fuego.

“Creer a Dios” y “creer en Dios”

5. “Pues no creyeron en Dios y no esperaron en su salvación” (Sal 77 [78],22). Es algo bueno no solo creer a Dios, sino también creer en Dios. Sé, en efecto, que hay una diferencia entre “creer a Dios” y “creer en Dios”: “Abraham creyó a Dios y le fue contado para justicia” (Gn 15,6; Rm 4,3). Pero estos, a quienes la Palabra reprende, “no creyeron en Dios” (Sal 77 [78],22). Por tanto, ¿cómo comprenderemos “creer a Dios” y “creer en Él? Recuerdo haber comentado un pasaje del Evangelio que me resultó útil para precisar la diferencia entre creer “a Dios” y “creer en Dios”. El texto es así: «El que confiese en mí delante de los hombres, también yo confesaré en él delante de mi Padre que está en los cielos. Pero cualquiera que me niegue -ya no dice “en mí” porque aquel que reniega no está en Cristo, sino “cualquiera que me niegue”-, también yo lo negaré» (Mt 10,32-23)[8]: no ha dicho “en él”, sino “lo negaré”. Por consiguiente, según estas palabras, si se hace confesión en el Salvador, también el Salvador confiesa en aquel que lo confiesa; pero si se niega, no en el Salvador, aquel que niega lo hace no estando más en él. Y desde el momento que ya no está en aquel que niega, el Salvador también lo niega. En consecuencia, en virtud de tal palabra, creer “en Dios” es más grande que “creer a Dios”. Pero el inicio del progreso [espiritual] está en el creer a Dios, para que después de esto, estando en Dios, y permaneciendo en Él creamos a Dios mismo mediante Jesucristo nuestro Salvador a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. 


[1] Orígenes, Homilías sobre el libro de los Jueces, II,1.3. Cf. Origene, pp. 264-265, nota 11.

[2] O: desechable.

[3] O: para sus vidas.

[4] El verbo prosphiloneikeo significa rivaliza, trabaja con ardor o emulación. Por tanto, la traducción literal sería: no trabaja con ardor en nuestros pecados.

[5] Cf. Orígenes, Homilías sobre el Levítico, XIII,4: «¿Quién de nosotros tiene una mesa tan pura como para que sean ofrecidos sobre ella los panes del Señor? Salomón dice: “Si te sientas a cenar en la mesa de un poderoso, comprende sabiamente lo que te sirven” (Pr 23,1). ¿Cuál es entonces esta mesa del poderoso, sino el entendimiento de quien decía: “Todo lo puedo en aquel que me conforta, Cristo” (Flp 4,13), y: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12,10)? En esta mesa pura, esto es, en este corazón, en esta alma, el pan es ofrecido al Señor. A la mesa de este poderoso Apóstol, si te sientas a cenar, comprende sabiamente lo que se te sirve; es decir, advierte espiritualmente lo que se te dice, para que puedas hacer lo que agrega, porque afirma (la Escritura): “Conoce que debes preparar (alimentos) semejantes” (Pr 23,2 LXX)».

[6] Lit.: aplazó, la entrada en la tierra prometida.

[7] Lit.: no seamos incrédulos.

[8] Mantengo una traducción muy literal del texto de Mt para que se comprenda la argumentación de Orígenes.