OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (915)

La parábola de los malvados arredantarios de la viña
Hacia 1350
Alemania
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Orígenes subraya la necesidad de estar a los pies del Cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que es su cuerpo místico, para poder recibir la curación de nuestras enfermedades espirituales. Solo a los pies del Señor y de su Iglesia se recibe la necesaria sanación que nos permita “actuar según razón” (§ 18.1-2).
Jesús subió a la montaña
18.1. “Tras alejarse de allí -por lo dicho anteriormente, queda claro que este lugar pertenecía al territorio de Tiro y Sidón-, Jesús llegó al mar de Galilea, el que se suele llamar lago de Genesaret, y de nuevo subió a la montaña y, una vez allí arriba, se sentó” (cf. Mt 15,21. 29; Lc 5,1).
La montaña llamada Iglesia, donde Jesús sana
18.2. Por lo tanto, se puede decir que, a esta montaña, donde Jesús se sienta, no solo suben los que están sanos, sino que junto a los sanos suben también aquellos que han sufrido diversas aflicciones. Y tal vez esta montaña, a la que Jesús sube y se sienta, sea la que más comúnmente se llama Iglesia, que por obra del Verbo de Dios ha sido elevada por encima del resto de la tierra y de sus habitantes. A ella no acceden los discípulos, que han dejado a las multitudes, como ocurrió con ocasión de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,1), sino muchas multitudes, de las que no se indica que fueran sordas o estuvieran afectadas por algún sufrimiento, sino que incluían a personas de ese tipo. Y, de hecho, se puede ver, entre la multitud que sube a esta montaña, donde se sienta el Hijo de Dios, a algunos que se han vuelto sordos a lo que se proclama, a otros ciegos en el alma, que no ven la luz verdadera (cf. Jn 1,9-10), a otros cojos e incapaces de caminar según la razón, y a otros lisiados e incapaces de actuar según la razón. Ahora bien, aquellos que padecen estas enfermedades espirituales y suben a la montaña donde se encuentra Jesús, acompañándose de las multitudes, mientras permanecen lejos de los pies de Jesús (cf. Mt 15,30), Él no los cura; pero cuando, afectados como están por tales males, son depositados por las multitudes a sus pies, es decir, junto a las extremidades del cuerpo de Cristo, aunque no sean dignos de ello por lo que hay en ellos, entonces Él los sana (cf. Mt 15,30).
La sanación que se opera en la Iglesia por el poder de Jesucristo, nos abre los oídos, nos suelta la lengua y nos permite ver con los ojos del espíritu la obra creadora y redentora de la Santísima Trinidad. Y es por el bautismo que entramos de lleno en esta nueva realidad, que transforma nuestra entera humanidad (§ 18.3).
La sabiduría del designio divino
18.3. Y cuando tú ves, en la asamblea de la que comúnmente se llama Iglesia, situados detrás de los últimos miembros de ella, en cierto sentido a los pies del cuerpo de Jesús, es decir, de la Iglesia, a los catecúmenos que llegaron con su sordera, ceguera, cojera y deformidad, y que, con el tiempo, según la palabra [de Jesús] (cf. Mt 11,5), no te equivocarías al decir que esos hombres, que subieron en compañía de las multitudes de la Iglesia a la montaña donde está Jesús, fueron colocados a sus pies y sanados por Él. De modo que la multitud de la Iglesia está llena de asombro al ver (cf. Mt 15,29-31) los cambios positivos que se han producido a partir de tales males, y podría decir: estos que antes eran sordomudos, ahora proclaman la palabra de Dios, y los tullidos caminan (cf. Mt 11,5), cumpliéndose no solo a nivel corporal, sino también espiritual, la profecía de Isaías: “Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua de los mudos se soltará[1]” (Is 35,6). Y si en este texto no se dice por casualidad: “Como un ciervo saltará el cojo”, diremos que no sin razón aquellos que antes eran cojos y que, por obra de Jesús, saltan como ciervos, han sido comparados con el ciervo: animal puro, hostil a las serpientes, al que su veneno no puede hacer daño. Al ver a los sordomudos que hablan, se cumple también la profecía que dice: “Se soltará la lengua de los mudos” (Is 35,6), o mejor dicho, aquella que dice: “Sordos, escuchen” (Is 42,18). Incluso los ciegos ven, según la profecía que, tras decir: “Escuchen, sordos”, añade: “Levanten la vista para ver, oh ciegos” (Is 42,18). Y los ciegos ven cuando, al contemplar el mundo, a partir de la grandeza y la belleza de las criaturas, por analogía contemplan a su autor (cf. Sb 13,5) y cuando, a partir de la creación del mundo, disciernen las perfecciones invisibles que pueden contemplarse con el intelecto en las obras que Él ha realizado (cf. Rm 1,20), en el sentido de que las ven y las comprenden con atención y claridad.
Mientras que las multitudes se llenan de asombro ante las curaciones que Jesús realiza, en cambio, los discípulos no se impresionan. Ante esto, el Señor les recuerda el fundamento de su seguimiento, qué comportamiento debemos tener y mostrar en la Iglesia: una gran ternura, una enorme compasión (§ 18.4).
La compasión de Jesús
18.4. Al ver estas cosas, las multitudes glorificaban al Dios de Israel (cf. Mt 15,31), y lo glorificaban porque estaban convencidas de que el Padre de aquel que había sanado a las personas de las que se ha hablado es el mismo [Dios] que el Dios de Israel. De hecho, no es solo el Dios de los judíos, sino también de los gentiles (cf. Rm 3,29). Hagamos subir, entonces, junto con nosotros, a la montaña donde Jesús se asienta -su Iglesia- a aquellos que quieran subir en nuestra compañía: los sordos, los ciegos, los cojos, lisiados y muchos otros enfermos, y depositémoslos a los pies de Jesús, y hagamos que las multitudes se llenen de asombro ante la curación de estos (cf. Mt 15,29-31). De los discípulos no se dice, de hecho, que se sorprendieran ante estas cosas, a pesar de estar entonces presentes junto a Jesús, como se desprende claramente del texto: «Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento gran compasión por [esta] multitud”…» (Mt 15,32), y lo que sigue.
Se abre ahora una nueva propuesta de lectura de los Evangelios a partir del encuentro con Cristo: quiénes lo siguieron, quiénes se acercaron a Él, dónde se le aproximaron, quiénes fueron llevados a su presencia (§ 18.5).
La sabiduría que encontramos en los Evangelios
18.5. Quizás, además, si prestaras buena atención a las palabras: “Se acercaron a él muchas gentes” (Mt 15,30), descubrirías que los discípulos no se habían acercado a Él en ese momento, sino que ya hacía tiempo que habían empezado a seguirlo y lo siguieron también a la montaña. Se acercaron a Él aquellos que estaban por debajo de los discípulos y fue entonces cuando se le acercaron por primera vez aquellos que no padecían los mismos males que los que habían subido en su compañía. Observa luego, en el Evangelio, quiénes son aquellos que, según está escrito, siguieron a Jesús, quiénes aquellos que se le acercaron y quiénes aquellos que fueron llevados ante él, y quiénes aquellos entre los que hay que distinguir quiénes le precedieron de quiénes le siguieron, y quiénes aquellos que se le acercaron, entre los cuales hay que distinguir cuáles se le acercaron en casa y cuáles en otros lugares. De hecho, a partir de esta observación, descubrirías muchos elementos al comparar lo espiritual con lo espiritual (cf. 1 Co 2,13), elementos dignos de la sutil sabiduría de los Evangelios.
Orígenes compara el presente relato de la multiplicación de los panes con aquel contenido en el capítulo catorce del Evangelio. Pero renuncia a hacer la exégesis del segundo para no repetirse (§ 19.1-2)[2].
Dos textos evangélicos
19.1. “Y Jesús, llamando a sus discípulos, les dijo…” (Mt 15,32). Anteriormente, en referencia al relato similar a este sobre los panes, antes de la multiplicación de los panes, «Jesús, al bajar de la barca, vio a una gran multitud, sintió compasión por ellos y sanó a sus enfermos. Al caer la tarde, se le acercaron los discípulos y le dijeron: “Este lugar está desierto y ya es avanzada la hora; despídelos”» (Mt 14,14-15), y lo que sigue. Ahora, en cambio, tras la curación de los sordos y de todos los demás enfermos, siente compasión por esta multitud, que lleva tres días con Él y no tiene qué comer (cf. Mt 15,32). En el otro pasaje están los discípulos que le suplican por los cinco mil (cf. Mt 14,21); aquí es Él mismo quien habla de los cuatro mil (cf. Mt 15,32. 38).
Comparación de ambos pasajes
19.2. Aquellos, [en el primer relato], vienen alimentados al atardecer tras haber pasado el día con Él (cf. Mt 14,15); estos, [los del segundo relato], tras su testimonio de que permanecieron tres días con Él, reciben pan para que no desfallezcan durante el camino (cf. Mt 15,32). Y mientras que en el primer caso los discípulos le dicen que solo tienen cinco panes y dos peces sin que Él les pregunte (cf. Mt 14,17), en el segundo, en cambio, cuando Él les pregunta, le responden que tienen siete panes y unos pocos peces (cf. Mt 15,34). En el primer caso, Jesús ordena a la multitud que se recuesten (cf. Mt 14,19), y no que se acuesten en la hierba; de hecho, también Lucas escribió: “Hagan que se acomoden” (cf. Lc 9,14); y Marcos: “Les ordenó que todos se acomodaran” (Mc 6,39); en este caso, en cambio, no ordena, sino que instruye a la multitud para que se recueste (cf. Mt 15,35). Además, en el primer caso, los tres evangelistas dicen con las mismas palabras: “Tomó los cinco panes y los dos peces, elevó los ojos al cielo y los bendijo” (Mt 14,19; Mc 6,41; Lc 9,16), mientras que aquí, según relatan Mateo y Marcos, tras dar gracias, Jesús los partió (cf. Mt 15,36; Mc 8,6). Mientras que en el primer relato la gente se acomoda sobre la hierba (cf. Mt 14,19), aquí se recuestan en el suelo (cf. Mt 15,35). Buscarás luego, en estos relatos, las variaciones introducidas por Juan, quien, a propósito de esa acción, escribió que Jesús dijo: “Hagan que la gente se recueste, y que dio las gracias y repartió los panes entre las personas que estaban recostadas” (cf. Jn 6,10-11), mientras que ni siquiera ha mencionado el comienzo de este segundo relato.
Con un cuidado casi escrupuloso Orígenes va poniendo de relieve las diferencias entre la primera y la segunda multiplicación de los panes, decantado claramente hacia la superioridad de esta última (§ 19.3).
La primera multitud es inferior a la segunda
19.3. Por consiguiente, teniendo en cuenta la diferencia entre los distintos relatos de la multiplicación de los panes, opino que estas personas[3] son de un nivel superior al de las anteriores; por eso estos últimos son alimentados en la montaña (cf. Mt 15,29) y los primeros en un lugar desierto (cf. Mt 14,13); y mientras que estos últimos permanecieron nada menos que tres días con Jesús (cf. Mt 15,32), aquellos apenas un día, y al atardecer fueron alimentados (cf. Mt 14,15). Además, si no es lo mismo lo que hace Jesús por iniciativa propia (cf. Mt 15,32) y lo que hace siguiendo el consejo de los discípulos (cf. Mt 14,15), considera si no son superiores aquellos a quienes Jesús beneficia espontáneamente, habiéndolos alimentado con el fin de mostrarles benevolencia. Si, según Juan, los panes de los que sobraron doce cestas eran panes de cebada (cf. Jn 6,9. 13), mientras que no se dice nada parecido sobre los de la segunda multiplicación, ¿no serán estos mejores que los primeros? En la primera multitud curó a los enfermos (cf. Mt 14,14), mientras que aquí Jesús cura a los que acompañan a la multitud y no están enfermos, sino ciegos, cojos, sordos y lisiados (cf. Mt 15,30); por eso los cuatro mil se quedan asombrados (cf. Mt 15,31), mientras que no se dice nada parecido respecto a los enfermos. Son mejores, en mi opinión, aquellos que comieron de los siete panes sobre los que se dio las gracias (cf. Mt 15,34. 36), que aquellos que comieron de los cinco panes sobre los que se pronunció la bendición (cf. Mt 14,17. 19), y son mejores aquellos que comieron de los pocos pececitos (cf. Mt 15,34), que aquellos que comieron de los dos peces (cf. Mt 14,17); quizá incluso aquellos que se han sentado en el suelo (cf. Mt 15,35) sean mejores que aquellos que solo se recostaron sobre la hierba (cf. Mt 14,19) . Aquellos, con menos panes, dejaron doce cestas (cf. Mt 14,20); estos, con más panes, dejaron siete cestas (cf. Mt 15,37), siendo capaces de recibir mejores dones. Y, tal vez, estos se elevan por encima de todos los lugares de la tierra y se sientan sobre ellos (cf. Mt 15,35), mientras que los que se recuestan sobre la hierba (cf. Mt 14,19) se apoyan únicamente en su carne: “Toda carne, en efecto, es como hierba” (Is 40,6).
Mediante una reflexión sobre el sentido de despedida-liberación se termina el tratamiento del capítulo quince del Evangelio según san Mateo. El Señor Jesús no quiere dejarnos sin el necesario alimento material y espiritual para el camino de la vida presente (§ 19.4).
Despedidas
19.4. Fíjate también en que Jesús no quiere dejarlos ir en ayunas, para que no se desmayen, privados de los panes de Jesús, y no les suceda que se tambaleen en el camino de vuelta a casa (cf. Mt 15,32). Fíjate también si en algún sitio se menciona que Jesús haya despedido a las multitudes, para ver la diferencia entre aquellos a quienes despide después de haberles dado de comer, y los demás a quienes despide en otras circunstancias; un ejemplo de despedida en otras circunstancias es la frase: “Mujer, estás ‘liberada’[4] de tu enfermedad” (Lc 13,12). Además, a los discípulos, que siempre están con Jesús, no los despide; en cambio, despide a las multitudes, después que comieron. Del mismo modo, los discípulos, sin ningún gran desprecio hacia la cananea, dicen: “Despídela, porque va gritando detrás de nosotros” (Mt 15,23), pero no aparece en absoluto que el Salvador la despida. De hecho, al decirle: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como deseas”, curó a su hija de en ese instante (cf. Mt 15,28), pero desde luego no está escrito que la despidiera.
Conclusión
19.5. Todo esto es lo que hemos podido, por el momento, examinar y considerar en relación con el texto que tenemos ante nosotros.
