OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (909)

La confesión de san Pedro

Siglo XI

Evangeliario

Reichenau, Alemania

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

En su controversia con los ancianos procedentes del judaísmo, Jesús va a referirse a dos mandamientos relativos al comportamiento para con los padres. Orígenes, por su parte, señala que san Mateo no cita los textos correspondientes tal cual figuran en el Decálogo., sino de una forma “sintética” (§ 9.1).

La forma en que Mateo cita dos mandamientos de la Ley

9.1. Por su parte, Jesús no les reprende por una tradición de los antiguos judíos (cf. Mt 15,2), sino por dos mandamientos fundamentales de Dios (cf. Mt 15,3), uno de los cuales era el quinto del Decálogo y que decía así: “Honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien y vivas muchos años en la tierra que el Señor tu Dios te da” (Ex 20,12; cf. Lv 19,3; Ef 6,2), mientras que el otro estaba escrito en el Levítico en estos términos: “Si un hombre maldice a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte; si ha maldecido a su padre o a su madre, será culpable” (Lv 20,9). Pero como queremos considerar esta palabra escrita por Mateo y que dice: “Quien maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte” (Mt 15,4), hay que determinar si dicha expresión la tomó de aquel pasaje en el que está escrito: “Quien golpee a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte” (Ex 21,15), y: “Quien maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte” (Ex 21,15). Este es el tenor de las palabras de la Ley relativas a los dos mandamientos. Pero Mateo las ha citado de forma parcial y abreviándolas, pero no según el texto mismo.

El Decálogo exigía que los hijos atendieran a las necesidades básicas de sus padres. Pero recurriendo a un ardid “legal”, que incluso los rabinos reconocían como inmoral, aunque lo consideraban válido, se liberaban de dicha obligación. Orígenes explica entonces de qué forma evitaban hacerse cargo de sus deberes filiales y cómo de la misma manera se auto exoneraban de sus deudas (§ 9.2-4). 

Lo que prescribe la Ley

9.2. ¿Qué es lo que el Salvador reprocha a los fariseos y a los escribas venidos de Jerusalén cuando dice que transgreden el mandamiento de Dios para observar su propia tradición? Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex 20,12), enseñando que el hijo nacido de ellos debía rendir el debido respeto a sus padres. Parte de ese respeto hacia los padres consistía en satisfacer sus necesidades vitales con alimento, ropa y cualquier otra cosa que se pudiera ofrecer a los propios padres.

Corbán

9.3. Los fariseos y los escribas, en cambio, han creado una tradición que contraviene la Ley y que, en términos menos claros, se encuentra en el Evangelio. Nosotros mismos ni siquiera le habríamos prestado atención, si un hebreo no nos hubiera ofrecido las siguientes aclaraciones al respecto: a veces, dice, había acreedores que se enfrentaban a deudores intransigentes que, aunque podían, no querían devolver la deuda; entonces asignaban la suma que se les debía a la cuenta de los pobres, para lo cual cada uno de los que deseaban ayudarlos, en la medida de lo posible, depositaba la ofrenda en el tesoro del templo (cf. Mc 12,43; Lc 21,1). Y a veces, en la lengua que les resultaba familiar, decían a los deudores: “Es corbán lo que me debes”, es decir, ofrenda (cf. Mc 7,11), porque he asignado esta suma a la cuenta de mi piedad hacia Dios, para los pobres. Entonces el deudor, al saber que ya no estaba en deuda con los hombres, sino con Dios y con la piedad hacia Él, se veía obligado -por así decirlo- a devolver, a su pesar, la deuda ya no al acreedor, sino a Dios, en esa cuenta de los pobres a nombre del acreedor.

El comportamiento de los hijos con sus padres

9.4. Pues bien, lo que hacía el acreedor con el deudor, lo hacían también algunos hijos con sus padres, y les decían: “Lo que te debo, tienes que saber, oh padre, o bien, oh madre, que lo recibes del corbán, de la cuenta de los pobres encomendados a Dios”. Los padres, al oír que lo que se les daba era corbán, consagrado a Dios, ya no querían recibirlo, aunque tuvieran necesidad de lo imprescindible. Los ancianos, pues, al explicar esa tradición al pueblo, decían: “Quien le diga a su padre o a su madre que lo que se da a uno de ellos es una ofrenda o un sacrificio, ya no tendrá ninguna obligación para con su padre o su madre en cuanto a la parte que debe dar para cubrir las necesidades vitales” (cf. Mt 15,5-6; Mc 7,11-12).

La tradición que defendían los fariseos y escribas comportaba una violación del mandamiento de Dios, que ordenaba honrar padre y madre, es decir, ocuparse de su sustento. Y esto lo hacían invocando el corbán, que, según aquellos, les impedía hacerse cargo de la subsistencia de quienes los habían engendrado (§ 9.5).

Se burlaban de Jesús 

9.5. Es, pues, esta tradición la que el Salvador reprende, pues no es sana, sino que se opone al mandamiento de Dios. De hecho, si Dios dice: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex 20,12), mientras que la tradición decía: “No está obligado a honrar con su sustento vitalicio al padre o a la madre quien consagra a Dios como corbán lo que debería dar a quienes lo habían engendrado (cf. Mt 15,5-6); está claro que fue el mandamiento de Dios sobre el respeto a los padres el que fue abolido por la tradición de los fariseos y los escribas (cf. Mt 15,6; Mc 7,13), según la cual quien, de una vez por todas, hubiera consagrado a Dios lo que habría correspondido a sus padres, ya no tenía la obligación de honrar a su padre y a su madre. Y precisamente como gente ávida de dinero, los fariseos enseñaban tales cosas, para quedarse, con el pretexto de los pobres, incluso con lo que se debería haber dado a los padres de cada uno. Y precisamente de su avaricia da cuenta el Evangelio cuando dice: “Los fariseos, que estaban apegados al dinero, escuchaban todas estas cosas y se burlaban de Él (Lc 16,14).

En el ámbito eclesial la raíz de muchos males ha sido y sigue siendo la avaricia. Ella se manifiesta particularmente virulenta en las personas que en la Iglesia tienen el servicio de gobierno. El terrible ejemplo de Judas es invocado para desterrar este mal de forma definitiva (§ 9.6).

La avaricia

9.6. Por lo tanto, si alguno de los que entre nosotros se denominan ancianos, o, como ocurre a veces, líderes del pueblo (cf. Hb 13,7), prefiere, en nombre de la comunidad, dar a los pobres en lugar de a los familiares de los donantes, y si resultara que estos necesiten lo imprescindible y los donantes no estén en condiciones de cumplir con ambas obligaciones, se podría llamar con toda razón a esa persona “hermano de los fariseos”, que invalidaron la palabra de Dios en nombre de su propia tradición (cf. Mt 15,6) y fueron acusados de hipócritas por el Salvador (cf. Mt 15,7; Mc 7,6). Para disuadirnos radicalmente de tomar, por celo, cosas de la cuenta de los pobres y considerar que la piedad hacia los demás es una fuente de ganancia (cf. 1 Tm 6,5), no solo está lo que estamos leyendo, sino también lo que está escrito sobre Judas el traidor, aquel que parecía preocuparse por los pobres y decía: “Se podría vender este ungüento por trescientos denarios y dárselos a los pobres” (Mc 14,5), pero que en realidad era un ladrón y, como tenía la bolsa, se quedaba con lo que le ponían dentro (cf. Jn 12,6). Si pues, ahora todavía hay alguien que tiene la bolsa de la Iglesia y habla en favor de los pobres como Judas, pero luego se queda con lo que le ponen dentro (cf. Si 4,1 ss.), que tenga su parte junto a Judas, que actuó de esta manera. A través de este mal que, como una gangrena, se anidaba en su alma, el diablo le inspiró la idea de traicionar al Salvador (cf. Jn 13,2) y, una vez que él aceptó su dardo ardiente (cf. Ef 6,16), a continuación, el mismo diablo, tras entrar en su alma, lo invadió (cf. Lc 22,3; Jn 13,27). Y probablemente, cuando el Apóstol dice: “La raíz de todos los males es el apego al dinero” (1 Tm 6,10), se refiere precisamente a la codicia de Judas, que fue la raíz de todos los males cometidos contra Jesús.