OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (908)

Jesús y la mujer cananea

Siglo XV

Liturgia de las Horas

Francia

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

Después que los discípulos, que están en la barca, reconocen, admirados, la divinidad de Jesucristo, mediante una sincera confesión de fe, se completa la travesía del lago. Y llegados a la otra orilla, Jesús cura a los enfermos que le llevan. Estas personas en un grado de extrema debilidad son presentadas por otros ante el Señor. No se acercan y tocan esa vestimenta por sí mismos, como la hemorroísa, sino merced al servicio de sus prójimos. Y queda así planteado un interrogante que debe responder el oyente de la Palabra (§ 7.1-3).

El Hijo de Dios

7.1. Y mientras tanto, tanto Jesús como Pedro subirán a la barca, el viento se calmará y los que están en la barca, al darse cuenta de los peligros de los que han sido salvados, se postrarán diciendo, no simplemente: “Tú eres el Hijo de Dios”, como los dos endemoniados (cf. Mt 8,29), sino: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”; y esto lo dicen los discípulos que están en la barca (cf. Mt 14,33); de hecho, no creo que lo hayan dicho otros discípulos. 

“Tocar su manto” 

7.2. Y cuando, con todas estas pruebas, hayamos completado la travesía (cf. Mt 14,34), atracaremos en aquella tierra en la que Jesús nos ha ordenado que le precedamos (cf. Mt 14,22). Quizás entonces se revele algún misterio inefable y oculto respecto a algunos de los que son salvados [según las palabras] de Jesús: “Los hombres de aquel lugar, evidentemente la orilla opuesta, al reconocerlo, difundieron la noticia por toda la región de los alrededores de la otra orilla -no en el mismo lugar de la orilla, sino en los alrededores- y le llevaron a todos los enfermos (Mt 14,35). En este punto observa que no solo le llevaron enfermos, sino a todos los enfermos que había en aquellos alrededores. Pero los enfermos que le llevaron le rogaban que les permitiera tocar al menos el borde de su manto (cf. Mt 14,36). Le pedían esta gracia, porque no eran como la mujer que padecía hemorragia desde hacía doce años, que se acercó a Él por detrás y tocó el borde de su manto, pues decía para sí misma: “Si al menos toco su manto, quedaré curada” -fíjate en la correspondencia entre las palabras: “el borde de su manto”-, por eso el flujo de su sangre se detuvo al instante (cf. Mt 9,20-22; Mc 5,28; Lc 8,44). 

Una pregunta

7.3. Y los que venían de los alrededores de la región de Genesaret, donde habían desembarcado tras la travesía, Jesús y sus discípulos (cf. Mt 14,34), no se acercaron a Jesús por sí mismos, sino que fueron llevados por quienes habían difundido la noticia (cf. Mt 14,35), pues eran incapaces, debido a su extrema enfermedad, de acercarse por sí mismos, y no fueron ellos solos quienes tocaron el borde de su manto, como hizo la mujer con hemorragia, sino que otros le presentaron la súplica. Y, sin embargo, entre ellos, todos los que lo tocaron quedaron curados (cf. Mt 14,36). Ahora bien, si hay alguna diferencia entre [las palabras]: “quedaron curados” dichas sobre estos enfermos y la curación de aquella -pues a la mujer con hemorragia se le dice: “Tu fe te ha salvado” (Mt 9,22)-, lo determinarás tú mismo.

Luego de citar el texto evangélico que va a comentar, Orígenes pone de relieve la importancia del “momento” (“entonces”) en que los fariseos y escribas, procedentes de Jerusalén, van a interpelar a los discípulos (§ 8.1-2).

El texto evangélico

8.1. «Entonces se le acercaron los fariseos y los escribas que habían venido desde Jerusalén diciendo: “¿Por qué tus discípulos transgreden la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos al comer[1]”» (Mt 15,1-2). 

El momento

8.2. Quien haya observado en qué momento se acercaron a Jesús los fariseos y los escribas venidos de Jerusalén, diciendo: “¿Por qué tus discípulos transgreden la tradición de los antiguos?”, junto con lo que sigue, sabrá que Mateo estaba obligado a no limitarse a relatar que los fariseos y los escribas venidos de Jerusalén se habían acercado al Salvador para hacerle la pregunta expuesta, sino que debía escribir: “Entonces se acercaron a Él, venidos de Jerusalén”. Debemos entender, por tanto, a qué momento se refiere este “entonces”. Fue el momento en el que Jesús y sus discípulos, tras haber completado la travesía, habían llegado a la tierra de Genesaret en barca (cf. Mt 14,34); el viento se había calmado después de que Jesús se había subido a la barca (cf. Mt 14,32), la gente de aquel lugar lo había reconocido, había difundido la noticia por los alrededores y le habían llevado a todos los enfermos, y le habían rogado que les dejara tocar al menos el borde de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados (cf. Mt 14,35-36). Fue precisamente entonces cuando se le acercaron los fariseos y los escribas venidos de Jerusalén (cf. Mt 15,1), no asombrados por el poder de Jesús, que sanaba a quienes habían tocado al menos el borde de su manto (cf. Mt 14,36), sino con la intención capciosa de denunciar ante el maestro la transgresión, no ya de un mandamiento de Dios, sino de una tradición de los antiguos[2] judíos.

Quienes interpelan a los discípulos no les reprochan el incumplimiento de un mandamiento, sino el no atenerse a tradiciones de los antepasados judíos. Se trata de una cuestión de tradiciones, que se colocan casi en el mismo rango y valor que los mandamientos. Pero en realidad última la finalidad que se busca es atacar la autoridad del Maestro, poner entela de juicio su autoridad (§ 8.3-5).

Las tradiciones

8.3. Y parece que esta acusación de gente a la que le gusta la controversia pone de manifiesto precisamente la piedad de los discípulos de Jesús, ya que no proporcionan a los fariseos y a los escribas ningún pretexto para reprocharles una transgresión de los mandamientos de Dios: ellos no habrían dirigido acusaciones contra los discípulos de Jesús por transgredir el mandamiento de los ancianos, si hubieran podido reprochar a quienes acusaban y demostrar que estos transgredían un mandamiento de Dios.

El mandamiento de Dios 

8.4. Pero no pienses que estos son argumentos para decir que hay que observar la ley de Moisés al pie de la letra, en virtud de que los discípulos de Jesús la habían guardado hasta entonces: antes de la Pasión, que nos ha redimido de la maldición de la Ley Aquel que, al sufrir por los hombres, se convirtió en maldición por nosotros (cf. Ga 3,13). Pero, al igual que, por conveniencia, Pablo se hizo judío con los judíos, para ganarse a los judíos (cf. 1 Co 9,20), ¿qué tiene de absurdo que los apóstoles, al vivir entre los judíos, a pesar de tener una comprensión espiritual de la Ley, adoptaran ese comportamiento, al igual que Pablo, que hizo circuncidar a Timoteo (cf. Hch 16,3) y ofreció un sacrificio conforme a un voto según la Ley, tal y como está escrito en los Hechos de los Apóstoles? (cf. Hch 18,18; 21,23). No obstante, se muestran precisamente en busca de acusaciones aquellos que, a pesar de no tener nada que reprochar a los discípulos de Jesús en lo que respecta a un mandamiento de Dios lo hacen únicamente por una tradición de los ancianos. Y sobre todo así es como se pone de manifiesto su parcialidad: lanzan la acusación ante aquellos que han sido curados de sus enfermedades y, aunque dan la impresión de dirigirse contra los discípulos, en realidad es al maestro a quien pretenden acusar; pues una tradición de los ancianos consideraba que lavarse las manos era un acto esencial para la piedad. De hecho, según su opinión, las manos de aquellos que no se las habían lavado antes de comer eran inmundas e impuras (cf. Mc 7,2), mientras que las manos de aquellos que se las habían lavado con agua se volvían puras y santas, y no en sentido simbólico, sino en conformidad con la Ley de Moisés según la letra (cf. Rm 2,27).

Las manos puras

8.5. Nosotros, en cambio, esforcémonos, no según su tradición de los antiguos (cf. Mt 15,2), sino siguiendo la recta razón, por purificar más bien nuestras propias acciones y, en este sentido, lavarnos las manos de nuestras almas, cuando estamos a punto de comer los tres panes (cf. Lc 11,5), que pedimos a aquel que quiere ser nuestro amigo, Jesús. De hecho, no se debe nuestra parte de esos panes con las manos sucias, sin lavar e impuras (cf. Mc 7,2).


[1] Lit.: “comen pan”.

[2] O: ancianos.