OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (906)

Jesucristo multiplica los panes y los peces
Siglo XI
Evangeliario
Reichenau, Alemania
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Orígenes comienza a dilucidar quiénes estaban presentes en el milagro de la multiplicación de panes y peces realizado por Cristo. En su opinión quienes merecían ser contados eran solo los hombres, según la costumbre testimoniada en el Antiguo Testamento. Por otra parte, su explicación “tropológica”, está relacionada con la noción de capacidad, que encuentra en la distinción hombres-mujeres-niños (§ 3.1-2)[1].
Una posibilidad: solo hombres estuvieron presentes
3.1. Esto es lo que dice el texto: “Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar a los niños y a las mujeres” (Mt 14,21). El pasaje puede tener dos sentidos: o bien los que comieron eran efectivamente cinco mil, y entre ellos no había ningún niño ni mujer, o bien solo los hombres eran cinco mil, sin contar ni a los niños ni a las mujeres. Ahora bien, algunos lo han interpretado en el sentido que ya hemos adelantado: ni mujeres ni niños estuvieron presentes en el aumento y la multiplicación de los cinco panes y los dos peces.
Niños, mujeres, hombres
3.2. Pero se podría decir que, si bien muchos habían comido y recibido, según su dignidad y capacidad, los panes de la bendición (cf. 1 Co 10,16), los que merecían ser contados de la misma manera que los israelitas censados en el Libro de los Números (cf. Nm 1,18), eran hombres; en cambio, los que no merecían ser así contados y censados, eran niños y mujeres. Pero debes explicarme en sentido tropológico tanto la palabra “niños” según las palabras: “No les he podido hablar como a hombres espirituales, sino como a seres carnales, como a niños en Cristo” (1 Co 3,1), como el término “mujeres”, según la afirmación: “Quiero presentarlos a todos cual una virgen casta ante Cristo” (cf. 2 Co 11,2); como también la palabra “hombres”, debes interpretarla según el texto: “Cuando llegué a ser hombre, dejé atrás lo que pertenecía a la infancia” (1 Co 13,11).
Comienza en el párrafo siguiente una digresión en la que el predicador analiza dos temas: a) el significado espiritual de “recostarse en la hierba”; b) y disponerse en grupos. A su vez, este dato que ofrece el Evangelio, se amplia con el simbolismo de los números en la Sagrada Escritura (§ 3.3-5).
“Recostarse en la hierba”
3.3. Pero no sigamos adelante sin explicar el pasaje: “Después de ordenar a la multitud que se recostara sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y ellos a la multitud. Y todos comieron” (Mt 14,19-20). ¿Qué significa la expresión: “Tras ordenar a toda la multitud que se recostara sobre la hierba”, y qué sentido, acorde con la orden de Jesús, podemos entender en este pasaje? Yo considero que ordenó a la multitud que se sentara en la hierba en el sentido de la palabra de Isaías: “Toda carne es como la hierba” (Is 40,6)[2], es decir, someter la carne y domar el orgullo de la carne (cf. Rm 8,6), para poder participar de los panes bendecidos por Jesús.
En grupos
3.4. Además, al haber varios grupos de personas que necesitan el alimento que proviene de Jesús, porque no todos se nutren de las mismas enseñanzas, y creo que por esa razón Marcos escribió: “Y les ordenó que los hicieran recostar a todos, en grupos, sobre la hierba verde. Y todos se recostaron en grupos, por grupos de cien o de cincuenta” (Mc 6,39-40); y Lucas: «Y dijo a sus discípulos: “Hagan que se recuesten en grupos de unos cincuenta”» (Lc 9,14).
Las doce tribus de Israel
3.5. De hecho, era necesario que aquellos que debían encontrar descanso en las enseñanzas de Jesús estuvieran o en un grupo de cien -cifra sagrada y relacionada con Dios a causa de la mónada-, o en un grupo de cincuenta, cifra que implica el perdón, según el misterio de los jubileos (cf. Lv 25,8-12; 27,24), que se celebraban cada cincuenta años, y el de la fiesta de Pentecostés (cf. Ex 23,16; Lv 23,15-16; Dt 16,9; Hch 2,1). Creo, además, que las doce cestas se encontraban junto a los discípulos a quienes se les había dicho: “Se sentarán sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,28). Y del mismo modo que se puede decir que un misterio es el trono de quien juzga a la tribu de Rubén, otro misterio es el trono de quien juzga a la tribu de Simeón, otro el de la tribu de Judá, y así sucesivamente, del mismo modo puede ser un misterio la cesta de la que se alimenta Rubén, otro la cesta de Simeón, y otro la de Leví. Pero ahora, en el discurso que estamos manteniendo, no está permitido desviarnos tanto de nuestro tema, ni reunir lo que concierne a las doce tribus, y en particular a cada una de ellas, ni explicar qué representa cada tribu de Israel.
Empieza ahora un nuevo desarrollo, donde, en primer término, se busca esclarecer la diferencia que se comprueba en los evangelios entre las multitudes y los discípulos. Jesús tiene un modo de proceder con las primeras y otro con los segundos (§ 4.1-2).
Jesús, las multitudes y los discípulos
4.1. Y enseguida obligó a los discípulos a subir a la barca e ir delante de él a la otra orilla, mientras él despedía las multitudes[3] (Mt 14,22).
4.2. En relación con estos mismos pasajes, cabe señalar cuántas A veces se utiliza el término “las multitudes” y otras veces el de “los discípulos”, para que, a partir de la observación y la comparación de ambos, se pueda descubrir que la intención de los evangelistas era mostrarnos -en el relato evangélico- las diferencias entre aquellos que se acercan a Jesús: de ellos, algunos son multitudes y no se llaman discípulos, otros son discípulos y son superiores a las multitudes. Por el momento basta con citar algunos textos, pues a partir de ellos uno puede realizar la misma investigación en todos los Evangelios.
Una aguda observación de Orígenes señala que los discípulos nunca fueron objeto de curaciones por parte del Señor; en cambio, necesitan de Jesús para aprender a practicar las virtudes que Él les enseña y les muestra con su vida (§ 4.3).
Las multitudes necesitan sanación, los discípulos, en cambio, deben aprender las virtudes
4.3. Está escrito, pues, que mientras las multitudes se encuentran abajo, los discípulos pueden acercarse a Jesús, que ha subido a la montaña, adonde las multitudes no podían acceder: «Al ver a las multitudes, subió a la montaña y, sentándose, se le acercaron sus discípulos. Y, abriendo la boca, comenzó a enseñarles diciendo: “Bienaventurados los pobres en el espíritu”», y lo que sigue (Mt 5,1-3). En otro pasaje más se dice que, dado que las masas necesitaban curación, “le siguieron muchas multitudes y él las sanó” (Mt 12,15); sin embargo, no hemos encontrado ninguna sanación referida a los discípulos; pues si alguien ya es discípulo de Jesús, está sano y, como se encuentra bien, necesita a Jesús, pero no como médico (cf. Lc 5,31), sino por sus otras virtudes[4].
Es ciertamente muy peculiar la relación de Jesús con sus familiares. Él a todos nos invita a ser miembros de familia por medio de la escucha atenta de su palabra. Y reserva un espacio especial para sus discípulos, a quienes se les concede una enseñanza que les abre las puertas al conocimiento de “los misterios del reino de los cielos” (§ 4.4-5).
La familia de Jesús
4.4. En otro pasaje también se dice: «Mientras él hablaba a las multitudes, su madre y sus hermanos estaban fuera, intentando hablar con él. Alguien se lo hizo saber, y Jesús respondió, extendiendo la mano, no hacia las multitudes, sino hacia los discípulos, y dijo: “He aquí a mi madre y a mis hermanos”» (cf. Mt 12,46-49): y al dar testimonio a sus discípulos de que cumplían la voluntad del Padre que está en los cielos y que, por ello, merecían el nombre de parientes y familiares de Jesús, a las palabras “He aquí a mi madre y a mis hermanos”, añade: “Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es para mí un hermano, una hermana y una madre” (Mt 12,50).
Jesús enseñaba por medio de parábolas
4.5. En otro pasaje también está escrito: “Toda la multitud permanecía en la orilla y él les hablaba de muchas cosas en parábolas” (Mt 13,2-3). Luego, tras la parábola de la semilla, se acercaron -ya no las multitudes, sino los discípulos- y le dijeron, no: “¿Por qué nos hablas en parábolas?”, sino: “¿Por qué les hablas en parábolas?” (cf. Mt 13,10). Entonces él respondió y dijo, no a las multitudes, sino a los discípulos: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, mientras que a los demás se les habla en parábolas” (cf. Lc 8,10). Por lo tanto, entre aquellos que se acercan al nombre de Jesús, los que conocen los misterios del reino de los cielos podrán ser llamados discípulos; mientras que aquellos a quienes no se les ha concedido este don (cf. Mt 13,11), se los puede llamar necios, los que son inferiores a los discípulos. De hecho, fíjate bien: mientras que a los discípulos les dijo: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos”, en cambio, hablando de las multitudes les dijo: “Pero a ellos no se les ha concedido” (Mt 13,11).
Orígenes pone de relieve la diferente forma en que Jesús trata a las multitudes y a los discípulos. Él se muestra compasivo con aquellas y, en cambio, tiene una relación de cercanía con estos últimos. Sin embargo, a los discípulos les confía la distribución de los panes y los peces, que las multitudes solo podían recibir por su intermedio. La tarea de los primeros es recibir para dar. Por otra parte, se subraya que las multitudes no comen todo el alimento que se les ha dado, y los restos se recogen en doce canastos (§ 4.6-7).
Jesucristo y las multitudes
4.6. En otro pasaje más, Jesús deja a las multitudes -no a los discípulos- y entra en la casa; y es en su casa donde se le acercaron, no las multitudes, sino sus discípulos, para decirle: “Explícanos la parábola de la cizaña del campo” (Mt 13,36). Pero también en otro pasaje, cuando se enteró de las noticias sobre Juan, Jesús se retiró en una barca a un lugar desierto, apartado; las multitudes le siguieron, y al salir vio una gran multitud y sintió compasión por ellos y sanó a sus enfermos (cf. Mt 14,13-14); estos enfermos pertenecían a las multitudes, no a los discípulos. Al caer la tarde, se le acercaron, no las multitudes, sino los discípulos, como diferentes de las multitudes, diciendo: “Despide a las multitudes, para que vayan a los pueblos a comprarse de comer” (cf. Mt 14,15).
Diferencias entre las multitudes y los discípulos
4.7. Pero cuando “tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y no se los dio a las multitudes, sino a los discípulos, para que los discípulos se los dieran a las multitudes” (cf. Mt 14,19), que no podían tomarlos directamente de Él, sino que, con dificultad, a través de los discípulos podían recibir los panes de la bendición de Jesús (cf. 1 Co 10,16); y las multitudes no se los comen todos, pues, una vez saciadas, han dejado las sobras en doce cestas llenas (cf. Mt 14,20): <son evidentes las diferencias entre las multitudes y los discípulos>[5].
[1] Cf. SCh 162, p. 276, nota 2.
[2] Lit.: “toda carne es hierba”.
[3] Lit.: “a la orilla opuesta, hasta que él despidiese a las multitudes (o turbas)”.
[4] Dynameis, que también se podría traducir por poderes.
[5] El texto griego presenta en este lugar una laguna, que el Koetschau restituye con esta frase (cf. SCh 162, p. 286, nota 1).
