OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (903)

La parábola del sembrador

Hacia 1180

Francia

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

La terrible muerte que Juan Bautista sufrió a manos del tirano Herodes, delimita el tiempo del Antiguo Testamento del Nuevo. Este cambio tan importante, que va acompañado de una modificación incluso de la realidad política de Israel, ya había sido profetizado por Jacob en su lecho de muerte (§ 21.1-2).

Con la muerte de Juan Bautista se termina “la gracia profética” de los judíos

21.1. El texto de Mateo dice así: “Herodes, en efecto, había arrestado a Juan y lo había encadenado en la cárcel” (Mt 14,3). 

21.2. Mi opinión al respecto es que, así “como la Ley y los Profetas profetizaron hasta Juan” (Mt 11,13), y después de él llegó a su fin la gracia profética procedente de los judíos, así el poder de aquellos que habían reinado sobre el pueblo hasta eliminar a los considerados merecedores de muerte, duró hasta Juan, y una vez eliminado injustamente el último de los profetas por parte de Herodes, se les quitó a los judíos el poder de dar muerte. De hecho, si Herodes no hubiera sido privado de él, no habría sido Pilato quien condenara a muerte a Jesús (cf. Mt 27,26; Mc 15,15; Lc 23,24; Jn 19,16), sino que él mismo habría bastado para condenarlo, tras la decisión al respecto tomada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (cf. Mt 27,1; Lc 22,66). Fue entonces, creo, cuando se cumplió la palabra pronunciada por Jacob a Judá: “No faltará un príncipe de Judá ni un guía de Israel hasta que venga aquel a quien pertenece el poder, y él será la esperanza de los pueblos” (Gn 49,10 LXX).

El desorden moral de Herodes contribuyó a la desaparición de “la palabra profética”. Consecuentemente, se instaló la imposibilidad de anunciar la verdad con libertad (21.3-6).

El poder les fue quitado a los judíos

21.3. Quizás este poder fue arrebatado a los judíos cuando la divina providencia concedió un refugio a su pueblo en la enseñanza de Cristo, para que, aunque los judíos se oponían a ello, este poder no llegara, sin embargo, hasta el asesinato de los creyentes, con el pretexto de que era conforme a la Ley.

La actitud de Herodes fue “un acto simbólico”

21.4. “Herodes entonces había arrestado a Juan y lo hizo encadenar y lo había encadenado en la cárcel” (Mt 14,3), realizando un acto simbólico -en la medida en que le era propio y en la maldad del pueblo- que indicaba el atar y encadenar la palabra profética, e impedirle seguir siendo, como antes, heraldo de la verdad en libertad (cf. 1 Tm 2,7).

Herodes, Herodías y Felipe

21.5. «Herodes hizo esto a causa de Herodías, mujer de Felipe, su hermano; de hecho, Juan había dicho: “No te es lícito tenerla”» (Mt 14,3-4).

21.6. Este Felipe era tetrarca de la región de Iturea y de la Traconítida (cf. Lc 3,1). Algunos piensan, pues, que, al morir Felipe, que había dejado una hija, Herodes se hubiera casado con Herodías, la esposa de su hermano, ya que la Ley permitía la unión cuando no había hijos varones (cf. Dt 25,5). Pero, al no haber encontrado ninguna prueba clara de que Felipe hubiera muerto, concluimos que el delito de Herodes fue aún más grave, porque se había casado con la esposa de su hermano mientras este aún vivía.

San Juan no calla ante el deshonesto proceder de Herodes y denuncia su error. Esto le acarrea el odio de Herodías. Y su hija, con un baile, que nada de sacro tiene, suprime al que representa la presencia de la profecía en medio del pueblo de Israel (§ 22.1-2).

La sinceridad de Juan Bautista

22.1. Por eso, dotado de una franqueza profética y sin dejarse intimidar por la dignidad real de Herodes, Juan no pasó por alto tal pecado por miedo a morir, y, plenamente inspirado por Dios, le dijo a Herodes: “No te es lícito tenerla. De hecho, no es lícito tener por esposa a la mujer de tu hermano” (cf. Mt 14,3; Mc 6,18).

Una danza de muerte

22.2. Y “Herodes lo mandó arrestar, lo hizo atar y arrojar en la prisión” (Mt 14,3), sin atreverse en absoluto a matar la palabra profética (cf. 2 P 1,19) ni hacerla desaparecer de en medio del pueblo; en cambio, la esposa del rey de Traconítide, que representa una doctrina pérfida y una enseñanza perversa, había dado a luz a una hija con un nombre similar al suyo[1]; sus movimientos, aparentemente armoniosos, agradaron a Herodes, que amaba las realidades de la generación, y provocaron que el pueblo, a partir de entonces, ya no tuviera un líder profético. Hasta este punto, creo que los movimientos del pueblo de los judíos, aparentemente conformes a la Ley, no son más que los movimientos de Herodías, la hija. Pero la danza de Herodías era lo contrario de una danza sagrada, y aquellos que no la bailan, serán reprendidos y oirán decir: “Les hemos tocado la flauta, y no han bailado” (Mt 11,17; Lc 7,32).

La atrocidad del crimen de Herodes supera a la cometida por el faraón en su cumpleaños, porque san Juan Bautista es llamado en el Evangelio: “El más grande entre los nacidos de mujer” (§ 22.3-4).

El más grande los profetas

22.3. Ellos bailan por el cumpleaños, mientras reina sobre ellos una doctrina impía, para que sus movimientos se ajusten a dicha doctrina.

22.4. Por eso, uno de nuestros predecesores[2], al considerar el cumpleaños del faraón que se menciona en el libro del Génesis (cf. Gn 40,20-22), explicó que quien celebra el cumpleaños es el malvado, aquel que se deleita en las cosas de la generación. Hemos tomado de él esta idea y hemos descubierto que en ningún texto de la Escritura hay un justo que celebre el cumpleaños. En realidad, Herodes es más injusto que aquel Faraón: este, en el día de su cumpleaños, hace eliminar al jefe de los panaderos (cf. Gn 40,22); Herodes manda eliminar a Juan (cf. Mt 14,6 ss.), de quien no ha surgido nadie más grande entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11,11; Lc 7,28), y de quien el Salvador dice: “Pero, ustedes, ¿qué han salido a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, incluso más que a un profeta” (Mt 11,9; Lc 7,26).

Otra consecuencia del martirio de Juan Bautista es que, aunque con su muerte se haya perdido “la gracia profética”, sin embargo, en Cristo Jesús hemos recibido una nueva gracia en virtud de su misterio pascual. Pero esta misma realidad se ha convertido en piedra de tropiezo para el pueblo judío (§ 22.5-6).

El desprecio de la profecía

22.5. De todos modos, hay que dar gracias a Dios, porque, aunque se le haya quitado al pueblo la gracia profética, una gracia más grande que cualquier gracia profética se ha derramado sobre las naciones por medio de nuestro Salvador Jesús, que ha sido liberado de entre los muertos (cf. Sal 87 [88],6 LXX). De hecho, fue crucificado por su debilidad, pero vive por el poder de Dios (cf. 2 Co 13,4).

22.6. Además, ten en cuenta al pueblo, en el cual se examinan los alimentos puros e impuros, y luego se desprecia la profecía, ofrecida en un plato a modo de manjar. Los judíos ya no tienen el jefe de la profecía, habiendo renegado de Cristo Jesús, el punto capital (cf. Hb 8,1) de toda profecía.

Luego de señalar la grave equivocación de mantener los juramentos hechos de forma errada, Orígenes aborda el tema de las profecías sobre el Mesías, que no fueron recibidas por los judíos. Y así, se han quedado con una palabra muerta, es decir, sin esperanza (§ 22.7-8).

Peligro de los juramentos

22.7. El profeta es decapitado a causa de un juramento (cf. Mt 14,9-10), que habría sido mejor incumplir que mantener. De hecho, no cabía equiparar la culpa de prestar juramentos a la ligera y violarlos por esa misma ligereza, con el delito de eliminar a un profeta para cumplir con el juramento.

“No le quebraron ningún hueso”

22.8. La decapitación se produce no solo por este motivo, sino también a causa de los comensales (cf. Mt 14,9), quienes preferían la muerte del profeta antes que su vida. Junto a la pérfida doctrina que reina entre los judíos se sientan a banquetear aquellos que celebran su nacimiento. Y un día podrías utilizar inteligentemente este texto contra aquellos que juran a la ligera y luego quieren cumplir los juramentos aceptados por impiedad, diciéndoles que no todo juramento debe cumplirse, como en el caso de Herodes. Además, hay que prestar atención al hecho de que Herodes no manda matar a Juan a la luz del día, sino en secreto y en la cárcel (cf. Mt 14,10; Mc 6,27); en realidad, el pueblo actual de los judíos no reniega abiertamente de las profecías, sino que las reniega como puede y en secreto, y queda desenmascarado en su incredulidad respecto a ellas. De hecho, si hubieran creído en Jesús habrían creído en Moisés (cf. Jn 5,46). Del mismo modo, si hubieran creído en los profetas, habrían creído también en Aquel a quien estos habían profetizado. Pero al no creer en Él, tampoco creen en los profetas, y encerrando en la prisión a la palabra profética (cf. 2 P 1,19), la decapitan; tienen esta palabra muerta, mutilada, sin ninguna parte sana (cf. Tt 2,8), porque no la comprenden (cf. Is 6,9). Nosotros, en cambio, tenemos a Jesús íntegro, habiéndose cumplido la profecía que dice de Él: “No le será quebrado ningún hueso” (Jn 19,36; cf. Ex 12,46; Sal 33 [34],21).


[1] Flavio Josefo afirma, en cambio, que se llamaba Salomé (Antigüedades Judaicas, XVIII,5,4; trad. cit., p. 1102).

[2] Cf. Filón de Alejandría, Sobre la embriaguez (De ebrietate), 208-209: «El rey del país de Egipto, vale decir, el cuerpo, disgustado al parecer con su copero -ministro de su embriaguez-, es presentado no mucho después en los sagrados libros como reconciliado de nuevo, cuando recordó la pasión que hizo arder sus deseos en el día del nacimiento como mortal, no en el día imperecedero de la luz increada, que no conoce nacimiento. Pues se dice, en efecto: “Era el día del nacimiento del faraón” (Gn 40,20), cuando mandó traer al copero mayor de la prisión para brindar. Es, en efecto, propio del amante de las pasiones considerar luminoso lo que es creado y perecedero, porque vive en la noche y en la oscuridad profunda frente a la ciencia de las cosas incorruptibles...» (trad. en: Filón de Alejandría. Obras completas [Ed. José Pablo Martín]. Volumen II. Madrid, Ed. Trotta, 2010, p. 459).