OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (899)

El Credo de los Apóstoles

Siglo XIV

Francia (?)

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo 

Jesús pasó por la experiencia de ser tenido en menos por sus compatriotas. Estos no podían creer que su madre era virgen y que Él fuera el Mesías (§ 17.1).

Lo menospreciaban en su tierra

17.1. Las palabras, pues, “¿de dónde viene esta sabiduría?” (Mt 13,54), ponen claramente de manifiesto la sabiduría superior y excepcional de las palabras de Jesús, digna de elogio: “Y aquí hay algo más que en Salomón” (Mt 12,42). Realizaba también prodigios mayores que los de Elías y Eliseo, e incluso mayores que los anteriores, [es decir,] los de Moisés y Josué, hijo de Nun. Los que se asombraban, sin saber que era hijo de una virgen y sin creerlo -aunque se decía-, sino suponiendo que era hijo de José el carpintero, decían: “¿No es este el hijo del carpintero?” (Mt 13,55). Y menospreciando a quienes parecían ser sus parientes más cercanos, decían: “¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y no están todas sus hermanas con nosotros?” (Mt 13,55. 56). Consideraban, pues, que era hijo de José y María.

Orígenes da noticia de una teoría, por así denominarla, que sostenía que José había estado casado antes de ser el esposo de María; y que tenía hijos de su primer matrimonio. Esta suposición partía de algunos textos apócrifos, que mantenían con firmeza la virginidad de la Madre de Jesús, pero no con una argumentación verdaderamente evangélica (§ 17.2-3).

La virginidad de María

17.2. En cuanto a los hermanos de Jesús, algunos, tomando como punto de partida la tradición transmitida en el Evangelio titulado “Según Pedro” o en “el libro de Santiago”, afirman que los hermanos de Jesús eran hijos de José, fruto de su matrimonio con una primera esposa con la que vivió antes que con María. Quienes hacen tales afirmaciones pretenden conservar hasta el final la virginidad de María, porque aquel cuerpo, juzgado digno de servir a la palabra que había dicho: “El Espíritu descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35) no conociera lecho de hombre, después de que el Espíritu Santo hubiera descendido sobre ella y el poder de lo alto la hubiera cubierto con su sombra.

17.3. Y, en mi opinión, hay una razón en el hecho de que Jesús sea el primogénito de la castidad masculina y María de la femenina. Sería impío, de hecho, atribuir la primicia de la virginidad a otra mujer que no fuera ella.

Afirma Flavio Josefo: “Anán [el joven sumo sacerdote], dado su carácter, como creyó disponer de una ocasión pintiparada por haber muerto Festo y encontrarse Albino todavía en camino, instituyó un consejo de jueces, y tras presentar ante él al hermano del llamado Jesucristo, de nombre Santiago, y a algunos otros, presentó contra ellos la falsa acusación de que habían transgredido la Ley y, así, los entregó a la plebe para que fueran lapidados. Pero los que parecían ser los más moderados de los habitantes de la ciudad y los más escrupulosos cumplidores de las normas legales apenas soportaron esta acción”[1]. Para Orígenes este testimonio muestra, ante todo, la rectitud de vida de Santiago (§ 17.4-5).

Santiago, “hermano del Señor”

17.4. Santiago es, además, aquel a quien Pablo dice haber visto, afirmando en la epístola a los Gálatas: “De los apóstoles no vi a ningún otro, sino a Santiago, el hermano del Señor” (Ga 1,19). Este Santiago resplandeció con tal esplendor por su justicia, en medio del pueblo, que Flavio Josefo, autor de los veinte libros de las Antigüedades judías, al querer señalar el motivo de tantas pruebas sufridas por el pueblo, hasta el punto de que el templo fue destruido, afirmó que esto les había sucedido por la ira de Dios, a causa de las injusticias que se habían atrevido a cometer contra Santiago, hermano de Jesús llamado Cristo.

17.5. Y “lo que sorprende” (cf. Jn 9,30), es que, aunque [Flavio Josefo] no admite que nuestro Jesús sea el Cristo, sin embargo, da testimonio de tal justicia de Santiago. Y afirma que también el pueblo pensaba haber sufrido estos castigos a causa de Santiago[2].

En el párrafo siguiente se presenta un valioso testimonio sobre la Epístola de san Judas: carta breve, pero de “palabras poderosas” (§ 17.6).

Judas, hermano de Santiago

17.6. Judas escribió luego una epístola de pocos versículos, pero llena de palabras poderosas de la gracia celestial; en el prólogo afirmó: “Judas, siervo de Jesucristo, hermano de Santiago” (Judas 1). En cuanto a José y Simón, por nuestra parte no hemos descubierto nada.

Al ver a Jesús en su entorno familiar, no podían aceptar que el fuera el Mesías, sus pensamientos estaba embotados, como sometidos al poder del Maligno, a quien Jesús iba a someter defitivamente en el madero de la Cruz (§ 17.7-8).

Se escandalizaban 

17.7. En cuanto a las palabras: “¿No están todas sus hermanas con nosotros?” (Mt 13,56), en mi opinión tienen este significado: su forma de pensar es como la nuestra, no como aquella de Jesús; no tienen nada de extraño, de comprensión excepcional, como Jesús.

Jesucristo vence al antiguo enemigo en la Cruz

17.8. Pero tal vez, a través de estas palabras, surge una duda sobre el ser de Jesús: ¿no será un hombre, sino un ser más divino, que sí es hijo -como se creía- de José y María, con cuatro hermanos y también con otras hermanas, pero que, sin tener nada parecido a ninguno de su linaje, y sin instrucción ni enseñanza, ha llegado a tal grado de sabiduría y poder. De hecho, en otros lugares dicen: “¿Cómo es que este conoce las letras, sin haber sido instruido?” (Jn 7,15), palabras análogas a las que aquí se dicen. Y a pesar de ello, los que hablaban así tenían tales dudas, estaban perplejos y no creían, se escandalizaban por su causa (cf. Mt 13,57), como si los ojos de su inteligencia estuvieran sometidos (cf. Lc 24,16) por aquellas potencias a las que Él debía derrotar por medio de la cruz en el momento de la Pasión (cf. Col 2,14-15).


[1] Antigüedades judías, XX,9,200; edición José Vara Donado, Madrid, Eds. Akal, 1997, p. 1234.

[2] Cf. Orígenes, Contra Celso, I,47: “... Josefo no cree que Jesús sea el Mesías; y así, indagando la causa de la caída de Jerusalén y de la destrucción del templo, cuando debía haber dicho que la causa fue la conjura contra Jesús y la muerte que dieron al Mesías profetizado, no lo dice; si bien, acercándose un poco, como sin querer, a la verdad, afirma que aquellas calamidades les acaecieron a los judíos para vengar a Santiago, el Justo, hermano que era de Jesús, el llamado Mesías; pues siendo hombre justísimo, le dieron la muerte. A este Santiago, dice Pablo, el genuino discípulo de Jesús, haber visto (Gal 1,19), y lo llama “hermano del Señor”, no tanto por el parentesco de la sangre o la común crianza cuanto por las costumbres y el espíritu. Ahora bien, si dice Josefo que la desolación de Jerusalén les advino a los judíos pos causa de Santiago, ¿no fuera más razonable afirmar que fue por causa de Jesús, que es el Mesías?...” (trad. en BAC 271, pp. 80-81),