OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (897)

La Santísima Trinidad
Hacia 1413
Misal
Milán, Italia
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Para ser un verdadero escriba, “instruido en el reino de los cielos”, es necesario aprender a sacar cosas nuevas y antiguas de las Escrituras. Esto es, saber aprovechar todo lo que ellas nos enseñan, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (§ 15.1).
Cosas antiguas y nuevas
15.1. Pero dado que todo escriba que se ha convertido en discípulo del reino de los cielos es semejante a un hombre, dueño de casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas (Mt 13,52), queda claro que, según lo que se llama inversión de la proposición, quien no saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas, no es un escriba instruido en el reino de los cielos. Debemos, pues, procurar recoger de todas las maneras en nuestro corazón, prestando atención a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza y meditando la ley del Señor día y noche (cf. 1 Tm 4,13; Sal 1,2), no solo las cosas nuevas de los Evangelios y de los apóstoles y las palabras de su revelación, sino también las realidades antiguas de aquella Ley que era sombra de los bienes futuros (cf. Hb 10,1) y de los Profetas que profetizaron de acuerdo con ellos.
Orígenes propone a continuación una lectio divina que “compara” (sygkrino)[1] realidades del mismo significado en la Escritura, para así “establecer y confirmar” rectamente el sentido de los textos que estudiamos (§ 15.2-3).
Un método de interpretación de las Escrituras
15.2. Y estas realidades las recopilaremos, después de haberlas leído y conocido (cf. 2 Co 3,2), y, recordándolas, compararemos las cosas espirituales con las realidades espirituales (cf. 1 Co 2,13) de manera adecuada, sin poner en comparación realidades que no tienen nada que entre sí, sino que tengan puntos de comparación y similitud, de forma que un texto tenga el mismo significado tanto en el pensamiento como en la doctrina, porque sobre la declaración de dos o tres o incluso más testigos (cf. 2 Co 13,1; Mt 18,16; Dt 19,15; 1 Tm 5,19), establecemos y confirmamos cada palabra de Dios.
Los que equivocadamente interpretan el texto sagrado
15.3. Y mediante estas operaciones debemos confundir a aquellos que, en la medida de sus posibilidades, dividen la divinidad y separan lo nuevo de lo antiguo, estando muy lejos de parecerse al dueño de la casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas (Mt 13,52).
Jesucristo es el dueño de la casa, y nosotros estamos llamados a imitarlo, en especial con nuestra escucha-lectura del Evangelio. Esto lo podremos realizar obrando según sus enseñanzas (§ 15.4).
La imitación de Cristo
15.4. Sin embargo, como quien es comparado con otro es diferente de aquel con quien se le asimila, el escriba instruido en el reino de los cielos será aquel con quien se le compara (cf. Mt 13,52), y no se identifica con el dueño de la casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas (Mt 13,52); aquel con quien se le compara pretende, imitándolo, comportarse de la misma manera.
Para transitar la vía de la imitatio Christi, primero deberemos imitar a los justos que nos precedieron como discípulos del Señor, para luego imitar “al mismo Cristo” (§ 15.5).
El camino de la imitación de Cristo
15.5. Ahora bien, ¿no es acaso el dueño de la casa el mismo Jesús? Él saca de su tesoro, según las necesidades de la enseñanza, cosas nuevas, las realidades espirituales que Él renueva constantemente en el hombre interior de los justos, el cual se renueva continuamente día a día (cf. 2 Co 4,16; Col 3,10), y las cosas antiguas, aquellas grabadas en letras sobre piedra (cf. 2 Co 3,7) y en los corazones de piedra del hombre viejo (cf. Ef 4,22; Col 3,9; Ez 11,19), con el fin de enriquecer al escriba convertido en discípulo en el reino de los cielos mediante la comparación de la letra y la persuasión del espíritu, y de hacerlo semejante a sí, hasta que el discípulo llegue a ser como el maestro (cf. Mt 10,25), imitando primero al imitador de Cristo, y después al mismo Cristo, según la palabra pronunciada por Pablo: “Sean mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1).
Aprender a sacar cosas nuevas y viejas es una exigencia de nuestro bautismo, es interpretar de manera espiritual la Ley y los Profetas. Para esto deberemos aceptar una exigencia ineludible: “llevar una vida según el Evangelio” (§ 15.6-8).
La enseñanza de Jesús
15.6. Pero, en un sentido más sencillo, el mismo Jesús, como dueño de casa, puede sacar de su tesoro tanto cosas nuevas, es decir, la enseñanza evangélica, como cosas viejas, es decir, la comparación con los textos extraídos de la Ley y de los Profetas, de lo cual se pueden encontrar ejemplos en los Evangelios.
La ley espiritual
15.7. En cuanto a estas cosas nuevas y antiguas, hay que prestarse a escuchar también la ley espiritual, que en el Levítico dice: “Comerán de la cosecha antigua, guardada durante mucho tiempo, y harán desaparecer lo antiguo ante lo nuevo. Plantaré mi tienda en medio de ustedes” (Lv 26,10-11).
La Eucaristía renueva nuestras vidas
15.8. En efecto, en la eulogia[2] comemos las cosas antiguas, las palabras proféticas, las cosas más antiguas que estas, las palabras de la Ley, y con la llegada de las realidades nuevas y evangélicas, llevando una vida según el Evangelio, hacemos desaparecer la vejez de la letra (cf. Rm 7,6) ante lo nuevo, y Dios pone su tienda entre nosotros cumpliendo su promesa: “Moraré y caminaré entre ellos” (cf. Jn 1,14; Mt 26,26-27).
