OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (896)

Pentecostés

Hacia 585

Evangeliario

Siria

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

El Señor Jesús conoce el corazón de todo ser humano y todo los sabe; sin embargo, habiendo tomado nuestra condición humana, nos formula preguntas (§ 14.1).

El Señor nos interroga

14.1. «¿Han entendido todo? Le respondieron: “Sí”» (Mt 13,51). Aquel que conoce lo que hay en el corazón de los hombres, Jesucristo, según la enseñanza que de Él nos da Juan en el Evangelio, pregunta no porque no sepa (cf. Jn 2,24-25; Mt 9,4; Mc 2,8; Lc 5,22), sino porque, al haberse hecho hombre, se sirve también de todos los modos humanos, uno de los cuales es el de preguntar.

Incluso el Padre, el Dios del universo, comprobamos que formula preguntas a los seres humanos (§ 14.2).

Las preguntas del Padre

14.2. No es de extrañar que el Salvador actúe así, ya que incluso el Dios del universo, adaptándose a las capacidades de los hombres, como un hombre se rebaja a los modos de su hijo (cf. Dt 1,31 LXX), formula preguntas, como en las palabras: “Adán, ¿dónde estás?” (Gn 3,9); y: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” (Gn 4,9). Sería contrario al sentido de las palabras que alguien dijera en este punto que las palabras: “¿Han entendido?”, se dijeron en sentido no interrogativo, sino afirmativo, y que los discípulos responden que sí, para confirmar su afirmación. En cualquier caso, ya sea que haga una pregunta o una afirmación; lo esencial es que no diga solo esto, que es demostrativo, ni solo todo, sino todo esto (cf. Mt 13,51).

Son “escribas” quienes se limitan a una lectura literal de la Ley, quienes no saben interpretar “en sentido alegórico” las enseñanzas del Primer Testamento, y en particular los mandatos de la Ley. Pueden parecer incultos e ignorantes para el judaísmo, pero no para el reino[1] (§ 14.3-4).

Escribas

14.3. Parecería, ahora, afirmar que los discípulos se convirtieron en escribas antes del reino de los cielos. Pero a tal impresión se opondrá lo que en los Hechos de los Apóstoles se dice de esta manera: “Al ver la franqueza de Pedro y Juan y comprender que eran hombres ignorantes y del pueblo, se quedaron asombrados y los reconocieron como los que estaban con Jesús” (Hch 4,13). Por lo tanto, alguien podría preguntarse al respecto: si eran escribas, ¿por qué en los Hechos se les llama ignorantes y gente del pueblo? Y si eran ignorantes y gente del pueblo, ¿por qué en aquel pasaje el Salvador los llama abiertamente escribas? 

Son escribas quienes no saben interpretar espiritualmente las Escrituras

14.4. A estos interrogantes se podría responder o bien que en los Hechos no se llama a todos “ignorantes” y “gente del pueblo”, sino solo a Pedro y Juan, y que, al haber más discípulos, a aquellos que “todo” lo comprendían se referían las palabras: “todo escriba”, etc.; o bien que se llama “escriba” a todo aquel que está instruido en la enseñanza literal de la Ley (cf. Mt 13,52; Ga 5,18), de modo que también los ignorantes y los simples, si se guían por la letra de la Ley, son llamados en cierto sentido escribas. Y conviene sobre todo a los simples, que no saben interpretar en sentido alegórico y no comprenden las realidades de las Escrituras dotadas de sentido anagógico, sino que creen y reivindican únicamente la letra, ser llamados “escribas”.

“El escriba del Evangelio” es aquel que cuidando el sentido histórico, que está unido a los acontecimientos de la historia de salvación, es capaz de elevar su interpretación hacia las realidades espirituales (anagogía), para extraer de ellas buenos conocimientos, no malvados (§ 14.5)[2]. Se recupera así la auténtica misión del escriba que, pasando del judaísmo al cristianismo, es capaz de recibir con fe el reino de los cielos (§ 14.6).

Espíritus del bien y espíritus del mal

14.5. Así se explicarán también las palabras: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!” (Mt 23,13), como dirigidas a todo aquel que no entiende más que la letra. A este respecto, investigarás si el escriba del Evangelio es como el escriba de la Ley, y si quien lee y escucha la Ley y afirma: “Estas cosas son como alegorías” (cf. Ga 4,24), sea un ejemplo para quien lee el Evangelio, en la medida en que, aunque salvaguarda la historia ligada a los acontecimientos, sabe elevarse sin obstáculos, a las realidades espirituales, para tener, no los conocimientos de los espíritus del mal (cf. Ef 6,12), sino aquellos que son contra los espíritus del mal, los conocimientos de los espíritus del bien.

La ascensión a las realidades espirituales de las Escrituras

14.6. Ahora bien, un escriba se convierte en discípulo del reino de los cielos (cf. Mt 13,52), en el sentido más simple cuando, desde el judaísmo pasa a recibir la enseñanza eclesial de Jesucristo; mientras que, en el sentido más profundo, lo es cuando se convierte, tras haber aprendido los conceptos introductorios mediante la lectura de las Escrituras, asciende a aquellas realidades espirituales que se denominan “reino de los cielos” (Mt 13,52).

«El discípulo del reino de los cielos se eleva a la realidad mistérica de la Escritura, elevando, confrontando, explicando, de modo que la interpretación espiritual se convierte en el reino de los cielos mismo, cuyo advenimiento se produce “en un alma cuando la inteligencia contempla directamente los misterios” (Crouzel)[3]» (§ 14.7). Su fe entonces se abre a la confesión del Verbo de Dios (§ 14.8-9).

“Cielos” 

14.7. Lograr precisamente captar cada concepto, comprenderlo a un nivel superior, representarlo y demostrarlo, es comprender el reino de los cielos, de modo que quien abunda en conocimiento sin engaño, en el reino forma parte de la multitud de aquellos a los que se denomina “cielos”.

Iniciar el camino de la lectio divina

14.8. Del mismo modo, explicarás en sentido alegórico las palabras: “Conviértanse, porque se ha acercado el reino de los cielos” (Mt 4,17), en el sentido de que los escribas -es decir, aquellos que se complacen en la simple letra- al apartarse de tal interpretación literal, se convierten en discípulos de la enseñanza espiritual a través de Jesucristo, Logos viviente, enseñanza llamada “reino de los cielos”.

Estamos llamados a “comprender” el Logos de Dios

14.9. He aquí por qué, hasta que Jesucristo, el Verbo de Dios que en el principio estaba con Dios (Jn 1,2), no cumpla su advenimiento en el alma, en esa alma no hay reino de los cielos; pero cuando alguien se acerca a la capacidad de comprender el Verbo, el reino de los cielos se está acercando a él.

Para que se haga realidad en nosotros que el reino de Dios habita en nuestro interior, necesitamos pasar de la letra el Espíritu, porque el Señor es Espíritu (§ 14.10).

Conversión al Espíritu Santo 

14.10. Y si es cierto que el reino de los cielos y el reino de Dios, si no en la expresión, en su sustancia son la misma realidad, es evidente que a aquellos a quienes se les dice: “El reino de Dios está dentro de ustedes” (Lc 17,21)[4], también se les podría decir: “El reino de los cielos está dentro de ustedes”, sobre todo a causa de la conversión de la letra al Espíritu, porque “cuando alguien se convierte al Señor, se le quita el velo” que cubre la letra: “el Señor es, pues, el Espíritu” (2 Co 3,16-17).

La conversión de escriba a discípulo de Cristo y, en consecuencia, del reino de los cielos, nos introduce de lleno en “una nueva enseñanza”: la de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Y esta realidad se traduce en lo qu bien podría denominarse: dimensión de eternidad, una realidad que no perece ni nos la pueden quitar (§ 14.11).

Dónde está nuestro tesoro

14.11. El que es verdaderamente el dueño de la casa es a la vez libre y rico; se enriquece porque de escriba se ha convertido en discípulo del reino de los cielos en toda palabra de la Antigua Alianza y en todo conocimiento (cf. 1 Co 1,5) de la nueva enseñanza de Cristo Jesús, habiendo depositado esta riqueza en su tesoro, que como discípulo instruido en el reino de los cielos (cf. Mt 13,52) acumula “en el cielo, donde la polilla no la consume ni los ladrones la roban” (Mt 6,20).

Si ponemos nuestra confianza en los bienes perecederos perdemos la salud de nuestro corazón, y seguramente padeceremos graves enfermedades espirituales (§ 14.12).

La polilla

14.12. Y se puede afirmar con toda certeza, en lo que respecta a aquel que acumula tesoros en los cielos -como hemos explicado más arriba-, que ninguna polilla de las pasiones puede atacar sus bienes espirituales y celestiales. He dicho “polilla de las pasiones” inspirándome en los Proverbios, donde está escrito: “Como [la polilla para un manto y] el gusano para la madera, así la aflicción del hombre hiere el corazón” (Pr 25,20 LXX). 

En contraposición a lo que le sucede a quien vive atado a las realidades puramente materiales, cuando ponemos nuestra entera existencia en función de los bienes espirituales, una vida nueva se nos ofrece. Ya desde ahora estamos sentados con Cristo en la patria celestial (§ 14.13). 

Hemos resucitado con Cristo

14.13. La carcoma y la polilla son el dolor que hiere al corazón que no encuentra los tesoros en los cielos y entre las realidades espirituales; pero si se acumulan tesoros entre estas realidades, pues “donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21), si tiene el corazón en los cielos y en el propio corazón se dice: “Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no temerá” (Sal 26 [27],3). Así tampoco los ladrones, de los cuales el Salvador dijo: “Todos los que vinieron antes que yo son ladrones y salteadores” (Jn 10,8), pueden forzar y robar los bienes acumulados en los cielos, ni el corazón que allí está, y por esto dice: “Nos ha resucitado y nos ha sentado con Cristo entre los espíritus celestiales, y nuestra patria está en los cielos” (Ef 2,6; Flp 3,20).


[1] Cf. OO 11/1, p. 144, nota 34.

[2] Cf. OO 11/1, p. 145, nota 35.

[3] OO 11/1, pp. 146-147, notra 35.

[4] Las versiones modernas traducen: “está entre ustedes”, subrayando que el Reino de Dios no es una realidad íntima, sino que concierne a todo el pueblo de Dios.