OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (895)

La Ascensión de nuestro Señor Jesucristo

Hacia 1060-1080

Evangeliario

Salzburgo, Austria

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

Todas las personas pueden elegir entre sus buenas o malas inclinaciones, entre el vicio o la virtud (§ 12.1).

La diversidad de elecciones humanas

12.1. Dicho esto, cabe pensar que el reino de los cielos se compara con “una red que se echa al mar y que recoge toda clase de peces” (Mt 13,47), para indicar la diversidad del libre arbitrio en los hombres, elecciones que entre sí presentan una diferencia tal, que la expresión “que recoge toda clase” viene a indicar a hombres dignos de alabanza o de reprensión, según sus inclinaciones hacia las especies de las virtudes o de los vicios.

El entretejido de la red le permite a esta capturar diversos peces, que luego serán hallados en diversos puntos de este instrumento de pesca. De la misma manera, la Sagrada Escritura nos atrapa. Por así decir, en uno u otro libro del Antiguo o del Nuevo Testamento (§ 12.2). 

“La red de las Escrituras” 

12.2. El reino de los cielos se compara con el variado tejido de una red, pues la Escritura antigua y nueva está entretejida de significados de todo tipo y variedad. Y al igual que entre los peces que caen en la red, unos se encuentran en alguno lugares de la red, y otros en otros sitios de la red, y cada uno en aquel punto que lo retuvo, así podrías descubrir también lo que ocurre con aquellos que han caído en la red de las Escrituras: algunos han sido retenidos por la malla profética, por ejemplo, por tal texto de Isaías, de Jeremías o de Daniel; otros, retenidos por una malla de la Ley, otros del Evangelio, y otros del Apóstol. 

El tejido de las Escrituras Santas solamente puede cumplir su finalidad: salvar a los seres humanos de “las realidades amargas de la vida” gracias a la venida de Jesucristo. Porque Él es el único que puede salvar al género humano (§ 12.3). 

Una red que solo se llena con la venida de Jesucristo

12.3. En el primer momento cuando alguien es, o parece ser, capturado por la Palabra, queda atrapado solo en una parte de toda la red. Pero no es descabellado suponer que algunos peces capturados quedan envueltos precisamente por toda la trama de la red de las Escrituras, y aprisionados y retenidos por todos lados, no pueden escapar, sino que, por así decirlo, están sometidos por todas partes, ya no son libres de evadirse de la red. Esta red fue luego arrojada al mar, en la vida de los hombres de todas partes del mundo a merced de las olas[1], que nadan entre las amargas realidades de la vida. Esta red, antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, no estaba completamente llena: en el entramado de la Ley y de los Profetas faltaba aquel que dijo: “No piensen que he venido a abolir la ley o a los profetas; no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento” (Mt 5,17). Y la trama de la red encuentra su cumplimiento en los Evangelios y en las palabras de Jesús transmitidas por medio de los apóstoles. Por eso, pues, el reino de los cielos es semejante a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces (cf. Mt 13,47).

La red que se echa en el mar para recoger toda clase peces, no se la retirará del agua y se la llevará a la orilla, hasta tanto no se haya llenado totalmente (§ 12.4).

El “pleroma” de los pueblos

12.4. Sin embargo, aparte de la interpretación ya dada, las palabras que recogen todo tipo de peces también pueden indicar la vocación de las naciones de toda raza (cf. Lc 2,32; 24,47; Mt 28,19; Is 42,6). Por otra parte, aquellos que están al servicio de la red echada al mar; es el Señor de la red, Jesucristo, y los ángeles que se acercan a él para servirle (cf. Mt 4,11), que no sacan la red del mar ni la llevan a la orilla del mar, es decir, hacia las realidades ajenas a esta vida, si no se ha llenado por completo, es decir, si no ha entrado en ella la plenitud de los pueblos (cf. Rm 11,25).

En el juicio final intervendrán en primer término los ángeles. A ellos les compete sacar la red, cuando todos los pueblos hayan entrado en ella, llevarla a la orilla y seleccionar “los peces”, arrojando a los impíos en el horno ardiente (§ 12.5).

La labor de los ángeles

12.5. Cuando [la plenitud de los pueblos] haya entrado, entonces la sacan de las realidades de aquí abajo y la llevan hacia lo que, en sentido metafórico, se llama la orilla: aquí la labor de aquellos que la han sacado consistirá en sentarse a lo largo de la orilla y establecerse allí, para depositar a cada uno de los buenos capturados en la red, en su propio orden, en lo que aquí se llama sus cestas, y echar fuera a aquellos que tienen cualidades contrarias, y a los que se llama peces malos. “Fuera”, en efecto, está el horno de fuego, como lo interpretó el Salvador, diciendo: “Así será al final del mundo. Saldrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno ardiente” (cf. Mt 13,49-50). Aparte de esto, hay que observar que ya a través de la parábola de la cizaña (cf. Mt 13,24-30) y de la presente semejanza se nos enseña que a los ángeles se les confiará la tarea de distinguir y separar a los malos de los buenos. De hecho, anteriormente se ha dicho que el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, quienes recogerán de su reino a todos los que causan escándalo y a los que practican la iniquidad, y los arrojarán al horno ardiente; allí habrá llanto y rechinar de dientes (cf. Mt 13,50; cf. 13,41-42). Aquí, en cambio, se dice: “Saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos y los arrojarán en el horno de fuego” (Mt 13,49-50).

El párrafo siguiente, en sus dos primeras partes (§ 13.1-2), “se inserta en la reflexión origeniana sobre la redención universal realizada por Cristo, que no se restringe solamente a los hombres, sino que comprende a todas las criaturas racionales y, por ende, también a los ángeles”[2].

Los seres humanos no están por encima de los ángeles

13.1. Esto no concuerda con lo que piensan algunos: que los hombres salvados en Cristo estén por encima incluso de los santos ángeles. ¿Cómo es posible, en efecto, comparar a aquellos a quienes los ángeles arrojan en cestas, con los ángeles que los arrojan, a cuyo poder están sometidos? Y decimos esto sin ignorar que algunos ángeles, a cuyas manos no se ha confiado tal tarea, pero no todos son así, son inferiores a los hombres que se salvarán en Cristo; hemos leído, en efecto, el texto: “Las cosas en las que los ángeles desean fijar la mirada” (1 P 1,12), pero aquí no se dice “todos los ángeles”. También conocemos la expresión: “Juzgaremos a los ángeles” (1 Co 6,3), donde, sin embargo, no se dice “todos los ángeles”.

Asambleas de buenos y malos

13.2. Tras haber anotado estas cosas en relación con la red y con los que quedan atrapados en ella, cualquiera que pretendiera decir que, antes del fin del mundo o antes de que vengan los ángeles a separar a los buenos de los malos (cf. Mt 13,49), ya no habrá más malos en la red que recoge toda especie (cf. Mt 13,47), daría la impresión de no haber entendido la Escritura y de desear cosas imposibles. Por lo tanto, no nos sorprenda ver nuestras asambleas llenas también de gente mala, antes de la separación de los buenos de los malos por parte de los ángeles enviados con este fin. ¡Que el cielo quiera, en cambio, que estos, destinados a ser arrojados al horno ardiente (Mt 13,50), no sean más numerosos que los buenos!

Aunque es evidente que los peces no quieren ser atrapados en la red, con todo, nosotros debemos estar en la red. Solo así se podrán separar a los malos de los buenos, para que los primeros vayan al horno ardiente (§ 13.3).

Es necesario entrar en la red

13.3. Ahora bien, como decíamos al principio, las parábolas y las semejanzas no deben considerarse como referidas a todos los aspectos de las realidades con las que se comparan o asimilan, sino solo en ciertos aspectos, aún queda por demostrar esto, en lo que vamos a decir: que, al tratarse de peces, en lo que respecta a su vida, es malo que se vean atrapados en una red: pierden su vida natural, y no hay nada más grave para ellos que perder su vida de peces, tanto si los meten en las cestas como si los arrojan al mar. Pero según la interpretación de la parábola, no es bueno estar en el mar y no entrar en la red para ser depositados en las cestas junto con los buenos. Así también los peces malos son sacados y arrojados, mientras que, según la presente parábola, los malos son arrojados al horno ardiente, para que también a ellos les suceda lo que en Ezequiel se dice del horno: «Me fue dirigida la palabra del Señor: “Hijo del hombre, he aquí la casa de Israel, se han mezclado mezclados todos con cobre y hierro”»…, y lo que sigue hasta: “Sabrán que yo, el Señor, he derramado mi ira contra ustedes” (Ez 22,17-18. 22).


[1] Esta expresión (“a merced de las olas”) es una hipótesis que salva una laguna del texto griego (cf. SCh 162, p. 187, nota 3)

[2] OO 11/1, p. 138, nota 30.