OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (882)

Jesús instruyendo a sus discípulos

Hacia 1480

Siena, Italia

Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel

Homilía XIII 

El argumento de partida de esta predicación es la figura-imagen del príncipe de Tiro. ¿De quién se trata realmente? ¿Es un ser humano? Para responder a este interrogante el predicador propone un recorrido por determinados textos del Antiguo y del Nuevo Testamento (§ 1.1)[1].

Sobre el príncipe de Tiro

1.1. Se nos ha mandado, de parte de los obispos, comentar el texto sobre el príncipe de Tiro (cf. Ez 28,1-19), para exponer sus méritos y sus culpas; y también se nos ha ordenado que volvamos a examinar algunas cuestiones sobre el Faraón, rey de Egipto (cf. Ez 29). Se entona, en efecto, un lamento sobre el príncipe de Tiro (Ez 28,12), pero no se debe pensar que se trata de un hombre. Porque ningún ser humano “fue creado en medio de los querubines” y ningún ser humano, si nos atenemos al significado literal, fue “creado en el paraíso de Dios” (Ez 28,13-14). Y cuando, como he dicho, no había nadie “en el paraíso de las delicias”, aquí se describe al “príncipe de Tiro” como “nacido y criado en el paraíso de las delicias” (cf. Ez 28,13-14). ¿Quién es este “príncipe de Tiro”? Vayamos a Daniel y, encontrando allí una oportunidad para comprenderlo, digamos que no son príncipes corpóreos aquellos sobre los que se expresa el lamento. Después de considerar a Daniel, busquemos un ejemplo del Apóstol; y luego volvamos a recurrir al testimonio de los profetas. A todos estos, debemos añadir también a Moisés que no pasa por alto el argumento en el Deuteronomio.

Conforme al plan que se ha trazado, Orígenes comienza por enumerar los testimonios que encuentra en el libro del profeta Daniel. Y señala que estos textos no nos hablan de hombres, y tampoco reciben un nombre acorde al lugar que rigen. En consecuencia, se trata de potestades angélicas (§ 1.2).

Jesucristo, el príncipe de Israel. El testimonio del profeta Daniel

1.2. Ahora recorramos los textos que nos sirven como pruebas comenzando con Daniel. Este dice: “El príncipe de ustedes, Miguel” (cf. Dn 10,13 y 21), y allí mismo nuevamente [afirma]: “El príncipe de Israel”, y enseguida: “Miguel ayudaba al príncipe del reino” de las naciones (cf. Dn 10,21). A esto añade el Apóstol: “Gloria, honor y paz a todo el que obre el bien, primero al judío y también al griego” (Rm 2,10). Y quizás ya se ha realizado que un príncipe de los israelitas haya ayudado a un príncipe del reino de los griegos; en la venida de mi Señor Jesucristo, el príncipe de Israel ayudó al príncipe del reino de los griegos, para que las naciones alcanzaran la salvación y creyendo en Él fueran salvadas. Y así, se dice de la misma manera, que hay un príncipe de los persas (cf. Dn 10,13), al igual que Miguel fue llamado príncipe de los israelitas, y algún otro príncipe de los griegos (cf. Dn 10,20-21). Por tanto, estos no son hombres ni reciben un nombre acorde a los lugares donde imperan.

A continuación, se nos presentan los testimonios que ofrecen san Pablo y los Salmos. En ellos se encuentra la confirmación de que no se trata de príncipes humanos, sino de otro género (§ 1.3-4).

El testimonio de Pablo

1.3. Y el Apóstol, como si no estuviera refiriendo a los hombres, dice: “Porque hablamos de la sabiduría entre los perfectos, pero no la sabiduría de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que perecen, sino que hablamos de la sabiduría de Dios, oculta en el misterio, que predestinó Dios antes de los siglos para nuestra gloria, que ningún príncipe de este mundo conoció; porque, si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Co 2,6-8). 

El testimonio de los Salmos

1.4. Y porque los príncipes de este mundo crucificaron al Salvador y Señor, la profecía da testimonio diciendo: “Se han puesto de pie los reyes de la tierra, y los príncipes se han congregado contra el Señor y contra su Cristo” (Sal 2,2). De aquí también que en los Salmos está escrito: «Yo dije: “Son dioses, y todos ustedes hijos del Altísimo; pero como hombres morirán, y como uno de los príncipes caerán”» (Sal 81 [82],6-7). Y aquí no se habla de ningún príncipe corpóreo en particular. Entonces, si hay algún príncipe del reino de Persia, y si Miguel es el príncipe de los israelitas, en consecuencia, también hay un príncipe de Tiro, y de estos ahora habla la palabra del profeta.

El texto del Deuteronomio es combinado con pasajes tomados del profeta Isaías para fundamentar la interpretación de que se trata no de seres humanos, sino de ángeles. Se exhorta al oyente a ir más allá de la mera lectura literal de estos pasajes (§ 1.5).

El testimonio del Deuteronomio 

1.5. Porque también habíamos prometido un testimonio de Moisés, escucha lo que sigue: “Cuando el Altísimo dividió las naciones, cuando dispersó a los hijos de Adán, estableció los límites de las naciones según el número de los ángeles de Dios -o según un texto mejor, según el número de los hijos de Israel- y fue hecho parte del Señor, su pueblo Jacob” (Dt 32,8-9). Tiro fue constituida parte para otro príncipe; Babilonia para otro; y para otros, otras naciones, y así, de esta misma manera, los príncipes poseyeron todos los límites de las naciones. Pero si alguien, leyendo las Escrituras, cree que esto se refiere a los hombres, que entienda que es algo más profundo, “el que espiritual, y que no es juzgado por nadie” (cf. 1 Co 2,15). Se conocen ciertas cosas sobre Nabucodonosor, rey de los asirios, que no corresponden a su persona. Porque dijo: “Con mi fortaleza obraré, y quitaré los límites de las naciones con mi sabiduría y mi inteligencia, y sacudiré las ciudades habitadas, y apresaré todo el mundo” (Is 10,13-14); “y subiré a las estrellas del cielo y a las nubes”, y lo demás; “y seré como el Altísimo” (Is 14,13-14). Esto lo dijo Nabucodonosor. 

Para subrayar que el combate del cristiano es contra el Maligno, Orígenes pone de relieve que es este quien por todos los medios busca detener la predicación de los apóstoles. Es finalmente el diablo quien obstaculiza el plan salvífico de Dios (§ 1.6).

El combate del demonio contra los cristianos

1.6. Así también [lo mismo se aplica] al príncipe de Tiro y al Faraón. Pues es el verdadero y corpóreo Faraón no estaba tan enojado por las Furias[2] como para que diga: “Míos son los ríos, y yo los hice” (Ez 29,3). Pero esto fue leído antes en la profecía contra el Faraón; y nunca el príncipe, esto es, el Faraón corpóreo, fue llamado dragón, diciendo: «He aquí que estoy contra el dragón, el Faraón, que habita en medio de los ríos de Egipto, que dice: “Mis son los ríos son míos, y yo los hice”» (Ez 29,3). Sin embargo, esto debe reservarse para el lugar apropiado, porque por ahora lo hemos tomado para que, a través del conocimiento de las Escrituras, quede más manifiesto lo que parecía oculto. Contra estos príncipes es nuestra lucha. Y los bienaventurados los apóstoles, que fueron enviados a predicar, sufrieron astutos ataques cuando alejaron a la gente de aquellos que se habían apoderado de los territorios de los pueblos. Por ejemplo, hay que decir: los apóstoles entraron en Tiro (cf. Hch 21,3), el príncipe de Tiro los persiguió; subieron a Antioquía (cf. Hch 11,19), el príncipe del reino de Siria los atacó; era este el que luchaba contra ellos, no todos aquellos que se pensaba que lo harían, como Judas el traidor (cf. Lc 6,16).

En su permanente lucha contra los seres humanos, los demonios utilizan a algunas personas, “le llenan de odio el corazón” para que persigan con alevosía a sus congéneres. A estos debemos amarlos, no odiarlos, sabiendo que obran movidos por el Maligno y sus secuaces (§ 1.7). 

No son seres humanos quienes nos combaten, sino los demonios que de ellos se sirven

1.7. Como aquel [Judas] no debe considerarse el principal autor de la traición al Salvador, así también para todos los apóstoles y los que han padecido persecución, hubo otro que fue el príncipe de la persecución. Está escrito, en efecto, acerca de Judas: “Y después del bocado entró en él Satanás” (Jn 13,27). “Pues nuestra lucha no es contra la carne y la sangre” (cf. Ef 6,12), aunque parezca que quienes nos persiguen sean de carne y de sangre. No los odiemos, más bien, amémoslos, aunque los enemigos quieran perseverar en su odio (cf. Mt 5,44), compadezcámoslos, porque tienen a un demonio, padecen insensatez. No son tanto estos los que nos persiguen, sino aquellos a que han llenado sus corazones. Pero, en verdad, imploremos la ayuda del Señor, para que esos poderosos enemigos que luchan contra las almas humanas solo puedan lanzar ataques débiles, y digamos: “Si el Señor no hubiera estado con nosotros... cuando hombres se levantaron contra nosotros, tal vez nos habrían devorado vivos” (Sal 123 [124],1-3).

En estos textos del profeta Ezequiel se nos presenta un gran desafío: pasar de las realidades visibles y corporales a aquellas invisibles y poder, al mismo tiempo, comprenderlas según el designio salvífico de Dios (§ 1.8).

Pasar de lo visible a lo invisible e inefable

1.8. Por lo tanto, hay un cierto príncipe de Tiro y la profecía no nos enseña acerca de Hiram -pues este nombre está escrito en el tercer libro de los Reyes (cf. 1 R 7,13)- ni sobre otro príncipe de Tiro ni de ningún otro hombre. Las palabras divinas no nos hablan de realidades humanas, sino de algo inefable y sagrado que se presenta en figuras humanas. El Faraón es un hombre, pero hay algo más se me enseña para entender mejor al Faraón. Y Nabal, de Carmelo, es un hombre, y Hiram, también, pero en ellos se me revela otra figura. ¿Quién es tan grande y tal que, ascendiendo desde lo corporal, contemple las realidades invisibles y pueda comprender cada una de ellas según la voluntad de Dios?


[1] Mantengo la división del texto según la versión latina de Jerónimo para toda esta homilía.

[2] “Divinidades paganas vengadoras que hacen enloquecer y delirar por el remordimiento. Se trata de una nota irónica dirigida a los defensores de la letra (‘literalistas’)” (OO 8, p. 394, nota 9).