OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (881)

El evangelista san Mateo
Siglo IX
Evangeliario
Aquisgrán, Alemania
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XII
El Señor no auxilia a quien no acepta la pena por su falta, por su pecado, y no hace penitencia, sino que busca evitar una congrua reparación recurriendo a soluciones fáciles, pero finalmente desastrosas (§ 4).
Es vana la ayuda del Faraón
4. “Vivo yo, dice el Señor Adonay, justo en el lugar en que el rey lo hizo rey, él menospreció mi maldición y transgredió mi alianza” (cf. Ez 17,16). Hay quien deshonra la maldición de Dios, y hay otro que la honra. No hay duda de que, en este texto, Dios examina[1] al que ha deshonrado su maldición. Porque cuando alguien es entregado a castigos para ser corregido, y no soporta lo que se le ha mandado, deshonra la maldición de Dios; en cambio, si lo soporta con total mansedumbre, bendición y acción de gracias a Dios, éste honra su maldición y, al honrarla, necesariamente también recibirá su bendición. “Y transgredió mi alianza, con él, en medio de Babilonia morirá; y el Faraón emprenderá la guerra no con gran poder ni con una multitud de tropas” (Ez 17,16-17). El Faraón no puede ayudar a quien ha transgredido y ha deshonrado la maldición de Dios, sino que este en medio de Babilonia morirá por su prevaricación.
Orígenes ve en la profecía de Ezequiel que está comentando la presencia de los Apóstoles en la Iglesia de Cristo. Y nosotros para poder descansar a la sombra de ellos, necesitamos tomar la palabra de Dios y dejar que ella nos eleve hacia la contemplación de los misterios divinos (§ 5.1).
“Las alas de la palabra de Dios”
5.1. Luego sigue y narra qué padecerán los pecadores, después de lo cual recuerda las cosas más prosperas, diciendo: “Yo tomaré una de las ramas más altas del cedro elegido, la arrancaré de la cima de sus corazones y la plantaré en un monte altísimo” (cf. Ez 17,22). Después de las maldiciones, que mencionamos arriba, se presenta la promesa de la beatitud y la dulcísima esperanza en el final del discurso; porque ahora, aquellos que necesitaban castigos, han soportado los tormentos por causa de sus pecados. Mientras considero esto en mí mismo y examino cuidadosamente el sentido de este pasaje, pienso que está profetizando sobre los apóstoles. En verdad, estos son las ramas elegidas del cedro, de la cima, de la parte más alta, que Dios ha dado para reverdecer el mundo, purificando[2] sus corazones y plantándolos en un monte excelso, Jesucristo nuestro Señor. Y “lo levantaré sobre el monte alto de Israel y lo plantaré, brotará y producirá fruto” (cf. Ez 17,23). Y estos brotaron, y dieron frutos. “Y será un gran cedro” (Ez 17,23). Considera la magnitud y la sublimidad de la Iglesia de Cristo, para que entiendas, cómo, según la promesa de Dios, se ha cumplido lo que se dice: “Y será como un cedro grande, y reposará bajo él toda ave y todo volátil descansará a su sombra” (cf. Ez 17,23). Toma para ti las alas (cf. Is 40,31) de la palabra de Dios y podrás descansar bajo este árbol, que ha sido plantado en un monte excelso.
La profecía de Ezequiel nos brinda en sus últimos versículos un mensaje esperanzador. Es un anuncio de futura fecundidad, de un vigor desconocido antes. Debemos orar intensamente para que esto sea una feliz realidad en nuestras vidas (§ 5.2).
El árbol que reverdece
5.2. “Y descansará, y sus retoños se restablecerán” (Ez 17,23). Mira cómo la profecía termina de modo positivo; porque sigue diciendo: “Y conocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo el árbol alto” (Ez 17,24). “El árbol alto” es el pueblo de los judíos, que ahora, humillado por su pecado, paga las penas, porque se atrevió a poner las manos sobre nuestro Señor Jesucristo. “Y he levantado al árbol humilde” (Ez 17,24). Tú eras el árbol humilde, el árbol derribado, el árbol que yace por tierra, pero Dios te ha exaltado. “Y yo seco el árbol verde” (Ez 17,24). “El árbol verde” es el pueblo de la circuncisión, que antes florecía y era fructífero, pero ahora por la sequedad excesiva se ha marchitado. ¿Dónde está ahora entre ellos la palabra viva, dónde el coro de las virtudes? “Y hago reverdecer el árbol seco” (Ez 17,24). Tú eras el árbol seco y la venida de Cristo te hizo reverdecer. “Yo soy el Señor, lo he dicho y lo haré” (Ez 17,24). Se dicen estas palabras para que también nosotros podamos reverdecer y podamos dar frutos, para que lleguemos a ser un árbol vivo y no seco, para que nunca se ponga el hacha en nuestras raíces, según la palabra del Evangelio (cf. Mt 3,10). Oremos entonces con mayor atención a Jesucristo, nuestro Señor, junto con su Padre, a quien sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén! (cf. 1 P 4,11).
