OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (879)

Cristo llama a los primeros apóstoles
Hacia 1320-1330
Biblia
Inglaterra
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XII
Orígenes, en continuidad con la precedente homilía, procede ahora a ofrecer a sus oyentes el sentido espiritual de la parábola de las dos águilas. Y por esto comienza su exposición poniendo de relieve la importancia de tener una verdadera experiencia de la “dulzura” de las palabras de la Sagrada Escritura (§ 1.1).
La dulzura de la Palabra de Dios
1.1. Lo que ya mencioné anteriormente acerca de las dos águilas grandes, de sus amplias alas y garras grandes, así como lo que hicieron la primera y la segunda águila, todo esto la Palabra divina ahora desea explicarlo en parte, dejándonos a nosotros interpretar lo que ella misma dejó sin tocar, como [es habitual] en el caso de una profecía, y por supuesto, una profecía figurativa. Y, en primer lugar, aunque ya he hablado [de esta manera] a menudo, ahora volveré a intentar añadir algo -aunque no sea nuevo- que contribuya a la salvación de nuestras almas, sobre el tema de lo que se le dijo al profeta: “Di a la casa que amarga -o que exaspera-” (Ez 17,12). Porque no añadió el [objeto implícito] “a mí” junto con la frase “casa que irrita” o “exaspera”. Y si queremos ver qué tipo de pecado constituye la “exasperación”, escuchemos cuán dulces [en contraste] son las palabras de Dios para quien las entiende y dice: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!” (Sal 118 [119],103). Cuando los creyentes han recibido estas palabras naturalmente dulces, o viven bien o hacen exactamente lo contrario. Y si de verdad se comportan de acuerdo con las normas divinas, conservan las palabras de Dios en su dulzura original. Sin embargo, en mi forma de pensar, considero que, por la bondad de su forma de vida, en realidad aumentan la suavidad de las palabras de Dios, ya que mezclan la dulzura de sus vidas con la dulzura de la palabra.
En oposición flagrante a la miel de la Palabra de Dios se encuentra nuestro pecado. El cual, si es muy grave, incluso cambia el sabor tan dulce de la miel como si le mezclara ajenjo. Justamente esta hierba es una figura adecuada para calificar la gravedad de nuestras faltas. Ellas neutralizan la admirable dulzura que se nos ofrece en las palabras de la Sagrada Escritura (§ 1.2).
La amargura del pecado
1.2. Pero ciertamente, si alguien peca y camina desviándose de los preceptos de Dios (cf. Lv 26,23 LXX), este recibe el más dulce de los dichos de Dios, a través de la naturaleza del pecado muy amargo -porque el pecado es amargo, ya que extermina la dulzura de las palabras- y reduce todo el sabor dulce a un gusto amargo. Para que puedas comprenderlo más plenamente, toma un ejemplo: la hierba llamada ajenjo es naturalmente amarga; si la mezclas con miel en proporción a la cualidad y cantidad de la miel misma, su amargor vence la dulzura y hace que lo dulce sea amargo. El pecado tiene la misma fuerza que esta hierba. Cuanto más peque, más amargura pongo en la dulzura las palabras de Dios. Si peco mucho, convierto toda la dulzura de la miel en un sabor amargo. Por eso, Dios, que castiga a quienes pisotean su palabra (cf. Mt 7,6), restituye a cada uno, según la cualidad de la amargura de la vida y la forma de la transgresión, la amargura de las penas y de los suplicios. Y si de hecho pecamos, nosotros que decimos todo esto y en algún momento hemos puesto nuestra confianza en Dios, se dice que estamos amargando sus palabras; pero aquellos que se han alejado por completo de la fe en Él y no han entrado en la Iglesia no amargan las palabras de Dios. ¿Cómo pueden amargar la dulzura de unas palabras en las que aún no han creído? Y por eso, para nosotros, que se nos ve creer y, que, creyendo, pecamos, están reservados tormentos diferentes del castigo de aquellos que todavía ni siquiera han llegado a creer.
Orígenes no evita resaltar la gravedad de nuestros pecados, que son ni más ni menos que un ultraje tanto a la palabra de Dios como a su Ley. Es más, con nuestras faltas profanamos la sangre de la Nueva Alianza y ultrajamos “al Espíritu de la gracia” (§ 1.3).
Con nuestros pecados deshonramos la ley de Dios
1.3. Y no solo debemos pensar que si pecamos exasperamos la palabra de Dios: nuestro delito llega hasta la ofensa misma a Dios; está escrito que, el que peca, “al transgredir la ley desprecia[1]a Dios” (cf. Rm 2,23). Bastaba con decir: “desprecia”, pero aquí dice que “transgrediendo la ley desprecia a Dios”. Cada vez que transgredimos la ley de Dios, despreciamos a Dios; cuanto mayor sea nuestra falta, mayor será la ofensa contra Dios; cuantas más veces pecamos, más deshonramos al Padre y a su Cristo, como está escrito: “¿Cuánto más severo castigo piensan que merecerá aquel que pisotee al Hijo de Dios, y profane la sangre de la alianza que lo santificó, y ultraje al Espíritu de la gracia?” (Hb 10,29). Por tanto, cualquiera que peque, exaspera, desprecia y deshonra tanto las palabras de Dios que recibió, como a aquel que las enseñó.
[1] Lit.: deshonra (inhonorat).
