OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (855)

La parábola del rico necio
1585
Holanda
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía IV
El ejemplo de Daniel, quien no podía engendrar hijos o hijas bilógicos, muestra con claridad la importancia concedida al tema de la paternidad espiritual. Esta brilla de un modo peculiar en el apóstol Pablo (§ 5.1).
La filiación espiritual
5.1. Ahora bien, dado que Ezequiel no ha hablado en este pasaje de aquellos sobre los que leemos habitualmente en las Escrituras, es decir, aquellos a quienes la traslación (cf. Si 44,16) o la muerte han sacado de la vida presente, intentaré hacer mi demostración también a partir de otro pasaje. Daniel, que fue entregado al jefe de los eunucos junto con Ananías, Azarías y Misael (cf. Dn 1,3. 6), era eunuco; y en el pasaje que nos ocupa se dice: “Noé, Daniel y Job no salvarán a sus hijos e hijas”, y lo demás (cf. Ez 14,14. 18). Supongamos que Noé tuvo hijos, pero ¿cómo se podrá hablar de los hijos de Daniel, de quien los judíos cuentan que era eunuco? Pero puesto que su alma fue fecunda y santa, y procreó a muchos con palabras proféticas y divinas, por eso se dice: “Si en este tiempo o en otro estuvieran hombres como Noé, Daniel y Job, ellos solos serán salvados” (cf. Ez 14,14. 18). Y nosotros, por tanto, podemos llegar a ser como Daniel; y, para no enumerar a todos los santos, puedo ser como Pablo, si lo imito al que dice: “Sean imitadores míos” (1 Co 11,1), si tuviera el cauterio con el que él fue cauterizado, si adquiero la misma forma con la que él fue formado en Cristo, en virtud de cuya forma dijo, como un buen padre: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Ga 4,19). Sin embargo, si debido a la diferencia del sello, soy condenado por tener una forma diferente en mi alma respecto a la que tenía Pablo, me engaño a mí mismo diciendo: “Tú eres su hijo, de la estirpe de Pablo”.
Nuestra filiación divina nos permite descubrir en la Sagrada Escritura la acción constante del Espíritu Santo en favor de quienes creen en Cristo Jesús, como el apóstol Pablo lo experimentó. Y por este camino ingresamos en la imitación y configuración en y con Cristo (§ 5.2).
Hijas e hijos de Dios
5.2. No te maravilles de que seas hijo del apóstol; ten virtudes y serás hijo de Cristo. “Hijitos, dice, todavía estoy un poco de tiempo con ustedes” (Jn 13,33). Pero cuando seas de hijo de Cristo, también lo serás del Padre omnipotente, porque son de una sola y única naturaleza[1]. Por este objetivo se esfuerza el justo, a este fin dirige todas sus actividades, para que, como hijo de Daniel, Job, Noé y Abraham, pueda ascender a la adopción por parte de Dios, y en ese momento ya no sea llamado con los nombres de los seres humanos, sino con los apelativos que se refieren a los hijos de Dios. “Si están, por tanto, estos tres hombres” (cf. Ez 14,14. 18). El Espíritu Santo no deja de señalar aquí que también ahora están Noé, Daniel y Job.
En el siguiente párrafo Orígenes sale al paso de quienes pueda experimentar dificultad en aceptar que sean muchos los Daniel, Job y Noé (§ 6).
Unidad y pluralidad
6. “Estos tres hombres en medio de ella” (Ez 14,14. 18). Un oyente bien instruido podría decirme: “En el pasaje que tenemos ante nosotros se mencionan explícitamente tres, pero en tu discurso afirmas que son muchos los Daniel, Job y Noé”. Le responderé lo siguiente. Toda pluralidad de seres similares es una, y los muchos hombres que son similares no son muchos cuerpos, sino que todos son un solo cuerpo, según lo que está escrito: “Pero ustedes son el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (1 Co 12,27). Y nuestro Salvador vino a buscar y salvar lo que se había perdido, en el sentido misterioso de las noventa y nueve ovejas que no se descarriaron y de la única que se perdió (cf. Lc 15,4 ss.). “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Porque, así como muchos cuerpos son un solo cuerpo, y las muchas ovejas que se habían perdido son una sola oveja, de la misma manera todos los Noé, Daniel y Job se reducen a un solo Noé, Daniel y Job.
Luego de un breve paréntesis sobre “la tierra”, la pregunta que se plantea el predicador es: ¿cuáles son en verdad estas bestias dañinas, malignas? Y su respuesta coincide notablemente con lo que afirma en otro pasaje de sus obras: «Estas bestias corporales no son malas ni buenas, sino algo indiferente; son animales mudos. Pero las bestias malvadas son aquellas espirituales, de las cuales el Apóstol dice: “Espíritus malvados en las regiones celestiales” (cf. Ef 6,12). Y es una malvada bestia aquella sobre la cual dice la Escritura: “Pero la serpiente era la más astuta de todas las bestias que están sobre la tierra” (Gn 3,1). Por tanto, esa misma es esta mala bestia que Dios promete que será exterminada de nuestra tierra, si cumplimos sus mandamientos. ¿Quieres ver también otra bestia malvada? “El adversario de ustedes, dice [la Escritura], el diablo, como un león rugiente ronda buscando a quien devorar; resístanle firmes en la fe” (1 P 5,8-9)»[2] (§ 7.1-2).
“A causa de los pecados de la tierra”
7.1. “Ellos por su propia justicia serán salvados, dice el Señor Adonai” (Ez 14,14). El primer nombre de Dios, de cuatro letras, que se interpreta naturalmente como Dios. Por tanto, será enviado “el hambre a causa de los pecados de la tierra” (cf. Ez 14,13); pero la tierra, según todos los significados que hemos mencionado anteriormente[3] y a todos aquellos que dejamos a la inteligencia de los oyentes, para que a partir de nuestras palabras puedan ellos descubrir otros significados.
Las bestias feroces
7.2. Pero veamos también otra acción de la ira divina “que manda sobre la tierra a la pecadora a las peores bestias” (cf. Ez 14,13. 15). También los judíos dicen que, si alguna vez los lobos devoran a los hombres, atacando las casas, y otras bestias -como relata la historia que en su día se enviaron leones contra la raza humana, y en otra ocasión osos (cf. 2 R 17,25 y 2,24)-, y estas destrucciones[4] provienen de la indignación de Dios. Y por el momento, siguiendo la letra y absteniéndonos de una comprensión más profunda, vemos que el profeta sigue este sentido aquí. Sin embargo, alguien que es “espiritual”, “que juzga todas las cosas y no es juzgado por nadie” (cf. 1 Co 2,15), afirma con confianza que numerosas son las bestias que Dios envía contra una tierra pecadora, en cualquier caso, si nuestra tierra peca: “Nuestro adversario, el diablo, anda como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 P 5,8). También aquella historia que, para quienes observan cuidadosamente las Escrituras, se presta a una clara interpretación, tiene tal significado cuando dos osos se enviaron contra los niños que insultaban al profeta, diciendo: “¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!” (cf. 2 R 2,24). Pues estos osos representaban a otras bestias, que en verdad son feroces y furiosas, y que son enviadas a esta tierra pecadora. Pero lejos esté de nosotros pensar que las bestias son enviadas por Dios como castigo, sino que más bien en la oración decimos: “No entregues a las bestias el alma que te alaba” (Sal 73 [74],19). Yo sé que quienes perseveran en la fe, los justos, han sido entregados a las fieras y lacerados por ellas han llegado a completar el martirio, pero que no han dejado de ser felices. Pus no fueron entregados a las bestias espirituales e invisibles, que desgarran las almas de los pecadores y clavan sus dientes en los corazones impíos. Así “como el pastor arranca de la boca de los leones dos patas o el lóbulo de una oreja, así serán salvados los hijos de Israel” (Am 3,12). Por eso, en ocasiones, se entrega la tierra a las bestias para su destrucción, para que sea arrancada de ella los hombres y el ganado (cf. Ez 14,13).
[1] Quia unius sunt iunctaeque naturae. Es posible que esta afirmación la haya agregado san Jerónimo, para conformar el texto de Orígenes a la reflexión sobre la Trinidad del siglo IV; cf. OO 8, p. 199, nota 32.
[2] Orígenes, Homilías sobre el Levítico, XVI,6.2; SCh 287, pp. 288-289.
[3] Cf. Hom. IV,1.
[4] Lit.: devoraciones (devorationes).