OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (854)

Jesús enseñando el Padrenuestro

Siglo XV

Francia

Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel 

Homilía IV 

Es el pecado la realidad que provoca los males sobre la tierra. En cambio, la insondable sabiduría de Dios es siempre favorable a toda la creación en sus designios (§ 2).

La grandeza de la sabiduría divina

2. “Y enviaré sobre ella hambre, y exterminaré de ella hombres y ganado” (Ez 14,13). ¿Cómo puedo exponer en público cosas tan recónditas? ¿De dónde me vendrá la capacidad para poder explicar por qué el hambre, por qué la fertilidad, por qué la abundancia, por qué la indigencia, tocan la tierra? “¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Rm 11,33)[1]. ¿Se envía el hambre por causa de los hombres y de la maldad de las almas, o por causa de los ángeles a quienes están confiadas las cosas terrenales, si han pecado, y en ella suceden los hechos que vemos? Pero si hay algunos ministros de la economía celestial que presiden las cosechas[2], quizás también la infertilidad de la tierra ocurre por su causa. Muchas de sus obras están en lo oculto (cf. Si 16,21); no podemos expresar la magnitud de su sabiduría. ¿Quién contará la arena del mar, las gotas de la lluvia y los días del mundo? Asimismo, ¿quién investigará la altura de los cielos, la extensión de la tierra y lo profundo de la sabiduría?” (Si 1,2-3). Por eso, de diversas maneras, se envía el hambre sobre la tierra pecadora.

Mediante el paralelismo entre tierra – madre se explica el segundo castigo: el exterminio de hombres y animales, basado sobre el texto de Ez 14,13. Un pasaje de las Homilías sobre el libro del Éxodo nos facilita la comprensión de este tema: “… Que Egipto sea azotado con la muerte de animales y ganados (cf. Ex 9,6), denuncia en esto la insensatez y la necedad de los mortales que, como animales irracionales, impusieron el culto y el nombre de Dios a figuras, no sólo de hombres, sino también de animales, impresas sobre maderas y piedras…”[3] (§ 3).

Tierra madre

3. “Y quitaré de ella hombres y ganado” (Ez 14,13). La tierra es una cosa, el hombre es otra -pues no nombra aquí, como algunos creen, a los habitantes de la tierra en lugar de esta-. Porque si los habitantes de la tierra deben entenderse como tierra, sería innecesario decir: “Exterminaré de ella a los hombres y al ganado”. Pues la tierra se alegra cuando está llena de habitantes, y se entristece cuando sucede lo que se ha dicho: “Quitaré de ella hombres y ganado”. Sobre esto, si el Señor con la ayuda de sus ruegos, el Señor lo da a conocer -si acaso podemos ser considerados capaces de entender el pensamiento del Señor-, deseamos explicar unas pocas cosas. Así como la pena de la madre enviada al exilio, es verse privada de sus hijos, o verlos destinados a otra provincia, de modo similar, nuestra tierra madre es castigada por sus pecados por Dios, cuando se le quita a ella hombres y ganado. En cambio, se alegra, cuando tiene hombres, y más aún cuando tiene a los mejores hombres, que viven en el servicio de Dios[4], como hemos explicado antes. Por eso se dice: “Cuando la tierra pecare”, como si se dijera: si, cuando la madre pecare, quitaré de su casa a su hijo, así ahora quitaré de ella a los hombres (cf. Ez 14,13). La tierra, en efecto, no se alegra por los bestias rabiosas y feroces, sino por las ovejas, porque ella ama los animales apacibles y mansos.

Comienza ahora una lectura spiritual sobre cómo es posible que vivieran al mismo tiempo tres personajes bíblicos. La solución reside en la afirmación de “el significado espiritual de los pasajes bíblicos” que aducidos (§ 4.1)[5]. 

Noé, Daniel y Job

4.1. “Y quitaré de ella hombres y ganado. Y si estuvieran en ella estos tres hombres…” (Ez 14,13-14). ¿Cómo es posible que estos tres hombres se encuentren al mismo tiempo en una tierra pecadora? ¿Cómo puede unirse la vida de tres personas que viven en tiempos tan diferentes? Ahora leemos que en la tierra pecadora se encuentran juntos los tres, es decir, Noé, que estuvo en el diluvio; Daniel, que habitó entre los cautivos de Babilonia; y Job, que se dice que vivió en los tiempos de los patriarcas y de Moisés. Esta es, en efecto, la cronología que hemos encontrado sobre la vida de Job. ¿Qué podemos decir, entonces? Debemos recordar, como ya hemos dicho muchas veces, que, así como el hombre engendra a otro hombre, así Israel engendra a Israel; pues Israel, cuando era Jacob (cf. Gn 32,28), engendró al pueblo de Israel. Y en las Escrituras encontramos que el nombre de Israel se dice tanto de un solo hombre como de todo el pueblo. Así, no solo Israel engendra a Israel, sino que también Rubén engendra a Rubén, y Simeón a Simeón, y Leví a Leví, y Judá a Judá, y todos los demás que son de la tribu de Judá son mencionados como descendientes de esa estirpe son llamados Judá; y las Escrituras están llenas del nombre de Judá cuando se trata de la tribu de Judá. Aquello que se dijo en las bendiciones de Jacob[6], se le dice a Moisés sobre Rubén, Simeón, Leví y Judá (cf. Gn 49,3-12), y a los otros, no se ajusta de la misma manera a los restantes patriarcas, como a aquellos que llevan el mismo nombre que ellos en virtud de la raíz familiar. 

“Además de la circunstancia extrínseca de que Pablo pertenecía a la tribu de Benjamín, el texto mismo de la bendición se prestaba a ser aplicado a las circunstancias de la vida del Apóstol, que en un comienzo fue adversario y perseguidor de la Iglesia, y después de su conversión anunció a Cristo a los gentiles”[7] (§ 4.2).

Benjamín y Pablo

4.2. “Benjamín, lobo rapaz; por la mañana comerá, y por la tarde dará alimento” (Gn 49,27). Aquel Benjamín nunca fue un lobo rapaz, ni nunca repartió comida por la tarde. En cambio, aquel que nació “de la tribu de Benjamín, hebreo de los hebreos, fariseo según la ley, circuncidado en el octavo día” (Flp 3,5), es el Benjamín predicado, un lobo voraz que devora por la mañana cuando era joven, y por la tarde repartía la comida, cuando, como creyente, ofreció el alimento espiritual a las Iglesias por él instituidas. Por tanto, Benjamín engendra a Benjamín. ¿Cómo es posible entonces que nazca un hombre de un hombre, Benjamín de Benjamín, así como Judá de Judá, Rubén de Rubén? “Que Rubén viva y no muera, y sea numeroso” (cf. Dt 33,6). No se trataba, por tanto, del patriarca, sino del pueblo que de un patriarca iba a descender.

Sobre la base de la afirmación de la descendencia espiritual, Orígenes explica de qué forma estos tres personajes bíblicos pueden ser contemporáneos para quienes se aplican a imitar sus acciones (§ 4.3).

Imitar las acciones de Noé, Daniel y Job

4.3. ¿Por qué he dicho todo esto? Obviamente, para explicar el pasaje que tenemos ante nosotros en su referencia a Noé, Daniel y Job. Pues, así como Israel engendra a Israel, y Jacob engendra a Jacob, Rubén a Rubén, y los demás lo mismo, también Noé engendra a Noé. Y diré que, de los hijos de Noé, Set fue de Noé, pero Cam no fue de Noé, porque no se parecía a su padre (cf. Gn 4,25; 5,32; 9,18-28). Y así también no todos los que descienden de Abraham son hijos de Abraham, aunque sean de su estirpe, porque son pecadores. Del mismo modo, los que realizan acciones semejantes a las de Daniel, son Daniel; y los que imitan la paciencia de Job, son Job. Por lo tanto, no digas: “Bienaventurado Noé, porque fue digno de ser el único elegido por el Señor en el momento del diluvio, y de ser salvado junto con su familia cuando los demás perecían en el diluvio”. Considera, en cambio, que tú también, si haces lo que hizo Noé, serás Noé. Escucha al Salvador, que dice: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham” (Jn 8,39). Y así, cualquiera que sea hijo de Abraham hace las obras de Abraham; cualquiera que sea hijo de Noé hace las obras de Noé; y cualquiera que sea hijo de Daniel hace lo que hizo Daniel. Cualquiera que imite lo que hizo glorioso a Job (cf. Jb 40,10), como, por ejemplo, todo aquel que pierde sus bienes y, mientras soporta con paciencia no solo la pérdida de sus bienes privados, sino también la muerte de sus hijos, dice: “El Señor dio, y el Señor quitó; como le pareció bien al Señor, así ha sucedido; bendito sea el nombre del Señor para siempre” (Jb 1,21); todo aquel que es quemado por los males del cuerpo y azotado por los diversos dolores de sus sufrimientos, y sin embargo glorifica a Dios en medio de sus padecimientos; quien es capaz de dar respuestas divinas y, en medio de los tormentos, es capaz de pronunciar un discurso profético como el que pronunció Job: tal persona es un imitador de Job. Y así, de este modo, Noé, Daniel y Job pueden encontrarse todos en el mismo período de tiempo. 


[1] Cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de los Números, XXVI,3.5; SCh 461, pp. 244-245: “Oremos de corazón al Verbo de Dios, que es su Unigénito (cf. Jn 1,18) y que revela al Padre a quienes quiere (cf. Mt 11,27), que se digne revelarnos también a nosotros estas realidades; puesto que hay en ellas misterios de las promesas que Él ha hecho a los que le aman, para que sepamos también nosotros que nos han sido dadas por Dios (cf. 1 Co 2,9. 12). Pero también ustedes ayúdennos con las oraciones y diligentemente atiendan no tanto a nosotros, los que hablamos, sino al Señor, que ilumina a aquellos a los que encuentra dignos de su iluminación. Que en la contemplación de estas cosas se digne darnos también a nosotros la palabra al abrir nuestra boca (cf. Ef 6,19)”.

[2] Cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, XXIII,3.4; SCh 71, pp. 460-463: «… Pienso atrevidamente decir sobre esas potestades que también han recibido la administración de este mundo; que no es fortuitamente o al azar que aquella potestad preside la germinación de la tierra y de los árboles, aquella otra mantiene con suficiencia las fuentes y los ríos, otra las lluvias, otra los vientos, otra los animales marinos, otras los animales terrestres, o bien cada una y todas las plantas que produce la tierra. Y por todas partes hay misterios inefables de la dispensación divina, que reparte todas las cosas con orden y atribuye a cada potestad el oficio que le compete. Porque así también lo dice el apóstol Pablo: “¿No son todos espíritus enviados al servicio de quienes reciben la herencia de la salvación?” (Hb 1,14)».

[3] Orígenes, Homilías sobre el libro del Éxodo, IV,6; GCS 6, p. 178. Cf. OO 8, p. 193, nota 21.

[4] Lit.: viviendo en el celo (o: deseo, amor, etc.) de Dios (in Dei studiis viventes).

[5] Cf. OO 8, p. 194, nota 23.

[6] O también según algunos manuscritos: “bendiciones de Jacob y de Moisés” (cf. OO 8, p. 195, nota 25). Cf. Orígenes, Homilías sobre el Levítico, XVI,1.4; SCh 287, pp. 264-267: «Son muchas las bendiciones puestas en las divinas Escrituras, que parecen dirigidas a cada uno de los santos, por ejemplo, a Sem o Jafet o José; sin embargo, no que se dirijan, como les parece a algunos, a ellos solos, de modo que otro no pueda participar de ellas; por eso el Apóstol las llama espirituales (cf. Ef 1,3), para que quienquiera pueda recibir la fuerza y el espíritu; por ejemplo, Sem o Jafet o José o Isaac o Jacob, como también Juan lo fue “en el espíritu y el poder de Elías” (cf. Lc 1,17), que pueda también él tener parte en la bendición de aquel del cual ejerce el poder y el espíritu».

[7] OO 8, p. 195, nota 26.