OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (715)

La segunda venida de Cristo

1109

Silos, España

Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos

Homilía IV sobre el Salmo 36 (37)

Introducción

Orígenes «advierte al auditorio sobre un cambio de sujeto. Cambia el locutor del salmo, no es más un hombre en general sino “el justo”. Y para aclarar la transición aduce anticipadamente los versículos 30 y 31 del salmo. Sin embargo, la asociación con el salmo setenta y dos, lo conduce a insistir sobre la conducta “del hombre”, por encima del comportamiento del justo, cuyos pasos son dirigidos por Dios»[1] (§ 2.1).

En sus Homilías sobre Jeremías presenta Orígenes una interpretación semejante a la que hallamos en esta parte del párrafo segundo:

«Por lo que se refiere al significado de: has ido hacia atrás o tender hacia lo que está por delante(cf. Flp 3,13), lo explicaremos de la siguiente manera: el justo tiende hacia lo que está por delante y olvida lo que queda atrás(cf. Flp 3,13). Es indudable que el que tiene disposiciones contrarias a las del justo se acuerda de lo que ha dejado atrás y no tiende hacia lo que está por delante; y, al acordarse de lo que ha dejado atrás rehúsa escuchar a Jesús que enseña y dice: “No vuelva hacia atrás para tomar su manto” (Mc 13,16); desobedece a Jesús que declara: “Acuérdense de la mujer de Lot” (Lc 17,32); desoye a Jesús que dice: “Nadie que haya puesto la mano en el arado y se vuelva atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc 9,62). También en la Ley está escrito que los ángeles, al salir de Sodoma, dijeron a Lot “No mires atrás mi te pares en todo el territorio circundante; escapa al monte, no vayas a ser arrebatado con ellos” (Gn 19,17). También esto tiene un sentido digno de un espíritu angélico: no mires atrás, tiende siempre hacia lo que está por delante; has dejado Sodoma, no vuelvas a Sodoma; has dejado el mal y el pecado, no vuelvas a ellos, ni te pares en todo el territorio circundante. Aunque hayas observado el primer mandamiento que dice: “No mires atrás”, no te habrá bastado para salvarte si no escuchas también el segundo mandamiento: “Y no te pares en todo el territorio circundante”. En efecto, cuando uno ha empezado a progresar no debe detenerse en los alrededores de Sodoma, si ha sobrepasado Sodoma, sino que debe sobrepasar también los contornos, en lugar de pararse allí, y escapar al monte, conforme a la palabra: “No mires atrás ni te pares en todo el territorio circundante; escapa al monte, no vayas a ser arrebatado con ellos”. Si no quieres ser arrebatado con los sodomitas, no te vuelvas jamás hacia lo que está por detrás, ni te pares en los alrededores de Sodoma, no vayas a ninguna otra parte, sino al monte, porque solo allí es posible salvarse. Y el monte es el Señor Jesús…»[2] (§ 2.2).

La propuesta que nos hace el salmista es, por consiguiente, progresar siempre. No permitir que ningún viento contrario de malicia desvíe nuestra nave, impidiéndonos llegar a destino: a la contemplación de las grandes visiones (§ 2.3).

Texto

No mirar hacia atrás

2.1. En este lugar, entonces, (el salmo) dice: “Los pasos del hombre son enderezados por el Señor y su camino favorece[3]; aunque caiga, no se queda postrado[4]” (Sal 36 [37],23-24), pero en lo que sigue no se dice simplemente del hombre, “los pasos del hombre serán enderezados”, sino del justo, que tiene algo más respecto del hombre común. Porque “la boca del justo meditará la sabiduría y su lengua hablará la justicia” (Sal 36 [37],30). No son de un hombre sino de un justo las palabras: “La Ley de su Dios está ensu corazón y sus pasos no vacilarán” (Sal 36 [37],31). Allí los pasos del hombre son enderezados (por Dios), aquí “los pasos del justo no vacilarán, porque el Señor sostiene su mano” (Sal 36 [37],24). En otro salmo, digo (en el salmo) setenta y dos: “Por poco mis pies (no) vacilaron, por poco mis pies (no) se salieron del camino[5]” (Sal 72 [73],2). Suponiendo que también aquí tengamos lo mismo, comprende, en consecuencia, que alguien avance y, en el avanzar, progrese, pero después resbala y cae, y pierde el progreso hecho en su avance. No dudes en decir: “Sus pasos se han desviado”. Pues, como desde otro punto de vista, el vino, el aceite u otro líquido cualquiera se derraman, también así los pasos de quien ya ha progresado, se desvían cuando mira a sus espaldas[6].

2.1. “Cuando caiga, dice (el salmista), no se turbará” (Sal 36 [37],24). Diciendo más arriba que “sus pasos son dirigidos por el Señor” (Sal 36 [37],23), aquí se habla de su caída. Mira, por tanto, que también estos que marchan sobre este camino, les sucede que alguna vez caen, incluso a estos que el Señor dirige. Pero hay mucha diferencia entre la caída del justo y la caída del injusto. El justo, dice (el salmista), cuando cae no se queda postrado; el injusto y quien no tiene puesta su esperanza en Dios, si cae, queda postrado y no se levanta, es decir, si ha pecado no se arrepiente y no sabe emendarse de su pecado. Pero el justo, que también si en algo ha caído, en una palabra (por ejemplo), pues es un apóstol quien dice: “En muchas cosas, en efecto, todos caemos, y si alguien no cae por alguna palabra, éste es un hombre perfecto” (St 3,2). Por tanto, también el justo cae por alguna palabra (pronunciada), incluso, tal vez, (cae) por alguna acción, pero sabe enmendarse, sabe corregirse. Aquel que dijo: “No conozco al hombre” (Mt 26,72), pero poco después cuando el Señor lo miró, sabe llorar amargamente (cf. Mt 26,75). También aquel que desde el techo vio una mujer y la deseó (cf. 2 S 11,2-4), sabe decir: “He pecado, porque contra ti solo pequé y hecho lo malo ante ti” (Sal 50 [51],6). Por tanto, si cuando cae el justo no queda postrado, no permanecerá en el pecado, sino que escapará inmediatamente, como el gamo pequeño de las redes, y como el pájaro de la trampa (cf. Sal 123 [124],7). En cambio, el injusto no solo permanece en sus pecados, sino que también yace postrado en ellos.

¿Pero el justo qué hace? “La Ley de su Dios está en su corazón y sus pasos no vacilarán” (Sal 36 [37],31). Allí ha dicho: “Los pasos del hombre son dirigidos por el Señor” (Sal 36 [37],23), aquí: “Los pasos del hombre no vacilarán, pues el Señor sostiene su mano” (Sal 36 [37],24). En otro salmo, esto es en el salmo setenta y dos, dice: “Pero casi se desvían mis pasos” (Sal 72 [73],2). Esto mismo me parece que se debe comprender de igual forma. En efecto, progresando hacia la virtud nos esforzamos como en un ascenso, y en este ascenso si alguien se tropieza y cae, pierde el progreso de su ascenso. Entonces, los pasos de este han tropezado.

Desviar los pasos

2.2. Si quieres comprender, no solo a partir de un ejemplo bastante común, quién es aquel cuyo pasos resbalan, sino también desde Escritura, escucha que la mujer de Lot pasó a través, y pasando a través salió de Sodoma, para dirigirse hacia la montaña, adonde le había sido ordenado subir. Pero como obró contra el mandato de Dios, que le había dicho: “No mires hacia atrás y no te detengas en toda la región circundante, sálvate hacia la montaña, no vayas a ser barrida” (Gn 19,17), y se dio vuelta hacia atrás, sus pasos se desviaron y pereció. En efecto, quedó como una estela de sal (cf. Gn 19,26)[7]. Si todavía quieres un segundo ejemplo sobre el modo en que los pasos de alguien se desvían, escucha al Salvador que dice: “Nadie que pone la mano en el arado y mira para atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9,62). Porque alguien que ha puesto la mano sobre el arado y, poniéndola, ha arado, fue hacia delante. Para conducir el arado es necesario respetar los surcos, pero el que se da vuelta hacia atrás, ha desviado sus pasos, ha desviado lo que parecía haber hecho bien con el arado.

2.2. Ahora bien, esto sucede cuando alguien, después de un progreso, retrocede hacia atrás. Como ocurrió con la mujer de Lot, que marchaba muy bien saliendo de Sodoma y escapando de los castigos de los males, caminaba y ascendía hacia la montaña a cual la conducía el ángel. Pero cuando obró contra el mandato de Dios, que le ordenó que no fuera a mirar hacia atrás ni detenerse en toda aquella región (cf. Gn 19,17), sino que ascendiera a la montaña para allí ser salvada, al darse vuelta y mirar hacia atrás, allí sus pasos tropezaron y perdió todo lo que había realizado antes de su partida, y quedó como una perfecta estatua de sal (cf. Gn 19,26). Esto es lo que el Señor dice en el Evangelio: “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9,62).

Progresar continuamente

2.3. Pasemos todavía a otra historia de obstinación, para que sepas de qué forma los pasos de algunos se desvían (cf. Sal 72 [73],2). Un pueblo numeroso salió de la tierra de Egipto y atravesó el Mar Rojo; y para quienes atravesaron el Mar Rojo hubo un progreso (cf. Ex 14,15-27), pero algunos cayeron en el desierto (cf. Nm 14,16; 1 Co 10,5), desviando sus pasos, algunos más, otros menos. En efecto, lo que más habían progresado en el camino, mucho desviaron sus pasos; pero los que habían progresado poco, desviaron menos sus pasos. Y si tú oyes decir que alguien ha progresado en la pureza durante tres años, en la castidad durante cinco años, en la confesión de la Palabra durante diez años, después de lo cual llegas a saber que este ha sido vencido por la fornicación, o ha cometido algún otro pecado, no dudes en decir que ha desviado sus pasos. Como asimismo un timonel que gobierna la nave y ha recorrido muchos estadios[8] y, vencido por el viento contrario, no pudiendo oponerle resistencia[9], vuelve hacia atrás empujado por el viento, hace desviar los pasos de la nave; del mismo modo, también tú que te lanzas hacia lo que está por delante (Flp 3,13), si pecas te vuelves hacia atrás, desvías tus pasos. Para que temas desviar tus pasos, oye lo que dice el Señor en Ezequiel: “Si un justo se aparta[10] de sus obras de justicia, todas sus obras de justicia que ha hecho no serán recordadas” (Ez 3,20). Porque sus pasos se han desviado. Por tanto, te imploramos, Señor, para que también nuestros pasos sean enderezados (Sal 36 [37],23), para que no vacilen nuestros pasos (Sal 36 [37],31), y para que, pasando a través, contemplemos las grandes visiones (cf. Ex 3,3), conforme a la proporción[11] de nuestro pasar a través.

2.3. ¿Quieres que te muestre otros cuyos pasos tropezaron? Recuerda a aquellos que atravesaron el Mar Rojo c omo por una tierra seca (cf. Ex 14,15 ss.) y que, pecando, cayeron en el desierto, y allí sus pasos tropezaron. Pero también ahora, cuando sucede que alguien vive en la continencia tres o cuatro años e incluso más, si otro se dedica al estudio de la palabra y la doctrina, y a las labores de la sabiduría; entonces, si después es vencido y pasa a la lujuria de la carne o se desvía hacia otros pecados, o se transfiere a una vida mundana, o se vuelve hacia los negocios y las ganancias de la vida corruptible, no dudes en decir sobre él que sus pasos han tropezado.

Por tanto, pidamos al Señor que dirija nuestro pasos y custodie nuestros caminos, para que nuestros pasos no tropiecen; para que en el Camino por el que marchemos, es decir, Cristo nuestro Señor (cf. Jn 14,6), nuestros pasos estén firmes como sobre una roca estable; para que de ninguna manera podamos tropezar por causa de aquel cuya cabeza observamos y de aquel que acecha nuestro talón (cf. Gn 3,15), al que nunca debemos ofrecer desnuda la planta de nuestro pie, sino que siempre debemos tener nuestros pies calzados, en preparación para anunciar el Evangelio de la paz (cf. Ef 6,15); de modo que, si viniera el diablo que hace tropezar nuestros pies, y encontrara nuestros pies preparados y firmes sobre la roca, no pueda hacernos tropezar.



[1] Origene, p. 316, nota 9.

[2] Homilías sobre Jeremías, V,3.

[3] O: determina (thelesei).

[4] Lit.: cuando caiga no será quebrado en pedazos.

[5] Lit.: no se desparramaron.

[6] Cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, V,2.3: «¿Es necesario dar a conocer de nuevo qué guerras, qué combates nos esperan después del bautismo? Apréndelo nuevamente no de mí sino del apóstol Pablo, él mismo te enseña diciendo: “Porque nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malvados (que están) en las regiones celestiales” (Ef 6,12). Las cosas que han sido escritas son formas y figuras. Puesto que así lo dice el Apóstol: “Todas estas realidades les sucedían en figura, y fueron escritas para nosotros, que hemos llegado al fin de los tiempos” (1 Co 10,11). En consecuencia, si han sido escritas para nosotros, ¿por qué no procedes? Partamos para el combate, a fin de tomar por las armas la primera ciudad de este mundo, la maldad, y destruyamos las soberbias murallas del pecado. Tal vez mirarás en torno, ¿qué camino hay que tomar, qué campo de batalla elegir? Acaso halles novedosas para ti mis palabras, sin embargo, son verdaderas: nada busques fuera de ti mismo. Dentro tuyo está la guerra que vas a librar; en tu interior está aquel edificio de la maldad que hay que socavar; tu enemigo procede de tu corazón. No es mía esta voz, sino que es de Cristo; oye, en efecto, lo que él mismo dice: “Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt 15,19). ¿Ves cuántos y cuáles (son) los ejércitos de tus enemigos que avanza contra ti desde tu corazón? Estos que (vienen contra) nosotros hay que masacrarlos en primer término, abatirlos en la primera contienda. Si podemos socavar sus murallas y matarlos a filo de espada, para que así no quede ninguno de ellos (cf. Jos 11,14) que lo cuente o que respire; si ya ninguno de entre ellos en modo alguno (puede) aparecer redivivo en nuestros pensamientos, entonces por Jesús se nos dará aquella paz, para que: “Cada uno descanse bajo su viña y bajo su higuera, cuando ya no haya quien atemorice a los hijos de Israel” (cf. Mi 4,4)».

[7] Cf. Orígenes, Homilías sobre el Génesis, V,2.2: «Puesto que “la Ley es espiritual” (cf. Rm 7,14) y lo que acaecía a los antiguos “acaecía en figura” (cf. 1 Co 10,11), veamos si, tal vez, Lot, que no miró hacia atrás, no sea el sentido racional y el alma viril, y su mujer no (sea) aquí figura de la carne. Porque la carne, que mira siempre a los vicios, es la que torna con su vista hacia atrás, a la búsqueda de las voluptuosidades, mientras el alma tiende a la salvación. Por eso, también el Señor decía: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9,62). Y añade: “Acuérdense de la mujer de Lot” (Lc 17,32). Lo de que “se transforma en estatua de sal” parece expuesto para indicar su falta de sabiduría (insipientiae). La sal significa, en efecto, la prudencia que le faltó».

[8] Medida de longitud equivalente a 185 metros.

[9] Lit.: mirarlo de frente.

[10] O: se desvía.

[11] Lit.: analogía.