OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (688)

El Espíritu Santo sobre el altar eucarístico

Hacia 1520

Liturgia de las Horas

Países Bajos

Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos

Homilía II sobre el Salmo 15 (16)

Introducción

La segunda homilía sobre el salmo 15 (16) comienza con un nuevo llamamiento a leer desde Cristo su texto. Esta lectura se apoya y se confirma gracias a la autoridad de los testigos del Señor Resucitado: los apóstoles (§ 1.1).

De inmediato el predicador solicita el auxilio de la oración de sus oyentes. Así podrá comprender y exponer lo que debe ser correctamente examinado en el salmo (§ 1.2). 

La lectura cristológica de la Escritura exige mantener cuidadosamente la confesión de fe en las dos naturalezas de Cristo. Lo cual implica saber distinguir aquellos textos que se aplican a su realidad humana, de los que se relacionan con su naturaleza divina (§ 2.1).

Jesucristo, en tanto que Hijo de Dios encarnado, bendice al Padre puesto que, por su intermedio, maravillas han sido realizadas en favor del género humano. El versículo siete, principalmente, del salmo es interpretado a partir de tres textos bíblicos, tomados de: Isaías, Romanos y Colosenses (§ 2.2).

Texto

Los apóstoles: testigos del Señor Resucitado

1.1. Cada uno de los apóstoles es por sí mismo un testigo sagrado, un adorno del Espíritu de Cristo, cada vez que interpreta un pasaje de la Antigua Escritura, sobre todo cuando lo refiere a Cristo[1]. De hecho, Cristo Jesús ha sancionado la autoridad de los apóstoles, y en Cristo Jesús, Dios (la ha sancionado). Pero si “toda palabra es establecida por boca de dos o tres testigos” (2 Co 13,1; cf. Dt 19,15), en cada ocasión que dos o tres apóstoles interpretan la Sagrada Escritura, lo que se afirma parecerá todavía más digno de fe, siendo testimoniado por dos o tres testigos de semejante autoridad. Ahora bien, respecto a este salmo, hemos hallado recientemente que una parte de lo que se ha leído no fue interpretado solo por dos o tres testigos. En los Hechos de los apóstoles está escrito, en efecto, que Pedro, junto con los once, tomando la palabra utilizó también el pasaje que dice: “Veía siempre al Señor a mi derecha para que no vacile; por eso mi corazón se ha alegrado y mi lengua ha exultado. Además, mi carne descansará en la esperanza porque tú no abandonarás mi alma en el Hades ni dejarás que tu santo vea la corrupción” (Sal 15 [16],8-10; Hch 2,25-28). Y Pedro afirma que David dijo esto sobre Cristo, viendo anticipadamente en el Espíritu. David, que por voluntad de Dios sirvió a (su) propia generación, vio la corrupción; en cambio, aquel que Dios ha resucitado no vio la corrupción, ni su alma fue abandonada en el Hades. Ves, por consiguiente, respecto a este salmo, cuántos testigos han testimoniado que se dice sobre la persona de Cristo. Pues los doce apóstoles de Cristo han afirmado esto en un solo espíritu y con una única voz, como un coro que canta al unísono. Hablando de los doce, lo refiero a después que fue quitado de en medio Judas, y fue incorporado Matías en lugar de Judas, como está escrito en los Hechos de los apóstoles (cf. Hch 1,23-26).

Oración para pedir la recta comprensión del salmo

1.2. No es fácil referir al Salvador el contenido de las palabras de las que se sirvieron los apóstoles y explicarlas con autoridad, por nuestra parte, palabra por palabra. Explicar el salmo en su totalidad, armonizarlo consigo mismo palabra por palabra, demostrando que quien habla es el Salvador, y enseñar sobre sus contenidos de una forma digna del Salvador, me parece que necesita del mismo Salvador, para que, hablando el Señor mismo dentro de nosotros, podamos decir las palabras: “¿Acaso buscas una prueba del hecho de que en mí habla Cristo?” (2 Co 13,3). En consecuencia, si en otras ocasiones las oraciones de ustedes y las peticiones de bienes al Señor nos han ayudado para explicar las Escrituras, que también ahora nos ofrezcan ayuda, a fin de que Dios nos conceda el don de la Palabra, a nosotros que estamos sedientos y pedimos ser iluminados sobre las realidades que necesitan ser clarificadas. Y nosotros, que antes no comprendíamos, iluminados ahora por la Palabra, gracias a las oraciones de ustedes, después de haber comprendido, expondremos lo que debe ser examinado en este salmo.

Las dos naturalezas de Cristo

2.1. El comienzo de la lectura de hoy decía: “Bendeciré al Señor que me ha dado entendimiento” (Sal 15 [16],7), es decir, según la percepción humana. En efecto, en las Escrituras distinguimos cuando habla el Señor, comprendido en su divinidad; y cuando habla Cristo, considerado según el aspecto humano. Ahora las palabras del salmo han sido dichas sobre la persona de Cristo, entendido según su aspecto humano. El pasaje: “Mi carne descansará en la esperanza” (Sal 15 [16],9), es palabra humana; y también: “No abandonarás mi alma en el Hades” (Sal 15 [16],10), es la palabra de quien se sirve de un alma. Pero cuando encuentras dicho: “Tu nombre durará[2] en el cielo más que el sol y la luna, de generación en generación; y descenderá como la lluvia sobre un vellón y como el rocío que gotea sobre la tierra” (Sal 71 [72], 17. 5-6), y otras afirmaciones semejantes, dichas para gloria de Él, comprende su divinidad.

Jesucristo bendice al Padre

2.2. Ya sea según “el primogénito de toda la creación” (Col 1,15), ya sea según su alma, que precede al cuerpo, también ahora dice: “Bendeciré al Señor -es decir al Padre- que me ha dado el entendimiento” (Sal 15 [16],7). ¿Pero quién pronuncia estas palabras si no, como lo he anticipado, el hombre que ha sido profetizado? Sobre él dice también Isaías: “Saldrá un vástago de la raíz de Jesé y una flor brotará de la raíz; y sobre él se posará el Espíritu de Dios, espíritu de sabudiría e inteligencia” (Is 11,1-2). Si el espíritu de entendimiento se ha posado sobre aquel que desciende de la raíz de Jesé, “nacido de la estirpe de David según la carne” (Rm 1,3), rectamente el que ha sido engendrado de la estirpe de David según la carne dice: “Bendeciré al Señor que me ha instruido” (Sal 15 [16],7). En efecto, “el primogénito de toda la creación” (Col 1,15), el espíritu de consejo y de fortaleza (cf. Is 11,2) se ha unido al Salvador, comprendido en su aspecto humano, generado de la estirpe de David según la carne (cf. Rm 1,3). Y de esta manera dice: “Bendeciré al Señor me ha dado entendimiento” (Sal 15 [16],7).



[1] Lit.: cuando lo conducen (o: llevan) hacia (o: sobre) Cristo.

[2] O: permanecerá (diamenei).