OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (683)

La Resurrección de Jesucristo. Las mujeres ante la tumba vacía

1319-1320

Evangeliario

Vaspurakan, Armenia

Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos

Homilía I sobre el Salmo 15 (16)

Introducción

Los dos primeros versículos del salmo son explicados como una expresión de la oración del Salvador, no solo en cuanto hombre, sino también como Sabiduría. Orígenes trata de moderar la visión de tipo jerárquica en la relación Padre – Hijo subrayando la relación dinámica de comunión que se da entre ellos (§ 3.1)[1].

“Orígenes, cuando se expresa dentro de contextos más bien genéricos, en los cuales le interesa fijar bien y valorizar la divinidad de Cristo, y su función de único referente del hombre para alcanzar la salvación, asocia el Hijo al Padre, también como destinatario de la oración. En cambio, cuando quiere puntualizar la relación entre Dios - Cristo - el hombre, con mayor precisión, incluso en el ámbito del tema de la oración, establece la debida gradación y distingue las partes, el destinatario del trámite: lo impelía en tal sentido también la documentación bíblica”[2] (§ 3.2).

El segundo comentario a los primeros versículos del salmo es desarrollado en clave eclesiológica. “La oración que Cristo dirige al Padre la formula en nombre de su ‘cuerpo’, la Iglesia. Asistimos aquí al inicio del método de interpretación cristológica de los Salmos en dos niveles, que será muy utilizado en la exégesis patrística y que Agustín distinguirá como la cabeza (caput = Cristo) y el cuerpo (corpus = la Iglesia)”[3]. Por la encarnación Cristo se hace “compuesto”, es decir, hombre dotado de cuerpo, alma y espíritu. La antropología tripartita de 1 Ts 5,23 es característica de Orígenes[4] (§ 3.3).

“Después de la advertencia sobre la conducta al interno de la Iglesia, por la cual la relación con el otro es siempre una relación con Cristo, el desarrollo parenético sobre la dignidad del pagano, en cuanto hombre creado -él también- a ‘imagen y semejanza de Dios’ (Gn 1,26) nos revela un aspecto fundamental de la antropología de Orígenes…, marcado de forma indeleble por la imagen de Dios impresa en él, el ser humano está llamado, para el Alejandrino, a llevar a la práctica la semejanza con su Creador”[5] (§ 3.4-5).

Texto

Cristo tenía necesidad del Padre

3.1. «“Protégeme, Señor, porque confío en ti”, dije al Señor» (Sal 15 [16],1-2). El Salvador nos expone su oración, para que exponiéndola nos enseñe también a nosotros a orar. En efecto, Él ha orado al Padre diciendo: “Protégeme, Señor”, porque el Salvador necesita del Padre; y solo el Dios del universo no carece de nada ni de nadie tiene necesidad. Pero el Salvador, incluso teniendo necesidad, tiene algo diferente, pues solo tiene necesidad del Dios del universo. En. cambio, Moisés, si tiene necesidad, necesita de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo y de los ángeles que lo socorren y lo asisten. Cuanto más inferiores somos, tanto más necesitamos de muchos, puesto que nadie está en condiciones de ser beneficiado solamente por Dios. Por tanto, si digo: el Salvador tiene necesidad y también Cristo Sabiduría, no te escandalices por lo que afirmo. No digo que tiene necesidad del mismo modo que tú, o de aquellos que tienen necesidad del auxilio de quien está puesto debajo de Dios; sino que digo: necesitado del único Dios y Padre, a quien Él rezaba, incluso por medio de los profetas como ahora (en este salmo). Y en los Evangelios se retiraba a los lugares desiertos y oraba teniendo necesidad de Él (cf. Mc 1,35; Lc 5,16; 6,12; 9,18; 11,1).

Debemos orar por medio de Jesucristo

3.2. Si acaso yo quisiera orar a Dios del mismo modo que el Salvador, como si tuviera necesidad únicamente de Dios, y presentara mi oración sin el Salvador, rezaría una oración imperfecta. En efecto, mi oración incluso cuando asciende a Dios, debe ascender por medio de Jesucristo, “el sumo sacerdote y protector de nuestras almas”[6]. Porque el Padre no recibirá la oración si yo se la presento sin servirme del sumo sacerdote, no pudiendo llegar hasta Él sin Jesucristo, que se la ofrece[7]. A Él, Dios le ha dicho con juramento: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Hb 5,6; Sal 109 [110],4); y necesita la. protección del Padre diciendo: “Protégeme, Señor, porque confío en ti” (Sal 15 [16],1). Y Él nos refiere esto afirmando haber dicho (esas palabras) al Señor mismo. Por consiguiente, también Él tiene necesidad de protección y sin la protección paterna no sabría que debía enfrentar.

En la encarnación Cristo asume un cuerpo humano

3.3. Pero también puedo explicar (el texto) de otra forma, de una manera más accesible y grata para todos. ¿En qué sentido dice el Salvador: “Protégeme, Señor, porque confío en ti” (Sal 15 [16],1)? Sostengo que dijo esto a su Señor y Padre, en relación a aquellos que son sus miembros. Y afirmo: como quien ora por el propio cuerpo, y no reza por otro sino por sí mismo -por ejemplo, si rezo por mi cabeza oro por mí mismo, si rezo por los miembros de mi cuerpo oro por mí mismo-, del mismo modo comprende que también el Salvador (porque “ustedes son miembros de Cristo, cada uno en particular, y son cuerpo de Cristo” [1 Co 12,27]), rezando y diciendo: “Protégeme, Señor” (Sal 15 [16],1b), mientras ora por ti, habla de sí mismo. Pues tú eres su cuerpo, eres parte de su cuerpo, a menos que quieras ser separado de Él. El Salvador es compuesto por causa tuya; tú eres compuesto, en cuanto posees un cuerpo inferior a la sustancia de tu alma y a la naturaleza de tu espíritu. Pero mi Salvador y Señor es compuesto por causa de la Iglesia, que es su cuerpo[8]. Por ella, que necesita protección, ora diciendo: “Protégeme, Señor” (Sal 15 [16],1b). Por ello, también respecto de su cuerpo, asumiendo todo de la misma manera, dice: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber” (Mt 25,35). Es como si yo dijera: “Si me has dado alimento para mi cuerpo, me lo has dado a mí; si has dado de beber a mi cuerpo, a mí me has dado de beber”.

Pecamos contra Cristo si obramos mal con nuestro prójimo

3.4. En consecuencia, todo aquello que le hacemos al cuerpo de Cristo, la Iglesia, y a los miembros de Cristo, nuestros hermanos, a Cristo se los hacemos. Si obramos mal con aquel que cree en. Cristo, le hacemos violencia a Cristo, insultamos a Cristo, despreciamos a Cristo. Si obramos bien, si damos de comer al que tiene hambre y de beber al que tiene sed, a Cristo le hacemos el bien. Por tanto, no pienses que, cuando obras bien o mal hacia tu prójimo perturbas a un hombre, tú perturbas a Cristo mismo. Como afirma Helí en el Primer libro de los Reyes: “Si pecando, un hombre peca contra un hombre, rezaremos por él; pero si peca contra el Señor, ¿quién orará por él?” (1 S 2,25). No pienses que pecas contra un hombre, cuando pecas contra un cristiano. Pecando contra un cristiano, pecas contra Cristo. Si pecas contra un pagano, pecas contra un hombre.

Pecamos contra el ser humano, en tanto que imagen del Creador

3.5. Sin embargo, no menosprecies el hecho de pecar contra un pagano. Incluso si pecas contra un pagano, mira su origen y cómo ha recibido su subsistencia en las palabras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Y si suprimes esto, es decir, el hecho de pecar contra un cristiano y de pecar contra un hombre -a partir de lo cual se comprende el hecho de pecar contra todos aquellos que son imagen del Creador, y entre estos están también los ángeles, los tronos, las potestades-, el pecado ya no subsiste. Si suprimes el hecho de pecar contra un hombre, de pecar contra un hermano, de pecar contra aquel que es imagen del Creador, haz lo que quieras, como con un animal privado de razón: mátalo, inmólalo, no pecas contra un animal privado de razón. En efecto, la naturaleza del pecado no se extiende hasta un animal privado de razón, hasta el punto de decir: “He cometido una injusticia contra un animal privado de razón, me he aprovechado de un animal irracional o le he hecho algunas otras cosas”. “Pues pediré cuentas de la sangre de sus almas a todo hermano y a todo animal” (Gn 9,5). Por tanto, eres tú, oh hombre, quien puedes sufrir injusticia, pero no la naturaleza del animal privado de razón la que puede sufrir injusticia.

3.6. Sea esto dicho a modo de digresión sobre las palabras: “Protégeme, Señor” (Sal 15 [16],1b).



[1] Perrone, p. 134, nota 7.

[2] La cita es de M. Simonetti, en Origene, p. 135, nota 8.

[3] Origene, p. 136, nota 9.

[4] Cf. Origene, p. 137, nota 10.

[5] Origene, p. 138, nota 11.

[6] Cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 61.3: “el sumo sacerdote y protector de nuestras almas” (cf. Hb 2,17; 3,1; 1 P 2,25)

[7] Cf. Orígenes, Tratado sobre la oración, 15,4: «¿Por qué se dirigen a mí en la oración? Han de orar solamente al Padre, a quien yo mismo oro. Esto es lo que aprendieron de las sagradas Escrituras. Porque tú no has de dirigirte al sumo Sacerdote designado por el Padre en tu favor (Hb 8,3), ni al abogado a quien el Padre ha encargado que ore por ti (1 Jn 2,1). Tú debes orar por medio del sumo Sacerdote y abogado, capaz de compadecerse de tus debilidades por haber sido probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Hb 2,12), porque el Padre así me lo regaló. Consideren, pues, cuán gran presente cuando recibieron al Espíritu de filiación (Rm 8,15) al renacer en mí, de manera que se llamen hijos de Dios y hermanos míos. Han leído lo que yo dije por boca de David al Padre: “Anuncié yo tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré” (Sal 21 [22],22; Hb 2,12). No es razonable que oren al hermano aquellos que han sido juzgados dignos de ser hijos del mismo Padre. Deben, por tanto, dirigirse conmigo y por mí solamente al Padre».

[8] Cf. Orígenes, Contra Celso, II,9: “… Después de la encarnación, el alma y cuerpo de Jesús se hicieron en grado sumo una sola cosa con el Logos de Dios. Y es así que si, según la doctrina de Pablo, que dice: El que se une al Señor es un solo espíritu (1 Cor 6,17), todo el que entiende qué es unirse al Señor y con Él se une, es un solo espíritu respecto del Señor…”. Ibid., VI,48: “Las divinas letras dicen que la Iglesia entera de Dios es el cuerpo de Cristo, animado por el Hijo de Dios, y miembros de este cuerpo, que hay que mirar como un todo, son los creyentes, cualesquiera que fueren. Y es así que, como el alma vivifica y mueve al cuerpo, el cual, por naturaleza, no puede moverse por sí mismo de manera viva, así el Logos, moviendo y activando hacia el cumplimiento de sus deberes al cuerpo entero, que es la Iglesia, mueve a cada uno de los miembros de ella, que no hacen nada fuera del Logos”.