OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (612)

Cristo Pantocrátor

Hacia 1220

Evangeliario

Espira, Alemania

Orígenes, Veintiséis homilías sobre el (libro) de Josué

Homilía IX: Sobre el altar construido por Jesús. La segunda Ley (Jos 8,30 ss. [LXX: 9,2])

Introducción

Orígenes prosigue el tratamiento de la distinción entre oídos exteriores e interiores (§ 9.1-9.2). E inmediatamente pasa a desarrollar otro de sus grandes tópicos: la diversa clase de fieles en la Iglesia, que exigen diferentes tipos de alimentos (§ 9.3-4). 

Todos los cristianos, sin embargo, tienen una meta común: la perfección; es decir, el cabal cumplimiento de la Ley y del Evangelio, o las normas evangélicas (§ 9.5). Aquí se incluye una interesante y valiosa reflexión sobre la verdadera condición viril, que no es cuestión de sexo, sino de compromiso en el seguimiento de Cristo (§ 9.6).

En la conclusión de la homilía se aborda el tema de la persecución contra los cristianos, en nuestros días una realidad de gran actualidad. Se pone de relieve el hecho de que los cristianos tanto más aumentaban en número cuanto más eran perseguidos (§ 10.1-2). Ante la persecución nuestra respuesta debe ser solo una: confianza total en la victoria de Jesucristo (§ 10.3).

Texto

Los oídos interiores

9.1. Escuchen, por tanto, más diligentemente a las palabras del Escritura que dice: “No hubo ni una palabra, de todas las que prescribió Moisés, que no leyera Jesús a los oídos de toda la asamblea de los hijos de Israel”. Y también agregó: “A las mujeres, los niños y los prosélitos” (Jos 8,35 = 9,2 [6] LXX).

9.2. Nuestro Señor Jesús sabe que hay otros oídos además de los carnales, los cuales requiere a quienes oyen sus palabras y para escuchar la Ley. Por donde, también en el Evangelio, después de enseñar sobre cada uno de ellos lo que conviene, agrega y dice: “El que tenga oídos para escuchar que oiga” (Mt 13,9). Lo cual, si lo dijera sobre los oídos carnales, parecería superfluo. Porque nadie que carezca de oídos hubiera ido a escuchar sus palabras. Pero ya que sabía que sus palabras deben recibirse con los oídos interiores del hombre, es decir con la inteligencia del corazón -porque ¿para qué sirve escuchar la palabra, si no se la retiene y se la conserva en el corazón?- por eso exige oídos a sus oyentes.

Las diferentes categorías de fieles

9.3. Esto, por consiguiente, también ahora, bien cuando se leen las Escrituras en la iglesia, bien cuando se profiere para el pueblo un sermón de explicación, decimos que seguimos la autoridad de la Escritura. Miren, Jesús sin duda lee las palabras de la Ley, pero no las lee a muchísimos; porque Jesús lee la Ley a aquellos que tienen oídos para oír.

9.4. Pero también en la asamblea del Señor se agregan mujeres, niños y prosélitos; si comprendemos separadamente mujeres, niños y prosélitos, y los consideramos como una cierta prolongación de la Iglesia, porque “en una gran casa no hay solamente vasos de oro y plata, sino también de madera y arcilla” (2 Tm 2,20); decimos que los hombres fuertes (son las almas) a las que se da un alimento fuerte, aquellos sobre los cuales dice el Apóstol: “El alimento sólido es de los perfectos” (cf. Hb 5,14), con los cuales Jesús se prepara una Iglesia que “no tenga mancha, o arruga, u otra realidad semejante” (Ef 5,27). En cambio, por mujeres, niños y prosélitos entendemos a quienes se distingue con este apelativo porque todavía tienen necesidad de leche (cf. Hb 5,12), o también a los débiles, como son las mujeres, que se alimentan con verduras (cf. Rm 14,2). Pero si se comprende a la Iglesia en su conjunto, entendemos por hombres a quienes en todas las cosas son perfectos, sabiendo resistir “armados contra las astucias del diablo” (Ef 6,11). En cambio, las mujeres no sacan de sí mismas aquello que necesitan, sino que proceden imitando a los hombres y siguiendo sus ejemplos; porque se dice que ellos son también su cabeza: “La cabeza de la mujer, en efecto, es el varón” (1 Co 11,3). Y los niños son que habiendo recibido la fe hace poco tiempo son alimentados con la leche evangélica. En los prosélitos vemos a los catecúmenos o a los que ya desean asociarse con los fieles. Sobre estas categorías también Juan piensa de manera semejante, y escribió en su epístola sobre cada una de las edades y definió las conductas propias de cada una de ellas (cf. 1 Jn 2,12 ss.).

Apresurarse hacia la perfección

9.5. Jesús, entonces, les lee la Ley y les revela a los corazones de ustedes el sentido espiritual y ustedes, los prosélitos, es decir los catecúmenos, no permanecen por largo tiempo catecúmenos, sino que se apresuran a recibir la gracia de Dios, para ser enumerados también ustedes en la asamblea de los hijos de Israel. Y ustedes, “niños, no sean niños respecto del juicio, sino párvulos para la malicia, y sean perfectos para juzgar” (cf. 1 Co 14,20); también el Apóstol les dice a los hebreos: “Dejando a un lado la enseñanza elemental sobre Cristo, vayamos hacia la perfección” (Hb 6,1). Pero también ustedes que, bajo el nombre de mujeres, están débiles, remisos y lánguidos, los amonesto para que “levanten las manos remisas y las rodillas disolutas” (cf. Hb 12,12). Esto es, despierten los ánimos negligentes y perezosos, y asuman una viril constancia para cumplir los preceptos de la Ley y los evangélicos; y apresúrense rápidamente hacia la perfección de los hombres fuertes.

La verdadera condición viril

9.6. Porque la Escritura divina no hace distinción entre hombres y mujeres. Puesto que, ante Dios, no hay ninguna diferencia de sexo, sino que se les designa varón o mujer por la diversidad de ánimo. Cuántas del número del sexo de las mujeres se enumeran como varones fuertes ante Dios; y a cuántos de los varones se les considera como remisas y lánguidas mujeres ¿O no te parece que hay que poner entre las mujeres aquel hombre que dice: “No puedo vender lo que poseo y darlo a los pobres (cf. Mt 19,21-22); no puedo poner la otra mejilla al que me golpea (cf. Lc 6,29); no puede bendecir al que me maldice (cf. Lc. 6,28); no puedo orar cuando soy insultado (cf. Lc 6,28); no puedo soportar y padecer persecución (cf. 1 Co 4,13)”? Y todos los demás preceptos semejantes que nos son mandados, quien dice “no puedo cumplirlo”, ¿qué otra cosa te parece, sino que debe ser enumerado entre las mujeres, que nada viril pueden hacer?

La conspiración contra Josué e Israel

10.1. Pero veamos que está escrito después de esto: “Y oyeron, dice (la Escritura), todos los reyes de los amorreos, que están del otro lado del Jordán, en las montañas, en los campos, a las orillas del gran mar, que estaban en el Antilíbano, los ceteos, los amorreos, los cananeos, los fereseos, los eveos, los gergeseos y los jebuseos se reunieron unánimes para combatir contra Jesús e Israel” (Jos 9,1-2 LXX)[1].

10.2. El sentido del relato de los hechos de la historia es manifiesto; no necesita explicación lo que es evidente. Sin embargo, a partir de esos hechos visibles, se contemplan los combates y los triunfos que condujo nuestro Señor Jesús el Salvador; aunque también en Él mismo vemos esto visiblemente cumplido. Porque se aliaron los reyes de la tierra, el senado, el pueblo y los príncipes de Roma para combatir juntos el nombre de Jesús y el de Israel. Decretaron en sus leyes que no hubiera más cristianos. Todas las ciudades, todas las clases atacaron el nombre de los cristianos. Pero como antes todos aquellos reyes reunidos nada pudieron hacer contra Jesús, así también ahora nada pudieron hacer esos príncipes y poderes contrarios, que negaban a la raza de los cristianos propagarse amplia y profusamente. Está escrito, en efecto, que: “Cuanto más los humillaban, tanto más se multiplicaban y aumentaban” (Ex 1,12).

Conclusión de la homilía

10.3. Pero tenemos confianza, porque no solo nuestros enemigos y adversarios invisibles no podrán vencernos, sino que también rápidamente Jesús nuestro Señor aniquilará victorioso a Satanás bajo los pies de sus servidores. Porque Él es el Jefe que siempre da la victoria a sus soldados, para que así también nosotros digamos, como está escrito en el libro de Esdras: “De ti, Señor, es la victoria, y yo soy tu siervo. Bendito eres, Dios de la verdad” (cf. 1 Esdras 4,59-60).

10.4. Nosotros también invoquémoslo siempre, para que nos dé la victoria en Cristo Jesús Señor nuestro, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. 1 P 4,11).



[1] Rufino traduce directamente del texto griego de la LXX.