OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (437)

La limpieza del trigo

Hacia 1440-1450

Francia

Orígenes, Veintiocho homilías sobre el (libro) de los Números

Homilía III (Nm 3,5-39)

Significado de “abrir la matriz”

4.1. Pero también lo que dice: “Por todo primogénito, que abre la matriz” (Nm 3,12), no me parece fácil el poder exponerlo o explicarlo. Porque ni tampoco todo el que abre la matriz puede considerarse por ello digno de la santificación del primogénito, puesto que en los salmos leemos: “Los pecadores se apartaron desde la matriz, erraron desde el vientre, han hablado cosas falsas” (Sal 57 [58],4). Esto evidentemente, desde el punto de vista de la letra, en modo alguno se tiene en pie. ¿Cómo pudo alguien errar de los caminos de Dios, cuando apenas salió del vientre de su madre? ¿O cómo pudo hablar con falsedad o proferir cualquier palabra un niño recién nacido? Siendo, por tanto, imposible que alguien yerre desde el vientre o hable con falsedad, será necesario buscar un vientre y una matriz tales a los que pueda convenir este dicho: que “los pecadores se apartaron desde la matriz, erraron desde el vientre, han hablado cosas falsas” (Sal 57 [58],4); y aquella será la matriz que abre todo primogénito que es consagrado a Dios. Abrió antaño Dios la matriz de Lía (cf. Gn 29,31), que estaba cerrada, y dio a luz los patriarcas; algo semejante (hizo) con Raquel, para que diera luz también ésta (cf. Gn 30,22), que tenía mirada penetrante y hermoso aspecto (cf. Gn 29,17). Pero también en muchos otros lugares de la Escritura encontrarás (lo de) abrir la matriz. Si tienes en cuenta cada uno de ellos en su contexto, encontrarás de qué modo yerran los pecadores desde la matriz (Sal 57 [58],4) y cómo los otros, que abren la matriz, son santificados en el orden de los primogénitos.

Jesucristo es el primogénito de toda criatura

4.2. “Y me pertenecerán, dice (la Escritura), los levitas, porque todo primogénito es mío: desde el día en que herí a todo primogénito en la tierra de Egipto, santifiqué para mí a todo primogénito” (Nm 3,12-13). Es conocido lo que la historia conserva sobre estos hechos, de qué modo fueron heridos los primogénitos de los egipcios cuando iba a ser sacado de Egipto el pueblo de Israel (cf. Ex 12,29). Esto es, por consiguiente, lo que en este lugar se indica, que no fueron santificados los primogénitos de Israel antes de ser heridos los primogénitos de los egipcios; y pone como causa de santificación de los unos la destrucción y muerte de los otros. Por lo cual también hay que entender aquí que existen algunos primogénitos incluso entre los egipcios, esto es, entre los poderes adversos, como elegidos en la maldad y primogénitos entre los demonios, que, a no ser que fueran golpeados y extinguidos, no podrían recibir en modo alguno la santificación los primogénitos de los israelitas. ¿Quién, entonces, es el que hirió a los primogénitos de los egipcios, esto es, a los principados y potestades (cf. Col 2,15) de los demonios? ¿No fue acaso mi Señor Jesucristo, que es el primogénito de toda criatura (cf. Col 1,15), que humilló a los principados y potestades adversas, triunfando sobre ellos en la cruz (cf. Col 2,15)? De hecho, si Él no los hubiera golpeado y triunfado (sobre ellos), de ningún modo hubiera podido llegar a nosotros la santificación de los primogénitos. Pero para darnos a nosotros las bendiciones de los primogénitos, antes se hizo a sí mismo primogénito de entre los muertos, para ser Él mismo en todas las cosas el que tiene el primado (cf. Col 1,18), elegir en lugar de los primogénitos a los que creemos en su resurrección y colocarnos en el rango de los primogénitos, si mantenemos firme hasta el fin la gracia de las bendiciones, con la ayuda de la misericordia del mismo Señor nuestro Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén (cf. 1 P 4,11).