OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (365)

Moisés ante la zarza ardiente

Siglo XIII

Salterio

Chantilly, Francia

Orígenes, Dieciséis homilías sobre el Levítico

Homilía V: Sobre el sacrificio por el pecado y por la falta. El sacrificio de salvación

Sobre la prohibición de comer la carne “antigua”

8. Dice (la Escritura): “Se comerá en el día, nada se dejará para la mañana siguiente” (Lv 7,5 [7,15]). Comparemos con otros sacrificios y veamos por qué razón en este sacrificio de salvación se ordena comer en el mismo día lo que se ofrece; en cambio, en otro sacrificio se permite conservarlo incluso hasta el segundo y hasta el tercer día, pero ya al tercer día hay que entregar al fuego lo que sobra, para que no contamine al oferente (cf. Lv 19,6 ss.). ¿Qué significa esta diferencia? Veámoslo. Pero sin duda necesitamos el auxilio de Dios, que se digne quitar toda la grasa que cubre nuestras entrañas (cf. Lv 4,8) y sacar completamente el velo de una comprensión grosera, para que podamos entender conforme a lo que se dice que Dios ordena.

Comparemos entonces la Escritura divina consigo misma y sigamos el camino de la solución que nos abra. Encontramos, en efecto, en el sacrificio de la Pascua, que se ordena inmolar al atardecer; (y) el mandato que se da es semejante: “Que nada de la carne quede hasta la mañana (siguiente)” (cf. Ex 12,6. 10). No es sin motivo que la palabra divina no quiere que nos alimentemos de la carne del día anterior, sino de la carne siempre fresca[1] y nueva, sobre todo quienes inmolan a Dios el sacrificio de la Pascua o “el sacrificio de alabanza” (cf. Sal 49 [50],23), a éstos se les manda comer carne nueva y fresca, del mismo día, se les prohíbe (comer) la del día anterior. Recuerdo que algo semejante también dice el profeta Ezequiel, cuando el Señor le ordena cocinarse unos panes sobre estiércol humano (cf. Ez4,12). Pero él responde al Señor y dice: “Oh, Señor, nunca se ha contaminado mi alma, ni un cadáver (de algún animal) o algo inmundo ha entrado en mi boca. Ni tampoco (carne) del día anterior ha entrado en mi boca” (Ez 4,14). Sobre esto me preguntaba a mí mismo cuál era motivo de la exultación del profeta, que le hacía declarar como algo grande ante Dios y decir: “Nunca he comido carne del día anterior”. Pero pienso que, instruido y penetrado de esos misterios, el profeta (quería) decir al Señor: “No soy un sacerdote abyecto y degenerado, (como) para comer la carne del día anterior”, es decir, antigua.

Una enseñanza “nueva y fresca”

Escuchen esto todos los sacerdotes del Señor y estén atentos para comprender lo que se dice. La carne de los sacrificios reservada a los sacerdotes, es la palabra de Dios que enseñan en la Iglesia. Por consiguiente, son amonestados por medio de figuras místicas para que, cuando empiezan a pronunciar un sermón al pueblo, no profieran (palabras) del día anterior, antiguas, hablando (de realidades) que son según la letra, sino que por la gracia de Dios siempre proclamen (palabras) nuevas y encuentren (palabras) siempre espirituales. Porque si lo que el día anterior aprendiste de los judíos, esto hoy lo proclamas en la Iglesia, eso es comer la carne del sacrificio del día precedente. Si recuerdas, también el legislador usó la misma expresión para la oblación de las primicias; para que sean, dice, nuevas y frescas (cf. Lv 2,14). Ves que siempre que se refiere a la alabanza de Dios, porque éste es el sacrificio de alabanza (cf. Sal 49 [50],23), debe ser nuevo fresco, no sea que cuando profieres (palabras) antiguas en la Iglesia, hablen tus labios y tu mente quede sin fruto. En cambio, oye lo de que dice el Apóstol: “Si, afirma, hablo lenguas, mi espíritu ora, pero mi inteligencia queda sin fruto. ¿Qué hacer entonces? Rezaré, dice, con el espíritu, rezaré con la inteligencia, diré un salmo con el espíritu, diré un salmo con la inteligencia” (1 Co 14,14-15). Por tanto, así también tú, si no proclamas una palabra de enseñanza espiritual, una doctrina de la gracia de Dios nueva y fresca en (tus) alabanzas de Dios, ciertamente tu boca ofrece un sacrificio de alabanza, pero tu mente es reprendida por la esterilidad de la carne del día anterior. Porque también el Señor, que daba el pan a sus discípulos, les decía: “Tomen y coman” (Mt 26,26), no suprimía el mandato de no reservar hasta el día siguiente. Este (sentido) misterioso, tal vez, también se contiene en que ordena no llevar pan para el camino (cf. Lc 9,3), para que presentes siempre frescos los panes de la palabra de Dios que llevas en ti[2]. En fin, aquellos gabaonitas fueron condenados y se hicieron cortadores de leña y portadores de agua (cf. Jos 9,21-23), porque entregaron panes viejos a los israelitas, a quienes la Ley espiritual ordenaba utilizar siempre (panes) frescos y nuevos. Hay ciertamente otra figura de los misterios, la que ordena también comer al día siguiente lo que sobre, pero nada conservar para  el tercer día (cf. Lv 19,6), lo cual veremos en su momento. 

Sobre la carne para el sacrificio que sobre después del segundo día

9. En lo que sigue se dice: “Si la ofrenda de su sacrificio fuera votiva o voluntaria, será comida cualquier día en que la ofrezcan, y al día siguiente. Y lo que sobre de la carne del sacrificio hasta el tercer día, será quemado en el fuego. Pero si come de esa carne en el tercer día, (la ofrenda) no será agradable para el oferente, no se le tendrá en cuenta, es una cosa inmunda. Y si una persona come de ella, carga con un pecado” (Lv 7,6-8 [7,16-18]).

Esto es, sin duda, lo que también dice David en los Salmos: “Que su oración sea tenida por pecado” (Sal 108 [109],7), cuando no sólo nada de mérito hay en su sacrificio, sino que también (existe) una falta grave. Porque oyes al legislador decretar que si alguien come de lo que sobra en el tercer día, cargará con un pecado. Por donde debemos reconocer que una gran ruina amenaza a la condición humana, cuando también allí mismo donde se ofrece el sacrificio de propiciación, nace el pecado. Esto, creo, (es) lo que consideraba el beato David en los Salmos (cuando) decía: “Los pecados, ¿quién los comprende?” (Sal 18 [19],13). Por eso el sacrificio votivo o voluntario ciertamente puede comerse en el segundo día, pero está absolutamente prohibido en el tercero. Pero da un remedio para los negligentes: si, dice (la Escritura), estuviera enfermo y no pudiera terminar la toda la carne del sacrificio en el segundo día, nada de esto comerá en el tercer día, sino que entregará al fuego lo que sobre. Porque si quisiera comer después de dos días, cargará con un pecado.

Sepamos conservar la Ley espiritual

Yo, conforme a la capacidad que tiene mi inteligencia, pienso que en estos dos días se pueden comprender los dos Testamentos, en los cuales está permitido buscar y examinar toda palabra que se refiera a Dios -porque esto es el sacrificio- y retirar todo el conocimiento de esas mismas realidades. Pero si queda un resto que la divina Escritura no establece, no se debe admitir otra tercera escritura para sostener el conocimiento, porque a esto se lo denomina tercer día; sino que lo que sobra entreguémoslo al fuego, es decir, reservémoslo para Dios. Porque en la vida presente Dios no quiere que lo sepamos todo, sobre todo cuando esto también lo dice el Apóstol: “Nuestro conocimiento es imperfecto[3]y nuestra profecía es imperfecta; pero cuando venga lo que es perfecto, será destruido aquello que es imperfecto” (1 Co 13,9-10). Éste es, por tanto, el fuego al que debemos reservar lo que quede al tercer día ( cf. Lv 7,7 [7,17]), y no atribuirnos con temeridad presuntuosa el conocimiento de todas las cosas, como con razón nos lo dice el mismo Apóstol: “No sabían ni de que hablaban, ni sobre que cosas aseveraban” (1 Tm 1,7). Por consiguiente, para que no suceda que nuestro sacrificio no sea aceptable y, por esto mismo de querer usurpar el conocimiento de las divinas Escrituras, se convierta para nosotros en pecado, conservemos esas medidas que nos ha enunciado la Ley espiritual por medio del legislador.



[1] Lit.: siempre reciente (recentes semper). Y habitualmente, aunque el texto latino suele leer carnes, he optado por traducir dicho vocablo en singular.

[2] Lit.: dentro de ti (intra te).

[3] Lit.: parcial (ex parte).