OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (354)

San Juan Bautista bautizando

Siglo XV

Francesco d’Antonio del Chierico

Biblia

Florencia, Italia

Orígenes, Dieciséis homilías sobre el Levítico

Homilía III: Sobre los sacrificios de expiación en casos especiales

Cristo derramó su sangre por nuestra salvación

5. Sería muy largo exponer ahora la diversidad de víctimas, el ritual y la variedad de los sacrificios, (tema) para otro trabajo, (no) para esta predicación, que recibe a la multitud en un auditorio común. Pero para limitarnos a ver algo en una breve exposición, ciertamente casi cada víctima que se ofrece tiene algo de la figura y de la imagen de Cristo. Porque en Él todas las víctimas son recapituladas, en tanto que, después que “Él mismo se ofreció” (cf. Hb 9,14), cesaron todas las víctimas que le precedieron en figura[1] y sombra (cf. Hb 10,1); sobre las cuales más arriba mostramos (cf. Hom. II,2), en cuanto pudimos, de qué modo el ternero ofrecido por el pontífice, o como un don o por el pecado, era la figura. Pero la grasa, que se ofrece como don, la cual cubre las entrañas y se adhiere a los riñones (cf. Lv 3,3), puede ser interpretada como aquella alma santa que sin duda ocultaban las entrañas, esto es, los misterios de su divinidad; y adherida a los riñones, es decir, a la materia corporal, que de nosotros había asumido castamente. Y puesto (como) intermediario entre la carne y Dios, colocó la naturaleza de (su) carne sobre los sagrados altares para que (fuera) santificada e iluminada por las llamas divinas, llevándola[2] consigo al cielo. Los riñones arrojados al fuego, ¿quién duda que indican que en Cristo (no) hay ningún movimiento de las partes genitales? Y recordar que “el sacerdote asperja la víctima con sangre siete veces ante el Señor” (cf. Lv 4,6. 17), evidentemente designa de modo misterioso la fuerza de la gracia de los siete (dones) del Espíritu Santo (cf. Ap 1,4; Is 11,2). Los cuatro costados del altar, que son ungidos con la sangre, indican que la pasión de Cristo es referida por los cuatro Evangelios. El órgano del hígado que se ofrece es la ira degollada en el hígado, (porque) en él se simboliza la velocidad y la fuerza turbulenta del furor. Y el resto de la sangre que “se derrama en la base del altar” (cf. Lv 4,7. 18), creo que designa la figura de aquella gracia por la cual, “en los últimos días” (cf. 2 Tm 3,1), después que “la totalidad de los gentiles haya entrado”, el resto de Israel (cf. Rm 11,25. 26), puesto en último lugar, como en la base del altar, recibirá también él la efusión de la sangre de Cristo. Pero sobre los corderos y los cabritos, las tórtolas y las palomas, al igual que sobre la flor de harina rociada con aceite o cocinada en los panes ázimos (cf. Lv 2,5. 4), se habló más arriba (cf. Hom. II,2), en la medida que cuestión lo exigía.

Sobre el pecado cometido con las cosas santas

6. Veamos ahora lo que se propone en la Ley sobre las ofrendas de víctimas “por el pecado” (cf. Lv 5,6). «Y habló, dice (la Escritura), el Señor a Moisés diciendo: “Si una persona peca inadvertidamente, no queriendo (ofrecer) las cosas santas del Señor, ofrecerá al Señor por su falta un carnero sin defecto de entre los ovinos, del valor de un siclo de plata del santuario, por la falta (cometida). Y el que ha pecado (respecto) de las cosas santas, devuelva y agregue un quinto sobre aquello, y lo dará al sacerdote; y el sacerdote, con el carnero (ofrecido) por la falta, rogará insistentemente por esa persona, y le será perdonada (la culpa)”» (Lv 5,14-16).

En las leyes precedentes, referentes a los sacrificios por la impureza, en alguna parte se decía ofrecer, por ejemplo, una oveja, o un cabrito, agregando: “Si sus recursos no alcanzaran para un cabrito o una oveja, ofrecerá un par de tórtolas o dos pichones de palomas”; y de nuevo: “Pero si ni a esto alcanzara, ofrecerá flor de harina” (Lv 5,7-11). Pero en esta ley, donde se trata sobre el pecado que se comete con las cosas santas, no se agrega ninguna sustitución de una segunda o tercera víctima inferior, sino que establece ofrecer un solo carnero; no se muestra otro (medio) para la remisión del pecado cometido contra las cosas santas, a no ser el degüello del carnero; y no (se trata) simplemente de un carnero, sino de un carnero comprado a un precio, y a un precio determinado: “un siclo, dice, del santuario” (cf. Lv 5,15). ¿Entonces qué? Si hubiere un pobre que no tuviere un siclo del santuario para poder comprar un carnero, ¿su pecado no será absuelto[3]? Por consiguiente, ¿cada uno (deberá) también adquirir riquezas para que su pecado sea perdonado? En verdad, si el Señor se digna abrirnos los ojos para ver y a ustedes los oídos del corazón para escuchar, buscaremos el sentido de lo que quiere el legislador, oculto en (estas palabras) misteriosas[4].

El sentido literal de las Sagradas Escrituras nos instruye

Y en primer lugar veamos el texto mismo que nos ha sido leído, tal como es según la letra. Parece hablar sobre aquellos en cuyas manos han sido depositadas las cosas santas, esto es, los dones que son ofrecidos al Señor; por ejemplo, ofrendas y dones, que son entregados en las Iglesias de Dios por almas devotas y religiosas para uso de los santos y el ministerio de los sacerdotes o para las necesidades de los pobres. Sobre estos, si alguien tuviera la audacia de sustraer algo, la ley decreta que, si recuerda haber pecado y espontáneamente experimenta la compunción del corazón -porque sobre quien no se arrepiente voluntariamente, sino que es convencido por la acusación de otro, el remedio es más difícil-, ese, por tanto, que recordó espontáneamente su pecado, devolverá -dice (la Escritura)- aquello mismo que sustrajo, “y agregará a eso un quinto, y ofrecerá un carnero por (su) pecado, comprado al precio de un siclo del santuario” (cf. Lv 5,16. 15). Esto que dice: “Agregará a aquello un quinto”, los simples estiman que quiere decir que, por ejemplo, si se sustrajeron cinco monedas, se agrega una, para que se vea que por las cinco (sustraídas) se devuelven seis. Pero quienes tienen pericia en la disciplina de los números cuentan muy diversamente el número (indicado) por este vocablo. Puesto que también en griego no se lee[5] pémpton, lo que sería[6] simplemente un quinto, sino epípempton, que nosotros ciertamente podríamos traducir: más un quinto, a no ser que se diga que entre aquellos[7]éste es el nombre de un número especial, que indica que por las cinco (monedas) hay que dar otras cinco y una más; para que se comprenda, por ejemplo, que quien haya robado cinco monedas sin duda restituirá esas cinco y otras cinco con el añadido de una más. Sin embargo, no hay que entender esto inmediatamente (aplicado sólo) para los robos o fraudes, sino que también si alguien toma dinero de los (bienes) santos para sus necesidades urgentes y tarda en llevarlo para su restitución, está obligado por una ley del mismo género. Esta ley, incluso según la letra, debe instruir a los oyentes. Su observancia también es muy útil y necesaria, sobre todo para quienes están al frente de la administración de (los bienes) eclesiásticos, para que sepan que deben vigilar con más cuidado y diligencia las cosas que se ofrecen para uso de los santos.



[1] Typo.

[2] Lit.: conservando consigo para los cielos (conservandam secum ad caelos).

[3] O: redimido (solvetur).

[4] O: “buscaremos lo que significa el pensamiento del legislador oculto bajo sus misteriosas (palabras)”.

[5] Habet.

[6] Facit.

[7] Los griegos.