OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (271)

Jesucristo resucitado con los discípulos de Emaús

1684

Libro de los Evangelios

Egipto

CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, ¿QUÉ RICO SE SALVA?

Segunda parte: el amor cristiano

   Aprender a utilizar los bienes materiales. El amor a Dios

27.1. Aún así, hay que exponer en primer lugar lo que aparece en la parábola, y para qué fue dicha. Enseña [ella] a los ricos cómo no deben descuidar su salvación, como (si) ya fueran condenados de antemano, ni tampoco que hay que echar la riqueza al mar, ni condenarla como insidiosa y enemiga de la vida; sino que hay que aprender el modo y la manera de usar la riqueza y de poseer la vida.

27.2. Puesto que uno no se pierde del todo, si (es) rico con temor, ni tampoco se salva absolutamente por confiar y creer que se va a salvar, es necesario examinar qué esperanza les presenta el Salvador y cómo lo inesperado puede convertirse en garantía y lo esperado llega a ser poseído.

27.3. Así, entonces, preguntado el Maestro sobre cuál es el más grande de los mandamientos, dice: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27); ningún mandamiento es más grande que ése, y con mucha razón.

27.4. Porque también se refiere a lo que (es) lo primero y más grande, a Dios mismo, Padre nuestro, por quien han nacido y existen todas las cosas (cf. Rm 11,36) y hacia quien regresa de nuevo lo que se salva.

27.5. Por tanto, amados como hemos sido previamente por Él (cf. 1 Jn  4,19) y puestos por Él en la existencia, no (sería) digno tener nada por más venerable y estimado, retribuyendo con esa sola pequeña gracia a tan grandes beneficios, puesto que no tenemos ninguna otra cosa en absoluto que dar a cambio a Dios que no le falta nada y es perfecto (cf. Mt 5,48); pero amando así al Padre alcanzamos la inmortalidad para la propia fuerza y poder. Porque cuanto más ama uno a Dios, también tanto más se introduce en la intimidad de Dios.

El amor al prójimo. La parábola del buen samaritano

28.1. Segundo en orden, y en nada inferior al primero, dice que es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27; cf. Lv 19,18); (y) por consiguiente a Dios por encima de ti mismo.

28.2. Y su interlocutor le preguntó: “¿Quién es [mi] prójimo?” (Lc 10,29). A la manera de los judíos no propuso (lit.: determinó) como prójimo al de la misma sangre ni al conciudadano ni al prosélito (cf. Lv 19,33), ni tampoco al circuncidado ni al que sigue una sola y la misma ley.

28.3. Sino que, al contrario, conduce el discurso hacia un hombre que baja de Jerusalén a Jericó, y le presenta herido por salteadores, arrojado medio muerto sobre el camino, pasado de largo por un sacerdote, mirado con indiferencia por un levita, y compadecido por el samaritano, que era despreciado (o: injuriado) y segregado, el cual no pasó como los otros sin más (o: casualmente), sino que dispuso dar auxilio al que estaba en peligro: vino, aceite, vendas, cabalgadura y dinero para el posadero, que ya le da y que además se lo promete (cf. Lc 10,29-37).

28.4. “¿Quién de éstos -dijo [Jesús]- fue prójimo para el que padeció las desgracias?” (cf. Lc 10,36). Y al responderle que el que mostró con él misericordia, (entonces) ve y haz tú lo mismo, ya que el amor produce (o: hace crecer) la beneficencia.

Cristo, el buen samaritano

29.1. Ciertamente, en ambos mandamientos nos propone la caridad, que sólo la distingue en el orden, y cuando asigna (o: atribuye) a Dios el primer puesto del amor, y el segundo lo atribuye al prójimo.

29.2. Pero, ¿qué otro puede ser ese [samaritano] fuera del Salvador mismo? ¿O quién, sino Él, ha tenido más piedad (= misericordia) de nosotros, que hemos estado a punto de ser matados por los dominadores del mundo de las tinieblas (cf. Ef 6,12) con muchas heridas, temores, concupiscencias, iras, tristezas, engaños (y) placeres?

29.3. Y el único médico de esas heridas (es) Jesús, que corta por completo de raíz las pasiones, no como la ley [que corta] las secuelas (o: los efectos), los frutos de las malas plantas, sino que [Jesús] introduce su propia hacha hasta las raíces de la maldad (cf. Mt 3,10).

29.4. Él derramó sobre las heridas de nuestra alma el vino, la sangre de la viña de David (cf. Jn 15,1), y el que aplicó el aceite, la piedad de las entrañas del Padre (cf. Lc 1,78), y que abundantemente proveyó; Él mostró las ataduras insolubles de la salud recobrada y la salvación: la caridad, la fe y la esperanza (cf. 1 Co 13,13); Él ordenó con una gran recompensa a los ángeles, principados y potestades (cf. Ef 3,10) que estuvieran a nuestro servicio (cf. Hb 1,14), pesto que también ellos serían liberados de la vanidad del mundo durante la revelación de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8,19-21).

29.5. Así, por tanto, a Él hay que amar como a Dios. Pero ama a Cristo quien hace su voluntad y guarda sus mandamientos (cf. Jn 14,15).

29.6. “Porque no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Y «¿por qué me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo?» (Lc 6,46). Y “Bienaventurados ustedes que ven y oyen lo que no vieron los justos ni los profetas” (Mt 13,16-17), si hacen lo que digo (cf. Jn 15,14; 13,17).

Seremos juzgados por el amor al prójimo que mostramos en la vida presente

30.1. Ciertamente, el primero es el que ama a Cristo, segundo el que honra y cuida de los que creen en Él. Porque lo que alguien hiciere a un discípulo, el Señor lo toma (como hecho) a sí mismo y lo hace totalmente suyo.

30.2. «Vengan, benditos de mi Padre, reciban el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era extranjero y me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme.

30.3. Entonces le responderán los justos diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos extranjero y te recibimos, o desnudo y te vestimos? O ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?”.

30.4. Y el Rey, en respuesta, les dirá: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron”» (Mt 25,34-40).

30.5. (Y) de nuevo, en sentido opuesto, arrojará al fuego eterno (cf. Mt 25,41-45) a los que no hicieron eso, como que no se lo procuraron a Él.

30.6. Y en otro lugar [dice]: “Quien [a ustedes] los recibe, a mí me recibe, y quien a ustedes no recibe, a mí me rechaza” (Mt 10,40; Lc 10,16).

Poner las riquezas al servicio de los necesitados

31.1. A éstos los llama hijos (cf. Mc 10,24) y niños (cf. Jn 21,5), criaturas y amigos (cf. Lc. 12,4; Jn 15,14-15), y pequeños (cf. Mt 10,42) ahora en comparación con la grandeza que tendrán después allá arriba [en el cielo], diciendo: “No desprecien a uno de estos pequeños, porque sus ángeles están viendo siempre el rostro de mi Padre que (está) en los cielos” (Mt 18,10).

31.2. Y en otra parte: “No temas, pequeño rebaño, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino de los cielos” (Lc 12,32).

31.3. Por ello dice que el más pequeño en el reino de los cielos, es decir, el que (es) discípulo suyo, es mayor que Juan, el más grande de entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11,11; Lc 7,28).

31.4. Y. de nuevo: “Quien recibe a un justo o profeta por el nombre de justo o de profeta recibirá la [misma] paga que ellos, y cualquiera que diere de beber a un discípulo, por el nombre de discípulo, un vaso de agua fresca, no perderá la recompensa” (Mt 10,41-42). Por consiguiente, ésta es la única recompensa que no se ha perdido.

31.5. Y otra vez [afirma]: “Háganse amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, los reciban en las moradas eternas” (Lc 16,9).

31.6. Ciertamente declara que (es) injusto por naturaleza toda riqueza que uno posee como algo propio y no lo pone al servicio los necesitados (cf. Hch 4,32), pero de esta injusticia es posible hacer una obra justa y salvadora: dar descanso a alguno de los que tienen una morada (o: carpa, tienda) eterna junto al Padre.

31.7. Mira en primer lugar cómo no te reclama que esperes a que se te pida ni se te moleste, sino que busques tú mismo quiénes puedes beneficiar: los dignos discípulos del Salvador.

31.8. Ciertamente también es hermosa la palabra del Apóstol: “Porque Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7), al que se alegra cuando da y al que no siembra mezquinamente, para no cosechar también de la misma manera (cf. 2 Co 9,6), haciendo partícipes a los demás sin murmuración (cf. Flp 2,14), discriminación ni tristeza, lo que constituye (lit.: es) una beneficencia pura (o: una generosidad inmaculada).

31.9. Pero mejor que esto es lo dicho por el Señor en otro lugar: “Da a todo el que te pidal” (Lc 16,30). Porque es (propio) de Dios esta clase de generosidad. Y de este modo está por encima de toda perfección (lit.: divinidad) la palabra de no aguardar a que [alguien nos] pida, sino ir nosotros en busca del que merece recibir un beneficio, y después determinar (o: definir) la recompensa tan grande de la participación, la morada (o: carpa, tienda) eterna (cf. Lc 16,9).