OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (220)

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Pentecostés
Hacia 1500
Liturgia de las Horas
Brujas, Bélgica
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, STROMATA

LIBRO SEXTO

Capítulo XV: Sobre el gnóstico y la Sagrada Escritura (conclusión)

   Indagar por amor a la verdad

129.1. Ahora bien, el dialecto (o: lengua) hebreo tiene también algunas otras peculiaridades, como asimismo cada uno de los restantes, conteniendo algunas palabras que manifiestan un carácter étnico. Así definen dialecto al lenguaje realizado con un carácter étnico.

129.2. Pero la profecía no viene a ser familiar a aquellos otros dialectos. Porque en los [dialectos] griegos se practican intencionadamente los llamados cambios de los tropos (= cambios de metáforas) que construyen las ocultaciones, a imagen de nuestras profecías, excepto que se demuestra la desviación voluntaria más allá de lo correcto (lit.: recto), hecha en la expresión métrica (o: poética) o en la improvisada.

129.3. El tropo es, por tanto, una expresión sacada de lo que es importante a lo que no (es) importante por causa del artificio y para dar mayor gracia (o: eficacia) a una frase en el discurso.

129.4. Pero la profecía, en general, no cuida las figuras del lenguaje para embellecer la frase, con la que, al no ser la verdad patrimonio de todos (cf. 1 Co 8,7), la oculta de diversas maneras, haciendo salir la luz sólo para los que están iniciados en la gnosis, para los que buscan por amor la verdad.

Aprender a reflexionar

130.1. Y se dice que el proverbio es una forma de profecía según la filosofía bárbara, y entre algunos se habla asimismo de parábola y de enigma (cf. Si 39,2-3). Pero también se llama ciertamente sabiduría, y como distinta de ella educación, lo mismo que las palabras de prudencia, argucia (lit.: que se mueve circularmente) de palabras, justicia verdadera, enseñanza para enderezar el juicio y astucia para los sencillos obtenida por la educación, y sentido y reflexión (o: comprensión; cf. Pr 1,1-4) para el que ha devenido neocatecúmeno.

130.2. “El sabio que escucha a los profetas, dice [la Escritura], será más sabio, y el que sabe reflexionar (o: el inteligente) adquirirá el arte de administrar y comprenderá la parábola, la palabra oscura y las máximas y enigmas de los sabios” (Pr 1,5-6).

130.3. Pero si sucedió que los dialectos helénicos han derivado su nombre de Heleno hijo de Zeus, de sobrenombre Deucalión, según los tiempos que hemos expuesto con anterioridad (cf. I,102,3; 103,2; 136,4), es fácil entender en cuántas generaciones los dialectos griegos son posteriores al lenguaje hebreo.

Dios escribe en nuestros corazones

131.1. Y expondremos, con el progreso de nuestro escrito, los mencionados tropos del profeta indicándolos según cada perícopa, y demostrando debidamente (lit.: con gusto) el modo de vida gnóstico según el canon de la verdad.

131.2. Porque, ¿acaso en la visión de Hermas el poder que se le apareció en el tipo de la Iglesia no le dio para su transcripción el libro que quería fuese anunciado a los elegidos? Y él lo transcribió, dice, “letra a letra” (Hermas, El Pastor, II,1. 3-4), no encontrando el modo de acabar las sílabas.

131.3. Y así mostraba que la Escritura es manifiesta a todos, comprensible por la sola lectura, y que ésta es la fe tenida como disposición elemental, y por eso se alegoriza la lectura letra a letra; pero una vez que se ha avanzado en la fe, se pone de manifiesto que se posee la explicación gnóstica de las Escrituras, según la lectura de las sílabas.

131.4. En cambio, también al profeta Isaías se le ordena tomar un libro nuevo para escribir alguna cosa (cf. Is 8,1-2); así el Espíritu profetizaba que la gnosis santa existiría después mediante la exégesis de la Escritura, que por aquel tiempo no estaba escrita, porque todavía no era conocida; porque sólo se había dicho desde el principio a quienes podían comprender (o: a los entendidos).

131.5. Inmediatamente después que el Señor enseñó [la interpretación] a los apóstoles, también a nosotros se nos entrega sin escritura la tradición de lo escrito, porque el poder de Dios, renovando continuamente el libro [de la Escritura], lo escribe en (nuestros) corazones (cf. 2 Co 3,3).

Reconocemos al Hijo de Dios por el poder del Padre

132.1. Así, los más elocuentes de entre los griegos consagran el fruto del granado a Hermes, al que llaman palabra, por causa de la explicación; porque la palabra esconde muchas cosas.

132.2. Con razón, entonces, también Jesús, hijo de Navé, vio de dos maneras a Moisés, cuando era elevado: una junto a los ángeles, y otra siendo objeto de honras fúnebres sobre la montaña, junto al precipicio (o: acantilado).

132.3. Y Jesús vio esta visión abajo, porque fue elevado (o: colocado) en espíritu junto también con Caleb, pero ambos no vieron del mismo modo, sino que uno descendió más rápido, porque era mucho el peso que llevaba consigo; pero el otro [Jesús], descendiendo después, refirió la gloria que había contemplado, al haber podido observar mejor que el otro, por estar también más purificado. La historia muestra, pienso yo, que la gnosis no es de todos (cf. 1 Co 8,7), porque unos ciertamente consideran el cuerpo de las Escrituras, las expresiones y los nombres, como el cuerpo de Moisés, pero otros, ocupándose mucho de Moisés entre los ángeles, distinguen los pensamientos y lo que se manifiesta bajo los nombres.

132.4. Sin duda, también muchos de los que gritaban al Señor decían: “Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,40; Lc 18,38), pero unos pocos reconocían al Hijo de Dios, como Pedro, al que también [Jesús] estimó bienaventurado, porque ni la carne ni la sangre le habían revelado la verdad, sino que fue su Padre de los cielos (cf. Mt 16,17), demostrando que el gnóstico reconoce al Hijo del Omnipotente (Pantocrátor), no mediante su carne concebida, sino por el poder mismo del Padre (cf. Jn 6,44).

132.5. Ahora bien, la adquisición de la verdad no sólo (es) difícil para los menos favorecidos (dyskolos), sino también para los que tienen familiaridad con la ciencia; (y) según enseña la historia de Moisés ni siquiera a los que se les ha concedido de una vez la contemplación, hasta teniendo como los hebreos una visión cara a cara de la gloria de Moisés (cf. Ex 34,29-35) y los santos de Israel sobre las visiones de los ángeles (cf. Gn 18,2; 28,10-12; Dn 10,17), así también nosotros podamos mirar de frente los destellos de la verdad.