INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (43)

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Pintura mural de la iglesia
San Hilario el Grande
Siglo XI
Poitiers, Francia
Hilario de Poitiers (+ 367) [tercera parte]

Primera lectura

a) “Tratado de los misterios”

Prefacio

1. Hay múltiples formas de interpretar la Escritura [...] nosotros tenemos la comprensión de esas mismas figuras en los hechos. Pero les bastó a esas personas aplicar a la interpretación de la Escritura una especie de vana tipología, cuando la comparación debe recibir su pleno cumplimiento de los acontecimientos posteriores y un sólido punto de partida de los acontecimientos actualmente narrados.
Toda la obra que está contenida en los santos Libros anuncia con palabras, revela con hechos, confirma con ejemplos el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, que enviado por el Padre se hizo hombre naciendo de una Virgen por obra del Espíritu Santo. Es él, en efecto, quien por el tiempo de todo este siglo presente, por medio de prefiguraciones verdaderas y manifiestas, engendra, lava, santifica, elige o redime la Iglesia en los Patriarcas: por el sueño de Adán, por el diluvio de Noé, por la bendición de Melquisedec, por la justificación de Abraham, por el nacimiento de Isaac, por la servidumbre de Jacob.
Durante todo el desarrollo del tiempo el conjunto de las profecías puestas en acción por el plan misterioso de Dios, nos fue dado por indulgencia para el conocimiento de la Encarnación venidera. Y porque nuestro propósito es mostrar, en este pequeño tratado, que cada personaje, cada época, cada hecho, el conjunto de las profecías, muestra como en un espejo la imagen de su venida, su predicación, su Pasión, su Resurrección y nuestra reunión en la Iglesia, no recordaré como al pasar algunos pasajes, sino que trataré sobre todo, cada cosa a su tiempo; comenzando desde Adán, punto de partida de nuestro conocimiento del género humano, para que se conozca que hallamos anunciado desde el origen del mundo en un gran número de prefiguraciones lo que en el Señor llegó a su consumación.

El nombre de Adán

2. Adán, por su mismo nombre, prefigura el nacimiento del Señor; porque según la lengua hebrea «Adán», que en griego se traduce por «ge pirra», significa en latín «tierra ígnea», y es una costumbre de la Escritura llamar «tierra» a la carne del cuerpo humano. Esta carne, nacida de la Virgen por obra del Espíritu Santo en el Señor, cambiada en una forma nueva y extraña a su especie, ha sido hecho apta para participar de la gloria espiritual, según las palabras del Apóstol: «El segundo hombre es del cielo y es el Adán celestial» (1 Co 15,47), porque el Adán terrestre es imagen del que debía venir (Rm 5,14).
Por tanto, bajo la autoridad eminente del Apóstol sacamos del nombre mismo de Adán el tema de una reflexión sobre el que debía venir.

Adán y Eva: prefiguración de Cristo y de la Iglesia

3. Viene luego la creación de Eva, sacada del costado y de un hueso de Adán dormido. Cuando se despertó, he aquí la profecía que encontramos: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque ha sido sacada de su marido, y serán dos en una sola carne» (Gn 2,23). Aquí no hay dificultad para mi tesis. El Apóstol, en efecto, después de haber recordado esta profecía, dice: «Este es un gran misterio, y yo lo digo de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5,32). Pero nosotros leemos que solamente un hueso fue sacado de Adán, ¿cómo entonces se explica la palabra carne de mi carne? Se puede explicar en conformidad con la realidad de los acontecimientos presentes: el hueso que Dios, quien todo lo puede, vistió con carne para hacer el cuerpo de la mujer, después de sacarlo del costado de Adán, ese hueso sacado de la carne y revestido nuevamente con carne devino un cuerpo. Así, pues, como el hueso fue sacado del hueso, también la carne fue sacada de la carne. Pero el Señor en el Evangelio, cuando los judíos lo tentaron con el asunto del derecho de repudio, muestra con su palabra que esta profecía fue dicha más por él mismo que por Adán: «No han leído que aquél que al principio hizo al hombre los creó hombre y mujer y dijo: "Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y los dos serán una sola carne"» (Mt 19,4). Y esto viene después de esa palabra “carne de mi carne” (Gn 2,24).
La profecía es, por tanto, una consecuencia de la realidad que se cumplió en Adán. Cuando el Señor, que hizo al hombre y la mujer, habló de hueso de sus huesos y de carne de su carne, anunció por medio de Adán lo que debía cumplirse plenamente en el mismo Adán. No les quitó a los hechos su credibilidad, y mostró que lo que se cumplía en otro era una prefiguración de la cual él mismo era la fuente. Porque el Verbo se hizo carne y la Iglesia es miembro de Cristo, y ella fue engendrada por el agua del costado de Cristo y vivificada por la sangre. Porque la carne en que nació el Verbo que existe antes que todos los siglos, en tanto que Hijo de Dios, permanece entre nosotros sacramentalmente. Él nos ha enseñado claramente que Adán y Eva eran el tipo de su persona y de su Iglesia, pues nos ha hecho conocer que esta Iglesia fue santificada después del sueño de su muerte por medio de la comunión en su carne. Y esto mismo nos dice el Apóstol: «Adán no peca más, pero la mujer por su pecado es de la transgresión. Sin embargo, será salvada merced a la procreación de los hijos, siempre que ellos perseveren en la fe» (1 Tm 2,14.15).
La Iglesia, por ende, está integrada por publicanos, pecadores y gentiles; en tanto que solamente su segundo y celestial Adán no tiene pecado; ella, en cambio, es pecadora y será salvada procreando hijos que permanezcan en la fe. Además, no conviene entender que la mujer no fue redimida de su pecado por el Señor, y que habría sido bautizada en vano, si fuera por el mérito de su procreación que debe liberarse. Tanto más cuanto que no es por la generación de los hijos que estará segura, puesto que no se salvará si los que ha engendrado no perseveran en la fe. Y no acepto que sea justo ser considerado culpable o inocente por el pecado o el mérito de otro.

4. Pero comparando con toda seguridad las cosas espirituales con las cosas espirituales, comprenderemos claramente por qué el Apóstol nos dice que refiere a Cristo y a la Iglesia los hechos del gran misterio cumplido en Adán y Eva (Ef 5,32). Debemos considerar que estas cosas han sido dichas en un sentido espiritual, lo que no impide aplicar sus palabras a la presente enseñanza y a la formación de aquellos a quienes amonesta. Puesto que en la primera epístola a los corintios enseña la múltiple misericordia de Dios en la santificación de los infieles por el matrimonio con los fieles (1 Co 7,12-15), también nos instruyó sobre la generosidad divina, que concede una santificación del mismo género por la procreación de hijos, siempre que sean creyentes; así como la sociedad de un solo fiel era útil al cónyuge infiel, por medio del matrimonio, igualmente la procreación de hijos fieles era una garantía para los padres infieles.

La creación de Eva: prefiguración de la resurrección de la «carne»

5. Se debe considerar asimismo en el sueño de Adán y en la creación de Eva (Gn 2,21ss), la revelación figurada del misterio oculto que tenía por objeto a Cristo y a la Iglesia. Esta revelación nos ofrece motivos para creer en la resurrección del cuerpo y en su figura. En efecto, en la creación de la mujer, no se tomó el barro, la tierra no fue modelada para tener la forma de un cuerpo, el soplo de Dios no transformó la materia inanimada en un alma viviente, sino que la carne creció sobre el hueso, la perfección del cuerpo le fue dada a la carne y la fuerza del espíritu se sumó a la perfección del cuerpo. Este orden de la resurrección Dios lo anunció por Ezequiel, enseñando sobre las realidades venideras lo que haría su poder (Ez 37,4-11). Todo concurre a ello: la carne está allí, el espíritu sobrevuela, Dios no pierde ninguna de sus obras; él por la animación del cuerpo humano, que es su obra, hizo presentes las cosas que no eran. Esto, según el Apóstol, «es un misterio oculto en Dios desde todos los siglos» (Ef 3,9; ver Col 1,26), «que los gentiles sean coherederos y miembros del mismo cuerpo y partícipes de su promesa en Cristo» (Ef 3,6). «Él tiene el poder, según el mismo Apóstol, de hacer nuestro humilde cuerpo semejante al cuerpo de su gloria» (Flp 3,21).
Por tanto, después del sueño de su pasión, el Adán celestial reconoció en la Iglesia resucitada su hueso, su carne, no creada del barro ni recibiendo vida del soplo, sino creciendo sobre el hueso y, del cuerpo hecho cuerpo, alcanzando su perfección por el vuelo del Espíritu. Los que están en Cristo resucitarán según Cristo, en quien desde ahora se ha consumado la resurrección de toda carne, porque él mismo nació en nuestra carne con el poder de Dios, en el cual su Padre lo engendró antes de todos los siglos. Y porque el judío y el griego, el bárbaro y el escita, el esclavo y el libre, el hombre y la mujer, todos son una sola cosa en Cristo; reconociendo que la carne procede de la carne, la Iglesia es el cuerpo de Cristo y el misterio que está en Adán y Eva es una profecía sobre Cristo y la Iglesia, (entonces) todo lo que había sido preparado por Cristo para la Iglesia, para la plenitud de los tiempos, ya se había cumplido en Adán y Eva al comienzo de los siglos.

b) De Trinitate (I, 37-38: PL 10, 48-49)

Estoy persuadido de que la obra principal de mi vida tiene que ser ofrecida a ti, Dios Padre todopoderoso, de suerte que todas mis palabras y todos mis pensamientos te sean consagrados. La mayor recompensa que puede proporcionarme esta facultad de hablar, este don recibido de ti, es la de servirte proclamando lo que eres: el Padre, el Padre de Dios, el Hijo único; y demostrarlo ante la ignorancia del mundo y las negaciones de los herejes. Al menos tal es mi intención y mi único objetivo. Por lo demás, tengo que pedir la gracia de tu ayuda y de tu misericordia a fin de que, ahora que se han descorrido los velos de nuestra confianza y de nuestra fe, tú los llenes del soplo de tu Espíritu y tú nos empujes en la corriente de la predicación en la que nos hemos comprometido. Porque no nos es infiel el autor de esta promesa: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9). Y es que nosotros somos pobres y venimos a mendigar lo que nos falta. Aportaremos nuestros obstinados esfuerzos para escrutar los escritos de tus profetas y de tus apóstoles y llamaremos a todas las entradas de la inteligencia del misterio; pero a ti te toca, Señor, dar al que pide, estar presente al que busca y abrir al que llama.

Estamos entorpecidos por la pereza arraigada en nuestra naturaleza; y cuando tratamos de comprender lo que te concierne, nos encontramos aprisionados en la ignorancia por nuestra nativa debilidad. No hay más que el estudio de tus enseñanzas para que aprendamos a captar el conocimiento divino, y la obediencia de la fe para hacernos progresar más allá de la razón natural. También esperamos que tú nos animes al comienzo de esta terrible empresa y que tú nos fortalezcas según vamos progresando. Llámanos a compartir el espíritu de los profetas y de los apóstoles para que tomemos sus palabras en el sentido en que las dijeron y que penetremos la significación propia de su mensaje. Lo que ellos revelaron en su enseñanza, nosotros vamos a proclamarlo: tú eres el Dios eterno y el Padre de un Dios eterno, tu Hijo único; únicamente tú no has nacido, y nuestro Señor Jesucristo sólo ha nacido de ti eternamente... Hay que proclamarlo verdadero Dios nacido del Dios verdadero, tú, su Padre. Concédenos el sentido de las palabras, la claridad del discurso, la verdad de la fe y que expresemos lo que creemos; es decir, celebrarte a ti, el Dios único y el único Señor Jesucristo, según las enseñanzas de los profetas y de los apóstoles.

c) Tratado sobre el salmo 126 (ns. 7-9; PL 9,696-697)

Dios había escogido a Sión para su morada, para el lugar de su descanso. Pero Sión fue destruida. ¿Dónde estará la sede eterna del Señor? ¿Dónde su descanso eterno? ¿En qué templo habitará? Es aquel del que se ha dicho: “Son el templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en ustedes” (1 Co 3,16). He ahí la casa y el templo de Dios, lleno de su enseñanza y de su poder, capaz de alojar a Dios en el santuario del corazón. De él testimonió el profeta: “Tu templo es santo, Señor, un prodigio de justicia” (Sal 64,5-6). La santidad, la justicia, la templanza del hombre son el templo de Dios.

Dios debe construir su casa... Sus fundamentos deben basarse sobre los profetas y los apóstoles. Deberá elevarse con piedras vivientes, equilibrarse sobre la piedra angular, construirse por la unión mutua de todos sus elementos, hasta alcanzar la altura del hombre perfecto y la medida del cuerpo de Cristo; finalmente, adornarse con la gracia y la belleza de los dones espirituales... Israel, ahora cautivo, continuará la construcción de la casa hasta que llegue la plenitud de los tiempos. Esta casa se multiplicará en numerosas moradas, gracias a los trabajos de los fieles, y en cada uno de nosotros para la belleza y la extensión de la divinidad dichosa.

Ya hace mucho tiempo que el Señor es guardián vigilante de esta ciudad: cuando protege a Abrahán en sus peregrinaciones, cuando libra a Isaac en el momento mismo en que iba a ser inmolado, llamando al poder a José vendido por sus hermanos, fortaleciendo a Moisés contra el Faraón, eligiendo a Josué por jefe del ejército, librando a David de todos los peligros, concediendo a Salomón el don de la sabiduría, asistiendo a los profetas, arrebatando a Elías, eligiendo a Elíseo, alimentando a Daniel, refrescando a los jóvenes del horno, instruyendo a José, por medio de un ángel, acerca de la concepción virginal, reafirmando a María, enviando a Juan como precursor, eligiendo a los apóstoles, cuando reza al Padre diciendo: “Padre santo, guárdalos” (Jn 17,11), en fin, prometiendo, después de su pasión, cuidar eternamente de nosotros, cuando dice: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Tal es la custodia perpetua de esta dichosa y santa ciudad, que, constituida por un gran número de moradas, reunidas en la unidad, y en cada uno de nosotros, forma una ciudad para Dios.

Segunda lectura: texto completo del "Tratado sobre los misterios"; trad. en Hilario de Poitiers. Tratado de los Misterios, Madrid, 1993 (Biblioteca de Patrística, 20).