INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (36)

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San Juan Crisóstomo
Relieve bizantino. Siglo XI
Museo del Louvre (París)
Juan Crisóstomo (+ 407)[1]

No sabemos la fecha exacta de su nacimiento (hacia 344-354; 349?). Su piadosa madre, Antusa, quedó viuda a los veinte años, pero igualmente cuidó de darle una buena educación cristiana a su hijo. Juan contó también con la más sólida formación retórica de su tiempo, al tener como maestro al famoso Libanio.

Desde el año 367, se integró al Asketerion de Diodoro, futuro obispo de Tarso, donde los estudiantes seguían una vida comunitaria ascética, estudiando las ciencias sagradas, y más particularmente la exégesis bíblica. Hasta la muerte de su madre practicó el ascetismo pero sin abandonar su casa.

Fue bautizado por el obispo Melecio en la vigilia pascual del año 367. Y hacia 370, recibió el lectorado. Aunque se había comprometido con un amigo, llamado Basilio, a dejarse ordenar juntos en el caso de ser presionados para ello, Juan no cumplió su compromiso, huyendo y dejando solo a aquel, quien aceptó la ordenación pensando que Juan hacía otro tanto. Algún tiempo después de su ordenación (hacia 390), Juan compuso un “Diálogo sobre el Sacerdocio”, tratando de justificar su reticencia por la tremenda responsabilidad del ministerio:

«Juan: ... Por eso el Señor dialogando con sus discípulos dijo: “¿Quién es el siervo fiel y prudente?” (Mt 24,45). Pues el que se entrena a sí mismo saca sólo provecho para sí, en tanto que el beneficio de la tarea pastoral se extiende a todo el pueblo. El que distribuye sus riquezas a los necesitados o bien el que ayuda de otra manera a los que son víctimas de la injusticia, este tal es útil a su prójimo, pero tanto menos que el sacerdote cuanta es la distancia del cuerpo al alma. Por eso dijo apropiadamente el Señor que el celo por sus ovejas era señal del amor hacia él.
Basilio: ¿Es que tú no quieres a Cristo?
Juan: Le quiero y no dejaré de quererle; pero temo ofender al que quiero» (II,4,55-5,5).

En 372, ya fallecida Antusa, pudo hacer realidad su sueño de ir a vivir entre los anacoretas. Pasó cuatro años asociado a un ermitaño del desierto de Siria, y luego se entregó a la vida solitaria durante otros dos años, dedicándose a aprender de memoria la Sagrada Escritura. Los rigores ascéticos quebrantaron su salud y tuvo que volver a Antioquía a fines(?) del 378, cuando san Melecio regresaba del exilio que le había impuesto el emperador Valente.

El obispo Melecio supo integrar la dedicación religiosa y aprovechar la formación retórica y exegética de Juan para el ministerio eclesiástico, ordenándole diácono el 381. Su sucesor Flaviano le ordenó presbítero el 386.

Sus dotes naturales, el dominio de los recursos retóricos, su penetración exegética y la riqueza de su contenido teológico y espiritual hicieron de él un famoso predicador. “La palabra fue su vocación y su pasión”.

El período antioqueno fue el tiempo de su más amplia producción homilética. Juan predicaba varias veces a la semana, en ocasiones por espacio de dos horas. Nunca aceptó pactar ni con el vicio ni con el escándalo; pero sabía matizar sus denuncias con la ternura, y si bien no logró apartar a la población de Antioquía del circo y de sus otros desórdenes, le escuchaban con agrado y supo ganarse el afecto de los habitantes de la ciudad.

Pero las homilías que tuvieron una repercusión social más inmediata fueron las 21 De statuis (21 Homilías sobre las estatuas). Después de que en un tumulto, por la subida de los impuestos, fueran derribadas estatuas de la familia imperial (387), la población entera angustiada esperaba las represalias del emperador. En tanto que el obispo Flaviano viajaba a la corte para solicitar indulgencia, Crisóstomo supo animar y amonestar a la población que se agolpaba en las iglesias implorando la misericordia divina. El domingo de Pascua, Juan pudo anunciar al pueblo que las gestiones del obispo habían tenido éxito: el emperador concedía el tan ansiado perdón.

Período constantinopolitano

En el año 397, muere Nectario, obispo de Constantinopla. Teófilo, patriarca de Alejandría, pretende que se designe en su reemplazo a Isidoro, monje egipcio. Pero el eunuco Eutropio, quien era a la sazón consejero todopoderoso del emperador Arcadio, consiguió imponer a su candidato: el presbítero Juan de Antioquía. Así, contra su deseo, Teófilo tuvo que ordenarlo el 15 de diciembre de 397.

Fiel a sus convicciones el nuevo obispo atacó con vigor los desarreglos del clero, de la corte y de los diversos estamentos de la sociedad constantinopolitana. Y si bien el pueblo le escuchaba con gusto, ese proceder le granjeó no pocos enemigos entre algunos obispos, presbíteros y cortesanos. Además, luego de la caída en desgracia de Eutropio, la benevolencia inicial de la todopoderosa emperatriz Eudoxia se transformó en verdadero odio hacia Juan (2).

En el año 401, unos cincuenta monjes del desierto de Nitria, liderados por Amonio, Eusebio y Eutimio, llamados los “hermanos largos” por su gran estatura, llegaron a Constantinopla huyendo del obispo Teófilo, quien les había expulsado de Egipto acusándoles de origenistas. Aunque Juan no les recibió en su comunión, les brindó hospitalidad y proveyó a sus más urgentes necesidades.

Los monjes egipcios presentaron su caso ante la corte imperial, acusando a Teófilo. El emperador reclamó a Teófilo que viniese a Constantinopla a responder de las acusaciones ante Juan. Pero el patriarca alejandrino mutó rápidamente de acusado en acusador. Acudió a la citación, pero con un cortejo numeroso de obispos. E inmediatamente, con el apoyo de la misma corte y de los enemigos episcopales de Juan, convocó un sínodo, llamado de la Encina, en Calcedonia ante el cual ahora el Crisóstomo fue citado a comparecer como acusado (403).

Juan se negó a comparecer ante este tribunal, formado por 35 (o 36) obispos, de los cuales casi todos eran de Egipto y muy contrarios al patriarca de Constantinopla. Se le formularon 29 cargos, todos inventados: violento, injusto, ladrón, sacrílego, origenista, impío… Se le acusó incluso de lesa majestad, lo que de haberse probado significaba la pena de muerte, pero esta grave acusación fue desechada por el soberano. Puesto que el Crisóstomo se negó a comparecer las tres veces que fue citado, el sínodo finalmente lo depuso en agosto de 403.

El débil emperador Arcadio cedió ante la coalición de los obispos y la emperatriz y firmó la orden de destierro a Bitinia. La medida provocó un tumulto popular de protesta. Asustados por esta reacción y por un trágico incidente acaecido en el palacio, que es visto por Arcadio y Eudoxia como señal de la cólera divina, ambos piden a Juan que vuelva a su sede. Este regresa triunfalmente a Constantinopla. Mientras que a Teófilo amenazan arrojarlo al mar, debiendo darse a la fuga precipitadamente, también el resto de los obispo hostiles a Juan se dispersa.

Dos meses después, las fiestas de inauguración de una estatua de Eudoxia junto a la catedral provocaron protestas de parte del Crisóstomo. La emperatriz decidió entonces acabar de una vez. Los obispos contrarios al patriarca aplicaron un canon del tiempo arriano y le depusieron definitivamente de sus funciones, por haber vuelto a su sede sin rehabilitación sinodal. Como éste no acató la decisión, Arcadio rehusó recibir la comunión de sus manos y le prohibió el acceso a la catedral y a cualquier otra iglesia de la ciudad.

Juan decidió celebrar la vigilia pascual del 404 en las termas de Constancio, pero la ceremonia fue interrumpida militarmente. El obispo fue sometido a prisión domiciliaria en su sede episcopal; y tras un tiempo de tensión y acoso, en que el pueblo no entraba en las iglesias en que oficiaban los adversarios de Juan, Arcadio dio la orden de destierro tras Pentecostés, el 4 de junio del 404. Juan se despidió de los suyos y partió hacia el exilio.

Fue forzado a efectuar un duro viaje, durante 70 días, hasta Cúcuso, en Armenia Menor. Permaneció en esta localidad tres años, predicando a la población local y recibiendo visitas de los fieles de Antioquía. La reacción no tardó en llegar:

“… Viendo aquéllos [sus enemigos] que Antioquía se trasladaba a Armenia y que de Armenia, a su vez, corría a Antioquia de todos celebrada la filosofía agradecida de Juan, no tenían otro deseo que quitarle la vida… Los que poseen el poder mundano y gozan de las riquezas y autoridad de la Iglesia, juntamente con el mando político, temen, palidecen y se agitan convulsivos ante el sacerdote, el solitario, el desterrado, el débil en la carne” (Paladio, Diálogo histórico,11).

Los partidarios del obispo exiliado, los “juanistas” prescindieron del nombrado para ocupar el puesto de Juan y mantuvieron la fidelidad al obispo depuesto, pese a todos los acosos. Varios de ellos fueron encarcelados y otros dispersos. Algunos, como Paladio, acudieron a Roma. El papa Celestino I reclamó un sínodo de obispos orientales y occidentales para juzgar el caso. Al no lograrlo, rompió la comunión con las iglesias de Oriente, hasta el comienzo de la rehabilitación del Crisóstomo por Constantinopla en 416.

La intensidad de los contactos escritos entre Juan y sus fieles también preocupaba a la corte. Por lo que Arcadio dictó una orden de exilio a un lugar más inaccesible: Pitio, en la costa este del mar Negro. Las fatigas de este nuevo viaje provocaron la muerte de Juan el 14 de septiembre del 407. Falleció en Comana, región del Ponto, antes de llegar a su destino. Las últimas palabras que pronunció fueron las de su doxología: “Gloria a Dios por todo. Amén”.

Obras

Homilías

Juan Crisóstomo “fue sobre todo un predicador y la mayor parte de sus escritos son de carácter homilético; estas homilías están sobre todo dedicadas a la interpretación de la Sagrada Escritura, la cual Juan solía explicar a sus fieles con asiduidad y continuidad, y de una forma sistemática; de modo que a menudo sus series de homilías constituían verdaderos comentarios de libros enteros de la Escritura o de una parte de ella” (Simonetti, p. 307).

“Pertenece al período presbiteral de Antioquía la mayor parte -y quizá la mejor, la más viva- de la obra homilética de Juan” (Olivar, p. 117).

Principales homilías sobre el AT

“Sobre el Génesis”: en una primera serie (9 homilías), comentó los caps. 1-3 del Gn. Luego, en la segunda serie (67 homilías), comentó el texto completo. Debemos colocarlas entre los años 386-388.

“Sobre los Salmos”: probablemente las mejores de las dedicadas al AT. En ellas explicó 58 salmos escogidos. Son posiblemente de fines del período antioqueno (397?).

“Sobre el libro de Isaías”: son seis homilías de las que tenemos el texto griego. Algunas de ellas las pronunció en Antioquía, otras en Constantinopla.

Sobre el NT

“Sobre el evangelio de san Mateo”: sus 90 homilías representan el primer comentario completo del período patrístico a este evangelio. Seguramente las pronunció todas durante el año 390, en Antioquía. Trad. en BAC 141 y 146 (1955-56).

“Sobre el evangelio de san Juan”: son posteriores a las mencionadas antes, y pueden datarse en torno a los años 389-391. Estas 88 homilías son más bien breves (entre 10 y quince minutos durarían la mayoría de ellas). Trad. En BPa 15 (1991), 54 (2001), 55 (2001).

Juan Crisóstomo tuvo siempre una particular predilección por las epístolas paulinas, lo cual ha quedado atestiguado en las colecciones de homilías suyas para todas las cartas del apóstol:

32 homilías sobre Rm
44 sobre 1 Co
30 sobre 2 Co
Comentario a la carta a los Gálatas (originalmente eran homilías, luego convertidas en un comentario seguido del texto, versículo por versículo). Trad. En BPa 34 (1996)
15 sobre Flp
24 sobre Ef
12 sobre Col
11 sobre 1 Ts
5 sobre 2 Ts
18 sobre 1 Tm
10 sobre 2 Tm
6 sobre Tt
3 sobre Flm
34 sobre Hb

Las homilías sobre Col (año 399), 1 y 2 Ts (año 400), Flm y Hb (años 403-404) fueron pronunciadas en Constantinopla, las demás casi con seguridad en Antioquía.

“Comentario al libro de los Hechos de los Apóstoles”: son 55 homilías, pronunciadas en Constantinopla en el año 400; constituyen el único comentario orgánico de este libro que nos ha llegado del período patrístico.

Dentro de la amplia producción homilética de san Juan Crisóstomo encontramos también otros géneros de predicaciones:

dogmáticas: “Sobre la naturaleza incompresible de Dios” (12 homilías; años 386-387);
catequéticas: “Las catequesis bautismales” (Cuaresma de 388?);
polémicas: “Contra los Judíos” (8 homilías pronunciadas en Antioquia del año 386 al 387).

Una mención especial debe reservarse a las, ya mencionadas, “21 homilías Sobre las estatuas”.

Para completar esta sumaria presentación de las homilías del Crisóstomo debemos todavía mencionar los Discursos morales (p. ej., “Contra los juegos circenses y el teatro”; “Sobre la limosna”); los Sermones para las fiestas litúrgicas (aquí hay que destacar su sermón para el 25 de diciembre, en el cual buscó demostrar que ese el es verdadero día natalicio del Señor, Sol de Justicia: In die natalem D. N. Iesu Christi); los Panegíricos (la mayoría del período antioqueno, sobresaliendo sin duda ninguna sus siete homilías en honor del apóstol san Pablo: Homiliae 7 de laudibus S. Pauli); sus sermones de antes y después del primer destierro (año 403); nueve homilías Sobre la compunción (de las que las dos últimas son de dudosa autenticidad; trad. en BPa 40 [1997])

Tratados

Muchas menos son las obras de carácter no homilético de Juan Crisóstomo.

Entre estas posiblemente la más importante es el diálogo en seis libros “Sobre el sacerdocio”, que al parecer escribió cuando era diácono (381-386), o tal vez un poco antes, en sus años de desierto (374-380). Trad. en BPa (2002).

Varios son los tratados que dedicó a la defensa de la vida monástica:

“Exhortaciones a Teodoro”: escribe a un amigo al que había ganado para el Asketerion y a quien trata de recobrar, cuando éste lo abandonó para ocuparse de los asuntos paternos y pensó en casarse. Juan se preocupa de fundamentar racionalmente y de apoyar en la Escritura «los dogmas de la filosofía celestial», es decir, las máximas de la perfección cristiana o de la vida monástica. Hay quienes piensan que el destinatario fue el futuro obispo, gran exegeta y teólogo, Teodoro de Mopsuestia. Ambos escritos son del período en que Juan vivía como anacoreta. Trad. en BAC 169 (1958).

“Sobre la compunción”: de la misma época son estos dos libros en los que se describe la naturaleza y necesidad de la auténtica compunción (el primer libro está dedicado al monje Demetrio, y el segundo al monje Estelequio). Trad. en BPa 40 (1997).

“Contra los adversarios de la vida monástica”, obra de juventud (378-385), “condena tan fogosamente la vida mundana, que no encontraba mejor solución para los jóvenes de su tiempo, si querían conservar su alma pura, que la educación en un monasterio”. Trad. en BAC 169 (1958).

Otro grupo de obras está dedicado a tratar sobre la virginidad y la vida matrimonial:

“A una joven viuda” (año 380);
“El matrimonio único” (año 380?); trad. En BPa 53 (2001).
“Las cohabitaciones sospechosas” (año 397);
“La virginidad” (antes del 392).

Esta última es “esencialmente como un largo comentario a 1 Co 7. Hay una primera parte polémica: tanto contra la concepción herética de la virginidad que menosprecia el matrimonio como contra los que objetaban a la virginidad. Sigue la exégesis de 1 Co 7,1-27. La virginidad no es una obligación; pero sí un estado deseable para el cristiano que busca estar cerca de Dios. Una tercera parte moral hace el elogio de la virginidad y expone las molestias del matrimonio. Concluye con la exégesis de 1 Co 7,28-40. Juan se dirige aquí a sus lectores más como pastor que como teólogo” (Trevijano, p. 245).

«En su obra de madurez, ya en Constantinopla, “La vana gloria y la educación de los hijos” confía a los padres la educación cristiana de sus hijos… Crisóstomo subraya lo que había de vanidad ruinosa, excitada desde la educación mundana, y propone en cambio una educación ascética: “Puede que muchos se dan de lo dicho, como si se tratara de minucias. No son pequeñeces, sino cuestiones importantes. Una joven educada en la alcoba materna a apasionarse por la moda femenina, cuando deje la casa paterna, será más difícil y exigente con su esposo que el inspector de Hacienda. Ya les he dicho que de ahí viene que el mal sea difícil de extirpar. Nadie piensa en el porvenir de los hijos. Nadie les habla de la virginidad, ni de la moderación, ni del menosprecio de las riquezas y la gloria, ni de todo lo enseñado por las Escrituras” (17).
Lo que hace de este texto un documento único son las precisiones sobre la catequesis de los niños. El método seguido por padres cristianos para dar a sus hijos una primera formación religiosa. Siguiendo las recomendaciones del Crisóstomo, penetramos en la intimidad de una familia cristiana del s. IV» (Trevijano, pp. 245-246). Trad. de esta obra en BPa 39 (1997).

También compuso varias obras sobre el tema del sufrimiento (tres tratados) y dos apologías contra paganos y judíos.

Cartas

Juan escribió unas 236 cartas, todas desde su segundo exilio y bastante breves la mayoría de ellas. Diecisiete epístolas están dirigidas a Olimpia, viuda rica de Constantinopla que era una fiel discípula del Crisóstomo, y se preocupaba por mitigar la dureza de su destierro. “En la Carta desde el exilio a Olimpia y a todos los fieles trata de convencer a esos cristianos de Constantinopla, sometidos a las persecuciones del poder civil y religioso, que los sufrimientos no les abatirán mientras guarden su integridad moral. La correspondencia del Crisóstomo incluye cartas de amistad, familiares, negocios eclesiásticos, dirección espiritual y confidencia. Las dirigidas a Olimpia constituyen la primera colección de cartas de dirección espiritual que posee la literatura griega cristiana. Abundan las consideraciones sobre La Providencia, que Crisóstomo condensa en una obra que envía a Olimpia y destina a toda la comunidad de Constantinopla. Sigue fiel a los temas que había hecho suyos desde los primeros años de su predicación: la incomprehensibilidad de Dios, su amor por el hombre y el valor del sufrimiento” (Trevijano, p. 249.
Esta intensidad de los contactos escritos entre Juan y sus fieles preocupa a la corte, que dicta una orden de exilio a un lugar más inaccesible, en la costa este del mar Negro. Las fatigas de este nuevo viaje provocan la muerte de Juan el 14 de septiembre del 407”.
(1) Cfr. J. Quasten, Patrología, vol. II, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 51994, pp. 471 ss. (BAC 217) [trad. del inglés]; R. Trevijano, Patrología, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 31998, pp. 239 ss. (Sapientia Fidei, 5); A. Olivar, La predicación cristiana antigua, Barcelona, Ed. Herder, 1991, pp. 111 ss. (Sección de Teología y Filosofía, 189); M. Simonetti, Letteratura cristiana antica greca e latina, Milano, Ed. Accademia, 21988, 305 ss. (Le letterature del mondo, 49). Ver asimismo las catequesis del papa Benedicto XVI: http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/09-19_Juan_Crisostomo.htm; http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/09-26_Juan_Crisostomo.htm
(2) El enfrentamiento con la emperatriz, dueña de la situación política tras la caída del eunuco Eutropio, debe haberse agravado sobre todo cuando, el hasta poco antes omnipotente primer ministro, buscó refugio en la iglesia de Santa Sofía, y Crisóstomo pronunció su famoso discurso tomando como lema el “Vanidad de vanidades” del Eclesiastés.