INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (24)

Epifania.jpg
La adoración de los Magos
Siglo III o IV
Sarcófago de Flavio Julio Catervio
Tolentino, catedral
Italia
Cipriano de Cartago (+258)[1]

Permanece hipotética la reconstrucción de los años anteriores al episcopado. Se convirtió hacia el 246 (ver Ad Donatum), siendo decisiva en esta etapa la intervención del presbítero Ceciliano. Bastante pronto recibe la ordenación sacerdotal, habiendo renunciado previamente a su patrimonio personal.

En el año 249 es elegido obispo de Cartago, despertando la envidia de varios candidatos que se creían con más derecho al cargo. Casi inmediatamente se verá envuelto en todas las vicisitudes que plantea a su comunidad la persecución de Decio (250-251). Sobre todo lo preocupan fuertemente el problema de la reconciliación de los apóstatas y los cismas y discusiones que nacen de dicha situación.

En el año 252 otra gran preocupación: una peste que disturba y asola a sus ovejas. Cipriano se entrega para aliviar el sufrimiento del pueblo de Dios que le ha sido confiado.

A partir del año 255 Cipriano se ve envuelto en una polémica con Esteban, obispo de Roma, por causa del bautismo de los herejes. La discusión alcanzará su punto culminante en el concilio celebrado el lº de septiembre del año 256, en Cartago; donde se sanciona la tesis de Cipriano: los herejes que vienen a la Iglesia deben ser bautizados, salvo el caso de que hayan recibido dicho sacramento antes de pasar a la herejía o al cisma. La persecución de Valeriano (257-258) impide que se arribe a una situación crítica en la relación entre el papa Esteban y Cipriano. Ambos obispos mueren mártires en ella: Cipriano es martirizado el 14 de septiembre del año 258.

Cipriano es un obispo de gran rectitud y firmeza de carácter. Disponible y generoso para con los demás, fue siempre fiel a sus deberes de obispo y a su compromiso cristiano. Conoce sólo dos maestros: la Sagrada Escritura y Tertuliano. Pero a los dos los conoce bien: son su lectura diaria. Renuncia, pues, a las lecturas profanas y se entrega a estos “faros” con un abandono que tiene visos de control ascético.

Durante su episcopado Cipriano, arrancando desde una situación de caos y de enormes dificultades, consigue lograr la unidad en su diócesis. No lo atemorizaron persecuciones, pestes y controversias: al fin consiguió superar todos los obstáculos y logró muy especialmente, afianzar no sólo su diócesis sino también la unidad de la iglesia del África romana.


Las obras de san Cipriano

De modo sintético intentaremos presentar todas las obras que han llegado hasta nosotros. Para facilitar su ubicación las damos en orden cronológico, así se pueden poner en relación con los grandes momentos del obispo cartaginés.

  1.  A Donato (Ad Donatum) (año 246): escrita poco después de su bautismo, es importante para conocer los motivos que lo impulsaron a abrazar el cristianismo.
  2. Los ídolos no son dioses (Quod idola dii non sint) (entre el 246 y el 249): obra de los primeros años de adhesión al cristianismo. Se trata de una serie de notas de sus lecturas de Tertuliano y Minucio Félix, cuya principal finalidad es combatir la religión pagana.
  3. Colección de “testimonios”, dedicada a Quirino (Ad Quirinum: Testimoniorum libri III) (¿año 249?, o antes de esa fecha): es un florilegio de sus propias lecturas de las Sagradas Escrituras.
  4. Sobre el vestido de las vírgenes (De habitu virginum) (año 249): probablemente es su primera obra como obispo; se aprecia en ella una gran influencia del De cultu feminarum de Tertuliano (ver también la Ep. 4 de Cipriano).
  5. La oración del Señor (De dominica oratione) (año 250, o 252?): también se advierte en ella un gran parecido con el De oratione de Tertuliano. Cipriano ofrece una muy sencilla interpertación del “Padrenuestro”.
  6. Sobre los apostátas (De lapsis) (a comienzos [o mediados?] del 251): aborda la espinosa cuestión de la apostasía en la persecución; está, pues, ligada a la persecución de Decio y sus consecuencias.
  7. Sobre la unidad de la Iglesia católica (De ecclesiae catholicae unitate) (primera mitad del 251?): es un verdadero “tratado” de eclesiología. El cap. 4 presenta dos redacciones obra del mismo Cipriano. La primera se muestra más favorable al primado de Pedro.
  8. Los celos y la envidia (De zelo et livore) (251/252; o verano del 256?): en esta obra es posible advertir un eco de las controversias suscitadas contra Cipriano por su actitud en la persecución, pero que ya habían comenzado con motivo de su elección para la sede episcopal.
  9. Sobre la mortalidad (De mortalitate) (años 252/3): sale al paso de las dificultades provocadas por la peste.
  10. Sobre las buenas obras y la limosna (De opere el eleemosynis) (año 252): si no somos llamados al martirio, también se puede alcanzar la perfección por medio de la limosna, que aunque menos heroica, no por eso es menos importante.
  11. A Demteriano (Ad Demetrianum) (años 252/3): contra la objeción que se le hace en el sentido de que los males presentes son un castigo divino y los culpables de ello son los cristianos.
  12. Sobre el bien (o la bondad) de la paciencia (De bono patientiae) (a comienzos del año 256): podría ser que se trate de una homilía. Se advierte una dependencia del De patientia de Tertuliano.
  13. A Fortunato, exhortación al martirio (Ad Fortunatum de exhortatione martyrii) (257/258): escrita durante la persecución de Valeriano, es la última obra de Cipriano; presenta un florilegio de textos de las Sagradas Escrituras sobre los deberes del cristiano en tiempos de persecución.
  14. Epístolas (Epistulae): son en total ochenta y una; sesenta y cinco del mismo Cipriano y dieciséis de otros personajes que le escriben al obispo de Cartago: el presbiterio romano, Cornelio y Firmiliano son sin duda los más relevantes. Las epístolas 1 a 4 tratan temas diversos: la prohibición de hacerse tutor un presbítero; sobre si un actor convertido puede enseñar arte dramático; sobre un diácono que ha ofendido a su obispo; sobre las vírgenes que cohabitan con varones. Las epístolas 5 a 43 abrazan el período de tiempo en que Cipriano permanece en retiro a causa de la persecución de Decio. Las cartas 44 a 61, 64 y 66 son la correspondencia entre Cipriano y Cornelio obispo de Roma (251-253); son particularmente importantes las epístolas 44 a 55 pues abordan el tema del cisma de Novaciano. Las epístolas 67 y 68 son la correspondencia con Esteban, obispo de Roma entre 254 y 257. Las cartas 69 a 74 están dedicadas a la controversia bautismal. La 62 está dirigida a ocho obispos de Numidia. La 63 es casi un tratado sobre el “sacramento del cáliz del Señor”. La 65 recomienda a la iglesia de Assuras (¿en la Proconsular?) no autorizar a un ex obispo a retornar a sus funciones, ya que éste ha sacrificado a los ídolos. Finalmente, en las epístolas 8 y 33 falta el destinatario; atendiendo al contexto, la segunda de éstas parece dirigida a unos “lapsi”.
    A las obras de Cipriano ya mencionadas debe sumarse la “Vida de Cecilio Cipriano” (Vita Cecilii Cypriani), obra del diácono Poncio, ya que si bien se trata de un panegírico del santo es importante para conocer, sobre todo, algunos detalles de su martirio. Traducción castellana de C. Miglioranza, Actas de mártires, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1986, pp. 138-142.

Primera lectura: selección de pasajes de: “La Oración del Señor”

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar (caps. 1-3)

Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen e la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales. Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigimos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas. ¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: “Anulan el mandamiento de Dios por mantener su tradición” (Mt 15,6).

Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras que nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre (Jn 16,23), ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hace mas, además, con sus propias palabras?


La oración ha de salir de un corazón humilde (caps. 4-6)

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso hablar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: “¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo ¿No lo voy a ver yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra?” (Jr 23,23s.). Y también: “En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos” (Pr 15,3).

Y cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestras aquellas palabras suyas: “¿Por qué piensan mal?” (Mt 9,4). Y en otro lugar: “Así sabrán toda las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes” (Ap 2,23).

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón porque sabía que así el Señor la escuchaba, y de este modo consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura cuando dice: “Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios. Y el Señor la escuchó” (1 S 1,13). Leemos también en los salmos: “Reflexionen en el silencio de su lecho” (Sal 4,5). Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: “Hay que adorarte en lo interior, Señor” (Ba 6,5).

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Éste último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque al orar no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquél que perdona a los humildes escuchó su oración. (…)


Santificado sea tu nombre (caps. 11-12)

Cuán grande es la misericordia del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiera permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: “Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian” (1 S 2,30). Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: “No se poseen en propiedad, porque los han comprado pagando un precio por ustedes Por tanto, ¡glorifiquen a Dios con su cuerpo!” (1 Co 6,19s.),

A continuación añadimos: “Santificado sea tu nombre”, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado entre nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lv 11,44), por eso pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación. (…)


Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad (caps. 13-15)

Pedimos que se haga presente el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado entre nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino, que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos parte después en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25,34). También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él tenemos que reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores del reino de este mundo. (…)

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga la que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda. (…)

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en la palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres, el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor con todo el corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a la cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos.


Segunda lectura: “Tratado Sobre la unidad de la Iglesia Católica”. Traducción en: “Cipriano. La Unidad de la Iglesia”, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1991, pp. 67 ss. (Biblioteca de patrística, 12).
[1] Ver la catequesis del papa Benedicto XVI: http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/06-06_Cipriano.htm