LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

La adoración de la Cruz. Siglo XII. Novgorod, Rusia.
La Cruz, ese amor que abaja el Cielo[1]
La fiesta de la exaltación de la cruz tiene su origen en vivencias históricas lejanas, historias de emperadores, guerras, conquistas. La cruz reencontrada, robada, reconquistada por el emperador Heraclio en el siglo 7º es el motivo histórico de esta fiesta. Pero el motivo espiritual es mucho más profundo: la cruz es la revelación suprema de Dios. Estar en la cruz es lo que Dios, en su amor, le debe al hombre que está en la cruz. Porque el amor conoce numerosos deberes pero el primero es el de estar con el amado/con la amada. Él está en la cruz sólo para estar conmigo y ser como yo. Para que yo pueda estar con Él y ser como Él.
Dios ha amado tanto el mundo. Entre los dos términos “Dios” y “mundo” de los que todo me dice que son lejanísimos, incomunicables, extrañísimos, las palabras del evangelio muestran un punto de encuentro. Entre Dios y el mundo la relación viene establecida por un tercer término: ha amado tanto. Mundo amado, tierra tan amada, hombre tan amado. Estas son las palabras iníciales, originales, aquellas que desde toda la eternidad resonaban en el seno de Dios. Si no lleva inscrita la palabra amor ninguna cátedra podrá decir: DIOS. Dios ha amado tanto: esto me asegura que la salvación es y que Él me ama, no que yo ame:
“Nosotros no somos cristianos porque amamos a Dios. Somos cristianos porque creemos que Dios nos ama”.
Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia, esa es la única herejía importante…: que el amor te haga encoger de hombros.
Un doble movimiento ha hecho posible el encuentro: Cristo es elevado-levantado nos dice Juan, atrayendo todo hacia Él. Entre Dios y el mundo el punto de unión es la Cruz. Cruz que eleva la tierra, que abaja el cielo, que encoge los horizontes, que es encrucijada de los corazones dispersos. Elevado, alzado sobre el mundo, Cristo es el primero, la primicia de la gran migración que vuela hacia la Vida, aquel que bajó, sube por el único camino posible, el de la desmesura del amor. El crucifijo es el icono más autentico. Trae a la tierra el poder de Dios: el de servir y no el de hacerse servir; el de salvar y no el de juzgar; el de dar la vida, no el de quitarla. El crucifijo lleva la imagen verdadera del hombre. Verdadero hombre no es el que acumula dinero o poder, maneja la lanza y destroza vidas, ni aquel que se ríe burlonamente. Verdadero hombre es Él (ecce homo: he ahí al hombre), capaz del don supremo, hermano de cada uno y de todos, que muere amando obstinadamente, gritándole fuertemente su pena a Dios, pero poniéndose confiadamente en sus manos…
Lo que nos hace creer es la Cruz. Pero aquello en lo que creemos es la victoria obtenida por la Cruz (Pascal). Amor y muerte, los dos antagonistas inmortales se disputan al hombre y su fe. Pues bien, sobre la cruz se proclama con letras de sangre, las únicas que no engañan, la palabra victoriosa, aquella que sobrepasa la del Cantar de los Cantares: el Amor es fuerte como la Muerte.
¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está tu aguijón?
¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!
