OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (914)

La parábola de los dos hijos

Hacia 1534-1535

Nuremberg, Alemania

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo 

Conforme a un método que Orígenes solía usar con frecuencia: comparar diversos textos bíblicos, presenta ahora principalmente diferentes pasajes evangélicos con el fin de mostrar que Jesús obraba signos y prodigios para conducir a la fe a sus contemporáneos. Pero esto no es algo solo del pasado, porque el Señor sigue obrando ahora con su poder “y según el mérito de cada creyente” (§ 17.1).

Una muy conveniente comparación

17.1. Busca en los Evangelios y compara qué personas lo llaman Hijo de David, como esta mujer (Mt 15,22) y los ciegos de Jericó (cf. Mt 20,30), y cuáles, en cambio, lo llaman Hijo de Dios, o bien cuáles sin agregar “verdaderamente”, como los endemoniados que dicen: “¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?” (Mt 8,29). Y cuáles, en cambio, lo añaden “verdaderamente”, como aquellos que en la barca lo adoraron, diciéndole: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33). Y, de hecho, creo que será útil esta comparación, con el fin de observar la diferencia entre aquellos que se acercan a Él: los que se acercan a Él como a aquel que ha nacido de la descendencia de David según la carne (cf. Rm 1,3), y quiénes, en cambio, se acercan a Él como a aquel que ha sido constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad (cf. Rm 1,4), y, de estos, quiénes utilizan el adverbio “verdaderamente”, y quiénes, en cambio, no [lo usan]. Presta atención, además: la cananea le suplica no por su hijo -ni siquiera consta que haya tenido uno-, sino por una hija terriblemente atormentada por los demonios (cf. Mt 15,22); mientras que otra madre recibe con vida a un hijo que había sido llevado fuera como si estuviera muerto (cf. Lc 7,12-15). Y en otra ocasión, el jefe de la sinagoga pide por su hija de doce años a la que se da por muerta (cf. Lc 8,41-42. 49), mientras que el oficial real ruega por su hijo, que aún está enfermo y a punto de morir (cf. Jn 4,46-47). Tanto la hija atormentada por el demonio como el hijo fallecido tenían cada uno una madre; la hija, ya fallecida, y el hijo, gravemente enfermo, tenían respectivamente un padre: uno era jefe de sinagoga, el otro, oficial real. Estoy convencido de que estos detalles encierran motivos relacionados con los diferentes tipos de almas a las que Jesús sana dándoles la vida. Y todas las curaciones realizadas entre el pueblo, y sobre todo aquellas relatadas por los evangelistas, tuvieron lugar sin duda entonces, para que aquellos que “no creían, si no veían señales o prodigios” (Jn 4,48), creyeran; pero los hechos de aquella época eran símbolos de realidades que Jesús lleva a cabo cada vez con su poder. De hecho, no hay momento en el que todo lo escrito no se cumpla, por efecto del poder de Jesús y según el mérito de cada uno.

Se nos ofrece, a continuación, una exégesis tipológica de la mujer que le sale al paso a Jesús. Ella, finalmente, representa a toda alma, a todo ser humano atormentado, perseguido por los crueles demonios. Y en virtud de su humildad recibe el auxilio que del Señor solicitaba (§ 17.2). 

La figura que simboliza la mujer cananea

17.2. Ahora bien, en virtud de su raza, la cananea ni siquiera merecía una respuesta por parte de Jesús, quien confiesa que “no ha sido enviado por el Padre más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15,24), a la estirpe perdida de las almas clarividentes. Sin embargo, gracias a su libre elección y a haberse postrado ante Jesús, Hijo de Dios, recibe una respuesta que revela su origen indigno, pero que también pone de manifiesto su mérito: ella merecía las migajas como un perrito y no los panes (cf. Mt 15.26). Pero al haber ejercido su libre elección y aceptado la palabra de Jesús, reclama que le correspondan las migajas también como a un perrito, y reconoce como amos a los de linaje superior; es entonces cuando recibe una segunda respuesta, que da testimonio de su gran fe, y le promete el cumplimiento de lo que desea (cf. Mt 15,28). Ahora bien, creo que, por analogía con “la libre Jerusalén de lo alto” (cf. Ga 4,26), madre de Pablo y de sus semejantes, habrá que entender que la cananea, madre de aquella que estaba terriblemente atormentada por los demonios, se erige en símbolo de la madre de toda alma de este tipo. Y pregúntate si resulta absurdo que haya muchos padres y muchas madres, por analogía con los padres de Abraham, hacia quienes marchaba el patriarca (cf. Gn 15,15), y con la Jerusalén Madre, a la que se refiere Pablo cuando habla de sí mismo y de sus semejantes (Ga 4,26).

El Verbo encarnado vino a salvar a las almas superiores, es decir al Israel según la carne. Pero como este se negó a recibir al Mesías, el mensaje de salvación se transmitió a los paganos, que sí aceptó el don que se le hacía. Y de esta forma pasó a ser “nación inteligente” (§ 17.3).

“La locura de la predicación”

17.3. Es probable que esta [madre], de la que la Cananea es símbolo, procediera de los territorios de Tiro y Sidón, cuya situación geográfica era simbólica[1], se haya acercado al Salvador y le haya suplicado, y siga suplicándole aún hoy, diciendo: “Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David, mi hija está terriblemente atormentada por un demonio” (cf. Mt 15,21-22). Entonces Jesús, volviéndose también hacia los que estaban fuera y hacia los discípulos, en el momento oportuno, respondió: “No he sido enviado…” (Mt 15,24), dándonos a entender que hay almas superiores, inteligentes y clarividentes que se han perdido, llamadas alegóricamente ovejas de la casa de Israel; y, en mi opinión, considerando que estas se refieren al Israel según la carne (cf. 1 Co 10,18), se ven obligados a admitir que nuestro Salvador no fue enviado por el Padre más que a aquellos judíos perdidos. Nosotros, en cambio, que nos gloriamos de decir con toda sinceridad: “Aunque en otro tiempo conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así” (2 Co 5,16)[2], sabemos que la obra principal del Verbo es salvar [a las almas] más penetrantes[3]; estas, en efecto, mantienen una relación más familiar con Él que las que son más débiles. Pero como las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24), excepto el resto, conforme a una elección por gracia (cf. Rm 11,5), no creyeron en el Verbo, por eso Él ha elegido lo que en el mundo es necio (cf. 1 Co 1,27), lo que no es ni Israel ni clarividente, para confundir a los sabios de Israel, y lo que es nada (cf. 1 Co 1,28) lo ha llamado nación inteligente (cf. Rm 10,19; Dt 32,21) confiándoles aquello de lo que eran capaces, “la locura de la predicación” (1 Co 1,21), y se complacía en salvar a quienes creen en ella, obteniendo alabanza de boca de los niños y de los lactantes (cf. Sal 8,3; Mt 21,16), para confundir las cosas que son (cf. 1 Co 1,28), ya que los demás se han convertido en enemigos de la verdad.

El Señor Jesús no niega su gracia salvadora y curativa a quienes manifiestan una firme confianza en su poder, a quienes confiesan su fe en la salvación que Él nos dispensa. Por eso también atiende a los que, en su condición de “perritos”, le entregan su sincera confianza (§ 17.4).

El pan de los perritos

17.4. La cananea se acercó, pues, y se postró ante Jesús como [ante] Dios[4], y le dijo: “Señor, ayúdame”. «Y Él respondió: “No está permitido tomar el pan de los hijos y dárselo a los perritos”» (Mt 15,25-26). Cabría plantearse la siguiente pregunta: ¿qué sentido tiene este texto? De hecho: o bien había una cantidad limitada de pan, por lo que era imposible alimentar a los hijos y a los perritos de la casa, o bien se trataba de un pan de calidad, bien hecho, por lo que no era posible, lógicamente, dar de comer a los perritos el pan de los hijos, bien preparado. Pero nada de esto parece plausible en relación con el poder de Jesús, capaz de hacer partícipes tanto a los hijos como a aquellos a quienes llama perritos. Fíjate, entonces, si, con respecto a las palabras: “No está permitido tomar el pan de los hijos” (Mt 15,26), cabe decir que aquel que se humilló a sí mismo asumiendo la condición de esclavo (cf. Mt 20,28; Flp 2,7), haya aportado una cierta medida de poder, tanta como pudieran acoger las realidades del mundo. Y sintió que salía de Él una cantidad de ese poder, como queda claro en las palabras: “Alguien me ha tocado. He sentido que una fuerza ha salido de mí” (Lc 8,46). De esta medida de fuerza Él extraía, dando más a aquellos que habían progresado y se llamaban hijos; menos a quienes no lo eran, como a perritos. Pero, a pesar de ello, cuando encontró gran fe, le dio el pan de sus hijos, como a una hija, a aquella que resultaba ser un perrito debido a su origen humilde en Canaán (cf. Mt 15,28. 26).

Si bien puede parecernos poco adecuada la expresión que hallamos respecto de la diversidad de alimentos y sus receptores (§ 17.5-6), se trata de un tópico que en diversas ocasiones hallamos en los textos de Orígenes. El siguiente pasaje puede facilitarnos la comprensión de este tema:

«Cuando Dios creó el mundo, produjo una innumerable variedad de alimentos, según las diferencias de los apetitos del hombre o de la naturaleza de los animales. De ahí que no solo el hombre, al ver la comida de los animales, sepa que no fue creada para él, sino para los animales, sino que también los mismos animales reconozcan sus propias comidas; y así, de unas, por ejemplo, usa el león, de otras el ciervo, de otras el buey y de otras, en cambio, las aves. Pero también entre los hombres hay ciertas diferencias en la elección de los alimentos, de suerte que uno que está bien sano y goza de buena salud corporal, necesita una alimentación fuerte y cree poder comer de todo (cf. Rm 14,2), como los más robustos atletas. Pero si uno se siente más enfermo y delicado, se deleita en las verduras, y, debido a su enfermedad, no soporta alimento fuerte. Si se trata de un niño pequeño, aunque no pueda indicarlo con su voz, sin embargo, por su propia condición no busca otro alimento que la leche. Y así, cada uno por su edad o por sus fuerzas o por su estado de salud, requiere una comida que sea apta para él y adecuada a sus fuerzas.

Toda naturaleza racional necesita nutrirse de alimentos propios y adecuados a ella. Ahora bien, el verdadero alimento de la naturaleza racional es la palabra de Dios. Pero, así como hace muy poco hemos indicado muchas variedades en los alimentos del cuerpo, del mismo modo la naturaleza racional, que como hemos dicho, se alimenta del pensamiento y de la palabra de Dios, no se nutre de una sola e idéntica palabra[5]. Por donde, a semejanza del ejemplo corporal, hay también en la palabra de Dios un alimento de leche (cf. 1 Co 3,2; Hb 5,12; 1 P 2,2), o sea, una doctrina más abierta y más simple, como suele ser la de las cosas morales, que es habitual ofrecer a los que se inician en los estudios divinos y que reciben los primeros elementos de la ciencia razonable.

Y no podemos decir sobre las Escrituras del Espíritu Santo, que haya en ellas algo ocioso o inútil, aunque a algunos parezcan realidades oscuras. Más bien debemos hacer esto, volver los ojos de nuestra mente al que mandó escribir estas cosas, y requerir de Él mismo la comprensión de ellas, de modo que, si hay debilidad en nuestra alma, nos cure aquel que sana todas sus dolencias (cf. Sal 102 [103],3); si somos de inteligencia infantil, nos asista el Señor que custodia a los niños (cf. Mt 19,14), y nos alimente y conduzca a la medida de la edad (cf. Ef 4,13). Porque lo uno y lo otro está en nuestro poder, el que de la enfermedad podamos alcanzar la salud, y de la niñez podamos alcanzar la edad viril. En nuestro poder, por tanto, está el pedirle esto a Dios; y es propio de Dios el dar a los que piden y abrir a los que llaman (cf. Mt 7,7)»[6].

Diversos alimentos

17.5. Puede que, entre las palabras de Jesús, algunas sean pan que solo se puede dar a los más espirituales, como a hijos, y otras que, por así decirlo, sean migajas del gran banquete, de la mesa de los nobles y los señores. De estas migajas podrían disponer algunas almas que son como perros. Y en la Ley de Moisés, respecto a ciertos alimentos, se prescribe que se arrojen “al perro” (cf. Ex 22,30) y el Espíritu Santo se encargó de que, en el caso de algunos alimentos, se ordenara dárselos a los perros.

La virtud de la humildad

17.6. Que imaginen lo que quieran algunos, ajenos a la enseñanza de la Iglesia, que las almas pasan de los cuerpos de los hombres a los de los perros, según los distintos grados de malicia. En cuanto a nosotros, dado que este punto no lo encontramos en absoluto en la Sagrada Escritura, afirmamos que una condición más espiritual se transforma en otra menos espiritual, y que sufre esto por gran indolencia y descuido; del mismo modo, una voluntad libre, pero que no espiritual por haber descuidado al Verbo, vuelve a veces a ser espiritual, como quien en otro tiempo fue un perrito y, al desear comer las migajas que caen de la mesa de sus amos (cf. Mt 15,27), alcanza la condición de hijo. De hecho, en gran medida, una virtud contribuye a convertirnos en hijos de Dios; y un vicio, la furia de las palabras ofensivas y la descarada insolencia, a convertirnos, según la palabra de la Escritura, en perros (cf. 2 P 2,22; Pr 26,11). Y entenderás de la misma manera también los demás nombres de los animales irracionales. En cualquier caso, aquel a quien se le reprocha que sea un perro, y que, sin indignarse cuando le dicen que no es digno de recibir el pan de los hijos, con total resignación repite las palabras de aquella cananea: “Sí, oh Señor, pero también los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mt 15,27), le corresponderá la respuesta más gratificante, cuando Jesús le diga: “Grande es tu fe”, al haber acogido tal fe, y declare: “Que se haga como tú quieres” (Mt 15,28), de modo que también él sea sanado, y si alguna vez ha dado un fruto necesitado de curación, este podrá obtenerla a su vez (cf. Mt 15,28).


[1] Lit.: cuya topografía era típica; o: que estaban prefigurados por lugares terrestres.

[2] El texto griego lee: “Ahora a nadie conocemos (reconocemos, sabemos) según la carne, y aun si hemos conocido según la carne a Cristo, ahora empero ya no lo conocemos [así]”.

[3] Lit.: inteligentes.

[4] Otra versión más literal: se postró ante Jesús como ante un dios.

[5] Cf. Si 37,28: No a todos les conviene todo, y no a todo el mundo le gusta lo mismo. Este texto, que no suele tenerse en cuenta, y aunque tal vez no haya sido considerado por Orígenes porque se encuentra en un contexto diverso, puede muy bien ser de ayuda para una mejor comprensión de su pensamiento...

[6] Orígenes, Homilías sobre el libro de los Números, XVII,11.1-2. 7; SCh 461, pp. 270-273 y 276-279.