OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (913)

La parábola de los trabajadores en la viña
Hacia 1039-1040
Echternach, Luxemburgo
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Nuestros pensamientos, que en muchas ocasiones son malos, son los que nos acusan ante el Señor. Y Él conoce los secretos de nuestro corazón. Pero si estos designios interiores no nos conducen a obrar en consecuencia, si logramos que queden como encerrados en nuestro interior, entonces terminarán por desaparecer (§ 15.1)
Los pensamientos
15.1. A continuación, veamos en qué sentido lo que sale y contamina al hombre no lo contamina por salir de la boca, sino que la causa de esta contaminación está en el corazón, puesto que de él proceden, incluso antes de salir por la boca, los malos pensamientos, y especialmente “los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias”; estas son las cosas que hacen impuro al hombre (cf. Mt 15,18-20), cuando salen del corazón y, una vez salidas de él, pasan por la boca, porque si no salieran del corazón, sino que permanecieran encerradas en él, en alguna parte, sin tener la posibilidad de expresarse a través de la boca, desaparecerían muy pronto y el hombre no se sería contaminado. La fuente, pues, y el principio de todo pecado son los pensamientos malvados; pues si estos no toman el control, no habrá ni homicidios, ni adulterios, ni ningún otro de esos pecados. Por eso cada uno debe custodiar su corazón con toda vigilancia; de hecho, en el día del juicio, el Señor vendrá a sacar a la luz los secretos de las tinieblas y a manifestar las intenciones de los corazones (cf. 1 Co 4,5; Rm 2,16); y también todos los pensamientos de los hombres, que ora los acusan ora los defienden (cf. Rm 2,15), cuando sus propios propósitos los rodearán.
El Señor Jesús no enseña en el Evangelio a evitar el querer ser vistos y admirados por nuestras buenas acciones. Toda obra humana que realicemos debe ser “en lo secreto”, lejos de cualquier forma exaltación publicitaria (§ 15.2).
Evitar la publicidad
15.2. Y los propósitos malvados llegan a tal punto que, a veces, incluso aquellas realidades que parecen buenas y, al menos a juicio de muchos, loables, las convierten en vituperables. Por ejemplo, si damos limosna ante los hombres (cf. Mt 6,2), con la intención de ser admirados como filántropos por los hombres (cf. Mt 6,1) y ser ensalzados por esta filantropía, ya hemos recibido nuestra recompensa de los hombres (cf. Mt 6,2); y, en una sola palabra, todo lo que se realiza e implica, en quien actúa, la conciencia de actuar para ser alabado por los hombres, no recibe ninguna recompensa por parte de Aquel que ve en lo secreto (cf. Mt 6,4) y que da la recompensa a quienes son puros en lo oculto.
El orgullo, la vanagloria, pueden hacer zozobrar cualquier obra buena que emprendamos, incluso cuando la intención sea loable y el deseo es servir a nuestros prójimos. Por tanto, hay que cuidar particularmente los pensamientos, que son la fuente de todos nuestros desatinos. Debemos “lavar nuestros corazones” (§ 15.3-4).
Servir a la Iglesia y a los fieles desinteresadamente
15.3. Lo mismo ocurre, en efecto, con lo que se cree que es castidad, si sus pensamientos se dirigen hacia la vanagloria o el lucro; o bien con lo que se supone que es enseñanza eclesiástica, si se convierte en una búsqueda indigna de adulación en las palabras, o con el pretexto de ganar más, o de buscar gloria del público; esto ya no es la enseñanza tal y como la entendían aquellos a quienes “Dios puso en la Iglesia, primero como apóstoles, después como profetas y, en tercer lugar, como maestros” (1 Co 12,28). Lo mismo dirás de aquel que aspira al episcopado (cf. 1 Tm 3,1) por gloria humana o por la adulación de la gente, o por un beneficio a cargo de aquellos que acuden a escuchar la palabra y que dan, con el pretexto de la piedad. Un obispo así, en definitiva, no desea una labor noble[1] (1 Tm 3,1), ni puede ser irreprochable, sobrio, sabio (1 Tm 3,2), ebrio como está de gloria y de una ambición insaciable por ella. Lo mismo dirás también de los presbíteros y diáconos.
Lo que realmente nos contamina son los malos pensamientos
15.4. Estas reflexiones, aunque algunos tengan la impresión de que las hemos expuesto para divagar, considera si no era necesario hacerlas, porque los malos pensamientos son fuente de todos los pecados y tienen el poder de contaminar incluso aquellas acciones que, por el contrario, justificarían a quien las ha realizado, si se llevaran a cabo sin estar motivadas por estas intenciones. Hemos examinado, pues, según nuestras capacidades, cuáles son las cosas que contaminan. Comer con las manos sin lavar no contamina al hombre (Mt 15,20); pero, si hay que hablar con audacia lo que contamina es comer con el corazón sin lavar todo aquello que nuestra razón está, por naturaleza, predispuesta a comer (cf. Mt 15,20).
Al abordar el pasaje evangélico en que se relata el encuentro de Cristo con la mujer cananea, Orígenes, en primer término, subraya el hecho de que Jesús pone distancia entre su persona y los fariseos. Estos se han escandalizado por sus enseñanzas y están al acecho. Nuestro Salvador va a entonces a “regiones paganas”, donde la fe es solo incipiente (§ 16.1-3).
Jesús y la mujer cananea
16.1. “Partiendo de allí, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea...” (Mt 15,21-22).
16.2. De allí: ¿de dónde, si no de la tierra de Genesaret, de la que se ha hablado anteriormente: “Una vez completada la travesía, atracaron en la tierra de Genesaret” (Mt 14,34)? Quizás se retiró porque los fariseos se escandalizaban (cf. Mt 15,12) al oír decir: “No es lo que entra, sino lo que sale lo que contamina al hombre” (Mt 15,11). Pero que a veces se retirara a causa de aquellos de quienes sospechaba que conspiraban contra Él, queda claro por las palabras: “Al enterarse de que Juan había sido detenido, se retiró a Galilea” (Mt 4,12; cf. Mc 1,14). Por esta razón, quizá, también Marcos, al relatar este episodio, dice: “Levantándose, se dirigió a la región de Tiro y Sidón. Y, al entrar en una casa, quería que nadie lo supiera” (Mc 7,24).
Jesús en las regiones de Tiro y Sidón
16.3. Probablemente, son los fariseos a quienes evita, escandalizados por su enseñanza, a la espera del momento más adecuado (cf. Jn 7,30; 13,1; 16,32; 17,1) para la Pasión, ese momento bien determinado (cf. Rm 5,6). Se podría decir, pues, que Tiro y Sidón han sido elegidas para representar a los paganos, por lo que Él se retira de Israel y se dirige a las regiones de los paganos. Ahora bien, al mencionar Tiro, los judíos lo pronuncian alterándolo en “Sor”, que significa reunión, mientras que Sidón, en la pronunciación hebrea, significa “cazadores”. Entre los paganos hay tanto cazadores, o espíritus malignos, como una numerosa reunión de gente que vive en el vicio y las pasiones. Partiendo, pues, de Genesaret, Jesús se retiró de Israel y no se dirigió a Tiro y Sidón, sino hacia las regiones[2] de Tiro y Sidón (cf. Mt 15,21), debido a que, por el momento, aquellos que pertenecen a los paganos creen solo en parte; pues, si hubiera llegado a toda Tiro y Sidón, no habría quedado allí ni un solo no creyente.
En los siguientes párrafos se pone de relieve la necesidad de abandonar el territorio de los paganos para crecer en la fe y en su vivencia según Cristo. Pero este éxodo no es solo físico, sino ante todo y especialmente espiritual, es el paso de la maldad a la virtud (§ 16.4-5).
Salir de las regiones paganas
16.4. Según Marcos, “Jesús se levantó y partió hacia los territorios de Tiro” (Mc 7,24), “reunión de los paganos”, para que también los creyentes procedentes de aquellas zonas pudieran salvarse (cf. Mc 16,16), una vez que hubieran salido de allí. Presta, entonces, mucha atención a las palabras: «He aquí que una mujer cananea que había salido de aquellas regiones gritaba diciendo: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está siendo atormentada cruelmente por un demonio”» (Mt 15,22). Y, en mi opinión, no habría podido gritar con gran fe (cf. Mt 15,28), como bien se atestigua, si no hubiera salido de aquellas regiones. Y es “según la medida de la fe” (Rm 12,6) que alguien sale de entre los paganos, aquellos que “el Altísimo, cuando dividió a las naciones, estableció según el número de los hijos de Israel” (Dt 32,8), impidiéndoles sobrepasarlos.
La herencia de Israel
16.5. Aquí se habla, por consiguiente, de los territorios de Tiro y Sidón, mientras que en el Éxodo se habla de los territorios del faraón, en los que -dicen- se producen plagas contra los egipcios (cf. Ex 7,17 ss.). Y es ciertamente de creer que cada uno de nosotros, cuando es pecador, se encuentra en los territorios de Tiro y Sidón, o en los del faraón, en Egipto, o en alguno de los países fuera de la herencia otorgada por Dios, pero cuando se convierte de la maldad a la virtud, sale de los territorios de las realidades perversas y llega a las regiones que son parte de Dios: entre ambos existe una diferencia, que resultará clara para quienes sean capaces de establecer una analogía entre lo que forma parte del reparto y de la herencia de Israel y la ley espiritual (cf. Dt 32,9).
La explicación del clamor de la mujer cananea parece ir asociada al texto de Filipenses 3,21, donde se dice que Cristo tomó un cuerpo de “la humillación de nosotros” para transfigurarlo en un cuerpo de gloria. Para ello, el primer paso es invocar la misericordia de nuestro Señor y salvador (§ 16.6).
“Preparada para la humillación”
16.6. Fíjate, además, en cómo Jesús se dirige hacia la mujer cananea: es como si se dirigiera hacia aquellas tierras de Tiro y Sidón, mientras que ella, que había salido de aquellas regiones, se puso a gritar diciendo: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David” (Mt 15,22). La mujer era cananea, palabra que se traduce como: “preparada para la humillación”. Los justos están “preparados” para el reino de los cielos y para la elevación en el reino de Dios (cf. Mt 25,34); mientras que los pecadores están “preparados” para la humillación de su vicio, de los actos cometidos en el vicio para el que ellos mismos se “preparan”, y del pecado que reina en este cuerpo mortal (cf. Rm 6,12). Sin embargo, la cananea, al salir de esos territorios, se alejaba de ese estar preparada para la humillación, cuando se puso a gritar y a decir: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David” (Mt 15,22).
