OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (912)

La parábola del servidor inmisericorde
Hacia 1487-1490
Brujas, Bélgica
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
En tres pasos se nos muestra primero el error de quienes, como los gnósticos (e implícitamente también los fariseos), dividen a Dios. Estos suponen equivocadamente que hay un Dios del Antiguo Testamento y otro diferente en el Nuevo Testamento. En un segundo momento, se afirma que quienes enseñan este error no han recibido la filiación divina, no la han querido aceptar. Finalmente, los fariseos al no creer en Jesucristo malinterpretan las Sagradas Escrituras (§ 14.1-4).
Una afirmación desatinada de los gnósticos
14.1. Vale la pena, a continuación, analizar el texto utilizada erróneamente por aquellos que afirman que el Dios de la Ley no es el mismo que el de Jesús del Evangelio; estos dicen que el Padre celestial de Jesucristo no es el viñador (cf. Mt 21,40; Jn 15,1) de aquellos que creen venerar a Dios según la ley de Moisés. Jesús mismo dijo que los fariseos, que adoraban al Dios que había creado el mundo y la Ley, eran una viña no plantada por su Padre celestial y que, por ese motivo, sería arrancada de raíz (cf. Mt 15,13). Podrían decir también esto: que, si hubiera sido el Padre de Jesús quien hubiera hecho entrar al pueblo que salió de Egipto, y lo hubiera plantado en el monte de su heredad, en su morada preparada (cf. Ex 15,17), Jesús no habría dicho acerca de los fariseos: “Toda planta que no haya sido plantada por mi Padre celestial será arrancada” (Mt 15,13).
Debemos aceptar la filiación divina
14.2. A lo cual responderemos que cuantos, debido a su mala interpretación de lo que está escrito en la Ley, no eran la plantación del Padre que está en los cielos, y tenían la mente ofuscada (cf. 2 Co 4,4), pues no creían en la verdad, sino que aprobaban el mal (cf. 2 Ts 2,12), por obra de aquel que ha sido deificado por los hijos de este mundo y por esta razón en Pablo se le llama dios de este mundo (cf. 2 Co 4,4). No creerás que Pablo diga que él sea verdaderamente nuestro dios; pues, de hecho, aunque no sea dios el vientre de aquellos que, por amor del placer, honran más a este que a Dios, incluso si Pablo lo llama su dios (cf. Flp 3,19), sin ser dios, así también el príncipe de este mundo, que tampoco es dios, y del cual el Salvador dice: “Ahora ha sido juzgado el príncipe de este mundo” (Jn 16,11), se dice que es el dios de aquellos que no han querido aceptar el espíritu de adopción (cf. Rm 8,15) para convertirse en hijos del otro mundo y de la resurrección de los muertos, por lo que han permanecido en la filiación del mundo presente de aquí abajo (cf. Lc 20,35).
Guías ciegos
14.3. Estas son las explicaciones que, aunque a modo de digresión, me ha parecido necesario exponer a raíz de las palabras: “Son ciegos y guías de ciegos” (Mt 15,14). ¿Quiénes, pues? Los fariseos, a quienes el dios de este mundo les ha cegado la mente, por carecer de fe, ya que no creyeron en Jesucristo, y los ha cegado para que no les resplandeciera ante sus ojos la luz del Evangelio de la gloria de Dios sobre el rostro de Cristo (cf. 2 Co 4,4. 6). No solo hay que evitar dejarse guiar por esos ciegos, sabiendo que necesitan guías, por el hecho de no haber tenido aún la capacidad de ver por sí mismos; sino que también hay que prestar una escucha prudente a todos aquellos que afirman guiar con una enseñanza sana y emitir un juicio sensato sobre lo que dicen, a fin de evitar ponernos a merced de la ignorancia de personas ciegas que no ven las realidades de la sana doctrina, y presentarnos a nuestra vez como ciegos, por el hecho de no percibir el sentido de las Escrituras, de forma que tanto el que guía como el que es guiado caen en la trampa (cf. Mt 15,14), de la que hemos hablado anteriormente.
Una mala interpretación de la Ley
14.4. Tras estos acontecimientos, se relata cómo Pedro, respondiendo al Salvador -pues no había comprendido las palabras: “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella”-, dijo: “Explícanos la parábola”. A lo que el Salvador responde: “¿Aún carecen de entendimiento también ustedes?” (cf. Mt 15,15-17; Mc 7,18-20), como diciendo: “Llevan mucho tiempo conmigo y todavía no comprenden el sentido de las cosas que digo, y aún no entienden que por esta razón no contamina al hombre, porque lo que le entra por la boca va al vientre y, al salir de este, acaba en la cloaca?” (cf. Mt 15,17; Mc 7,18). No era por la Ley, en la que parecían creer, por lo que los fariseos no eran la plantación del Padre de Jesús, sino por la mala interpretación de la Ley y de lo que en ella está escrito.
En las tentaciones que el diablo le presentó a Cristo, vemos cómo el Maligno utiliza con engaño los textos de la Sagrada Escritura; y Cristo le responde enseñándole a él y a nosotros a interpretar rectamente, según el Espíritu, la Palabra de Dios (§ 14.5).
“La Ley es santa”
14.5. Si, en efecto, se entiende que hay dos ministerios según la Ley, el ministerio de la muerte grabado en las letras (cf. 2 Co 3,7), que no tiene nada en común con el Espíritu[1], y el ministerio de la vida (cf. 2 Co 3,8), comprendido según la ley espiritual, aquellos que, por su disposición hacia la verdad, eran capaces de decir: “Sabemos que la ley es espiritual” (Rm 7,14) y, por eso, “es santa la Ley, y santo, justo y bueno el mandamiento” (Rm 7,12) , estos eran “la plantación sembrada por el Padre celestial” (cf. Mt 15,13) , mientras que aquellos que no eran así, sino que rodeaban de respeto únicamente la letra que mata (cf. 2 Co 3,6), eran una plantación no de Dios, sino de aquel que había endurecido su corazón, poniendo un velo sobre él, que permanecía en vigor en ellos hasta que se produjera la conversión al Señor (cf. 2 Co 3,13-15); pues, cuando se produzca la conversión al Señor, ese velo será quitado; ahora bien, el Señor es el Espíritu (cf. 2 Co 3,16-17).
Orígenes confiesa la eficacia del sacramento[2]. Pero esta puede verse gravemente obstaculizada por nuestras disposiciones interiores. La gracia del sacramento realiza su obra en conformidad con nuestra fe y nuestra conducta (§ 14.6).
Las disposiciones interiores con las que nos acercamos a recibir el sacramento
14.6. Llegados a este punto, se podría decir que, al igual que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre (cf. Mt 15,11), aunque los judíos lo consideren impuro, tampoco es lo que entra en la boca lo que santifica al hombre, aunque los más íntegros consideren que santifica lo que llamamos el pan del Señor. Este razonamiento, en mi opinión, no debe menospreciarse, y por ello necesita una explicación clara, que a mi juicio es la siguiente. Así como no es el alimento lo que contamina a quien come (cf. 1 Co 8,7), sino la conciencia de quien come con duda -pues quien duda al comer está condenado porque no actúa conforme a la fe (cf. cf. Rm 14,23)-, y así como para quien está contaminado y carece de fe nada es puro, no por razón de sí mismo, sino por el hecho de estar contaminado y no tener fe en él, así lo que es santificado por la palabra de Dios y por la oración (cf. 1 Tm 4,5), santifica a quien lo utiliza, no en virtud de su propia palabra. Si así fuera, de hecho, santificaría también a quien come de forma indigna del Señor (cf. 1 Co 11,27), y si no hubiera comido de este alimento, no habría ningún enfermo, ni doliente ni muerto. Precisamente esta realidad es la que Pablo ha expresado con estas palabras: “Por eso hay entre ustedes muchos enfermos y dolientes, y no pocos han muerto” (1 Co 11,30). Ahora bien, en lo que respecta al pan del Señor, quien lo toma obtiene beneficio cuando participa en él con el espíritu sin mancha y conciencia pura. Así pues, no depende del mero hecho de no comer el pan santificado por la palabra de Dios y por la oración (cf. 1 Tm 4,5) que nos falte algún bien, ni tampoco del hecho en sí mismo de comer, que abundemos en algún bien: pues lo que determina la carencia son la malicia y los pecados, y lo que determina la abundancia son la justicia y las buenas obras; por lo que es casi lo mismo que dice Pablo: “Ni si comemos somos más, ni si no comemos somos menos” (1 Co 8,8).
En el párrafo siguiente se afirma que, en virtud de la Encarnación del Hijo de Dios, cuando celebramos la Eucaristía participamos verdaderamente de su cuerpo y de su sangre. Y para que podamos experimentar en plenitud la gracia de este Pan de vida, debemos deponer toda maldad, y así “viviremos para siempre” (§ 14.7).
El pan de vida
14.7. “Si todo lo que entra en la boca pasa al vientre y acaba en la cloaca” (cf. Mt 15,17), también “el alimento santificado por la palabra de Dios y la oración” (cf. 1 Tm 4,5), como realidad material, pasa por el vientre y acaba en la cloaca (cf. Mt 15,17). Pero aporta utilidad, en función de la oración que se hace sobre él, según la medida de la fe (cf. Rm 12,6), y produce la visión clara de la mente que discierne lo que es útil; y no es la materia del pan, sino la palabra pronunciada sobre él, la que aporta beneficio a quien lo come de manera digna del Señor (cf. 1 Co 11,27). Esto en lo que respecta al cuerpo típico y simbólico[3]. Pero también se podrían decir muchas cosas sobre el mismo Verbo que se hizo carne y verdadero alimento (cf. Jn 6,56); quien lo coma vivirá ciertamente para siempre (cf. Jn 6,54), pero nadie que sea malvado podría comerlo: pues si fuera posible que este, aunque siguiera siendo malvado, comiera el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), que es también pan vivo (cf. Jn 6,51), no estaría escrito: “Todo aquel que coma de este pan vivirá para siempre” (cf. Jn 6,54).
