OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (911)

El apóstol y evangelista san Mateo
Siglo IX
Evangeliario
Aquisgrán, Alemania
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Al comenzar el comentario del capítulo quince, Orígenes pone de relieve que la acusación de transgredir la Ley, formulada contra los cristianos, es totalmente inaceptable. En efecto, se nos acusa de una lectura “material”, según la carne, de los preceptos divinos. Esta interpretación además tiene un grave inconveniente: deja a un lado la importancia de la intención en nuestra forma de obrar (§ 12.1).
La intención con la que realizamos nuestras acciones
12.1. «Y, tras reunir a la multitud, les dijo: “Escuchen y comprendan”» (Mt 15,10), y lo que sigue. Con estas palabras, el Salvador nos ofrece una clara enseñanza: al leer en el Levítico (cf. Lv 11) y en Deuteronomio (cf. Dt 14) los detalles relativos a los alimentos puros e impuros, por los que los judíos “según la carne” (cf. 1 Co 10,18)) y los ebionitas -que poco difieren de ellos-, nos acusan de transgredir la Ley, no hay que pensar que la Escritura tenga como objetivo el sentido material de estas realidades. De hecho, si no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca (Mt 15,11); y sobre todo, dado que en el Evangelio de Marcos el Salvador, al decir esto, declaraba puros todos los alimentos (Mc 7,19) , queda claro que no nos contaminamos si comemos cosas que los judíos, queriendo ser esclavos de la letra de la Ley (cf. Rm 7,6), dicen que son impuras; pero está claro que sí nos contaminamos cuando, a pesar de que debemos atar nuestros labios con la inteligencia (cf. Pr 15,7 LXX) y sopesar con balanza y pesas lo que decimos (cf. Si 28,25), nos ponemos a decir lo primero que se nos ocurre y a hablar de cosas indecorosas, que son, para nosotros, fuente de pecados. Y sin duda es propio de la ley de Dios prohibir las obras que provienen del vicio y ordenar aquellas que se ajustan a la virtud, pero dejar de lado aquellas acciones que, por su propio valor, son indiferentes: estas pueden, por nuestra libre elección y por un razonamiento que hay dentro de nosotros, o bien realizarse mal, y convertirse en pecados, o bien realizarse bien, y convertirse en virtudes. Si uno lo reflexiona bien, verá que incluso lo que se considera un bien puede convertirse en pecado si se hace mal y por impulso de una pasión, y, por el contrario, lo que se dice impuro, si se utiliza según la recta razón, es posible considerarlo puro.
La importancia fundamental de una recta intención es fuertemente subrayada en el siguiente párrafo. No es una condición física, cual el caso de la circuncisión, la que nos confiere la rectitud, sino la pureza de nuestro corazón, de nuestra mente, de nuestros pensamientos. Toda acción debe tener un único fin: la gloria de Dios (§ 12.2).
“Para gloria de Dios”
12.2. De hecho, la circuncisión del judío que vive en el pecado se considerará como si no existiera[1], mientras que la incircuncisión del pagano que vive en la virtud será considerada como circuncisión (cf. Rm 2,25). Del mismo modo, las realidades consideradas puras serán consideradas impuras para quien no las utilice de la forma adecuada, en el momento adecuado, en la medida adecuada y con el fin adecuado; en cambio, en cuanto a lo que se considera impuro, todo se vuelve puro para los puros, pero para los contaminados y los infieles nada es puro, pues están contaminadas su mente y su conciencia (cf. Tt 1,15). Y estas, al estar contaminadas, acaban contaminando todas las realidades que toquen, del mismo modo que, por el contrario, la mente pura y la conciencia pura lo hacen todo puro, incluso aquello que parece ser impuro; de hecho, los justos hacen uso de los alimentos o las bebidas no por desenfreno, ni por hedonismo, ni discerniendo entre ambos atractivos, sino recordando que, “ya sea que coman, ya sea que beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo para gloria de Dios” (1 Co 10,31).
Dos enseñanzas importantes nos transmite Orígenes en los párrafos subsiguientes. La primera: los alimentos verdaderamente impuros son las malas intenciones, y las consecuentes acciones, que excogitamos en nuestro corazón; y la conciencia se convierte en árbitro “de la valoración moral”. La segunda, la normativa sobre qué es puro y qué impuro pasa del plano físico y/o material a aquel “ético y doctrinal”[2] (§ 12.3-4).
Sobre los alimentos
12.3. Y si hay que describir los alimentos impuros según el Evangelio, diremos que son aquellos provocados por la glotonería, nacidos de la codicia y consumidos por el hedonismo y por el vientre, venerado como a un dios (cf. Flp 3,19), cuando este vientre y sus apetitos, y ya no la razón, mandan sobre nuestra alma. Pero también, cuando sabemos que algunos alimentos han tenido relación con demonios o, sin saberlo, pero suponiéndolo, cuando dudamos al respecto, si hacemos uso de tales alimentos, no los hemos consumido para la gloria de Dios (cf. 1 Co 10,31) ni en nombre de Cristo (cf. Col 3,17), no es solo la sospecha de que se trate de idolatrías lo que condena a quien come, sino también su vacilación al respecto. De hecho, quien está en la duda, según el Apóstol, al comer se condena a sí mismo, porque no actúa por fe. De hecho, todo lo que no proviene de la fe es pecado (cf. Rm 14,23).
La Ley es “la sombra” de los bienes futuros
12.4. Por fe, pues, come aquel que está convencido de que lo que está comiendo no ha sido sacrificado en lugares idólatras, que no se trata ni de carne asfixiada ni de sangre (cf. Hch 15,20. 29; 21,25), mientras que no come por fe aquel que tiene dudas sobre alguno de estos puntos; pero está en comunión con los demonios a aquel que, a pesar de saber que estos alimentos han sido sacrificados a los demonios (cf. 1 Co 10,20; 2 Co 6,14-16), no deja de consumirlos, y su imaginación es contaminada por los demonios que han contaminado la víctima (cf. 1 Co 8,7). Sin embargo, el Apóstol, consciente de que no es la naturaleza de los alimentos lo que perjudica a quien los consume, ni lo que beneficia a quien se abstiene de ellos, sino las intenciones y el razonamiento que tenemos en nuestro interior, dice: “Ciertamente, no será un alimento lo que nos acerque a Dios; ni, si no lo comemos, nos falte algo; ni, al comerlo, obtengamos beneficio alguno” (1 Co 8,8). Sin duda, él sabía que aquellos que comprenden de manera más noble cuáles son, según la Ley, los alimentos puros y cuáles los impuros, al distanciarse de la forma diferente de considerar los alimentos como puros e impuros y de la superstición, pienso yo, que subyace en esas diferencias, tratan los alimentos con indiferencia, por lo que son juzgados por los judíos como transgresores de la Ley: por este motivo, Pablo ha dicho en alguna parte: “Nadie, pues, los juzgue en materia de comida y bebida, etc. (Col 2,16); y así nos enseña que las cosas según la letra son una sombra, mientras que los verdaderos pensamientos de la Ley, ocultos bajo la letra, son los bienes futuros, gracias a los cuales es posible descubrir cuáles son los alimentos puros del alma y cuáles los impuros, contenidos en los discursos mentirosos y hostiles, que hacen daño a quien se alimenta de ellos: de hecho, “la Ley tenía la sombra de los bienes futuros” (cf. Hb 10,1).
Jesucristo es motivo de asombro y escándalo para los fariseos, porque Él proponía una enseñanza que liberaba a sus oyentes del peso insoportable de una Ley mal interpretada y peor enseñada. Una Ley que condenaba a quienes no la observaran exteriormente. Se trata, en una última instancia, de la recuperación de “la interioridad” del creyente, del valor espiritual de todo ser humano (§ 13).
La liberación que Jesús nos regala
13. Al igual que en muchos casos, hay que comprender el asombro que expresaron los judíos ante las palabras del Salvador (cf. Mt 7,28; 8,27; 9,33; 13,54; 15,31, etc.), porque las pronunciaba con autoridad (cf. Mt 7,29), así hay que hacer lo mismo en relación con este pasaje. Pues, tras reunir a la multitud, les dijo: “Escuchen y comprendan” (Mt 15,10), y lo que sigue. Y decía esto mientras los fariseos se escandalizaban por este discurso (cf. Mt 15,12), ya que, debido a sus pensamientos perversos y a su mala interpretación de la Ley, no pertenecían a la viña de su Padre celestial y por eso eran arrancados (cf. Mt 15,13). Arrancados porque no habían acogido a Jesucristo, la verdadera vid cultivada por el Padre (cf. Jn 15,1-2). ¿Cómo podían, de hecho, ser la viña del Padre, ellos que se habían escandalizado por las palabras de Jesús, palabras que los liberaban de las prohibiciones: “No tomes, no pruebes, no toques”? Cosas destinadas a desaparecer con el uso; son, en efecto, prescripciones y enseñanzas de los hombres (cf. Col 2,21-22), cosas que, en cambio, guían a su inteligente oyente a través de la búsqueda de las cosas de allá arriba relacionadas con estas realidades, y no de las cosas de la tierra (cf. Col 3,1. 2. 3. 5), como hacían los judíos. Y puesto que, debido a sus pensamientos perversos, los fariseos no eran una plantación del Padre celestial, por eso habla de ellos como de enfermos incurables y dice a los discípulos: “¡Déjenlos! Déjenlos”, por esta razón, porque, al ser ciegos, deberían darse cuenta de su ceguera y buscar guías; en cambio, ellos, al no ser conscientes de su ceguera, pretenden guiar a otros ciegos, sin pensar que caerán en una fosa (cf. Mt 15,14), aquello que está escrito en los salmos: “Ha abierto una fosa, la ha cavado, pero caerá en el pozo que ha hecho” (Sal 7,16). Ahora bien, mientras que en otro lugar está escrito: “Al ver a las multitudes, subió a la montaña y, sentándose, se le acercaron los discípulos” (Mt 5,1), aquí, en cambio, extiende la mano hacia la multitud y, tras invitarla, la libera de la interpretación literal de las cuestiones de la Ley, en el momento en que dice en primer lugar: “¡Escuchen y comprendan!”, ya que aún no comprendían lo que oían, y después les habla como en las parábolas: “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella” (Mt 15,10-11).
