OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (910)

Jesucristo cargando la cruz

Hacia 1200-1225

Salterio

París

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

Por medio de una lectura que se aparta de los textos del Decálogo, los fariseos dejan a sus padres en la indigencia, al declarar ofrenda sagrada (“un don”) aquellos bienes que deberían reservarse a ayudar a quienes los engendraron (§ 10.1).

Una pésima actitud hacia los padres

10.1. Volvamos, pues, al texto anterior, allí donde el Salvador exponía, brevemente, dos mandamientos extraídos de la ley: uno del Decálogo, del Éxodo (cf. Ex 20,12), y el otro del Levítico (cf. Lv 20,9) o de otros pasajes de un libro del Pentateuco (cf. Ex 21,16; Dt 27,16). A continuación, tras explicar cómo derogaron la palabra de Dios: “Honra a tu padre y a tu madre”, aquellos que decían: «No honrará a su padre ni a su madre quien haya dicho a su padre o a su madre: “Lo que deberías recibir de mí es un don”», cabría preguntarse por qué no se añade: “El que maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte” (cf. Mt 15,4-6). Admitámoslo, de hecho: no honra al padre ni a la madre quien ha consagrado con el llamado corbán lo que debería haber dado para honrar al padre y a la madre; pero ¿cómo es posible que la tradición de los fariseos pueda derogar la palabra que dice: “Quien maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte”? Sin embargo, puede ser que quien le diga al padre o a la madre: “Lo que deberías recibir de mí es una ofrenda”, inflija una especie de ultraje a su padre o a su madre, como si, por ejemplo, declarara ladrones sacrílegos a los padres por quedarse con lo que está consagrado al corbán por parte de quien lo había ofrecido. 

Con un mandamiento “nuevo”, distinto del consignado en la Ley, los judíos terminan por hacerle un daño a los padres y anulan lo que se había prescrito en el Decálogo. Y a eso añaden acusaciones contra los discípulos del Señor Jesús (§ 10.2).

Una tradición que viola los mandamientos de la Ley

10.2. Los judíos, por lo tanto, castigan aquellos hijos que le dicen al padre o a la madre: lo que deberías recibir de mí es un don; ellos los condenan según la Ley, por maldecir al padre o a la madre; ustedes, en cambio (fariseos), anulan los dos mandamientos de Dios en nombre de su única tradición (cf. Mt 15,3). Y, además, ¿no les da vergüenza reprochar a mis discípulos, que no transgreden ningún mandamiento -pues caminan de manera irreprochable en todos sus mandamientos y observancias (cf. Lc 1,6)-, que transgreden una tradición de los antiguos, al estar devotamente atentos a no transgredir un mandamiento de Dios? Si también ustedes se hubieran propuesto tal respeto, habrían observado el mandamiento sobre el respeto al padre y a la madre (Ex 20,12), y aquel que dice: “Quien maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte” (Lv 20,9), y no la tradición de los antiguos que va en contra de estos mandamientos (cf. Mt 15,3).

Mediante el recurso al profeta, el Evangelio pone en evidencia la incredulidad de los judíos, que llega al extremo de cerrar sus oídos y su mente al reclamo que el Señor Jesús les hace: no interpreten la Ley a su gusto y antojo (§ 11.1). 

El oráculo del profeta Isaías

11.1. A continuación, con la intención de poner en tela de juicio todas las tradiciones de los judíos mediante las palabras de los profetas, citó el dicho de Isaías que dice textualmente lo siguiente: «Y dijo el Señor: “Este pueblo se acerca a mí con los labios”» (Is 29,13), y lo que sigue. Ya hemos dicho anteriormente que Mateo no reproduce textualmente el oráculo del profeta. Sin embargo, si debemos explicarlo en la medida de nuestras posibilidades, dado que el Evangelio lo ha adoptado, partiremos del texto que lo precede, que, en mi opinión, conviene considerar en su totalidad para explicar la cita que el Evangelio toma del profeta. El texto, tomado desde el principio, dice así: «Maravíllense y quédense atónitos, embriáguense, pero no con bebidas embriagantes ni con vino, porque el Señor les ha hecho beber un espíritu de letargo, y cerrará los ojos de ellos, de sus profetas y de sus jefes, que ven lo oculto. Y para ustedes todas estas palabras serán como las palabras de este libro sellado, que, si se lo dan a un hombre que sabe leer, diciéndole: “Léelo”, él dirá: “No puedo leerlo, porque está sellado”. Y si este libro se le da a un hombre que no sabe leer, le dirán: “Lee esto”, y él dirá: “No sé leer”. Y dijo el Señor: “Este pueblo se acerca a mí”, con lo que sigue hasta: “¡Ay de aquellos que traman planes en secreto pues sus obras estarán en la oscuridad!”» (Is 29,9-15 LXX). 

El Verbo hace suyas las palabras del profeta Isaías para conminar a su pueblo, para que cambie su conducta y así recupere la vista y el entendimiento. A lo largo de todo el párrafo siguiente el hilo conductor es la profecía de Isaías, según la versión de los Setenta (§ 11.2).

“Palabras selladas”

11.2. Partiendo, pues, de este texto del Evangelio, he citado algunos versículos del contexto anterior y otros del posterior, para mostrar cómo el Verbo amenaza con “cerrar los ojos” de aquellos del pueblo que “están aturdidos[1], embriagados y saciados de un espíritu de letargo[2]” (cf. Is 29,9), y amenaza con cerrar los ojos a sus profetas y a sus gobernantes que afirman ver las cosas ocultas (cf. Is 29,10). Estas amenazas creo que se cumplieron tras la venida del Salvador en medio de ese pueblo. Porque, para ellos, las palabras de todas las Escrituras -y de Isaías en particular- se convirtieron en algo así como las palabras de un libro sellado (cf. Is 29,11). Se dice “sellado”, casi como si estuviera cerrado por falta de claridad y no abierto por la claridad; resulta igualmente oscuro tanto para quienes son incapaces de leer, pues desconocen las letras, como para los que dicen saber leer, sin comprender el sentido de las letras (cf. Is 29,11-12). Bien añade, pues, que cuando el pueblo, aturdido por los pecados y desorientado, se enfurezca contra Él, se comportará como un borracho contra Él, con el espíritu de aturdimiento que el Señor les habrá infundido, cerrando sus ojos, por ser indignos de ver, y los ojos de sus profetas y de sus gobernantes, que dicen ver las realidades ocultas en los misterios de las divinas Escrituras, pero cuando se les hayan cerrado sus ojos, entonces para ellos las palabras de los profetas quedarán selladas y ocultas (cf. Is 29,9-10. 11). Y eso es precisamente lo que le ha ocurrido al pueblo de aquellos que no creen en Jesucristo. Pero cuando las palabras de los profetas se convirtieron para ellos en palabras de un libro sellado, no solo para los que no saben leer, sino también para los que dicen saber leer, entonces el Señor dijo que el pueblo judío solo está cerca de Dios con la boca; dice que solo le honran con los labios, ya que su corazón está lejos del Señor (cf. Is 29,11-13) a causa de su falta de fe en Jesús.

Orígenes aplica el texto del profeta a la situación del pueblo judío en su tiempo, resaltando la causa de su infelicidad: ha renegado de Jesucristo, de la presencia del Mesías en medio de ellos (§ 11.3).

Explicación de la profecía de Isaías

11.3. Y sobre todo ahora, dado que han renegado de nuestro Salvador, Dios podría decir de ellos: “En vano me honran; pues ya no enseñan los mandamientos de Dios, sino los de los hombres, y doctrinas que ya no proceden de la sabiduría del espíritu, sino que es solo humana” (cf. Is 29,13; Mt 15,7-9; Mc 7,6; 1 Co 2,4. 13). Por eso, después de que les sucediera esto, Dios transformó al pueblo de los judíos y destruyó la sabiduría de sus sabios, pues ya no hay entre ellos sabiduría alguna, al igual que ya no hay profecía alguna; pero la inteligencia de los inteligentes de este pueblo, Dios la ha enterrado y ocultado en algún lugar, y ya no es espléndida ni manifiesta (cf. Is 29,14). Por eso, aunque den la impresión de llevar a cabo algún plan en lo más profundo, como no lo hacen para el Señor, se les considera infelices (cf. Is 29,15). Y aunque se atrevan a anunciar algo secreto del designio divino, mienten, pues sus obras no son de la luz ni del día, sino de las tinieblas y de la noche (cf. Jn 3,19-21).

Para concluir esta sección, se nos ofrece un texto del Evangelio de Marcos que señala el aspecto exterior de las observancias del judaísmo. Se anticipa así el desarrollo que se presentará a continuación: el aspecto interior, espiritual, no “material”, de las Sagradas Escrituras (§ 11.4). 

Lo que dice el Evangelio según san Marcos

11.4. Nos ha parecido oportuno exponer brevemente la profecía y, en la medida de lo posible, su explicación, dado que Mateo la ha mencionado. También Marcos la ha mencionado (cf. Mc 7,6), y será útil citarlo, en relación con la transgresión de los antiguos que enseñaban a lavarse las manos cuando los judíos están a punto de comer; los detalles relativos a este pasaje son los siguientes: “Los fariseos, de hecho, y todos los judíos no comen si no se han lavado las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de los antiguos; y, al volver del mercado, no comen si no han realizado las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como lavar las copas, la vajilla, los objetos de cobre y las camas[3]” (Mc 7,3-4). 


[1] O: enajenados.

[2] O: que han bebido un espíritu de embotamiento.

[3] Este es un agregado de Orígenes, que no se encuentra en el texto evangélico.