OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (907)

Jesucristo camina sobre las aguas
1433
Evangeliario
Armenia
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Prosigue el desarrollo del tema de las diferencias entre las multitudes y los discípulos. Las primeras reciben el beneficio del alimento que Jesús les da, los panes de la bendición. Los segundos se ven favorecidos con el paso de las realidades visibles a las espirituales, “invisibles y eternas” (§ 5.1-2).
Las multitudes no eran “hebreas”
5.1. La razón que nos ha llevado a emprender estas indagaciones es el texto que tenemos ante nosotros: Jesús, tras separar a los discípulos de la multitud, les obligó a subir a la barca y a precederlo a la otra orilla, hasta que Él mismo despidiera a las multitudes (cf. Mt 14,22). De hecho, las multitudes no habrían podido partir hacia la otra orilla, ya que no eran espiritualmente hebreas, nombre que significa “los de la otra orilla”. Esta tarea, en cambio, correspondía a los discípulos: me refiero a partir hacia la otra orilla, superar[1] las realidades visibles y corporales, por ser transitorias, y llegar a las invisibles y eternas (cf. 2 Co 4,18).
Les hizo un beneficio al despedir a las multitudes
5.2. Para las multitudes, por tanto, el hecho de ser despedidas por Jesús (cf. Mt 14,22) constituía un beneficio suficiente que Jesús les concedía, ya que no podían partir hacia la otra orilla, porque eran multitudes. Nadie tiene el poder de conceder esta despedida, salvo el propio Cristo, y no es posible que alguien sea despedido si antes no ha comido de los panes que Jesús bendice, y no es posible que alguien coma los panes de la bendición (cf. 1 Co 10,16) de Jesús, sin que Jesús les hubiera ordenado hacerlo ni sentarse en la hierba (cf. Mt 14,19), como ya hemos explicado.
Un ejemplo relevante para aprender a orar como Jesús: subir a la montaña solos, tal como Él lo hizo. Pero antes cuidó de que las multitudes no quedaran sin el necesario alimento (§ 5.3).
Jesús sube a la montaña a orar
5.3. Pero tampoco es posible que las multitudes lo hicieran, si no hubieran seguido a Jesús desde sus propias ciudades, ya que Él se había retirado a un lugar desierto, apartado (cf. Mt 14,13). Y aunque los discípulos le habían rogado antes que despidiera a las multitudes (cf. Mt 14,15), no las despidió antes de alimentarlas con los panes de la bendición. Ahora, en cambio, las despide, pero previamente ha obligado a los discípulos a subir a la barca (cf. Mt 14,22), y las despide mientras se encuentran en un lugar bajo -pues el lugar del desierto está en la parte baja-, mientras él subió a la montaña a orar (cf. Mt 14,23).
Dos temas nos presentan los párrafos siguientes: la necesidad de que Jesús nos acompañe en la travesía del mar. Necesitamos la presencia de Jesús para pasar a la otra orilla. Y, segundo tópico, la barca. El Señor quiere nos subamos a ella para estar preparados y así poder enfrentar las pruebas, las tentaciones, las dificultades que se nos presentarán en nuestra vida terrena (§ 5.4-5).
Jesús debe estar junto a nosotros en la navegación de la vida presente
5.4. Cabe señalar lo siguiente: que inmediatamente después de haber alimentado a los cinco mil, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantarse a Él a la otra orilla (cf. Mt 14,22). Sin embargo, los discípulos no consiguieron adelantarse a Jesús a la otra orilla, sino que, al llegar al medio del mar, la barca se vio sacudida por el viento contrario, y se asustaron cuando Jesús se acercó a ellos en la cuarta vigilia de la noche[2] (cf. Mt 14,25-26). Y si Jesús no hubiera subido a la barca, el viento no habría dejado de ser contrario a la navegación de los discípulos (cf. Mt 14,32) y los navegantes, no habrían podido completar la travesía, ni habrían llegado a la otra orilla (cf. Mt 14,34). Y puede que, como quería enseñarles a través de la experiencia que no es posible partir hacia la otra orilla sin Él, les obligara a subir a la barca y precederle hacia esa otra orilla (cf. Mt 14,22); pero como no lograban completar la travesía más allá de la mitad del mar (cf. Mc 6,47), al aparecer ante ellos y actuar como está escrito (cf. Mt 14,26-27) , les mostró que quien se dirige hacia la otra orilla solo llega a ella si Jesús le acompaña en la travesía.
La barca
5.5. Pero, ¿qué representa la barca en la que Jesús obligó a los discípulos a subir? ¿Se trata acaso de la lucha contra las tentaciones y los peligros, lucha en la que uno se embarca, por orden del Verbo, y en la que entra, por así decirlo, de mala gana, puesto que el Salvador quiere que sus discípulos se ejerciten en esta embarcación sacudida por las olas y el viento en contra?
El Señor pone a prueba a sus discípulos al “obligarlos” a subir a la barca y cruzar a la otra orilla sin Él, sin su presencia. Y cuando ve que, a pesar de sus esfuerzos no logran su cometido, por causa de la inclemencia del tiempo, se les presenta caminando sobre las aguas; y, aunque Pedro duda cuando el Salvador le ordena ir hacia Él, finalmente el Verbo manifiesta su divinidad y al subir a la barca, ya nada podrán contra ella las tormentas (§ 5.6).
Jesús en medio de la tormenta
5.6. Puesto que obligó inmediatamente a los discípulos a subir a la barca y a precederlo a la otra orilla (cf. Mt 14,22), y también Marcos, variando un poco la expresión, ha escrito: “Y de inmediato obligó a sus discípulos a entrar en la barca e ir delante [de Él] a la otra orilla, a Betsaida” (Mc 6,45). Es inevitable detenernos en el verbo “obligó”, tras haber considerado previamente la ligera variante de Marcos, que precisa un elemento adicional con la adición del posesivo; de hecho, el texto no transmite el mismo sentido: “Obligó inmediatamente a los discípulos”; hay un elemento más en la expresión “sus discípulos”, tal y como la recoge Marcos, en comparación con el simple “los discípulos”. Por lo tanto, volviendo al texto, puede darse el caso de que los discípulos, al sentirse incómodos lejos de Jesús, no puedan separarse de Él ni siquiera por casualidad, porque quieren quedarse con Él; pero Él, al considerar que deben enfrentarse a la prueba de las olas y del viento en contra -que no habría existido si hubieran estado con Jesús-, les impone la obligación de separarse de Él y subir a la barca. El Salvador, pues, obliga a los discípulos a subir a la barca de las tentaciones, a precederlo en la otra orilla y a superar las adversidades saliendo victoriosos de ellas. Estos, por su parte, una vez llegados a medio del mar (cf. Mc 6,47), en medio de las olas de las pruebas y de los vientos adversos (cf. Mt 14,24) que les impiden dirigirse hacia la orilla opuesta, a pesar de luchar, no pudieron, sin Jesús, vencer a las olas y al viento contrario y llegar a la otra orilla (cf. Mt 14,24). Por eso el Verbo se compadeció de ellos, ya que habían hecho todo lo que dependía de ellos para llegar a la orilla opuesta, y se dirigió hacia ellos caminando sobre el mar (cf. Mt 14,25-26), en el que no había ni olas ni viento que pudieran, aunque quisieran, oponerse a Él. De hecho, no está escrito que se dirigiera hacia ellos caminando sobre las olas, sino sobre las aguas (cf. Mt 14,25). Pedro dijo: “Mándame que vaya hacia ti -no sobre las olas-, sino sobre las aguas” (Mt 14,28). Y cuando Jesús le dijo al principio: “¡Ven!”, al bajar de la barca se puso a caminar sobre las aguas, no sobre las olas, para dirigirse hacia Jesús (cf. Mt 14,29), pero al empezar a dudar, vio la violencia del viento (cf. Mt 14,30), que no habría existido para si se hubiera liberado de su falta de fe y de duda (cf. Mt 14,31). Una vez que Jesús subió a la barca con Pedro, el viento cesó (cf. Mt 14,32): ya no podía hacer nada más contra la barca, puesto que Jesús había subido a ella.
Profunda reflexión de Orígenes sobre la diversa condición de las multitudes y los discípulos. A las primeras no las somete a una exigencia que supere sus fuerzas; en cambio a los segundos, les exige soportar un mar bravío hasta que alivia esta prueba haciéndose presente en medio de la tormenta (§ 6.1).
El Señor no nos prueba por encima de nuestras fuerzas
6.1. Los discípulos, una vez “realizada la travesía, llegaron a Genesaret” (Mt 14,34): un nombre que, si conociéramos su significado, tal vez nos resultaría útil para explicar el pasaje que tenemos ante nosotros. Observa, sin embargo, dado que Dios es fiel y no permite que las multitudes sean puestas a prueba más allá de sus fuerzas (cf. 1 Co 10,13), la forma de actuar del Hijo de Dios: obligó a los discípulos a subir a la barca (cf. Mt 14,22), ya que eran más fuertes y capaces de llegar hasta el centro del mar y soportar la prueba de las olas (cf. Mc 6,47; Mt 14,24), hasta el momento en que se hicieron merecedores de la ayuda divina y vieron a Jesús, le oyeron hablar y, una vez que él también subió a bordo, pudieron completar la travesía y llegar a la tierra de Genesaret (cf. Mt 14,26-27. 32. 34); en cambio, despidió a las multitudes (cf. Mt 14,22), sin que recibieran -al ser más débiles- la prueba de la barca, de las olas y del viento en contra (cf. Mt 14,24); y “subió a la montaña a orar solo” (cf. Mt 14,23).
El Señor no deja solos a los suyos, y al retirarse a orar en soledad reza tanto por las multitudes como también por sus discípulos. Su ejemplo nos recomienda practicar la oración de intercesión, incluso orando a solas (§ 6.2).
La oración de Jesús por las multitudes y por sus discípulos
6.2. ¿Por quién rezaba, si no, probablemente, por las multitudes, para que, [tras haber comido] los panes benditos (cf. 1 Co 10,16) no hicieran nada contrario al permiso recibido de Jesús; y por los discípulos, para que, obligados por Él a subir a la barca y a precederle a la orilla opuesta (cf. Mt 14,22), no tuvieran que sufrir ningún mal en el mar, ni por las olas que sacudían su barca, ni por el viento en contra (cf. Mt 14,24)? Y me atrevería a decir que, gracias a la oración de Jesús dirigida al Padre por sus discípulos, estos no sufrieron ningún mal, a pesar de la furia del mar, de las olas y del viento adverso que se cernía sobre ellos.
La lectio divina que a continuación se nos propone es una estupenda exhortación a fortalecer nuestra débil y vacilante fe. No debemos dejarnos vencer por nuestras dudas, por las tentaciones y obstáculos que nos presenta el enemigo de nuestra salvación. Jesús siempre nos invita a superar nuestras dudas y renovarnos en el seguimiento del Señor, que nos exhorta a ser valientes, a tener plena confianza en Él (§ 6.3).
“¡Señor, sálvanos!”. Una lectura espiritual de este relato evangélico
6.3. Que se conforme, alguien más sencillo, con el relato histórico. En cuanto a nosotros, si algún día nos topamos con tentaciones inevitables, recordemos que fue Jesús quien nos obligó a subir a la barca, queriendo que le precediéramos a la otra orilla (cf. Mt 14,22). De hecho, no es posible llegar a la otra orilla si no se han superado las pruebas de las olas y el viento en contra (cf. Mt 14,24). Después, cuando nos veamos rodeados de numerosas y penosas dificultades y estemos cansados de navegar entre ellas durante tanto tiempo con nuestras modestas fuerzas, tendremos que pensar que nuestra barca se encuentra precisamente entonces en medio del mar (cf. Mc 6,47), sacudida por olas que quieren hacernos naufragar en la fe (cf. 1 Tm 1,19), o en alguna otra virtud. Pero cuando vemos cómo el soplo del Maligno se opone a nuestras acciones, debemos comprender que, precisamente en ese momento, el viento nos es adverso (cf. Mt 14,24). Ahora bien, cuando, aun sufriendo estos males, hayamos pasado tres vigilias de la noche en la oscuridad de las tentaciones y hayamos luchado bien, haciendo todo lo posible, y nos hayamos guardado de naufragar en la fe o en alguna otra virtud, siendo la primera vigilia el padre de las tinieblas y del mal (cf. Rm 13,12; Ef 6,12; Col 1,13); la segunda su hijo, aquel que se opone y se eleva por encima de todo ser que se denomine Dios o sea objeto de culto (cf. 2 Ts 2,3-4), y la tercera el espíritu contrario al Espíritu Santo, es entonces cuando debemos creer que, al llegar la cuarta vigilia, cuando la noche haya avanzado y el día se acerque (cf. Rm 13,12), vendrá hacia nosotros el Hijo de Dios, para calmar el mar caminando sobre él. Y cuando veamos aparecer al Verbo, nos sentiremos turbados (cf. Mt 14,26), hasta que hayamos comprendido claramente que es el Salvador, que residió[3] entre nosotros (cf. Mt 21,33; 25,15; Mc 12,1; Lc 20,9) y, creyendo ver un fantasma, empezaremos a gritar del susto; pero Él enseguida nos hablará y dirá: “Ánimo, soy yo, no teman” (cf. Mt 14,26-27). Animados con mayor fervor por estas palabras, “Ánimo”, si entre nosotros se encuentra alguna vez un Pedro, en camino hacia la perfección (cf. Hb 6,1), pero que aún no se ha convertido en tal, bajará de la barca, como para salir de la tentación que le agitaba, y al principio caminará, queriendo ir hacia Jesús sobre las aguas (cf. Mt 14,29), pero al ser aún un hombre de poca fe y todavía tener dudas, verá la violencia del viento (cf. Mt 14,30), tendrá miedo y empezará a hundirse, pero esto no le sucederá, porque invocará a Jesús a gran voz y le dirá: “¡Señor, sálvame!” (cf. Mt 14,30). Inmediatamente después, mientras Pedro siga hablando y diciendo: “¡Señor, sálvame!”, el Verbo extenderá la mano, le ofrecerá ayuda, lo agarrará en el momento en que empiece a hundirse y lo reprenderá por su poca fe y sus dudas. Sin embargo, fíjate en que no dice: “incrédulo”, sino “hombre de poca fe”, y que está escrito: “¿Por qué has dudado? (cf. Mt 14,31) y, a pesar de tener fe, ¿te has inclinado hacia lo contrario?”.
