OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (905)

La parábola del tesoro escondido en el campo
Siglo XX
Nueva York, USA
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Este muy breve capítulo no aborda la exégesis de la multiplicación de los panes, que será retomada en el inicio del siguiente libro[1]. Ahora el predicador se limita a poner de relieve la relación entre la curación de nuestras enfermedades espirituales y la participación en la Eucaristía (§ 25.1-2).
25.1. Después de esto, la Palabra dice que, «al caer la tarde, se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Este lugar está desierto y ya es tarde. Despide, pues, a la multitud, para que vayan a los pueblos a comprarse algo de comer”» (Mt 14,15).
“El poder del pan”
25.2. Observa, en primer lugar, que cuando estaba a punto de entregar los panes de la bendición (cf. 1 Co 10,16; Mt 26,26; Mc 14,22) a los discípulos para que los repartieran entre la multitud, sanó a los enfermos (Mt 14,14) para que, una vez recuperada la salud, participaran de los panes de la bendición (cf. 1 Co 10,17). En efecto, los que aún están enfermos no pueden recibir los panes de la bendición de Jesús. Si, por el contrario, alguien, a pesar de que debe prestar atención a la exhortación: “Que cada uno se examine a sí mismo, y así preparado coma de este pan” (1 Co 11,28) y lo que sigue, no cumple estas indicaciones, y en cualquier estado en que se encuentre participa del pan del Señor y de su cáliz (cf. 1 Co 11,26-27), se enferma o queda maltrecho, o muere (cf. 1 Co 11,30), fulminado, por así decirlo, por el poder del pan.
Al iniciar su explicación de la primera multiplicación de los panes, Orígenes, en primer término, señala cómo actúan los discípulos de Jesús, subrayando que ellos desean que el Señor no se ocupe de las necesidades de la gente (§ 1.1-2).
Los discípulos le piden al Señor que despida a las multitudes
1.1. “Sus discípulos se acercaron a Él al caer la tarde” (Mt 14,15). Es decir: al final del mundo, por lo que bien se puede decir que “es la última hora”, expresión que se encuentra en la Epístola de Juan (1 Jn 2,18). Ellos, sin comprender aún lo que iba a realizar el Verbo, le dicen: “Este lugar está desierto” (Mt 14,15), al ver la ausencia de la Ley y de las palabras divinas entre las multitudes. Además, le dicen: “La hora es ya avanzada” (Mt 14,15), como diciendo que ya ha pasado el tiempo favorable de la Ley y de los profetas.
Que se busquen ellos mismo el alimento necesario
1.2. Puede que dijeran esto refiriéndose, en lenguaje espiritual, al hecho de que Juan había sido decapitado y habían llegado a su fin la Ley y los Profetas, que llegaban hasta Juan (cf. Lc 16,16). La hora, pues, es ya avanzada -dicen- y aquí no hay alimento, ya que no es más el tiempo favorable, para que los que lo han seguido al desierto cumplan con la Ley y los Profetas. Y los discípulos añaden: “Despídelos entonces” (Mt 14,15), para que cada uno, aunque sea incapaz de procurarse alimentos en las ciudades, al menos los adquiera en las aldeas, lugares más despreciados[2].
Jesús les hace comprender a sus discípulos que Él les ha transmitido un poder: el de alimentar a las multitudes con las enseñanzas que han recibido de su Maestro. Y es porque no han entendido esta situación que quieren despedir a las multitudes, sin darse cuenta que el Señor mismo es quien mejor puede saciar su hambre (§ 1.3).
Un poder para alimentar a las multitudes
1.3. Esto es lo que afirmaban los discípulos, sin saber que, una vez derogada la letra de la Ley y cesadas las profecías, las multitudes encontrarían un alimento extraordinario y nuevo. En cuanto a Jesús, piensa en lo que responde a los discípulos, casi gritando y diciendo abiertamente: “¿Creen que esta gran multitud, que necesita comer, si se aleja de mí, encontrará alimento en los pueblos antes que conmigo, entre las multitudes de hombres que habitan en los pueblos y no en las ciudades, antes que permaneciendo conmigo? Yo, en cambio, les aseguro: no es de lo que ustedes piensan de lo que necesitan, no es de marcharse de lo que tienen necesidad; sino precisamente de Aquel de quien piensan que no necesitan, es de mí de quien según ustedes no sería capaz de darles de comer, es precisamente de mí -más allá de lo que puedan imaginar- de quien necesitan. Pues bien, puesto que con mi enseñanza los he hecho capaces de dar a quienes lo necesitan un alimento espiritual, denle ustedes mismos de comer a las multitudes que me han seguido (cf. Mt 14,16): porque ustedes tienen un poder, que han recibido de mí, un poder para dar de comer a las multitudes; y si lo hubieran sabido, habrían comprendido que yo puedo alimentarlas en mucha mayor medida, y no hubieran dicho: “Despide a la multitud, para que vayan a comprarse algo de comer” (Mt 14,15).
Orígenes nos presenta en este párrafo una interpretación simbólica del alimento, del pan y de los peces. Ante todo, pone de relieve que solo Jesús puede alimentarnos completamente, con plenitud. Luego, sobre los panes destaca su carácter “exterior”, “los discursos sensibles de las Escrituras”. Mientras que los peces simbolizan “la palabra pronunciada y la palabra interior” (§ 2.1).
Interpretación espiritual del pan y los peces
2.1. Jesús, pues, en virtud de aquella fuerza que había dado a los discípulos para alimentar también a otros, les dijo: “Denles ustedes mismos de comer” (Mt 14,16). Y ellos, sin negar que pudieran dar panes, pero creyendo que eran muy pocos e insuficientes para alimentar a todos los que habían seguido a Jesús, no consideraban que, habiendo tomado cada pan o palabra, Jesús lo hace aumentar cuanto quiere, haciéndolo suficiente para todos los que quiera alimentar, y dicen: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces” (Mt 14,17). Cinco, porque tal vez querían decir enigmáticamente que los cinco panes son los discursos sensibles de las Escrituras y por eso son del mismo número que los cinco sentidos; en cambio, los dos peces representan la palabra pronunciada y la palabra interior, como “acompañamiento” para los sentidos contenidos en las Escrituras, o tal vez la palabra que les llegó acerca del Padre y del Hijo. Por esta razón, también comió pescado asado (cf. Jn 21,9), después de su resurrección (cf. Lc 24,42), tomó una parte de la mano de los discípulos (cf. Lc 24,42-43) y recibió esa enseñanza teológica sobre el Padre, la que ellos podían anunciar parcialmente (cf. 1 Co 13,9). Este es, pues, el sentido que por nuestra parte hemos sido capaces de encontrar en el texto de los cinco panes y los dos peces; pero probablemente aquellos más capaces que nosotros de comparar los cinco panes y los dos peces podrían, por su parte, darle un sentido más grande y elevado.
Una lectura “sinóptica” se nos ofrece en el siguiente párrafo. Con este método se pueden apreciar mejor los detalles de la multiplicación de los panes y peces. Pero especialmente se pone de relieve que Jesús es nuestro verdadero alimento, “el pan de vida”. Y es a sus discípulos que les asigna la tarea de alimentar a las multitudes (§ 2.2).
Jesús es del pan de vida
2.2. Sin embargo, cabe señalar que los discípulos dicen tener cinco panes y dos peces en Mateo (14,17), Marcos (6,38) y Lucas (9,13), sin especificar si se trataba de panes de trigo o de cebada. Juan, en cambio, es el único que dice que los panes eran de cebada, y quizá por eso los discípulos afirman no tenerlos consigo en el Evangelio de Juan, pero según este evangelista dicen: “Hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces” (Jn 6,9). Y hasta que los discípulos no llevaron esos cinco panes y los dos peces a Jesús, no aumentaron, no se multiplicaron, ni pudieron alimentar a muchos; pero cuando el Salvador los tomó, en primer lugar alzó los ojos al cielo, como para hacer descender, con los rayos[3] de sus ojos, un poder que penetrara esos panes y esos peces destinados a alimentar a cinco mil hombres; en segundo lugar, bendijo los cinco panes y los dos peces, haciéndolos aumentar y multiplicarse con la palabra y la bendición; y en tercer lugar, los repartió, los partió y los dio a los discípulos para que estos los repartieran entre la multitud (cf. Mt 14,19; Mc 6,41); entonces los panes y los peces bastaron para la multitud, de modo que todos comieron y se saciaron (cf. Mt 14,20) y no se pudieron comer todos los panes que habían sido bendecidos. De hecho, lo que sobró para las multitudes no procedía de lo que ellos llevaban consigo, sino de lo que tenían los discípulos, capaces de recoger los restos y guardarlos en cestas que se llenaban de sobras, y cuyo número era el de las tribus de Israel. Ahora bien, en los salmos está escrito acerca de José: “Sus manos trabajaron para llevar la cesta” (Sal 80 [81],7)[4], mientras que acerca de los discípulos de Jesús está escrito que “recogieron los trozos sobrantes”, los doce -creo- recogieron doce cestas no medio llenas, sino totalmente llenas. Hasta este momento -creo- y hasta el fin del mundo, las doce cestas, llenas del “pan de vida” (cf. Jn 6,35. 48. 51) que las multitudes no son capaces de comer, permanecen junto a los discípulos, que son superiores a las multitudes.
En los dos párrafos que siguen se subraya el carácter sensible de los alimentos que se repartieron a la muchedumbre, y además se nos dice que algunos alimentos han sido abolidos, mientras que otros se destinan solo a los que son como niños en Cristo (§ 2.3-4).
Cinco mil
2.3. Aquellos que comieron de los cinco panes, antes de que se recogieran doce cestas de sobras, tenían un elemento en común con el número cinco, ya que fueron los primeros en alcanzar los alimentos sensibles y, por eso, cinco mil (cf. Mt 14,21), o bien habían llegado a los alimentos tangibles aquellos que habían comido, porque también ellos habían sido alimentados por Aquel que había alzado los ojos al cielo, los había bendecido y partido (cf. Mt 14,19), y no se incluía entre ellos ni a los niños ni a las mujeres, sino solo a los hombres (cf. Mt 14,21).
Alimentos para niños
2.4. De hecho, creo que hay diferencias entre los alimentos; sí, es cierto que algunos pertenecen a los que han sido abolidos, los alimentos para niños (cf. 1 Co 13,11), y otros a aquellos que aún son infantiles y carnales en Cristo (cf. 1 Co 3,1).
[1] Cf. SCh 162, pp. 262-263, nota 4.
[2] Es posible que “Orígenes ponga en boca de los discípulos una frase que explícita el sentido espiritual del texto evangélico” (SCh 162, pp. 266-267).
[3] También se podría traducir: la gloria, el esplendor.
[4] Esta es la versión de la LXX; el texto hebreo dice: “Yo liberé sus hombros de la carga, sus manos abandonaron la canasta” (alusión a la liberación de los trabajos forzados del pueblo de Israel en Egipto).
