OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (904)

La parábola del trigo y la cizaña

Hacia 1576-1580

Francia

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

En el inicio de este nuevo párrafo se trata el delicado tema de la huida o el hacer frente a las persecuciones. Orígenes primero pone de relieve un doble movimiento de parte del Señor Jesús. Primero, retirarse a un lugar apartado; segundo, sentir compasión ante las multitudes que lo buscaban para recibir la sanación de sus enfermedades (§ 23.1).

Después de la muerte de Juan Bautista

23.1. Los discípulos de Juan vinieron a enterrar su cuerpo y fueron a dar la noticia a Jesús. Y él se retiró a un lugar desierto, las naciones; y tras la muerte de los profetas, multitudes le seguían desde las ciudades de todas partes. Al ver que la multitud era numerosa, sintió compasión y sanó a sus enfermos y, después de eso, los alimentó con panes bendecidos y multiplicados, de pocos que eran, a cuantos lo habían seguido (cf. Mt 14,12-20). 

Exponerse a la furia de los perseguidores de forma “temeraria” no es lo que Jesús enseñó. Debemos estar atentos para asumir que seremos perseguidos, pero no podemos simplemente entregarnos en manos de quienes nos persiguen cuando esto no es necesario ni conveniente (§ 23.2-3).

Cómo debemos comportarnos ante la persecución 

23.2. “Al oír esto, Jesús partió de allí en una barca hacia un lugar desierto, apartado” (Mt 14,13). 

23.3. El texto nos enseña a huir (cf. Hch 12,11; Mt 10,23), con todas nuestras fuerzas, de quienes nos persiguen y de la espera de las conspiraciones urdidas contra nosotros a causa del Verbo. Así, de hecho, lo más sensato sería actuar de esta manera, mientras que sería a la vez imprudente y temerario exponerse a los peligros cuando es posible mantenerse al margen. ¿Quién, por otra parte, dudaría en evitar tales peligros, puesto que Jesús no solo se retiró por lo ocurrido a Juan, sino que también nos enseñó y dijo: “Si los persiguen en esta ciudad, huyan a otra” (Mt 10,23; cf. Ap 12,6)? Si, pues, sobreviene una prueba que no es por nuestra culpa, es necesario soportarla con mucho valor y coraje; pero si es posible evitarla, sería temerario no hacerlo.

Cuando los judíos rechazan la profecía, y la aniquilan en la persona del Bautista, Jesús se establece entre los pueblos paganos, cuyos fieles serán más numerosos que los del pueblo de la Ley (§ 23.4). 

La presencia de Jesús entre los paganos da mucho fruto 

23.4. Pero dado que, tras esta explicación, es necesario examinar el texto también en sentido anagógico[1], hay que decir que, una vez que la profecía entre los judíos fue perseguida y suprimida, debido a que ellos honran las realidades de la generación y acogen con aplauso movimientos vanos, carentes de ritmo y melodía, a juicio de la verdad, pero muy armoniosos y agradables para ellos, según la opinión del jefe de los malvados y de sus comensales; Jesús se retira de aquel lugar donde la profecía ha sido combatida y condenada. Se retira a un lugar desierto, vacío de Dios (cf. Mt 14,13), entre las naciones, para que, una vez quitado a aquellos el reino y dado a una nación que produzca frutos (cf. Mt 21,43), el Verbo de Dios se establece en medio de las naciones y, gracias a Él, los hijos de la mujer abandonada, no instruida ni en la Ley ni en los Profetas, sean más numerosos que los hijos de aquella que tiene marido (cf. Ga 4,27; Is 54,1; Gn 16,1), que es la Ley. 

Al irse Jesús a un lugar desierto del conocimiento del Dios verdadero, en medio de los paganos, es seguido por quienes aceptan su presencia, “la luz de su visita”. Y el Verbo siente compasión, se conmueve, por la condición de las multitudes y sana las enfermedades y dolencias que habían contraído por obra del espíritu del mal (§ 23.5-6). 

La conversión de las naciones gentiles

23.5. Por eso, cuando en el pasado el Verbo se encontraba entre los judíos, su presencia entre ellos no era como entre las naciones. He aquí porque el texto dice que, en una barca, es decir, en el cuerpo, se retiró a un lugar desierto apartado (cf. Mt 14,13), al enterarse del asesinato del profeta. Al llegar al desierto, se apartó porque su palabra estaba aislada y su enseñanza contrastaba con las costumbres y concepciones de las naciones. Y las multitudes, que se encuentran entre las naciones, al oír que había tenido lugar la llegada del Verbo a su desierto y que se mantenía apartado, como hemos explicado anteriormente, se pusieron a seguirlo desde sus propias ciudades, habiendo abandonado cada uno las costumbres supersticiosas de la patria, y habiéndose acercado a la Ley de Cristo (cf. Ga 6,2). Pero a pie, no en barco, lo siguieron (cf. Mt 14,13), en el sentido de que no con el cuerpo, sino solo con el alma y por libre elección convencidos por el Verbo, seguían la imagen de Dios (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15; Rm 8,29; Flp 2,6-11; Hb 1,3).

Curó sus enfermedades

23.6. Es Jesús quien sale al encuentro de ellos (cf. Mt 14,14; Lv 14,3), ya que ellos no eran capaces de ir hacia Él, porque una vez que está con los que están fuera, los lleva dentro (cf. Mc 4,11). Grande es, sin embargo, la multitud que está fuera: el Verbo de Dios salió a su encuentro, derramó sobre ella la luz de su visita (cf. Sal 88 [89],16), los vio y, al verlos más merecedores de piedad, por el hecho de encontrarse entre personas así, en su amor por los hombres sufrió, Él, incapaz de sufrir, al sentir compasión (cf. Mt 14,14; 9,36; Mc 6,34; 8,2; Jn 11,33. 35. 38) y no solo sintió una profunda conmoción, sino que también sanó a sus enfermos afectados por diversas y variadas enfermedades, provenientes del mal (cf. Mt 14,14).

Jesús es el médico, único y auténtico, de nuestras enfermedades del alma, de las pasiones que nos conducen a obrar en detrimento de nuestros prójimos, debilidades que nos arrastran por caminos errados, y nos inducen a abandonar al Señor (§ 24.1-2).

24.1. Si quieres ver cuáles son las enfermedades del alma, fíjate en los avaros, los ambiciosos, los pederastas y cualquiera que sea amante de las mujeres. De hecho, Jesús también vio a estos entre la multitud, sintió compasión por ellos y los sanó (cf. Mt 9,12-13). Pero hay que pensar que no todo pecado es una enfermedad, sino solo el pecado que ha impregnado toda el alma. Así, de hecho, podemos ver a los avaros todos volcados[2] hacia el dinero, en su defensa, en su recolección, y a los ambiciosos todos volcados hacia las pequeñas glorias, con la boca abierta, para recibir la alabanza que proviene de mucha gente y de los más vulgares.

24.2. Te harás la misma idea de las otras enfermedades que hemos mencionado, y de cualquier otra enfermedad de este tipo.

Orígenes se detiene en el estudio de la sanación de los enfermos realizada por Jesús. Y, mediante el recurso a un texto de san Pablo, establece tres clases géneros de enfermedades espirituales. La primera es la que brota de nuestra natural debilidad; la segunda, es aquella que proviene de aceptar en nuestra vida la convivencia con alguna enfermedad no menor; la tercera, es la enfermedad de quienes ya no de velan por el bien de su alma y se dejan engañar “por vanas imaginaciones” (§ 24.3).

“Sanó a los enfermos”

24.3. Puesto que, al explicar el texto “curó a sus enfermos”, hemos dicho que no todo pecado es una enfermedad, es el caso de que la Escritura nos aclare su diferencia. El Apóstol se dirige precisamente a los corintios, que tienen diversos pecados, y escribe: “Por eso hay entre ustedes muchos enfermos y debilitados[3], y no pocos han muerto” (1 Co 11,30). Fíjate en este texto en la conjunción “y”, que une y establece un nexo entre los diversos pecados, por lo que algunos están enfermos, otros debilitados, más que enfermos, y otros -a diferencia de estos dos casos- han muerto. Aquellos que, por debilidad del alma, se inclinan hacia algún pecado, pero no son del todo culpables de un tipo de pecado, como los enfermos, son solo débiles. En cambio, aquellos que, “con toda el alma, con todo el corazón y toda la inteligencia” (Mt 22,37; cf. Dt 6,5), en lugar de amar a Dios, aman el dinero, o las pequeñas glorias, o a las mujeres o a los jóvenes; estos sufren un mal más grave que la enfermedad, están enfermos. “Duermen” -en la muerte- aquellos que, en lugar de prestar atención y velar por el alma (cf. Mt 24,42; 25,13; 26,38. 41; Mc 13,35. 37; 14,34. 38), no lo hacen por su gran negligencia, dejan que su elección se adormezca y dormitan en sus pensamientos (cf. Mt 25,5): estos, “como si estuvieran sumidos en un sueño vano, contaminan la carne, desprecian la Soberanía e insultan a los seres gloriosos” (Judas 8). Como duermen, permanecen entre fantasías vanas, semejantes a sueños respecto a la realidad, y al no aceptar lo que es plena y verdadera realidad, se dejan engañar por lo que consiste solo en vacías imaginaciones. Sobre estos, en el profeta Isaías se dice: “Como el sediento sueña con beber y se despierta aún sediento, su alma ha esperado en vano, así será la riqueza de todas las naciones de aquellos que han hecho la guerra a Jerusalén” (Is 29,8 LXX). Por lo tanto, aunque hayamos dado la impresión de haber hecho una digresión al explicar la diferencia entre los enfermos y los “que duermen” -muertos-, basando lo expuesto sobre la afirmación del Apóstol en la Carta a los Corintios (cf. 1 Co 11,30), hicimos esa digresión con la intención de mostrar qué sentido se le daba a la expresión: “Y sanó a sus enfermos” (Mt 14,14).


[1] Es decir, en un sentido espiritual (cf. SCh 162, p. 255).

[2] Lit.: extendido, estirado, alargado, dirigido (teino).

[3] O: lánguidos, agotados, maltrechos.