OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (901)

Jesús enseñando a sus discípulos
Hacia 1480
Florencia, Italia
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Una fe vacilante o, más directamente, la falta de fe, la incredulidad, impiden que Jesús realice su obra de salvación en nosotros. No se trata solamente de “no quiso”, sino que claramente: “no pudo”. Y para apoyar su observación-argumentación, Orígenes, conforme a una metodología habitual en él, nos presenta varios testimonios evangélicos que avalan y confirman esta enseñanza (§ 19.1-2).
La falta de fe impide que Cristo realice milagros entre su gente
19.1. Siguiendo adelante, es necesario examinar el texto: “No realizó muchos milagros a causa de su falta de fe” (Mt 13,58). Estas palabras nos hacen entender que los milagros se realizaban entre aquellos que creían, porque a “aquel que tiene se le dará y tendrá en abundancia” (Mt 25,29), mientras que entre los incrédulos los milagros no solo no se realizaban, sino que, como lo refiere Marcos, ni siquiera podían levarse a cabo. En efecto, presta atención al texto: “No pudo hacer ningún milagro” (Mc 6,5); no dijo “no quiso”, sino que no pudo, ya que en la eficacia del milagro se añade una cooperación por parte de la fe de aquel en quien se realiza; eficacia que, en cambio, es impedida por la incredulidad.
19.2. Por tanto, observa que, a quienes preguntaron: “¿Por qué no pudimos expulsarlo?”, Jesús respondió: “Por la poca fe de ustedes” (Mt 17,19-20), mientras que, a Pedro, que comenzaba a hundirse, le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31).
El ejemplo de la curación de la mujer que padecía flujos de sangre muestra con meridiana claridad el poder de la fe sincera, confiada y dispuesta a correr el riesgo de ser mal vista o despreciada o hasta condenada (§ 19.3-4).
La hemorroísa
19.3. En cambio, la mujer hemorroísa, que no había pedido la sanación, sino que simplemente pensó que si tocaba el borde de su manto sería sanada (cf. Mc 5,28; 6,56), fue curada al instante (cf. Mt 9,22; Lc 8,44); y el Salvador reconoce esta forma de sanación diciendo: “¿Quién me ha tocado? Porque he sentido que de mí ha salido una fuerza” (Lc 8,46; cf. Mc 5,30).
El poder de Jesús siempre actúa
19.4. Y puede ser que, al igual que entre los cuerpos existe una atracción natural de unos hacia otros, como la del imán hacia el hierro y la de lo que se llama nafta[1] hacia el fuego, así esa fe ejerza una atracción sobre el poder divino. Por eso se ha dicho: «Si tienen fe del tamaño de un grano de mostaza, le diréis a este monte: “Muévete de aquí allá”, y se moverá» (Mt 17,20). A mí me parece, sin embargo, que Mateo y Marcos, con la intención de mostrar precisamente la superioridad del poder divino, capaz de actuar incluso en medio de la incredulidad, pero no más de lo que puede frente a la fe de aquellos que se benefician de él, afirmaban no que “no realizó allí milagros a causa de su incredulidad”, sino simplemente que “no hizo allí muchos milagros” (Mt 13,58). Y Marcos no afirmó: “No pudo hacer allí ningún prodigio”, y se detuvo en este punto, sino que añadió: “Pero solo impuso las manos a unos pocos enfermos y los sanó” (Mc 6,5): el poder que había en Él triunfó sobre la incredulidad, incluso en esas condiciones.
En los dos párrafos siguientes se nos presenta una valiosa argumentación sobre la colaboración entre la gracia divina y la libertad-esfuerzo del ser humano. Dios nos ofrece la posibilidad de crecer en la práctica de las virtudes, nos pone a nuestra disposición todo lo necesario para cultivarlas y poder servirnos de ellas. En nuestro libre arbitrio está aceptar este don o rechazarlo (§ 19.5-6).
La colaboración entre Dios y los seres humanos se requiere para que la tierra produzca su fruto
19.5. Yo soy de esta opinión: en el ámbito de los bienes materiales trabajar la tierra no basta para obtener la cosecha de los frutos, si no contribuye el contenido de la tierra, y sobre todo el entorno, según la cualidad concebida por Aquel que la ordena y la crea como quiere; ni, por otra parte, el contenido del suelo podría dar lugar a la cosecha sin cultivar la tierra; o mejor dicho, Aquel que provee no haría surgir de la tierra sus productos si esta no fuera labrada: solo lo hizo una vez, cuando dijo: “Que la tierra germine, que produzca hierba de verdura, que produzca semilla según su especie y según su semejanza” (Gn 1,11).
Las virtudes humanas son dones de Dios
19.6. Del mismo modo, sin la fe por parte de aquellos que son sanados, las energías de los milagros (cf. 1 Co 12,10-11) no revelan su plena eficacia para la curación, pero tampoco la fe, sea cual sea, logra la curación sin el poder divino. Lo que está escrito sobre la sabiduría, lo aplicarás a la fe y a las virtudes particulares, para armonizar un texto como este: “Aunque alguien fuera perfecto -en la fe- entre los hijos de los hombres, al carecer del poder que viene de ti, sería considerado como nada; y aunque alguien fuera perfecto en la inteligencia entre los hijos de los hombres, al carecer de la inteligencia que viene de ti, sería considerado como nada; o bien: aunque alguien fuera perfecto en la justicia y en las demás virtudes, al carecer de la justicia y de las demás virtudes que provienen de ti, sería considerado como nada” (cf. Sb 9,6)[2]. Por lo tanto, que el sabio no se gloríe de su sabiduría, ni el fuerte de su fuerza (cf. Jr 9,22); lo que en realidad merece alabanza no nos pertenece, sino que es don de Dios (cf. Ef 2,8), tanto la sabiduría que viene de Él, como la fuerza que viene de Él, y así todas las demás virtudes.
[1] Así se encuentra este término en el texto griego: naphtha.
[2] En realidad “no se trata de una cita del libro de la Sabiduría (9,6), sino de una transposición, muy feliz por lo demás, de un hermoso texto de dicho libro, que Orígenes utiliza para el conjunto de las virtudes” (SCh 162, p. 234, nota 1).
