OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (893)

San Juan Evangelista
1133
Evangeliario
Constantinopla
Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo
Orígenes aborda ahora la parábola y comienza por señalar que debemos salir a buscar las palabras de la Escritura que contienen perlas, comenzando por las que nos transmiten los profetas (§ 8.1).
Las buenas perlas que busca el mercader
8.1. Tras haber extraído estas ideas del tratado sobre las piedras, quisiera decir que el Salvador, precisamente porque conocía las diferencias entre las perlas -algunas de las cuales, por su naturaleza, son hermosas, y otras feas-, dijo: “El reino de los cielos es semejante a un mercader que va en busca de perlas preciosas” (Mt 13,45). De hecho, si no hubiera habido también algunas feas entre las perlas, no habría dicho: “que va en busca de piedras preciosas”. Debes ir en busca de estas perlas en las palabras de todo tipo, que anuncian la verdad y contienen perlas; las conchas que conciben, por así decirlo, del rocío celestial y están preñadas de la palabra de verdad (cf. St 1,18) que viene del cielo deben ser los profetas: estas son las buenas perlas, en busca de las cuales va el mercader, según la expresión citada en precedencia.
Para los cristianos hay una sola perla que debe atesorarse y cuidar de que no sea objeto de desprecio de quienes no conocen su gran valor: Cristo, el Hijo de Dios, nuestro Salvador (§ 8.2).
La perla preciosa es Cristo
8.2. Ahora bien, la perla principal, que al encontrarla se encuentran también las demás, la perla de gran valor es el Cristo de Dios, el Verbo superior a los preciosos textos y pensamientos de la Ley y de los profetas: una vez que se le encuentra a Él, se alcanzan fácilmente todas las demás realidades. El Salvador se dirige a todos los discípulos, como a unos mercaderes, que no solo buscan las perlas hermosas, sino que ya las han encontrado y comprado, allí donde dice: “No arrojen sus perlas delante de los cerdos” (Mt 7,6). Y que estas palabras fueron dirigidas a los discípulos resulta evidente por la premisa del discurso: “Al ver a las multitudes, subió al monte y, sentándose, se le acercaron sus discípulos” (Mt 5,1). De hecho, es en la continuación de ese discurso donde se dice: “No den lo que es santo a los perros y no arrojen las perlas delante de los cerdos” (Mt 7,6).
Tenemos que aprender a buscar la perla de gran valor, no las de mala calidad, que nos quieren vender los que profesan doctrinas falsas y ajenas a nuestra fe (§ 8.3).
Las perlas de mala calidad deben ser desechadas
8.3. Es posible, pues, que quien no posea perlas ni la perla de gran valor, ni siquiera sea discípulo del Salvador [que nos enseña a buscar][1] las perlas buenas, no las turbias ni las opacas, como son los discursos heterodoxos, nacidos no hacia Oriente, sino hacia Occidente, o hacia el norte, si así hay que interpretar la información sobre la diferencia que encontramos entre las perlas nacidas en distintos lugares. Y tal vez las perlas opacas y las feas nacidas en lugares fangosos sean los discursos nebulosos y las herejías envueltas en las obras de la carne (cf. Ga 5,19).
Nuestro seguimiento de Cristo, nuestra búsqueda de Él, exige renunciar a todas las perlas preciosas para ganar la única de “gran valor”. Y al optar por nuestro Señor, recibimos la luz que ilumina nuestras vidas y aspiramos al conocimiento perfecto (§ 9.1).
“La perla de gran valor”
9.1. A continuación, pondrás las palabras: “El que va en busca de perlas preciosas” (Mt 13,45) en relación con estas: “Busquen y encontrarán” (Mt 7,7), y “el que busca, encuentra” (Mt 7,8). ¿Qué significa, en realidad, “busquen”, o “el que busca, encuentra”? Me atrevería a afirmar que las perlas o la perla la adquiere aquel que lo ha dado o perdido todo, de quien Pablo dice: “Todo lo he perdido[2] para ganar a Cristo” (Flp 3,8), entendiendo por “todo” las demás perlas preciosas y por “ganar a Cristo” la única perla de gran valor. Preciosa es, en efecto, la lámpara para quienes están en la oscuridad y necesitan una lámpara (cf. Lc 1,79; Ap 22,5), hasta que salga el sol. Precioso es también el resplandor en el rostro de Moisés (cf. Ex 34,29-35; 2 Co 3,7), y también en el de los profetas, a mi modo de ver, y es un espectáculo hermoso, porque gracias a ese resplandor se nos permite ver la gloria de Cristo; y al dar testimonio de tal resplandor, el Padre dice: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido[3]” (Mt 3,17). Pero “el que ha sido glorificado de esta forma parcial pierde su gloria a causa de la gloria suprema” (cf. 2 Co 3,10), por lo que necesitamos, en un primer momento, la gloria que acepta la abolición en favor de una gloria superior (cf. 2 Co 3,11), así como se necesita “un conocimiento parcial, que cuando llegue lo perfecto, será abolido” (cf. 1 Co 13,10).
La vía que nos permite llegar al conocimiento sublime de Cristo exige un aprendizaje, que supone pasar por varias etapas. Esta educación no se puede omitir. Sin ella resultará imposible valorar adecuadamente la perla preciosa y estimar su alto valor (§ 9.1).
El camino hacia el pleno conocimiento de Cristo
9.2. Por lo tanto, toda alma que haya alcanzado la primera infancia y se encuentre en camino hacia la perfección (cf. Hb 6,1), hasta que se establezca en ella la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4,4), necesita un pedagogo, administradores y mayordomos (cf. Ga 4,2), para que, después de todo esto, aquel que antes no se diferenciaba en nada de un esclavo, a pesar de ser dueño de todo (cf. Ga 4,1), una vez liberado, del pedagogo, de los administradores y mayordomos, reciba su herencia, análoga a la perla de gran valor y a lo que es perfecto, que viene a abolir lo que es parcial (cf. 1 Co 13,10), cuando uno sea capaz de acceder la sublimidad del conocimiento de Cristo (cf. Flp 3,8), después de haberse ejercitado primero en los conocimientos que son, por así decirlo, superados por el conocimiento de Cristo. Pero la mayoría, que no ha comprendido la belleza de las numerosas perlas de la ley ni siquiera el conocimiento aún parcial contenido en todas las profecías (cf. 1 Co 13,9), imagina poder encontrar esa única perla de gran valor sin que aquellas hayan sido aclaradas y comprendidas en todo y por todo, y contemplar la sublimidad de la ciencia de Cristo Jesús, en comparación con la cual todo lo que precede a tal y tan grande conocimiento, aunque no sea por su naturaleza basura (cf. Flp 3,8), parece como aquel abono arrojado por el viñador al pie de la higuera, con la intención de hacerla producir fruto (cf. Lc 13,8-9).
