OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (880)

Jesucristo enseñando en la montaña
Hacia 1440
Inglaterra
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XII
Comienza el predicador a tratar el tema de la dignidad y la responsabilidad de quienes han recibido el ministerio presbiteral. A ellos intentará el Maligno apartarlos de su servicio y aprisionarlos para que no cumplan su función, y encarcelar junto con ellos a los miembros del pueblo de Dios (§ 2.1-2).
La profecía sobre la deportación a Babilonia
2.1. «Di ahora a la casa que provoca exasperación: “¿No saben qué significan estas cosas?”» (Ez 17,12), es decir, lo que se dice en la parábola acerca de las águilas. «Di: “Cuando venga el rey de Babilonia contra Jerusalén y capture a su rey y a sus príncipes”» (Ez 17,12). En cuanto a la historia del profeta, se explica que Nabucodonosor vino a Jerusalén y llevó cautivo a Sedecías, rey de Judá, y a los príncipes que estaban con él, y a una parte del pueblo de los judíos. También se señaló la manera en que “los plantó” en la tierra de Babilonia[1].
Excluir a Nabucodonosor
2.2. Pero no nos quedemos en la letra, no nos detengamos en el sentido histórico, sino más bien tú, que tienes un conocimiento avanzado de las Escrituras de Dios y sabes que “todo esto les aconteció de manera figurada, pero están escritos para nosotros, para los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (1 Co 10,11). He aquí, que atañe al verdadero Nabucodonosor tratar de capturar a algunos de nosotros. Y en primer lugar desea, si es posible, llevar cautivos a los jefes de la Iglesia. Sin embargo, mientras Ezequías, Josías o, sin duda, cualquier rey justo reine en el pueblo, ese Nabucodonosor no puede llevar cautivos a los príncipes ni al pueblo de Judea. Pero si nosotros, que parecemos estar al frente de la Iglesia, hemos pecado dando lugar al diablo, en contra de la enseñanza de Pablo que dice: “No den lugar al diablo” (Ef 4,27), en cierto modo por nuestros delitos, que hacemos en Jerusalén, damos ocasión a Nabucodonosor para que entre en la ciudad santa y lleve cautivos a cuantos quiera. Y aquel que no peca, excluye a Nabucodonosor, para que no pueda entrar en la tierra de Dios.
La exhortación que dirige a sus oyentes el predicador es muy clara: no permitan que el alma pierda su paz interior y caiga en la confusión (= Babilonia) de los vicios y demás acciones derivadas de ellos. La confusión es sinónimo de cautiverio, el demonio nos aprisiona, nos quita la posibilidad de vivir en Jerusalén y nos transporta al cautiverio (§ 2.3).
No caigamos en la confusión
2.3. Por eso, con todas las fuerzas, excluyamos a Nabucodonosor, para que no se acerque a la asamblea bienaventurada de la iglesia. Pero excluyámoslo, usando la llave del conocimiento (cf. Lc 11,52), dejómoslo afuera con nuestro buen comportamiento y con nuestras buenas obras, para que no arrebate al rey de Jerusalén y a sus príncipes, para que no los lleve en triunfo con sus prisioneros a Babilonia. Si, en efecto, alguno de nosotros puede vencer al enemigo cruel, también lo lleva a Babilonia, no a un lugar amplio de alguna tierra, sino a la Babilonia del alma, es decir, a la confusión. Con frecuencia hemos dicho que Babilonia significa confusión[2]. Porque quienquiera que sea encadenado por aquel será llevado por la fuerza, en la confusión de su mente, y transferido a Babilonia. Observemos la vida cotidiana: si alguna vez vemos que el alma está confundida por los pecados, los vicios, la tristeza, la ira, los deseos, la avaricia, sepamos que el diablo la lleva a Babilonia. Pero si, por el contrario, la tranquilidad, la serenidad, la paz, dan fruto por la facultad principal del corazón, sepamos que Jerusalén reside en ella; pues la visión misma de la paz está en su interior.
Grandes son los dones que el Señor nos ha regalado en nuestro bautismo. Pero podemos perderlos si nos dejamos engañar por el diablo, que nos saca de nuestra familia cristiana, y nos lleva a la tierra de confusión y pecado, donde terminamos concluyendo una alianza con Nabucodonosor (§ 3.1).
La alianza con Dios
3.1. “Y los lleva consigo a Babilonia, y elige la descendencia real y hace una alianza con ellos” (Ez 17,12-13). Todos los que hemos recibido la palabra de Dios somos estirpe real; en efecto, somos llamados “raza elegida y sacerdocio real, pueblo santo, pueblo adquirido” (1 P 2,9). Por tanto, si alguno de nosotros, que hemos sido constituidos en el orden de la “estirpe real”, por su pecado, es llevado cautivo por el diablo, no hay duda de que ha sido llevado desde la familia real a Babilonia y ha hecho alianza con Nabucodonosor, porque ha despreciado la alianza con Dios. En realidad, es imposible que un hombre no tenga una alianza[3]. Si tienes en ti la alianza con Dios, Nabucodonosor no puede hacer alianza contigo. Ahora bien, si has rechazado la alianza con Dios por la transgresión de sus mandamientos, has recibido la alianza de Nabucodonosor; porque está escrito: “Dispone su alianza con él y lo conduce a la maldición” (Ez 17,13). Dios hace alianza con nosotros para la bendición, pero Nabucodonosor establece su alianza para la maldición. No puede estar en la bendición quien ha hecho alianza con Nabucodonosor.
La bendición del creyente es hacer alianza con Dios, respetarla y confirmarla con obras y palabras. Por el contrario, quien hace pacto con el diablo, para conseguir los bienes de la vida presente, no conseguirá la plena felicidad, “no se salvará” (§ 3.2).
Bendición y maldición
3.2. Pero me dice alguien que está versado en las Escrituras divinas: “He encontrado en la ley de Moisés maldiciones establecidas contra el pecador; entonces, si según el precepto de Dios se ha establecido una maldición contra los pecadores (cf. Dt 27,13 ss.), ¿por qué, en cambio, en el diablo no puede existir alguna bendición, de modo que algunos con él se vuelvan benditos y otros malditos?”. A quien pregunta agudamente y con mucho ingenio, trataré de responder y decir que también hay una bendición de Nabucodonosor, que Dios aleje de nosotros, y una maldición, de la cual ahora debemos hablar, que viene con justicia sobre los pecadores. ¿Cuál es, entonces, la bendición de Nabucodonosor? Cuando alguien en este mundo haya sido rico y haya llevado una vida feliz y todo le haya ido bien, de modo que en su favor lo que está escrito pueda aplicarse a él: “Su ganado no abortará” (Jb 21,10) y, si ha tenido toda la prosperidad del mundo, la bendición de Nabucodonosor está sobre él. Y, en cambio, la maldición sobre él, cuando alguien se aparta de Dios y se establece en la parte del diablo, será atormentado con miserias y suplicios. Por eso, Dios quiere, como recuerda ahora la Escritura, que el pacto de Israel sea una maldición junto a Nabucodonosor. Y, por eso, porque quiso despreciar el pacto de Nabucodonosor el rey de Jerusalén, y enviando sus mensajeros a Egipto, intentó hacer pacto con el Faraón, dice la palabra divina: “No lo conseguirá, no se salvará” (Ez 17,15).
Siempre será mejor para nosotros recibir el castigo en el tiempo presente, para ser luego liberados de una pena eterna. Es la enseñanza que se extrae del texto profético interpretado con el auxilio de las enseñanzas de san Pablo. Debemos cuidarnos de las falsas y falaces esperanzas simbolizadas en las arteras promesas del Faraón (§ 3.3).
El castigo del tiempo presente
3.3. Por lo tanto, también debemos soportar pacientemente cuando somos entregados al castigo de Dios. El Apóstol entregó a uno de la comunidad de la Iglesia al diablo para la perdición de la carne y lo entregó a la muerte de la carne, no para que se perdiera el entregado, sino para que se salvara el espíritu entregado; sobre esto dice la Escritura: “Entregar a este a Satanás para la muerte la carne, para que el espíritu sea salvado en el día del Señor Jesucristo” (1 Co 5,5). Además, el pecador es entregado a los tormentos, para que reciba en el presente el castigo por sus pecados y, en el futuro, obtenga el descanso de los tormentos y pueda decirse de él: “Recibió sus males en su vida” (cf. Lc 16,25). Por tanto, quien, sometido a las penas conforme a la maldición en la que Dios puso a los pecadores, prefiera escapar del castigo y envíe a Egipto para buscar ayuda y al Faraón, del cual Dios liberó a su pueblo, “no lo conseguirá, no se salvará”. Pero quien, habiendo soportado con paciencia la maldición y los suplicios de Nabucodonosor, y cumplimentando el tiempo en que debía padecer por sus pecados, así como, según la carta del Apóstol, fue castigado aquel para que su espíritu fuera salvo en el día del juicio, este alcanzará un óptimo fin.
En el tiempo de nuestra vida debemos soportar el castigo por nuestras faltas. Y en la confusión de nuestras mentes, que sobreviene en esta situación, no cometer el grave error de buscar ayudas y apoyos en otras formas peores de esclavitud (§ 3.4).
Es necesario soportar el castigo
3.4. Por tanto, “lo introduce en la maldición y tomará a los jefes de su tierra, para que se conviertan en un reino débil” (Ez 17,13-14). El reino se vuelve débil, porque es transferido de la tierra santa a Babilonia. En verdad, no hay nadie fuerte en Babilonia, es decir, en la confusión de su mente. “De ninguna forma puede levantarse un hombre, que está confundido, para guardar mi alianza, para que la mantenga, cuando se aleja de ella para enviar sus mensajeros a Egipto” (cf. Ez 17,14-15). Aquel que, por sus pecados, sufre tormentos a causa de Nabucodonosor y envía sus mensajeros a Egipto, no aceptando la consecuencia con por la cual se confió al enemigo por Dios, para que le diera caballos y mucha gente, pide lo que en otro lugar está prohibido: “No multiplicarás tus caballos, dice la Escritura (cf. Dt 17,16). ¿Acaso podrá tener éxito, se salvará, aquel que hace lo contrario y transgrede la alianza?” (Ez 17,15). Era necesario que soportara el castigo el que fue entregado a Nabucodonosor; pero no lo soporta, y por eso se dice sobre él: “No se salvará”.
