OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (878)

San Juan Bautista bautiza a Jesucristo
1587
Armenia
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XI
La primera águila representa o simboliza a aquel que con su poder apresó a los israelitas, por causa de la dureza del corazón de estos, y los condujo al destierro, a una ciudad habitada por los descendientes de Canaán (§ 4.1).
Nabucodonosor
4.1. Pero, para volver a mi propósito, se indica específicamente algo acerca de Nabucodonosor, porque fue una gran águila y sus grandes alas, de muy larga extensión (cf. Ez 17,3), al extremo que llegó a decir: “Con la fuerza y la sabiduría de mi inteligencia lo haré, quitaré los límites de las naciones y devoraré su potencia, y sacudiré las ciudades habitadas, y apresaré con la mano toda la tierra como un nido, y la tomaré como huevos quebrados” (Is 10,13-14). He aquí que esta es la extensión de sus alas. Pero esto no le basta, sino que está lleno de garras y de muchas plumas, y tiene el poder de entrar en el Líbano, para arrancar la punta de su cedro (cf. Ez 17,3). Mientras los que vivían en el Líbano no pecaran, es decir, mientras los habitantes de Jerusalén no cayeran en pecado, aquella gran águila no recibió el poder de entrar en el Líbano, ni se apropió de las mejores partes del cedro, la semilla real y el noble linaje (cf. Ez 17,3. 13). Porque esas son sus partes tiernas, que en otro tiempo no eran de corazón duro. Sin embargo, esa gran águila los capturó, porque pecaron contra el Señor, al igual que el resto de las ramas más altas de todo el árbol, y los llevó a Canaán, porque figuradamente la tierra de los babilonios, es llamada: [la tierra de] los malditos de Canaán; sobre la cual dijo Noé: “Maldito el hijo de Canaán, será siervo de sus hermanos” (Gn 9,25). Asimismo, en la ciudad de los negociantes, o que negocia, o de comerciantes, o al menos rodeada de murallas, colocó aquello que había tomado del cedro, y tomó para sí de la descendencia de la tierra (cf. Ez 17,4), ya no solo a los grandes, sino también a los pequeños y del pueblo de los judíos.
Por su infidelidad el pueblo de Israel fue llevado cautivo a la Babilonia. Pero no fue por propia voluntad que fue conducido al cautiverio. Por eso peor pecado sería querer regresar a la condición servil que tuvo en Egipto, buscando apoyo en el Faraón voluntariamente (§ 4.2).
No regresemos a la antigua condición de esclavitud
4.2. “Y lo sembró en un campo fértil, lo colocó junto al agua abundante para que fuera visto; y brotó, y se convirtió en una vid débil” (Ez 17,5-6). En verdad estaba débil el pueblo de Dios en Babilonia, y por eso no podía cantar el canto del Señor diciendo: “¿Cómo cantaremos el canto del Señor en tierra extranjera?” (Sal 136 [137],4). En realidad, no podía dejar de ser débil, aquella que había sido plantada en Babilonia. ¿De qué modo podía conservar sus fuerzas originales, la que había comenzado a ser una vid babilonia? Porque, al no dar frutos en tierra santa, fue trasladada por un águila y puesta en tierra de Canaán, convirtiéndose en una vid débil y de baja estatura. Mientras estuvo en tierra santa, era una vid inmensa; pero cuando fue trasladada al territorio de los pecadores, se volvió débil y pequeña. Y tú, por tanto, vid, que me oyes, si quieres ser grande, no salgas de los límites de la Iglesia; permanece en la tierra santa de Jerusalén. Y si por tus pecados caes en cosas peores, serás trasladada a otra tierra y serás una vid muy pequeña, y caerán tus brotes y tus raíces se secarán tanto que después desearás descansar junto a otra águila, como ahora se dice “de grandes alas y muchas garras” (cf. Ez 17,1). Es mejor que quien es condenado permanezca en la sentencia de condena, hasta que aquel que condenó te libere. No corran de buena gana hacia el Faraón. Porque si corremos hacia él, actuamos en contra de Dios, que dijo: “Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre” (Ex 20,2). En efecto, no acudimos por nuestra propia voluntad a Nabucodonosor, sino que somos condenados y conducidos hacia él.
El profeta advierte sobre la inutilidad, todavía más, el gran daño, de pasar de una situación que el Señor permite, a otra que es un mero deseo humano, falso y fuera de los planes de Dios. Estamos ante una gran advertencia que nos debe conducir a interrogarnos sobre la voluntad del Señor para nuestras vidas (§ 5.1).
El paso de Babilonia a Egipto
5.1. Sigue: “Y había otra águila grande, con alas enormes y numerosas garras; y he aquí que esa vid la abrazaba[1]” (Ez 17,7), es decir, la segunda águila. A menudo sucede que pasamos de una potencia contraria a otra. Dios había ordenado que el pueblo de Israel sometiera el cuello bajo el yugo de Nabucodonosor, como leemos en Jeremías (cf. Jr 34,2-3), hasta el punto de amenazar a aquel que se apartara de su servidumbre. Y cuando expusimos [el texto de] Jeremías, intentamos explicar lo que la gracia del Señor, gracias a las oraciones de ustedes, nos concedió, o que de una u otra forma pudimos comprender[2]. Pero no quiso hacer lo que le había sido ordenado, sino que extendió sus ramas hacia el Faraón; en la tierra de su plantación fue puesto por él, para que en un campo junto a mucha agua diera frutos ubérrimos (cf. Ez 17,7-8); y abandonando Egipto, de nuevo deseó su tierra pensando que obtendría la antigua fertilidad, y sobre todo consideraba que, si pasaba de Nabucodonosor al Faraón, fortalecería las raíces, aumentaría su estatura y daría frutos. Pero todo sucedió en contra de lo que pensaba. De hecho, toda su fruta se pudrió y los brotes, que, aunque pequeños, al menos algunos habían crecido en Babilonia, se secaron al cambiar de terreno, tanto que fueron arrancados desde la raíz, para que no crecieran más con un brazo fuerte ni con un pueblo numeroso. ¿Qué misterio contienen en sí tantos y tales acontecimientos? ¿Qué significa cada palabra?
Casi sobre el final de la presente homilía, el predicador advierte sobre un peligro, que experimentamos, aunque no siempre, en la Iglesia: dejarnos arrastrar por el Maligno hacia una situación de pecado. Y esto es particularmente grave si se trata de personas que tienen puestos de autoridad, pues el daño que acarrean en el mal ejercicio de su servicio es grave (§ 5.2).
La dañina acción del diablo
5.2. Podríamos, si tenemos oyentes, subir hacia otra Jerusalén y allí demostrar cómo una gran águila ingresó y llevó sus ramas más altas a esta Babilonia que ahora poseemos. Podríamos decir algunas cosas más misteriosas acerca del Faraón; pero, puesto que estamos limitados por el tiempo y quizás prometemos audazmente lo que no podemos cumplir, volvamos a las realidades menores y hagamos una exposición según la medida de nuestro entendimiento. Esa gran y verdadera águila Nabucodonosor, es decir, el diablo, entró en este Líbano, esto es, la Iglesia, donde están las ofrendas de Dios, donde se celebra “el incienso de sus oraciones” (cf. Sal 140 [141],2), y arrebató [las partes más altas del cedro]. Pero lejos esté de nuestros tiempos que él se lleve algunas de las partes más altas del cedro, es decir, los gobernantes y la semilla real, a Canaán. Oremos para que esto, que ha sucedido a menudo, no suceda ahora. Porque ciertas personas han sido llevadas y trasladadas a Babilonia, personas que eran gobernantes en la Iglesia y fueron removidas de las alturas del Líbano por causa de su propio pecado.
Cuando por nuestros pecados caemos en las redes del diablo, perdemos nuestra ciudadanía; es decir, dejamos de pertenecer al pueblo de Dios (§ 5.3a).
Trasplantados
5.3a. Sobre estos, hay que decir que una gran águila, de grandes garras, cubierta de plumas, los ha tomado de las alturas del cedro y los ha arrancado del Líbano, es decir, de Jerusalén, y los ha plantado en la tierra de Canaán. Pero no solo esta águila intenta apropiarse de las ramas más altas del cedro, es decir, de la estirpe de los príncipes, sino que también se lleva la semilla de la tierra y la transfiere a la tierra de Canaán, cuando alguien del pueblo y del pueblo de Dios peca y queda preso de las trampas del diablo.
En el cierre de su predicación Orígenes nos invita a pedir la ayuda de la gracia de Dios para no pasar de la tierra prometida, de Jerusalén, a Canaán. Que nuestras faltas no nos alejen del Señor y de su Iglesia, a un ámbito de sequedad y esterilidad (§ 5.3b).
Conclusión de la homilía
5.3b. Por consiguiente, día y noche, de Dios imploramos ayuda tanto para nosotros como para nuestros hermanos, a fin de que nadie sea transferido de Jerusalén a Canaán, ni que, despreciada la sentencia, nos alejemos de su voluntad, para ir hacia otra águila, y que recaiga sobre nosotros una ira mayor, de forma que toda la plantación se marchite y el fruto se seque junto con sus raíces. Porque la plantación de Jerusalén no puede dar fruto en otra tierra, ni produce brotes en los territorios extranjeros, sino que, se seca junto con su tierra si no persevera en la voluntad de Dios y en su Iglesia, esto es, en los hechos, en las palabras y en el conocimiento de la verdad de Cristo Jesús, a quien pertenece la gloria y el poder por los siglos de los siglos. ¡Amén! (cf. 1 P 4,11).
[1] O: “estaba enlazada en derredor hacia ella”, conforme al texto de la LXX (La Biblia griega, vol. IV, p. 416)
[2] Cf. Orígenes, Homilías sobre Jeremías, I,3: “Si pecamos, también nosotros debemos convertirnos en cautivos, porque entregar a tal hombre a Satanás (cf. 1 Co 5,5)no difiere en nada de entregar a los habitantes de Jerusalén a Nabucodonosor; pues del mismo modo que fueron entregados a este por sus pecados, así nosotros somos entregados por nuestros pecados a Satanás, que es Nabucodonosor”. Y XIX,14: “El que haya sido encontrado en Judá tan pecador como para ser digno del rey de Babilonia, esto es, de la Confusión, será entregado a él. Así es como el rey de Babilonia toma posesión de los pecadores. Y el rey de Babilonia, según la historia, es Nabucodonosor, pero según el sentido espiritual es el Malignos. A él le es entregado el pecador, puesto que es a la vez enemigo y vengador (cf. Sal 8,3)”.
