OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (853)

Jesús con Marta y María

Siglo XVIII

Dibujo (¿de Rembrandt?)

Países Bajos

Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel 

Homilía IV 

Aborda ahora el Alejandrino un pasaje arduo del profeta Ezequiel, centrando su atención en la sentencia “una tierra pecadora” (§ 1.1).

Un texto difícil

1.1. “La palabra del Señor”, que fue dirigida al profeta, habla de “una tierra pecadora” (cf. Ez 14,12-13), de cómo, por sus delitos ha sido atormentada con diversas penas, con “el hambre, las bestias feroces, la espada, la muerte” (Ez 14,21), y muerte repentina, que puede haber sido causada por la corrupción de un aire viciado, o por cualquier otro acontecimiento. Y se dice: “Pero si también envío mis cuatro castigos contra la tierra pecadora, y se encuentran estos tres hombres, Noé, Daniel y Job, sobre la tierra pecadora, ellos solos serán salvados” (cf. Ez 14,16-21). En la primera amenaza, en la que distinguió el castigo del hambre de los otros castigos, calló los términos de hijos e hijas; pero en ese mismo discurso, en el que amenazó con las bestias feroces a la tierra (cf. Ez 14,15), dijo: “¿Sus hijos e hijas se salvarán? Pero solo ellos serán salvados, en cambio, la tierra”, y luego, tras callar un poco, añadió: “Y la tierra será destruida” (Ez 14,16). Otra vez, en la maldición de la espada: “No se liberarán ni sus hijos ni sus hijas” (Ez 14,18). Y, sobre la muerte, de forma semejante está dicho: “No serán dejados de lado ni sus hijos ni sus hijas, sino solo ellos, Noé, Daniel y Job, salvarán sus almas” (cf. Ez 14,19-20).

El castigo se inflige a la tierra, de la misma forma que es estéril el hombre pecador y, en cambio, el justo es bendecido en su descendencia (§ 1.2).

La tierra

1.2. Por tanto, nos corresponde una gran responsabilidad en la exposición, y por ello se nos requiere una atención diligente; y suplicamos a los oyentes que, como si acudieran a un gran espectáculo, apliquen toda la agudeza de su inteligencia, no sea que alguna oscuridad escape a los pensamientos distraídos. No dice en el texto presente: si los habitantes de una ciudad o un lugar cometen pecado, sino: “Si la tierra peca” (Ez 14,12). Y sé que todos los más simples, al oír: “Si la tierra peca”, inmediatamente se inclinarán a aceptar a una interpretación propensa a entender que la tierra misma es nombrada en lugar de aquellos que habitan en ella. Pero el siguiente texto de la Escritura inmediatamente elimina esta interpretación. “Porque cuando la tierra peca” y se corrompe en sus pecados, “la mano [de Dios] no se extiende” sobre los habitantes de la tierra, sino sobre la tierra misma, y es golpeada con una primera reprimenda, “para que se aparte de ella el sostén del pan” (cf. Ez 14,13), es decir, como si fuera un castigo para la tierra, si en ella prevalece el hambre, de forma que las semillas no produzcan frutos. Pues de igual forma que un hombre pecador sin descendencia y estéril es castigado entre los maldecidos, según lo que está escrito en cierto lugar -porque se entienden los contrarios por los contrarios- también se dice del justo: “No habrá entre ustedes quien no tenga hijos y sea estéril” (cf. Ex 23,26); y los pecadores, sin hijos ni descendencia, serán condenados a una eterna esterilidad, como ocurrió en la casa de Abimelec, y a aquellos a quienes Dios selló el vientre por el pecado cometido contra Isaac (cf. Gn 20,18), así también la tierra, en cierto modo, queda sin descendencia y estéril, cuando se envía el hambre contra ella.

En una segunda consideración se nos presenta el carácter, por así llamarlo, complementario del término tierra; es decir, que se refiere también al ser humano pecador. Y éste como tal tiembla ante la presencia del Señor (§ 1.3).

“El que mira la tierra y la hace temblar”

1.3. ¿Crees verdaderamente que cuanto la Palabra empieza a afirmar se refiere no a los habitantes de la tierra, sino a la tierra misma? Puedo, por un momento, elevarme a alturas mayores y, con el testimonio de las Escrituras, confirmar que se llama tierra al pecador; en efecto, se dice a Adán: “Tú eres tierra, y a la tierra volverás” (Gn 3,19). Podemos decir ahora que incluso al cometer una falta, el pecador es tierra. Pero, al contrario, al recorrer el muy amplio bosque de la Escritura, me hace sospechar que esta tierra que vemos sea viviente. Porque si lo que está escrito: “Él mira la tierra y la hace temblar” (Sal 103 [104],32), queremos interpretarlo como que, según lo que está escrito, a la vista de Dios, los movimientos de la tierra se suscitan, no aquellos que los judíos sospechan; pues ellos afirman que el temblor de la tierra es debido a su movimiento, lo cual está lejos de la verdad[1]. Y nosotros, ciertamente, preocupados y temblorosos por nuestros pecados, estamos ansiosos y temblorosos en la tierra, pero nuestro temblor no sacude nuestro cuerpo, como también se dice en otra parte: “¿Sobre quién miraré, dice el Señor, sino sobre el humilde, el manso y el que tiembla ante mis palabras?” (Is 66,2). Por lo cual queda manifiesto que a un siervo manso y humilde que sirve a Dios, ante sus palabras, tiembla con la mente más que con el cuerpo. Y estas consideraciones aquí expuestas sirvan como justificación del testimonio que hemos mencionado: “Él mira sobre la tierra y la hace temblar”. Pero escucha también otra declaración acerca de la tierra: “La tierra ha sido profanada[2] por aquellos que habitan en ella” (cf. Is 24,5). ¿Cómo es profanada la tierra, y cuándo es repudiada por aquellos que en ella habitan? Cuando hay pecadores. 

Párrafo de no fácil comprensión el siguiente. En la doble interpretación espiritual de la tierra, iniciada ya en precedente apartado, en la primera, la tierra es presentada como “un conjunto de componentes que incluye tanto las diversas partes de la naturaleza, como todos los seres vivientes de la tierra, del cielo y del aire. Mientras que la segunda es aquella simbolizada por la tierra de nuestra alma”[3] (§ 1.4).

Setenta años

1.4. Toma otro ejemplo: “La tierra se complacerá en sus sábados” (Lv 26,43); en cambio, se habla de ciertos sábados de la tierra en los que pone su complacencia y su alegría. Por no decir: “¡Atiende, cielo, y hablaré! y que la tierra escuche las palabras de mi boca” (Dt 32,1); ni aquello: “¡Escucha, cielo, y con tus oídos atiende, tierra!” (Is 1,2); y ni siquiera la profecía de Jeremías: “Tierra, tierra, oye la palabra del Señor: Escríbelo a ese hombre proscrito” (Jr 22,29-30). Muchas cosas nos quedan ocultas por la pobreza de la memoria y la lentitud del entendimiento. Hay muchos seres que Dios ha creado racionales y capaces, no solo los principados y potestades, y los gobernadores de las tinieblas (cf. Ef 6,12), sino también y de mejor especie, “tronos, dominaciones” (Col 1,16), y otros que el Apóstol nos dejó en la mente, diciendo: “Y por encima de todo nombre que pueda ser nombrado, no solo en este siglo, sino también en el futuro” (Ef 1,21). También el aire está lleno de seres vivientes, según el testimonio del mismo Apóstol: “En esos [pecados] en otro tiempo vivieron según el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad y del espíritu del aire, que ahora obra en los hijos de la incredulidad” (Ef 2,2). Por lo tanto, está la tierra con todos los seres vivientes y las variadas especies de seres vivientes; porque cuando la tierra es profanada y vuelve a complacerse en sus sábados, no toda ella es profanada, ni toda ella por completo se regocija. De algún modo, ha sido instruida junto con sus habitantes y ha aprendido a observar los sábados, ya sea en sombra o en verdad, según la cualidad de su naturaleza. Por eso, en un sentido más misterioso, el sábado se practica después de siete años de la tierra santa, hasta que Dios se complazca en habitar en ella (cf. Lv 25,4 ss.). Sin embargo, si en ella hay pecadores la tierra ya no celebra más el sábado por siete años, sino por setenta. Tenemos un texto sobre setenta años, también en las Sagradas Escrituras consignados tanto en Jeremías como en Daniel (cf. Jr 25,11 ss.; Dn 9,2).

Para desarrollar el tema del juicio de toda la creación, Orígenes recurre a Rm 8,21-22. Sobre esta base se afirma que “toda la creación, en cuanto racional, vive en una cierta espera y se alimenta de la esperanza del tiempo en que se revelará la gloria de los hijos de Dios”. Al presente ella “está sometida a la vanidad y la servidumbre de la corrupción, por voluntad de Dios (Rm 8,20)”, pero “al fin del mundo llegará la liberación de la creación”[4] (§ 1.5).

El juicio de la entera creación 

1.5. Y sucederá en el futuro que en el día del juicio no solo el hombre, sino también toda la creación será juzgada; en efecto, “toda la creación gime y sufre” (Rm 8,22). Si toda la creación gime y sufre, pero forman parte de las criaturas la tierra, el cielo, el aire, todo lo que está bajo los cielos y sobre los cielos, y “toda la creación será liberada de la servidumbre de la corrupción en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,21), ¿quién sabe si también la tierra, según su naturaleza, pueda ser considerada culpable de algún pecado? Puesto que, en efecto, si es un ser animado, si es racional, si necesita escuchar la palabra del profeta que dice: “Escucha, cielo, y hablaré; y que la tierra escuche las palabras de mi boca” (Dt 32,1); y: “Escucha, cielo, y con tus oídos atiende, tierra” (Is 1,2); porque así como entre los hombres, hay uno que escucha y cumple las palabras que se le ordenan hacer, y otro que escucha y no cumple lo que se le manda, así también un ángel ha prevaricado -porque “los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su propio lugar, Dios los reservará para el juicio del gran día, ligados por cadenas eternas” (Judas 6)-, como, por consiguiente, también los ángeles pecan, y hay otros, en cambio, que guardan los preceptos de Dios y esperan el juicio, no solo los hombres, sino también los ángeles de Dios, como hemos dicho varias veces, tanto de las realidades que están escritas en el Apocalipsis como de innumerables otras, ¿por qué, me pregunto, no podrá haber un juicio para la tierra y para el aire?

Pero si no crees que hay que aceptar esta argumentación, mediante la cual afirmamos que toda la creación debe ser juzgada, escucha también otro testimonio sobre la tierra. Dios pregunta a Caín quién ha matado a su hermano Abel, y después de muchas palabras que leemos en Génesis, finalmente dice de la tierra: “Maldita sea la tierra que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano por medio de tu mano” (cf. Gn 4,9. 11). Y tampoco omitiré esto: “Maldita sea la tierra en tus obras” (Gn 3,17) y, por el contrario, si alguna vez es bendita, leemos que tanto la tierra maldita como la bendita son pronunciadas por la voz de Dios (cf. Dt 28). Por eso ves que con razón se dice: “Toda la creación gime” (Rm 8,22).

La tierra “espiritual” se alegra cuando los justos habitan en ella, y sobre todo con la llegada del Salvador y la con la predicación – evangelización consiguiente. Se cumplen así las expectativas de los anuncios proféticos (§ 1.6).

La alegría de la salvación en Cristo

1.6. Y para volver al ejemplo precedente: “La tierra ha sido profanada por sus habitantes” (Is 24,5); creo que la tierra nos sostiene como una madre, y se alegra por sus buenos hijos y se aflige por los pecadores. Porque “un hijo necio es cólera para el padre y dolor para quien lo engendró” (Pr 17,25), no solo para aquel padre y aquella madre de cuya simiente nacemos, sino también para aquella madre, que en verdad es nuestra madre. Y Dios tomó “polvo de la tierra y plasmó al hombre” (cf. Gn 2,7); por eso la tierra es nuestra madre. Se alegra cuando sostiene un hijo justo. La tierra se alegraba al dar a luz a Abraham, Isaac y Jacob, se alegraba por la venida de mi Señor Jesucristo, al verse digna de acoger al Hijo de Dios. ¿Qué decir de los apóstoles y profetas, cuando está escrito acerca de la venida del Señor: “Toda la tierra grita con alegría” (Is 24,14)? También los miserables judíos confesarán que estas son predicciones de la presencia de Cristo, aunque de manera insensata no reconocen a la persona, incluso al ver que se cumple lo que fue dicho. Porque, ¿cuándo la tierra de Bretaña, antes de la venida de Cristo, compartió la religión de un solo Dios? ¿Y cuándo la tierra de los mauritanos, cuándo todo el mundo entero? Pero ahora, debido a las Iglesias que están hasta en los límites del mundo, toda la tierra clama con alegría al Dios de Israel, y es capaz de acoger a los buenos en sus confines: “Y estableció los límites de las naciones según el número de los hijos de Israel, y la porción del Señor fue su pueblo, Jacob, la parte de su heredad, Israel” (Dt 32,8-9).

¿Cuándo la tierra se corrompe? Cuando hace aquello que desagrada a Dios, y en consecuencia Él envía el hambre sobre ella (§ 1.7).

La tierra se corrompe

1.7. Es capaz, digo, que, como un ser animado, según las cualidades de las partes, de realizar acciones buenas y malas, por las cuales merece ya elogio, ya castigo. Por eso, cuando se dice: “La tierra que pecó contra mí para delinquir”[5] (Ez 14,13), se indica a un misterio; pues a veces se habla de los habitantes de la tierra, a veces de la tierra en sí. “Pasarán el cielo y la tierra” (Mt 24,35). ¿Por qué el cielo pasa y la tierra pasa, sino porque han hecho algo que les hizo dignos de pasar? Y en otro lugar: “Se ha corrompido toda la tierra” (Gn 6,11). ¿Cuándo se corrompió? Antes del diluvio, no se corrompió por la inundación del diluvio. Por tanto, dice: “·La tierra que pecó contra mí para delinquir, extenderé mi mano y destruiré su sustento su pan” (Ez 14,13). Extendió Dios su mano sobre la tierra pecadora, envío el hambre contra ella (cf. Ez 14,13).

La conclusión del extenso desarrollo sobre la tierra la expresa Orígenes en una hermosa oración, que resuena con cierta frecuencia en la Sagrada Escritura: no destruyas, para que con la ayuda de la gracia podamos producir un fruto abundante (§ 1.8).

No destruyas

1.8. Se puede entender también de otra manera, porque la tierra a veces delinque. “Tierra” en efecto es nuestra alma, como se señala en la parábola del Evangelio, donde el alma es “piedra” o el alma es “tierra buena y fértil” (cf. Mt 13,3 ss.), mediante mucha paciencia. Por tanto, esta tierra a menudo peca, a menudo no peca. Y si acaso peca, Dios extiende su mano sobre ella y destruye toda su reserva de pan. No destruyas, omnipotente Dios, la reserva de pan de esa tierra, es decir, nuestra alma, sino más bien concédenos tu semilla, para que produzca en nosotros fruto multiplicado al ciento por uno (Mt 13,8).


[1] Orígenes se refiere a la exégesis judía que se mantiene como cautiva del significado literal del texto (cf. OO 8, p. 184, nota 6).

[2] Lit.: ofendida (offenditur).

[3] OO 8, pp. 186-187, nota 11.

[4] Ibid., p. 188, nota 12.

[5] Otra traducción: “si pecara contra mí para cometer delito” (Biblia griega, Vol. IV, p. 410).