OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (876)

La adoración de los Magos

Hacia 980

Evangeliario

Reichenau, Alemania

Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel

Homilía XI 

Orígenes comienza su explicación de un nuevo capítulo del libro del profeta Ezequiel proponiendo una comparación a sus oyentes: necesidad y límites de las actividades corporales (§ 1.1).

El ejercicio físico 

1.1. El ejercicio físico proporciona, por una parte, fuerza a todo el organismo a quienes lo practican; y, por otra parte, vigoriza cada parte del cuerpo y también a los sentidos del mismo para realizar o percibir cualquier cosa. Por ejemplo, la agudeza de los ojos, si se ejercita en el acto de la visión, se vuelve más aguda para ver; los oídos, si escuchan con bastante frecuencia, son más capaces de captar las disonancias de las voces. Y para todos los demás órganos, es posible descubrir lo que he demostrado en el caso de unos pocos. Pero, ¿cómo me ayuda hacia la bienaventuranza y la vida eterna el hecho de que mi cuerpo se fortalezca con el ejercicio? ¿Qué beneficio obtengo, aunque tenga un cuerpo muy fuerte y camine con vigor en todos los miembros?

La comprensión del sentido espiritual de los textos bíblicos nos ayuda a dilatar nuestra mente y nuestro espíritu, y así poder comprender la acción salvífica de nuestro Señor (§ 1.2).

Ejercitar nuestra mente

1.2. Por el contrario, si los sentidos del alma los hubiera entrenado para percibir algo (cf. Hb 5,14), y los días y noches los hubiera dedicado al aprendizaje, no solo en esta vida me beneficiaría, sino que también, al abandonar el cuerpo, me acompañarán. Por eso [Dios] habló en parábolas y en enigmas, para que nuestra mente se dilate y para que, al ponerlos uno al lado del otro, penetre las palabras, observe sus ápices y, apartándose de los vicios del cuerpo, mientras comprende la verdad, dirija el curso de su vida de acuerdo con ella.

Frente al texto del inicio del capítulo, Orígenes solicita la ayuda de la oración de los oyentes, lo cual en otras ocasiones ya hizo, para poder aclarar el significado de los términos: problema (o cuestión), enigma y parábola (§ 1.3).

Cuestión, enigma, parábola

1.3. Esto lo hemos dicho como introducción, porque «la palabra de Dios fue dirigida a Ezequiel, diciendo: “Hijo del hombre, narra una historia y pronuncia una parábola a la casa de Israel”» (Ez 17,1-2). Sin embargo, aunque los setenta intérpretes colocaron: “Narra una historia”, otro de los traductores escribió: “Propón una cuestión[1]”; y otro: “Presenta una cuestión”; y otro: “Anuncia un enigma”. Y así, tanto la cuestión como el enigma y la parábola son cuanto se ha leído. Si alguna vez necesitamos la iluminación de la ciencia de Dios, ahora nos hace falta más que nunca y con mayor necesidad, para que, no tanto yo, sino la gracia de Dios que está en mí, por la oración de ustedes, me ayude a explicar la solución de la cuestión y del enigma o parábola.

Al presentar la parábola del águila, el predicador tiene presente las diversas variantes del texto que va a explicar. Y subraya contemporáneamente el gran tamaño de esta ave y su accionar con un cedro del Líbano (§ 2.1).

La primera águila 

2.1. ¿Cuál es, pues, esta parábola de un águila que el Espíritu Santo muestra en el presente texto? No solo es un águila, sino también, en comparación con otras águilas, una gran águila y “de enormes alas y de larga extensión, llena de garras” (Ez 17,3) o, como algunos interpretaron, “llena de plumas”. No solo en esto es mayor que las otras águilas, sino que lo principal es que tiene la capacidad de entrar en el Líbano (cf. Ez 17,3). Pues, entrando allí, del árbol de cedro, que estaba situado en el Líbano, arrancó las partes elegidas, las más altas de la fronda, y las llevó a la tierra de Canaán, a una ciudad de negociantes, o negociadora, o de comerciantes, o como dicen los setenta intérpretes, amurallada; y colocó esto, que había tomado del cedro del Líbano, para que fuera plantado y creciese en la tierra de Canaán (cf. Ez 17,3-4).

Para comprender mejor el desarrollo de la parábola conviene tener presente el siguiente aporte:

“Las imágenes aluden a la época inmediatamente anterior a la definitiva caída de Jerusalén (586): el rey Sedecías, puesto por Nabucodonosor al frente de Jerusalén, se debatía entre la obediencia a Babilonia, a donde habían sido desterrados Jeconías y la aristocracia, o la alianza con Egipto, imperio de amplio influjo en el territorio, aunque algo debilitado. Recordemos que pocos años antes (609), el faraón Necó había enviado sus tropas para ayudar a los asirios contra los babilonios y que había matado al rey Josías de Jerusalén. El señuelo de su fuerza seguía jugando en Jerusalén una baza política de oposición a Babilonia. Para ayudar a la lectura identificamos: Cedro = Judá; Águila 1 = Nabucodonosor; Líbano = Jerusalén; Cogollo del cedro = Jeconías; plantar un brote = nombrar a Sedecías como rey; Águila 2 = Faraón (Psammético II, que venció a los nubios con ayuda de los judíos el 593 y visitó Judá el 592, o Hofra); extender raíces = enviar emisarios a Egipto para buscar ayuda”[2] (§ 2.2). 

La vid

2.2. Después de esto, la misma águila tomó semillas de aquella tierra de la que había sacado las partes más altas de los cedros, tomó semillas de afuera y las plantó en un campo frondoso junto a agua abundante (cf. Ez 17,4-5). Pero lo que ella tomó de la tierra en Canaán, de aquello que había cortado, todas las ramas más altas del Líbano, es decir, lo que había tomado la segunda vez, eso se convirtió en una vid no fuerte, sino débil, incluso de estatura pequeña; y las ramas de esta vid débil se inclinaron ante lo que había sido tomado del Líbano y del cedro, de forma que las raíces, que estaban plantadas bajo el tronco mismo. Y la vid creció y produjo brotes y extendió sus ramas (cf. Ez 17,5-6).

Al proseguir con la parábola del águila, se presenta ahora lo que sucede con la segunda de estas aves. La comparación advierte sobre los nefastos efectos que acarreará esta nueva alianza, al transgredir la primera que se había establecido con anterioridad (§ 2.3).

La segunda águila

2.3. Después de esto vino otra águila, y ella misma grande, con alas extensas y plumas abundantes o garras; y he aquí que esta vid, de la cual acabamos de hablar, al venir la segunda águila, rompió su alianza con ella, despreciando aquella alianza que había hecho antes con el árbol, en el cual se había apoyado la vid y, produciendo brotes, había extendido sus ramas; y abrazó a la segunda águila, y transfirió sus raíces del águila anterior a esta. Y emitió brotes hacia la segunda águila, para que la irrigara junto con la tierra de su plantación, en un buen campo con mucha agua. De hecho, esta vid fue regada y trasladada hacia la segunda águila para producir ramas, dar fruto y convertirse en una gran vid (cf. Ez 17,7-8). Por esta razón, se ordena al profeta que diga que, debido a que la vid transgredió el pacto que había hecho con la primer águila y estableció otro con la segunda águila, no prosperará ni darán fruto sus tiernas raíces; es más, debido a su transgresión, “su fruto se pudrirá y todo lo que surja de ella se secará, y ya no tendrá un gran brazo ni un pueblo numeroso, sino que será arrancada de raíz y, aunque haya sido regada, no perdurará ni será fecunda; y tan pronto como el viento abrasador lo toque, se marchitará y se secará junto con la tierra en la que fue plantada” (cf. Ez 7,9-10).

Orígenes reconoce la dificultad que entraña la explicación de esta parábola del libro del profeta Ezequiel. Y por eso invoca la asistencia del Espíritu Santo. Este no solo inspira la divina Escritura, sino que también auxilia al predicador en su servicio al pueblo fiel (§ 2.4)[3].

Una explicación difícil 

2.4. La exposición misma de la historia requiere que expliquemos con mayor claridad aquello que se ha dicho de manera oscura, agregando algunas palabras. Y si hay tanto trabajo para entender lo que se dice en el texto, cuánto mayor es la oscuridad de la cuestión misma. ¿Qué [simbolizan] aquella primera águila, el Líbano, aquel cedro, las puntas del cedro, la segunda águila, el traslado de la vid de la primera a la siguiente? Si alguna vez necesitamos la ayuda de Dios, y siempre en la comprensión de las Escrituras dependemos de su Espíritu Santo, ahora sin duda es el momento en que Él nos ayude y nos explique lo que Él mismo dijo.

Al igual que el Señor Jesús lo hace en los Evangelios, aquí es el profeta mismo quien interpreta la parábola de las dos águilas (cf. Ez 17,11 ss.). Y pone sobre aviso al pueblo sobre la equivocada decisión de confiar en los poderosos y no el Único Poderoso que puede verdaderamente salvarlos (§ 2.5).

Interpretación de la parábola 

2.5. Como nuestro Salvador en los Evangelios interpreta Él mismo ciertas parábolas, así también ahora el profeta en la segunda profecía, que se ha leído en los versículos restantes, indica que la primera águila es el rey Nabucodonosor de Babilonia, quien ingresó en Líbano, es decir, Jerusalén, y tomó los brotes más altos del cedro, es decir, al rey de Jerusalén y a sus príncipes, y los llevó a la tierra de Canaán, es decir, a Babilonia (cf. Ez 7,9-10). De hecho, tomando a los hijos de Israel, de la descendencia real y de la estirpe de los príncipes, los plantó en el cautiverio y los estableció en esa misma tierra. Pero a continuación, también después la estirpe real, otra multitud fue capturada por él, que se convirtió en una vid, no tan robusta como antes, cuando estuvo en la vid de Dios y en la tierra santa, donde se celebran los sacrificios de Dios, sino que a Babilonia se trasladó como una vid débil. Después de estos hechos, surgió una guerra entre Faraón, rey de Egipto, y Nabucodonosor, rey de Babilonia. Entonces, el pueblo, que había sido afligido, con sus reyes y la descendencia de los nobles, por los asirios, encontró una oportunidad para que Nabucodonosor levantara su yugo y fuera liberado de su dominio, y se trasladó a la segunda gran águila de alas grandes, es decir, al Faraón.

No aceptar con paciencia el juicio de Dios es una pésima actitud, que finalmente nos arrastrará hacia una situación peor. En efecto, al obrar de esa forma quedamos imposibilitados de recibir la ayuda del Señor, que es el único que puede salvarnos (§ 2.6).

El pecado del pueblo de Israel

2.6. Luego, en el orden de los hechos, puesto que Dios no los entregó a Faraón, sino a Nabucodonosor, y ellos, al no soportar su juicio, habían sacudido el yugo de Nabucodonosor de sus cuellos para pasar al Faraón, la ira de Dios se cierne sobre ellos y ocurre lo que no esperaban. En efecto, aquel que ha sido condenado por Dios no debe huir de su sentencia ni desear cambiar la voluntad del juez, sino soportar con mucha paciencia, hasta que Dios mismo, quien lo condenó, lo libere. Por tanto, dado que el pueblo se pasó al Faraón, quedó sin la ayuda de Dios y sufrió peores cosas que las que había soportado anteriormente bajo Nabucodonosor. Hemos mencionado la interpretación de la parábola según la letra y lo que está escrito.

El predicador hace una breve pausa para explicar a sus oyentes el itinerario que está siguiendo y el que continuará en su desarrollo (§ 2.7).

Un paréntesis

2.7. A continuación, una interpretación más ardua y difícil de entender, sobre el verdadero Nabucodonosor, el verdadero Faraón, y aquellas palabras que se dijeron antes acerca de las águilas. Por eso, antes de la introducción de la siguiente lectura, hemos presentado de manera resumida y breve esta explicación, para que el presente pasaje sea más fácilmente entendido; y, sin embargo, la explicación más detallada se reserve para su lugar apropiado, cuando la siguiente parábola también se discuta ampliamente según la interpretación alegórica. 


[1] Lit.: Propone problema.

[2] José María Abrego, Ezequiel, Bilbao, Desclée De Brouwer, 2011, p. 109 (Comentarios a las Nueva Biblia de Jerusalén).

[3] Cf. OO 8, p. 354, nota 7.