OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (885)

Jesucristo y la mujer samaritana
Hacia 1180
Hohenburg, Alemania
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XIII
En sus Homilías sobre el libro de Josué, Orígenes afirma: «Sidonios significa cazadores. ¿Quiénes, por tanto, se comprende que son estos perversos cazadores, a los cuales extermina el Señor, sino aquellas potestades enemigas, sobre las que dice el profeta: “Prepararon lazos para mis pies” (Sal 56 [57],7), las cuales cazan las almas y las arrastran[1] al pecado? Por consiguiente, a estos los extermina el Señor, porque si esos cazadores son exterminados, cuando ya no haya ninguno que tienda lazos y redes para arrastrar las almas hacia el pecado, entonces cada uno descansará bajo su viña y bajo su higuera (cf. Mi 4,4)»[2].
La amenaza contra los cazadores
4.1. Y todavía se nos ordena que hablemos de Tiro y Sidón y del Faraón. La estrechez del tiempo no nos permite completar lo que ya antes comenzamos, y estas cosas que queremos explicar deben ser brevemente tocadas como por una especie de comentario al margen. La amenaza es contra Sidón, que significa “cazadores”. “Nuestra alma como un pájaro ha escapado de la trampa de los cazadores” (cf. Sal 123 [124],7); si lees en hebreo, tienes: “Sobre la trampa de aquellos del Sidón”. Por lo tanto, los sidonios son cazadores y la amenaza, que se dirige contra ellos, se realiza en su contra a causa de ti, porque desean atraparte y observan cuidadosamente cómo arrebatar de la fe a los principiantes, cómo arrancar de la Iglesia a los oyentes de las Escrituras, cómo trasladarlos desde los confines de Judá a los confines de Sidón; pero tú, “guarda con todo cuidado tu corazón” (Pr 4,23), y aprende que la amenaza que se hace contra los cazadores es por tu causa.
En la conclusión se nos exhorta a adherirnos plenamente al Señor Jesús. Solo Él nos da el agua que, fluyendo de su costado, alegra nuestras vidas y nos permite escapar de las aguas nefastas que el dragón o diablo intenta hacernos beber (§ 4.2).
Jesucristo, río de vida que alegra a la Iglesia
4.2. Sobre el Faraón ya se mencionó algo en este sermón, afirmando que él es «el dragón que mora en medio de los ríos y que dice: “Mis son los ríos, y soy yo el que los hice”» (cf. Ez 29,3 LXX). Yo conozco las diferencias de los ríos y sé cuáles son aquellos en los que habita el dragón, sobre los cuales están los que fueron capturados de Israel, sentados, pues no podían cantar el canto de Sion, lloraban, según está escrito en los Salmos: “Sobre los ríos de Babilonia allí nos sentamos, y lloramos” (Sal 136 [137],1). Y conozco otro río, cuya corriente alegra la ciudad de Dios, según la voz del salmista que dice: “La corriente del río alegra la ciudad de Dios” (Sal 45 [46],5). ¿Quieres oír quién es ese río, cuya corriente alegra la ciudad de Dios? Nuestro Señor Jesucristo es ese río, cuya corriente alegra la Iglesia, ciudad de Dios. Es Él quien dijo por medio de Isaías: “He aquí, yo me dirijo hacia ustedes como un río de paz” (cf. Is 66,12 LXX). Yo sé que hay ciertos ríos prometidos, que de este río manan. Porque “todo aquel que beba de esta agua tendrá sed de nuevo; en cambio, el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed, sino que habrá un río en él, una fuente de agua que salta para la vida eterna” (cf. Jn 4,13-14); y: “De su seno brotarán ríos” (Jn 7,38). Por eso tienes ríos santos, de los cuales está alejado el dragón. Porque, como “hay tres cosas imposibles para mí de entender, el camino de la serpiente sobre la roca” (cf. Pr 30,18-19), “pero la roca era Cristo” (cf. 1 Co 10,4) y no hay camino para la serpiente, donde está Jesús, así que no podemos encontrar vestigios del dragón en estos ríos. Pero hay un cierto río, que hizo el dragón; en efecto, dice el dragón -y Dios amonesta tanto al dragón como a los ríos en los cuales está el dragón-: “Míos son los ríos, y yo los hice” (Ez 29,3). Escucha al hereje que, con toda astucia e ingenio, predica que aún no ha llegado Jesucristo; estos son los ríos en los que mora el dragón, él mismo los hizo, y dice el dragón: “Míos son los ríos, y yo los hice”. Por eso, ten cuidado cuando bebas agua, no sea que estés bebiendo de aquel río en el cual habita el dragón; en cambio, bebe del agua viva y de ese río, en el cual está el Verbo de Dios, en el cual está nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. ¡Amén! (cf. 1 P 4,11).





