OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (886)

Jesús cura al ciego de nacimiento,
y los fariseos lo expulsan de la sinagoga
Hacia 1400-1410
Regensburg, Alemania
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XIV
“La primera explicación que Orígenes ofrece es exclusivamente literal: en ella se limita a puntualizar que la puerta es de una materia sensible y que el Dios de Israel es el creador del universo, de todas las cosas, por ende, también de la puerta”[1] (§ 1).
La puerta
1. «Y el Señor le dijo: “Esta puerta estará cerrada, no será abierta, y nadie pasará por ella, porque el Señor Dios de Israel pasará por ella y saldrá; y estará cerrada”» (Ez 44,2). Las puertas del templo que describe especialmente el hijo del hombre, Ezequiel, y lo que ha descrito de cada una de las puertas (cf. Ez 40,6-37), ahora lo explica nuevamente a aquellos que tienen oídos para oír (cf. Lc 8,8), acerca de la puerta exterior del santuario[2], que mira hacia el oriente, y que debe estar siempre cerrada (cf. Ez 44,1). «Y el Señor le dijo: “Esta puerta estará cerrada, no será abierta, y nadie pasará por ella, porque el Señor Dios de Israel entrará y saldrá por ella; y estará cerrada”» (Ez 44,2). Y añade otra razón por la cual la puerta debe estar cerrada, no solo porque el Señor Dios pasará por ella, sino porque también “el líder[3] se sentará en ella, para comer el pan delante del Señor según el camino de Eloam” (Ez 44,3), que significa “vestíbulo de la puerta”. “Y entrará y saldrá según su camino” (Ez 44,3)[4]. El Señor Dios, creador de toda la humanidad, mediante alguna puerta, que está hecha de materia sensible y siempre está cerrada, entra y sale, y a causa de esto, quien creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), ni entrando ni saliendo la puerta jamás estará abierta.
El predicador, citando de memoria dos pasajes, uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento, explica la importancia que tienen en medio de la comunidad eclesial quienes abren el sentido de las Escrituras a los oyentes. Debemos servidores de la Palabra, no podemos adueñarnos de ella (§ 2.1).
La manifestación del contenido del libro sellado[5]
2.1. Pero hay otra explicación para “la puerta exterior y según el camino de los santos”. ¿Cuál es entonces la otra razón para que permanezca cerrada? Allí, sentado, está el líder mencionado anteriormente, de modo que nadie lo vea comer pan en presencia del Señor. Quien lee esto con atención, ¿no escucha en cierto modo la Escritura hablando: “Levántate, tú que duermes” (Ef 5,14)? ¿No se le incita a que se levante de los muertos (cf. Ef 5,14) y busque aquello que está cerrado? Yo les diré audazmente que las realidades más sagradas están cerradas; y, en cambio, las cosas evidentes están abiertas y no están cerradas. Abriendo lo que está cerrado, decimos esto, pero los evangelios lo testimonian: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, y ay también ustedes, doctores de la ley, porque han tomado la llave del conocimiento y ustedes mismos no han entrado, y a quienes querían entrar le han impedido el acceso!” (cf. Lc 11,52). Por tanto, hay una llave del conocimiento para abrir aquello que está cerrado, y son muchos los que no entran ni permiten que entren quienes lo desean. Y en otro lugar se dice que el sentido de las Escrituras está sellado: «Y las palabras de este libro son como las palabras de un libro sellado, que, si se lo entregan a uno que no sabe leer, diciéndole: “Lee”, él dirá: “No sé leer”; y si se lo dan a un hombre instruido, diciéndole: “Lee”, él responderá: “No puedo leerlo, porque está sellado”» (cf. Is 29,11-12). Pero la finalidad que contiene este ejemplo es más manifiesta en el Apocalipsis de Juan, cuando narra: «El ángel iba de un lado a otro diciendo: “¿Quién es digno de abrir los sellos, soltarlos y leer lo que está escrito?”. Y no se encontró a nadie ni en el cielo ni en la tierra ni bajo la tierra, que pudiera abrir los sellos ni leer lo que estaba escrito en el libro. Pero yo lloraba, y vino a mí uno que me dijo: “No llores. He aquí, que el León de la tribu de Judá, la raíz y la descendencia de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos”» (cf. Ap 5,2-5). Y lo abrió aquel que pertenecía a la tribu de Judá, y manifestó lo que estaba escrito.
Hay un crecimiento en la comprensión de nuestra fe, una gradualidad que está asociada a la coherencia de vida cristiana, es decir, a la aceptación en nuestra existencia de la voluntad salvífica de Cristo: «Dios no solo usa de cosas buenas para la obra buena, sino también de las malas; y esto es verdaderamente admirable: que Dios use de utensilios malos para la obra buena. Porque “en esta gran casa de este mundo, no existen solo utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de arcilla; y unos son para honor y otros para vileza” (2 Tm 2,20), pero unos y otros son necesarios. En realidad, como estos utensilios a los que nos referimos han de entenderse como racionales y [dotados] de libre albedrío, no por casualidad o azar se vuelve cada uno vaso de honor o vaso de vileza (cf. Rm 9,20-23), sino que quien se muestre tal que merezca ser escogido, se hace vaso elegido y vaso de honor; quien, por el contrario, vive con pensamientos indignos y malvados, este se torna vaso de vileza, no por el Creador, sino por él mismo, como causante de su vileza. No hizo, por consiguiente, el Creador que estos fueran tales, sino que por una inefable razón de su justa providencia dispensa las inteligencias de este género conforme a los propósitos de ellas mismas»[6] (§ 2.2).
La puerta del templo de Dios
2.2. Hasta tanto no vino mi Señor, la ley estaba cerrada, la palabra profética también, la lectura del Antiguo Testamento velada, y “hasta hoy, cuando se lee a Moisés, un velo está puesto en el corazón de los judíos” (cf. 2 Co 3,14-15). Sin embargo, hay algunos que aman el velo y odian a los que interpretan lo que está velado, pero nosotros nos volveremos al Señor, para que, quitado el velo, podamos decir: “Todos nosotros, con el rostro libre del velo contemplando la gloria del Señor, somos transformados en la imagen misma de gloria en gloria” (cf. 2 Co 3,16. 18; Ex 34,34). En verdad hay una puerta que es una sola y está cerrada, por la cual nadie pasa. Ciertamente hay ciertas realidades desconocidas para todas las criaturas y conocidas por uno solo; porque no todo lo que el Hijo sabe, esto lo ha revelado al mundo. La criatura no comprende lo que Dios comprende, y, para usar una comparación inferior, los signos no se comprenden de la misma manera. Había más [capacidad] en Pablo, puesto que era “un vaso de elección” (cf. Hch 9,15), que en Timoteo. Y realmente Timoteo, “un vaso grande en la casa” (cf. 2 Tm 2,20-21), puede comprender lo que yo no puedo entender. Y quizás haya alguien que incluso comprenda menos que yo; hay cosas que solo Cristo comprende; y por eso la puerta del templo de Dios está cerrada.
Orígenes presenta, algo no muy frecuente en sus homilías, la relación Padre – Hijo: “El Padre ‘sale’ para darse a conocer solo del Hijo, que en cuanto lo contempla es llamado Sabiduría; esta relación es completamente inaccesible (cerrada) a las criaturas. El Hijo en cuanto Logos se dirige a la creación racional para dar a conocer todo lo que recibe del Padre, adecuándose a la capacidad de cada criatura”[7] (§ 2.3).
La relación del Padre con el Hijo
2.3. ¿Qué son estas puertas, pregunto? La [puerta] exterior abre las cosas que están fuera del mundo, incorpóreas, y, por así decir, inmateriales; pues no en vano está dispuesto que la puerta exterior está siempre cerrada. ¿Cuál es esta puerta exterior? La de los Santos[8]. ¿Por qué está cerrada? Porque solo el Señor Dios de Israel entra y sale por ella. ¿Por qué sale? Para ser conocido. ¿Por quién? Por el líder. ¿Quién es este líder junto a la puerta cerrada (cf. Ez 44,3)? Es el Salvador, que come el pan, que cierra la puerta con el Padre, que se alimenta con un alimento espiritual, diciendo: “Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió, para cumplir su obra” (Jn 4,34). Por tanto, la puerta está cerrada para que nadie vea al sumo sacerdote comiendo el pan en el santo de los santos.
[1] OO 8, 419, nota 4.
[2] Porta sanctorum. La versión latina “preserva la ambivalencia semántica de la LXX: ‘la puerta del santuario’ se puede comprender como ‘la puerta de los santos’ o también ‘de las cosas santas’. Ambivalencia a tener en cuenta durante la lectura del texto” (OO 8, p. 420, nota 3).
[3] O el dirigente, el guía, el príncipe (dux).
[4] La versión castellana de la Biblia griega lee: “Por el camino del ailam de la puerta entrará y por su camino saldrá” (vol. IV, p. 462).
[5] Mantengo la división en párrafos del texto latino.
[6] Orígenes, Homilías sobre el libro de los Números, XIV,2.6; SCh 442, pp. 170-171.
[7] OO 8, p. 424, nota 14.
[8] O: la del santuario.





