OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (883)

Las tentaciones de Jesucristo
Hacia 1190-1200
Biblia
Saint-Omer, Francia
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XIII
Contra los gnósticos Orígenes reivindica la bondad de Dios y afirma que Él no ha creado ángeles malos. Y, al mismo tiempo, sostiene que afirmaciones de este género de parte de los herejes son una errada manera de auto absolución de sus faltas (§ 2.1).
Satanás estrellado contra el suelo
2.1. ¿Quién es, entonces, este príncipe? Aprendamos para que, comprendiendo la lamentación sobre él, podamos evitar lo que se dice al respecto: “Es lamentado el príncipe de Tiro” (Ez 28,12). ¡Qué bueno es Dios, que llora incluso por quienes lo han negado! Y esto proviene del afecto del amor. Nadie, en efecto, lamenta a quien odia; y quien es lamentado, en verdad, se lamenta como alguien que ha muerto, pero también como alguien a quien todavía se busca, como alguien a quien extrañan los vivos, es amado. Y también cuando se lamenta a Jerusalén, está escrito: «Y aconteció que, después que Israel fue llevada a la esclavitud, Jerusalén quedó desolada, el profeta Jeremías se sentó llorando y profirió esta lamentación sobre Jerusalén, y dijo: “¿Cómo se sentó sola, la ciudad que tenía un pueblo tan numeroso? Quedó como una viuda, la que se había multiplicado entre las naciones. La princesa entre las regiones ha quedado sometida a tributo”» (Lm 1,1). También se lamenta Nabucodonosor. ¿Dónde están los herejes? ¿Dónde están, quienes dicen que estos fueron creados para perdición? Condenan al Creador, para absolverse de sus propios crímenes. «Entona esta lamentación sobre el rey de Babilonia, y dirás: “¿Cómo cesó el explotador? ¿Cómo se detuvo el exactor?”» (Is 14,4). Se dice esto sobre el rey de Babilonia: “¿Cómo cayó del cielo Lucifer, que surgía con la aurora? Se estrelló contra la tierra” (Is 14,12). Y él [el rey de Babilonia], como también aquel [el príncipe de Tiro] “sello de semejanza, corona de belleza, alimentado en el paraíso de las delicias” (cf. Ez 28,12-13).
El Hijo de Dios, que no tenía pecado, asumió nuestra condición humana, “se revistió de carne”, para traer la salvación a todos los seres humanos. En cambio, Satanás no descendió, sino que cayó. Nosotros por nuestra parte, esperamos que el descenso de nuestro Señor sea nuestra ascensión (§ 2.2).
Jesucristo trajo la salvación de todos los pueblos
2.2. He aquí, que todos, se dice, han caído del cielo, no que han descendido. En cambio, mi Señor descendió del cielo y “el que descendió, Él, es el hijo del hombre” (Ef 4,10; cf. Jn 3,13). Pero no así Satanás; en efecto, no descendió del cielo ni le hubiera sucedido ningún mal si hubiera descendido. Escucha a Jesús diciendo: “Vi a Satanás caer como un rayo del cielo” (Lc 10,18), no descendiendo. En realidad, no solo el Salvador descendió del cielo; cada día una multitud desciende y sube sobre el hijo del hombre. Pues “verás el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1,51). También tú, espera tu ascensión. Levántate de tu ruina y oye: “Levántate, Jerusalén” (cf. Is 51,17), de tu ruina, confía porque vas a ascender al cielo, y cuida que tampoco te digan: “¿No se levantará el que cayó? ¿O el que se volvió atrás, no tornará?” (Jr 8,4). ¡Ay de los que se desvían hacia una pésima dirección”, dice el Señor! (Jr 8,5). Este, pues, es uno de los que cayeron, y así el príncipe es llorado por el hombre, cuando el príncipe habría debido llorar por un hombre. Ezequiel es un hombre y es un hijo de hombre; pero aquel que es llorado es Nabucodonosor, rey de Babilonia (cf. Ez 29,18). Tú también haz tu lamento sobre el rey de Babilonia y dirás: “¿Cómo se aplacó el explotador?” (Is 14,4), y lo demás. Considera a qué esperanza has sido llamado, oh hombre, que revestido de carne dices: “Como leche me has ordeñado, y me has colado a la semejanza del queso, me has vestido de piel y carne, me has tejido con huesos y nervios” (Jb 10,10-11). Tú, por tanto, que hablabas de tu condición, he aquí que te lamentas, en tanto que aquel que no había sido revestido de carne también es lamentado por ti; pues has sido llamado a aquella esperanza de la cual él cayó: “A causa del pecado de Israel, entró la salvación de las naciones” (cf. Rm 11,11).
La caída de los ángeles que se rebelaron contra Dios, en cierto modo se contrapone a nuestra subida. Esta es un regalo del Señor, que exige de nuestra parte una fe firme y humilde. No debemos gloriarnos por lo que hemos recibido sin mérito alguno. En consecuencia, necesitamos cuidar nuestro corazón para no caer en la misma falta que aquellos ángeles rebeldes (§ 2.3).
No gloriarnos por haber sido elegidos
2.3. Me atrevo a decir algo más profundo[1]: en lugar de los ángeles que cayeron, tú ascenderás y el misterio, que en algún tiempo se les confió, te será confiado a ti, conforme a lo que se dice: “¿Cómo cayó Lucifer, que surgía en la mañana?” (Is 14,12). Pero tú, en cambio, has sido hecho luz del mundo (cf. Mt 5,14); tú en su lugar has sido hecho “lucífero”. El Lucifer que cayó del cielo era uno de los astros, y tú, si aún eres del linaje de Abraham, serás contado entre las estrellas del cielo. Porque «Abraham fue sacado fuera, y Dios le dijo: “Mira, así será tu descendencia”» (cf. Gn 15,5). “Pero esto sucederá cuando las estrellas caigan del cielo como hojas (cf. Mt 24,29; Is 34,4), y otra será la gloria del sol, otra la gloria de la luna, otra la gloria de las estrellas; porque una estrella difiere de otra por el brillo. Así también será la resurrección de los muertos” (1 Co 15,41-42). Pero no te gloríes contra esas ramas que cayeron por incredulidad y se quebraron (cf. Rm 11,18 ss.); tú, porque permaneces en la fe, por la fe también ascenderás. Y aprende, ya que te lamentas por el príncipe de Tiro, y deplora con tu lamento lo que nosotros hemos expuesto anteriormente, para que no te suceda que, quizás encontrándote en la misma feliz condición que tuvo el príncipe de Tiro, tú también empieces a caer, si asimismo comienzas a gloriarte un poco y no custodiaste con mucho cuidado tu corazón (cf. Pr 4,23).
En nuestro bautismo fuimos marcados con el sello de Cristo. Y por tal motivo hemos pasado de la antigua condición de todo ser humano, la terrestre o terrenal, a una completamente nueva: la celestial o espiritual. Debemos estar muy atentos para que el Maligno no nos arrastre de nuevo a la antigua servidumbre, sellándonos para ser sus servidores, utilizando para ello nuestras más atroces debilidades (§ 2.4).
El sello del bautismo
2.4. Considera pues qué le dice al príncipe de Tiro: “Tú eres un sello de semejanza” (Ez 28,12). Quiero saber cuál es el motivo por el que se llama “sello de semejanza”. Cuando progresaste, recibiste el sello, porque Dios verdaderamente es Padre de quien selló y envió, y por eso los creyentes siempre están sellados por el Señor. Ahora, además, se ha convertido en un proverbio común decir: “Aquel no recibió el sello, aquel sí tiene el sello”. ¿Quién tiene el sello? Aquel que Dios ha sellado. Me atreveré a decir algo, aquel que está sellado por este sello, aquel que bautiza con Espíritu Santo y fuego (cf. Lc 3,16), aquel que concede la imagen del hombre celestial, que te forma para las realidades superiores, para que no portes más la imagen del hombre terrestre (cf. 1 Co 15,49). Cuidado, hombre, de no salirte de este siglo y quedar marcado por el sello del diablo; pues este también tiene un sello: “Así como llevamos la imagen del hombre terrestre”. ¿Y dónde o cuándo? ¿Y quién nos selló con este signo, para que lleváramos la imagen del hombre terrestre? El diablo recorre y examina todo (cf. 1 P 5,8), queriendo también sellar a sus súbditos. Pero sella los corazones de cada uno, considerando e imprimiendo en ellos la imagen del hombre terrestre, por medio de los pecados, de los vicios, para que lleven la imagen del hombre terrestre.
Los cristianos bajamos y subimos del agua al recibir el bautismo. Esta agua no es la del mar, donde habita el dragón marino, símbolo del Maligno, el soberano de quienes están sumergidos por sus pecados en lo profundo del abismo marítimo. El bautizado emerge con Cristo resucitado de las aguas y camina hacia la tierra prometida (§ 2.5).
Los cristianos moran en la tierra prometida
2.5. Escucha a Jesús, ¿qué responde cuando se le pregunta sobre la imagen y la inscripción de César? (cf. Mt 22,20-21). “Quien tiene oídos para oír, que oiga” (Lc 8,8); porque, como no tenía esa imagen que se buscaba, ni él mismo ni su discípulo, indica dónde puede encontrarse la imagen que se busca: “Ve al mar, dice, y tira la red y al primer pez que pesques, ábrele la boca y encontrarás un estáter, tómalo y lo darás por mí y por ti” (Mt 17,27). Ni yo tengo esa imagen ni esa inscripción, ni tampoco tú, si en verdad eres mi discípulo, si las puertas del infierno no prevalecen contra ti (cf. Mt 16,18). Por eso, Jesús, de manera diferente, entrega en su lugar aquella imagen, tomándola del mar, que estaba contenida en un pez, similar a estos peces de los que hoy se ha leído, que se adhieren en las escamas del dragón que se sienta sobre los ríos de Egipto (cf. Ez 29,3-4). En verdad, efectivamente, esos peces estaban adheridos allí. ¿Cuántos peces hay, incluso hoy, cuyo rey es aquel que reina en las aguas? Porque está escrito acerca del dragón invisible, que él es el rey de todos los que están en las aguas (cf. Jb 41,26 LXX). Pero tú no estás en las aguas, sino en esa tierra que se te promete (cf. Hb 11,9).
Un regalo inigualable que nos ha hecho Dios es haber sido hechos a su imagen y semejanza. Pero todavía no hemos alcanzado esa plenitud, tan grande perfección. Solo si seguimos la senda de los apóstoles, si recibimos su testimonio y sus enseñanzas, podremos acoger dignamente la semejanza (§ 2.6).
Hemos recibido un gran don
2.6. Y estas cosas se han dicho para que examináramos con más cuidado qué es el “sello de la semejanza”. ¡Cuán feliz fue en aquel tiempo en que el sello de la semejanza existía! Aún te falta para que te conviertas en sello de semejanza, estás lejos de tal carácter. Y en verdad, «Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”» (Gn 1,26), sin embargo, aún no has alcanzado la semejanza. Ciertamente “Dios hizo al hombre, y lo hizo a su imagen” (Gn 1,27): ¿dónde está la semejanza? “Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Así entiendo también esto que dice el profeta: “Dios, ¿quién es semejante a ti?” (Sal 70 [71],19), como si dijera: “¿Quién crees que es el dispensador fiel y sabio?” (Lc 12,42). Así también esto: “Pues cuando se manifieste, seremos semejantes a él” (1 Jn 3,2). ¿Quién hay que se asemeje a Él? Muy pocos, aquellos que han recibido la semejanza, como los apóstoles.
[1] Lit.: sagrado.





