OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (884)

La Transfiguración de Jesucristo
Hacia 1200
Liturgia de las Horas
Cluny, Francia
Orígenes: Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Homilía XIII
La verdadera belleza está en el Salvador, y es Él quien la distribuye, en su gran benignidad, a quienes desean sinceramente vivir no superficialmente, solo corporalmente, sino de manera espiritual. Pues el Señor quiere ver nuestra belleza interior (§ 2.7).
“La belleza está en el Salvador”
2.7. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Aquel, por tanto, por el que ahora se lamenta, era un sello y lleno de sabiduría, al cual tú también lamentarás si llegas a ser Ezequiel. Pero no sé si tú también estarás lleno de sabiduría; mientras tanto, aquel que es lamentado, estaba lleno de sabiduría, y era corona de belleza (cf. Ez 28,12). Considera qué clase de persona fue aquel que tuvo la corona de belleza. No estaban en él simplemente belleza y gloria, sino la corona de la gloria. Pero no busques esa belleza fuera de ti, sino junto en la conciencia del alma, donde reside el pensamiento, donde [reside] el intelecto, donde está la verdadera hermosura. Y si quieres buscar la belleza allí donde está la carne y la sangre, los humores y las venas, donde está la materia corpórea, no podrás encontrarla; pues la verdadera belleza está en el Salvador; y así la distribuye Él, por su generosidad y misericordia, en las almas de todos. “Cíñe tu espada en tu cadera, oh poderoso, en tu esplendor y tu belleza” (Sal 44 [45],4). Hay, entonces, una belleza en la parte principal de nuestro corazón y en el alma. Y cómo este tipo de belleza también alcanza al alma humana, que te lo enseñe el profeta que dice: “Escucha, hija, y mira e inclina tu oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque el rey ha deseado tu belleza” (Sal 44 [45],11-12), es decir, el esposo. ¿Quién tiene un alma tan hermosa, quién posee tal belleza, quién es tan ajeno a toda fealdad, que se le pueda decir: “El rey ha deseado tu belleza”?
Así como los seres humanos perdemos lozanía y juventud con las enfermedades y el paso de los años, así también nuestra alma por causa del pecado envejece y se torna “deforme” (§ 2.8).
El alma envejece
2.8. Y tú todavía buscas esa belleza y te esfuerzas en agradar; en cambio, aquel que tenía honor, fue precipitado en la vileza. Y, como a menudo vemos en los cuerpos, que una mujer hermosa y atractiva, por una enfermedad, pierde su belleza y, con la edad, pierde el resplandor de su semblante, del mismo modo el alma, que, aunque fue bella, por la enfermedad pierde su belleza y se vuelve deforme por la vejez. Porque, al aceptar al hombre viejo con sus acciones (cf. Col 3,9), la vejez destruye su prístina belleza.
Del mismo que el pecado envejece y afea el alma, así también la gracia de Cristo nos renueva, nos rejuvenece interiormente y nos mantiene alertas para evitar un peligroso regreso a la decrepitud (§ 2.9).
El alma se renueva
2.9. Cristo vino para transferirnos del hombre viejo y de los signos de la vejez. En efecto, la arruga es signo de la vejez, como dice el Apóstol: “Para tener junto a sí una Iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,27). Por lo tanto, es posible pasar de la vejez y las arrugas a la juventud; y es algo maravilloso en este caso que el cuerpo va desde la juventud hacia la vejez, pero el alma, si alcanza la perfección, de la vejez retorna a la juventud. “Por eso, incluso si nuestro exterior se corrompe, el interior se renueva día a día” (2 Co 4,16). Era necesario que conocieras la belleza que el rey ansía, era necesario que supieras quién alguna vez fue la corona de belleza; y tú, cuando hayas alcanzado esa gloria, cuídate de no caer, pues también aquel que cayó era una señal de semejanza, lleno de sabiduría y corona de belleza.
Orígenes sostiene que hay diversos grados de paraíso, que se recorren antes de llegar a la meta final[1]. Esforcémonos entonces en la confesión y vivencia recta de nuestra fe para no perder el acceso al “paraíso de las delicias de Dios” (§ 2.10).
En el paraíso
2.10. “En las delicias del paraíso de tu Dios” (Ez 28,13), cometió la iniquidad (cf. Ez 28,15). No dice simplemente en el paraíso, sino “en el paraíso de las delicias”. Busco si existen ciertas diferencias sobre el paraíso y si, cuando alguien está en el paraíso de Dios, sin embargo, no está en el paraíso de las delicias, como aquel ladrón que en la primera hora entró en el paraíso con Jesús (cf. Lc 23,39-43). Si te pregunto: “¿Crees que entró en el paraíso, o no?”. Ciertamente me responderías que entró. Luego, si te vuelvo a preguntar: “Entonces, habiendo entrado en el paraíso, ¿fue inmediatamente recibido en el lugar de las delicias?”. Quizá digas: “Porque entró en la primera hora, no fue colocado en el paraíso de las delicias de Dios”. Sin embargo, si ya lo ves recibiendo del árbol de la vida y de todos los árboles (cf. Gn 2,9; Ap 2,7; 22,2), que no prohibió Dios, de modo que, si observas que come de todo árbol del paraíso, de ese árbol y de todos los que entonces no estaban prohibidos, come su alimento, te pregunto: “¿Crees que este no solo fue puesto en el paraíso, sino también en el paraíso de las delicias de Dios?” ¿Qué otra cosa me responderás, sino que fue puesto en el paraíso de las delicias? Tú, que te apresuras a esta felicidad, tú que parece que lloras, en verdad aquel que es llorado estuvo en un tiempo en las delicias de Dios.
Incluso reconociendo la dificultad que implica explicar el significado de cada una de las preciosas de las que habla el profeta, algo puede decirse sobre la forma en que se lo revistió con ellas (§ 3.1).
Doce piedras preciosas
3.1. “De toda piedra preciosa te revestiste, sardio y carbunclo, zafiro y berilo, y jacinto y jaspe, y las otras doce piedras” (cf. Ez 28,13). Es difícil la explicación [de este texto] y va más allá de nuestras fuerzas y de la naturaleza de nuestra reunión. Porque, ¿quién puede explicar y describir la naturaleza de cada piedra, ya sea su color o su propiedad, de modo que pueda comprenderse por qué estas piedras fueron elegidas? Sin embargo, aunque no somos tales que podamos entenderlo todo, parece que hay algunas cosas que podemos comprender sobre de qué modo fue revestido con estas doce piedras.
El párrafo que sigue presenta algunas dificultades. La pregunta que se plantea es: ¿son el fruto de errores de memoria de Orígenes, o bien se trata problemas con el texto del que disponía el traductor? Tal vez, “sería mejor suponer que Jerónimo tuvo, para este capítulo, un manuscrito deteriorado, y trató de reacomodar el discurso como mejor podía”[2]. En todo caso, la intención de la exposición es clara: poner en correspondencia las piedras preciosas con las puertas de la ciudad santa (§ 3.2). Para pasar después, con la referencia al Pastor de Hermas, a la construcción de la torre de las virtudes, que, sobre el fundamento de Cristo, debe ser edificada solo con materiales preciosos (§ 3.3).
Doce puertas
3.2. Si alguien se dedica a los escritos divinos -y a menudo insto a los jóvenes a que lo hagan, pero por lo que veo, no logro ningún progreso y solo pierdo el tiempo, pues no he conseguido que ninguno de ellos llegue al punto de dedicarse a los libros sagrados- y busca esas doce piedras y el resto en las Escrituras, las encontraría también enumeradas en el libro del Apocalipsis de la misma manera y en el mismo orden (cf. Ap 21,19-20). La piedra que se menciona primero allí también se menciona primero aquí, la segunda allí también es la segunda aquí, la tercera es la tercera, la cuarta la cuarta, y así sucesivamente hasta la duodécima piedra, manteniéndose el mismo orden. Entonces, ¿por qué y con respecto a qué tema se enumeraron estas piedras en el Apocalipsis? Sin duda, se mencionan en relación con las puertas de la Jerusalén celestial (cf. Hb 12,22). Y en ese texto, se dice que la primera puerta es de topacio, la segunda de esmeralda, la tercera de carbunclo, la cuarta de zafiro (cf. Ap 21,19), y así, de esta manera, a cada piedra le corresponde una puerta. Si comprendes las puertas de Jerusalén y las “puertas de la hija de Sion”, donde también es apropiado que cantes a Dios, pues la Escritura dice: “Cantaré todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sion” (cf. Sal 9,15), si prestas atención a cómo alguien ha sido revestido con las doce piedras y ha entrado en Jerusalén, y ha entrado por otras puertas, reconocerás a las doce vírgenes.
La edificación de la torre
3.3. En el libro del Pastor, en el cual el ángel enseña la penitencia, doce vírgenes tienen sus nombres: fe, continencia, etc[3]. De hecho, pueden leerlo, si quieren. Luego, cuando se edifica la torre, cuando asumas las virtudes de las vírgenes, también recibirás aquello que se dice sobre las puertas; en efecto, cada virtud es un adorno para ti. Así, de esta manera, “edifican sobre el fundamento de Cristo, no solo con oro y plata, sino también con piedras preciosas; pero está prohibido edificar con madera, heno y paja” (cf. 1 Co 3,10-13). Por tanto, está dentro esta duodécima piedra[4].
[1] OO 8, p. 408, nota 37.
[2] OO 8, p. 410, nota 41.
[3] Hermas, El Pastor, Comparación IX,92,1-2: «Le digo: “Señor, manifiéstame los nombres de las vírgenes y de las mujeres vestidas de negro”. “Escucha -me dice- los nombres de las vírgenes más poderosas, las que están de pie en los ángulos. La primera, Fe; la segunda, Continencia; la tercera, Fuerza; la cuarta, Paciencia. Las otras que están entre estas, tienen estos nombres: Sencillez, Inocencia, Pureza, Alegría, Verdad, Inteligencia, Concordia, Amor. El que lleve estos nombres y el Nombre del Hijo de Dios podrá entrar en el Reino de Dios» (trad. en FP 6, p. 259).
[4] Observación incomprensible, que confirma lo que se dijo antes sobre la precariedad del texto original (cf. OO 8, pp. 411-412, nota 44).





