OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (891)

Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús resucitado en la fracción del pan

Hacia 1190-1200

Francia

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

Una lectura cristológica y cristocéntrica de la parábola del tesoro escondido en el campo se nos ofrece en el párrafo siguiente. Se trata de una lectio efectuada desde san Pablo de esta parábola, que conduce al oyente a valorar el sentido “cristiano” de todas las Escrituras y descubrir en ellas al Señor Jesús (§ 5). 

Jesucristo es el tesoro escondido en el campo

5. En este punto debemos investigar qué es, por un lado, el campo y, por otro, el tesoro escondido en él, y buscar en qué sentido, una vez encontrado este tesoro escondido, “el hombre se llena de alegría y vende todos sus bienes para comprar ese campo” (Mt 13,44). Además, debemos investigar cuáles son los bienes que vende. Creo, basándome en este contexto, que el campo es la Escritura plantada (cf. Ex 15,17; 2 M |1,29) en las apariencias de los textos históricos, de la Ley, de los profetas y en restantes pensamientos [divinos] -grande y variada es la plantación de las palabras de toda la Escritura-, y el tesoro escondido en el campo son los sentidos ocultos y subyacentes a los aparentes, los sentidos de la sabiduría escondida en el misterio (cf. 1 Co 2,7), y en Cristo, en quien están escondidos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (cf. Col 2,3). Otro podría afirmar que el campo verdaderamente pleno, que el Señor bendijo (cf. Gn 27,27), es el Cristo de Dios (cf. Lc 9,20), y que el tesoro escondido en él son aquellas realidades que, según Pablo, están escondidas en Cristo, al declarar, con respecto a Cristo, que en Él están escondidos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Las realidades celestiales y el reino de los cielos se los describe como en imagen en las Escrituras: estas son el reino de los cielos, o bien el mismo Cristo, rey de los siglos, es el reino de los cielos comparado con un tesoro escondido en el campo. 

El tesoro oculto en el campo lo hallamos al escrutar las palabras de Dios, con el auxilio de nuestra fe en Cristo. Él es quien nos abre el camino hacia la comprensión de los oráculos divinos, hacia el conocimiento pleno de nuestra condición de nuevo pueblo de Dios (§ 6.1-2).

El campo y el tesoro escondido en él 

6.1. Llegado a este punto, buscarás si el reino de los cielos se compara solo con el tesoro escondido en el campo, de modo que el campo se entiende como una realidad diferente del reino, o bien sea similar al conjunto constituido por el campo y el tesoro escondido en él, de modo que el reino de los cielos, según la similitud, esté constituido tanto por el campo como por el tesoro escondido en el campo (cf. Mt 13,44). 

El tesoro escondido

6.2. Luego llega un hombre al campo, representado tanto por las Escrituras como por Cristo, compuesto de realidades aparentes y ocultas, y encuentra escondido el tesoro de la sabiduría, sea en Cristo, sea en las Escrituras -al atravesar el campo y escrutando las Escrituras (cf. Jn 5,39), y al tratar de comprender a Cristo, encuentra el tesoro oculto en él-, y, tras encontrarlo, lo esconde, considerando que no está exento de riesgo que los secretos de las Escrituras o los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, que hay en Cristo (cf. Col 2,3), se manifiesten a los primeros que lleguen, y después de ocultarlo va a negociar cómo comprar el campo, es decir, las Escrituras, para hacerlas suyas, ya que del [ámbito] de Dios ha recibido las palabras de Dios, que antes habían sido confiadas a los judíos (cf. Rm 3,2). 

Se concluye la explicación de la parábola del campo, en que está contenido el tesoro escondido, señalando que es el discípulo de Cristo quien, al renunciar a todos sus bienes, adquiere un bien superior: la renuncia a nuestras malas inclinaciones (§ 6.3).

Comprar el campo con el tesoro escondido en él 

6.3. Una vez que aquel que se ha convertido en discípulo de Cristo ha comprado el campo, el reino de Dios -que según otra parábola es la viña- les es quitado (a los judíos) y se le da a una nación que lo hará fructificar (cf. Mt 21,33-46)), es decir, a aquel que, en virtud de su fe, habrá comprado el campo tras vender todos sus bienes (cf. Mt 19,21; Mc10,21; Lc 12,33; 18,22) y renunciar a las riquezas que poseía, es decir, al mal que había en él. Llegarás a esta misma conclusión también en el caso en que el campo con el tesoro escondido sea Cristo: aquellos que lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 5,11; 18,28), podríamos decir, en otro sentido, vendieron sus bienes, para que con la venta y la renuncia a ellos, y con la obtención, a cambio de los bienes, de una buena elección gracias a la ayuda de Dios, compraran a un alto precio, según su valor, el campo que contiene en sí mismo el tesoro escondido.