OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (894)

El Espíritu Santo

Hacia 1390

Liturgia de las Horas

Flandes, Bélgica

Orígenes: Comentario sobre el Evangelio según san Mateo

Debemos mostrarnos profundamente agradecidos a la bondadosa sabiduría de nuestro Señor. Porque Él de forma gradual nos va conduciendo al pleno conocimiento de todo su actuar salvífico en favor de la humanidad entera (§ 10).

Conclusión del comentario a la parábola de la perla preciosa: formarnos en la escuela evangélica

10. “Para todas las cosas hay, pues, un tiempo, y un momento para cada asunto bajo el cielo” (Qo 3,1). Y hay un momento para recoger piedras (Qo 3,5), las hermosas perlas, y en un momento posterior a su recolección, al encontrar la única perla de gran valor, cuando conviene ir y vender todo lo que se tiene para comprar esa perla. De hecho, todo hombre destinado a ser sabio en las palabras de la verdad deberá, en un primer momento, tener una formación elemental y, además, pasar por ese conocimiento elemental y tener gran estima por él, sin quedarse, sin embargo, en la etapa elemental, aunque inicialmente la haya apreciado, sino superarla para avanzar hacia la perfección (cf. Hb 6,1), sin dejar de estar agradecido a esa enseñanza, por ser útil en los primeros pasos, del mismo modo que la realidad de la Ley y los Profetas, si se comprende perfectamente, constituye una etapa de formación elemental orientada al Evangelio perfectamente entendido, y a toda comprensión sobre las acciones y las palabras de Jesucristo.

La parábola de la red

Orígenes explica, en primer término, en qué consiste la similitud (parábola) en las comparaciones utilizadas por el Señor. Y subraya que su finalidad es poner de relieve la enseñanza que Él quiere transmitir (§ 11.1).

Las parábolas

11.1. “El reino de los cielos se parece también a una red echada al mar” (Mt 13,47). En el caso de las imágenes y las estatuas, los parecidos no son absolutos con respecto a los originales. Pero, para poner un ejemplo, una imagen pintada con cera sobre una tabla de madera solo tiene parecido en la superficie y en los colores, pero no reproduce ni los huecos ni las salientes, salvo en apariencia; mientras que el modelado de las estatuas busca retratar la semejanza de los huecos y los relieves, y ya no la cromática; y si se realiza una efigie en cera, se busca retratar ambos aspectos -me refiero tanto al cromático como al de los relieves y los huecos-, sin que por ello sea imagen de lo que hay en el interior de los originales. Pues bien, de la misma manera debes entenderme, en lo que respecta a las similitudes evangélicas, el hecho de que el reino de los cielos, comparado con alguna realidad, no se parezca en todos los aspectos siguiendo el modelo de la similitud, pero solo en algunos puntos, los necesarios para la enseñanza recibida.

La conducta de los seres humanos no está atada “un predeterminismo” que provenga de la naturaleza; es decir, que haya personas que sean malas o buenas desde su nacimiento. Si esto fuera así desparece el libre albedrío que Dios ha concedido a sus hijas e hijos (§ 11.2).

La creación de los seres acuáticos

11.2. A este respecto, pues, el reino de los cielos se asemeja a una red lanzada al mar, no como piensan algunos que imaginan que el discurso da a entender que hay diversas clases de malvados y justos que han caído en la red[1], hasta el punto de creer, basándose en la expresión: “que recoge todo tipo clase de peces” (Mt 13,47), que hay muchas y diferentes clases de justos, al igual que de malvados; en realidad, a esta interpretación se oponen todas las Escrituras, que revelan el libre albedrío, y acusan a los que pecan, pero aprueban a los que actúan bien: no con razón la censura acompañaría a los que proceden de géneros malos por naturaleza, ni la alabanza a los que proceden de géneros por naturaleza mejores. Pero en el caso de los peces, el motivo de las diferencias entre los buenos y los malos no se refiere a las almas de los peces, sino a lo que sabía la Palabra dijo: “Que las aguas produzcan reptiles vivientes[2]” (Gn 1,20), y cuando Dios creó los grandes monstruos marinos y todos los reptiles[3], que las aguas produjeron según su especie (cf. Gn 1,21). Por lo tanto, en ese momento las aguas produjeron, según su especie, todos los reptiles, sin que su alma fuera la causa de la especie. 

Existe una diferencia notable entre los animales y los seres humanos. Y ella consiste fundamentalmente en el maravilloso don de la libertad que el Señor nos ha concedido (§ 11.3). 

El libre albedrío

11.3. Ahora, en cambio, somos nosotros los responsables de ser una especie buena y digna de ir a las cestas de las que se habla (cf. Mt 13,48), o bien una especie mala, culpable de ser arrojada fuera. No es la naturaleza la que determina la maldad, sino la elección, que por sí misma comete el mal. Del mismo modo, no es la naturaleza la que determina la justicia, como si fuera incapaz de cometer injusticias, sino que es la palabra que hemos acogido (cf. Mc 4,20) la que forma a los justos. Y, en realidad, entre las especies de animales acuáticos no se observan transformaciones de especies malas a especies buenas de peces, o de especies mejores a peores, mientras que entre los seres humanos siempre es posible presenciar casos de justos o malvados, que de la malicia lleguen a la virtud o, tras progresar en la virtud, recaigan en la corriente del vicio.

Cada uno es responsable de sus acciones. Cuando hace la voluntad de Dios, tiene vida. Pero si se aparta de su buna conducta y peca, morirá (§ 11.4).

El testimonio del profeta Ezequiel

11.4. Por eso, en Ezequiel, al hablar de aquel que se aleja de la impiedad y se dedica a cumplir los mandamientos divinos, está escrito así: “Y si el impío se aparta de todas las iniquidades que ha cometido” (Ez 18,21)… y lo que sigue hasta: “… para que desista de su camino de maldad y viva” (Ez 18,23); y en cuanto a aquel que, tras avanzar hacia la virtud, vuelve a caer en el vicio, dice así: “Si el justo se aleja de su justicia y comete iniquidad…” etc., hasta: “en los pecados que ha cometido, en ellos que morirá” (Ez 18,24).

La negación de la libertad de elección, propia de todo ser humano, es fuente de un grave error. En efecto, impide que una persona pueda realizar un cambio de vida, en ocasiones hacia el bien y otras veces hacia el mal (§ 11.5).

Las consecuencias de la negación del libre albedrío

11.5. Que nos lo digan quienes, basándose en la parábola de la red, ponen de manifiesto la existencia de distintas naturalezas: el impío que, tras renunciar a todas las iniquidades que cometió, guarda todos los mandamientos del Señor y practica la justicia y la misericordia (cf. Ez 18,21), ¿a qué naturaleza pertenecía cuando era impío? Sin duda, no a la naturaleza digna de alabanza. Pero si esa era censurable, ¿a qué naturaleza se podría decir razonablemente entonces que pertenece, dado que desiste de todas las impiedades que cometió? Si, en efecto, debido a su estado anterior tenía una naturaleza mala, ¿cómo es que ha cambiado para mejor? Pero si, debido a la situación posterior, tenía una naturaleza buena, ¿cómo podía ser de buen carácter cuando era impío? Una perplejidad similar sentirás también con respecto al justo que se desvía de su justicia y comete injusticia cayendo en todas las impiedades (cf. Ez 18,24).

Orígenes sostiene que nuestra humana y mortal naturaleza está sujeta a cambios, y por esto muchas veces nos apartamos del bien o abandonamos un obrar inicuo (§ 11.6).

La naturaleza de los seres humanos no es inmutable

11.6. De hecho, antes de apartarse de la justicia, al encontrarse en obras justas, no era de naturaleza mala: una naturaleza mala no podría estar en la justicia, ya que un árbol malo -el mal- no puede producir frutos buenos (cf. Mt 7,18), frutos de virtud. Pero, por el contrario, si fuera de naturaleza buena e inmutable, no se apartaría del bien; después de haberse comportado con justicia, no se alejaría de su justicia para cometer injusticias, cayendo en todas las impiedades que cometió (cf. Ez 18,24).


[1] “Algunos”: son los gnósticos, que usaban este texto para sostener la teoría sobre la naturaleza de almas diversas (cf. SCh 162, p. 178, nota 2).

[2] Lit.: reptiles de almas vivientes.

[3] Lit.: y toda alma de los reptiles vivientes.