INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [28]

2.6. Teodoreto de Ciro (+ hacia 466) y su “Historia de los Monjes de Siria”

«Nació en Antioquía hacia el 393 y se educó en los monasterios de aquella ciudad. El 433 fue elegido obispo de Ciro, pequeña aldea cerca de Antioquía. Gobernó su diócesis durante treinta y cinco años con gran sabiduría y celo. Era muy activo promoviendo el bienestar espiritual y temporal de su grey; combatió infatigablemente a los paganos, judíos y herejes; pero al mismo tiempo hermoseó generosamente a la ciudad, construyó un acueducto y un canal para proveerla de agua, que había faltado hasta entonces; restauró los baños y erigió galerías públicas y puentes. Aunque no se puede probar que Teodoro de Mopsuestia fuera su maestro y que Nestorio y Juan de Antioquía fueran condiscípulos suyos, se vio muy pronto envuelto en la controversia entre Cirilo de Alejandría y Nestorio, tomando el partido de este último. Profundamente penetrado de las ideas teológicas de la escuela antioquena, estaba convencido de que tras la doctrina de Cirilo se escondía la herejía de Apolinar. A principios del 431 expresó este temor suyo en una obra polémica que ya no existe, Refutación de los doce anatemas de Cirilo de Alejandría. En Éfeso se puso del lado de Juan de Antioquía y siguió manteniendo sus puntos de vista aun después que fue condenado Nestorio. Es más, publicó entonces una obra extensa en cinco libros, atacando a Cirilo y las decisiones del concilio. Se negó a dar su adhesión a los términos de la reconciliación entre Cirilo y los obispos orientales, aun cuando la declaración de fe, el llamado Símbolo de Unión, que aceptó Cirilo, fuera compuesto por el mismo Teodoreto. Se adhirió por fin a la “Unión”, pero solo después que dejaron de exigirle que reconociera explícitamente la condenación de Nestorio.

Pero bien pronto se vio envuelto en otra controversia en tomo a la herejía de Eutiques, que era un error directamente contrario al nestorianismo y su extremo opuesto. Mientras éste negaba que la naturaleza divina se había unido verdaderamente a la naturaleza humana en Cristo en una sola persona, Eutiques negaba que en Cristo las dos naturalezas se mantuvieran distintas. En el “latrocinio” de Éfeso (449), Teodoreto fue depuesto por Dióscoro, sucesor de Cirilo de Alejandría, y fue obligado a salir al destierro. Apeló al papa León I, quien declaró nula la decisión del Latrocinium. Gracias al nuevo emperador, Marciano (450-457), pudo volver a su diócesis al año siguiente. Su presencia en el concilio de Calcedonia (431) fue recibida al principio con gran oposición. Una sesión especial se ocupó de su caso, y se insistió en que pronunciara anatema contra Nestorio. Después de mucha resistencia, al fin accedió a esta petición y exclamó: “Anatema a Nestorio y a todos los que no confiesan que la Santísima Virgen María es la Madre de Dios y dividen en dos al único Hijo, al Unigénito.” Inmediatamente fue rehabilitado en su dignidad episcopal y reconocido por todos los Padres como “maestro ortodoxo”. Gobernó la Iglesia de Ciro durante siete años más y murió hacia el 466. No hay razón para dudar de que no fuera sincera su declaración en Calcedonia, y no se le puede acusar de haber abandonado sus propias convicciones por presión, lo cual no coincidiría con lo que sabemos de su carácter y de su integridad personal. Probablemente los años que median entre su incorporación a la “Unión” en 434 y el concilio del 451 le permitieron armonizar los elementos correctos de las dos cristologías diferentes, la de Antioquía y la de Alejandría, como lo hizo la autorizada decisión de Calcedonia. El quinto concilio ecuménico de Constantinopla, en 533, en el último de los “Tres Capítulos,” condenó sus escritos contra Cirilo y el concilio de Éfeso junto con algunos sermones y cartas»[1].

La Historia Religiosa (Historia Philothea) la compuso Teodoreto en torno al año 444, y se limita solo a los monjes y las monjas que habitaron en Siria. La obra es una recopilación de treinta noticias, cada una de las cuales lleva el nombre del asceta respectivo. El plan de la obra es el siguiente:

Caps. 1-20: ascetas ya fallecidos;

Caps. 21-30: ermitaños que todavía vivían.

A su vez, los caps. 14-25, nos presentan los monjes de la diócesis de Ciro; y los caps. 29-30, algunas noticias sobre mujeres: Después de narrar la vida de estos hombres tan valerosos, creo que es útil mencionar también a mujeres que han combatido no menos que ellos y quizá, incluso, con mayor entrega.

Teodoreto en el prólogo de su obra explica los motivos que le condujeron a redactarla:

a) conservar la memoria de hombres y mujeres que sostuvieron con éxito el combate espiritual: Entregándose de forma constante a la plegaria y al canto de los salmos, doblegaban la concupiscencia, la ira, el orgullo y las demás bestias salvajes del alma.

b) suscitar admiración por su modo de vida ejemplar: Yo he visto con mis propios ojos algunas de las cosas que voy a narrar. Lo que no he visto, lo he escuchado de aquellos que conocieron a estos hombres y que, como amantes que eran de la virtud, habían merecido verles y recibir sus enseñanzas.

c) presentar una vida que es modelo de filosofía y que rivaliza con la forma de vivir en los cielos[2].

La Carta sobre la caridad, que se halla en un buen número de manuscritos a continuación de la Historia religiosa, con mucha probabilidad fue añadida hacia 449 por Teodoreto mismo, y puede ser considerada como el epílogo de su escrito.

 

La conclusión de la “Historia de los monjes de Siria”[3]

«Tantos son los innumerables retratos filosóficos que alguien se desanimaría si quisiera enumerarlos, no solamente en nuestra región, sino también en todo el Oriente. Palestina está repleta, lo mismo que Egipto, Asia, el Ponto, Europa entera. En efecto, desde el día en que Cristo, nuestro Señor, honró la virginidad naciendo de una Virgen, la naturaleza comenzó a producir prados virginales y ofreció al Creador el perfume de flores incorruptibles, sin distinguir entre la virtud masculina y la virtud femenina, sin separar ya más la filosofía en dos categorías, porque la diferencia corresponde a los cuerpos no a las almas. Puesto que “en Cristo Jesús, según el divino Apóstol, ya no hay más ni hombre ni mujer” (Ga 3,28). Una sola fe ha sido dada a los hombres y a las mujeres. “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo, en todas partes y en todos nosotros” (Ef 4,5-6). Es un solo reino de los cielos que el director del combate (agonotheta) ha propuesto para los vencedores, habiendo establecido esa realidad como recompensa común para todas las luchas.

En consecuencia, numerosas son, como ya lo he dicho, las piadosas palestras de hombres y de mujeres, no solamente entre nosotros, sino en toda la Siria, en Palestina, en Cilicia, en Mesopotamia. Se dice también que en Egipto hay algunos monasterios (phrontisteria) que cuentan cada uno con cinco mil hombres, que conjuntamente trabajan alabando al Señor; sus trabajos no solo les procuran el alimento necesario, sino que igualmente les permiten prestar un servicio a los huéspedes que llegan y que están necesitados.

Pero es imposible contar todo, tanto para mí como para cualquiera que decida escribir. Y aunque fuera posible, creo que sería superfluo y que queriendo hacer demasiado, nada se ganaría. Para quienes deseen recoger algún fruto, lo que he dicho ya es suficiente para colmar su deseo. Por ese motivo hemos evocado vidas diversas, y añadido a las de los hombres, historias concernientes a las mujeres, a fin de que los ancianos, los jóvenes y las mujeres encuentren modelos de filosofía, y que cada uno, tomando la impronta de la vida que le plazca, tenga como regla de conducta personal la vida que ofrece el relato. Del mismo modo que los pintores que observan su modelo, reproducen los ojos, la nariz, la boca, las mejillas, las orejas, la frente e incluso los cabellos y la barba, y junto con esto la posición, sentado o parado, y la misma mirada, afable o terrible, así conviene que cada uno de los lectores de esta obra, que haya elegido una vida para imitar, ordene su propia existencia conforme a aquella seleccionada. Y del mismo modo que los carpinteros rectifican sus tablas con el cordel y cepillan todo el excedente, hasta que, por comparación con el modelo, constatan su igualdad, así el que desea imitar una vida, debe aplicársela a modo de regla, cortar toda malicia que sea excesiva y llenarse de lo que le falta en orden a la virtud. Si nos esforzamos para realizar esta obra, es para proponer a quienes lo desean un medio que les sea útil. Pido a los lectores que sin fatiga aprovechan el trabajo de otros, que ofrezcan su oración a cambio del esfuerzo.

Suplico asimismo a aquellos de quienes he escrito la vida que no me aparten de su coro espiritual, sino que me atraigan, a mí que estoy aquí abajo, hacia la cumbre de la virtud y me unan a su propio coro, para que no me contente con alabar la riqueza de otro, sino que yo mismo tenga el medio de celebrar con mis alabanzas, obras, palabras, pensamientos, al Salvador universal, con el cual sea la gloria al Padre con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén».

 

Lecturas:

Teodoreto de Ciro, Historia de los monjes de Siria, Madrid, Ed. Trotta, 2008.

Matrología I, pp. 244-248.

 


[1] Johannes Quasten, Patrología. II. La edad de oro de la literatura patrística griega, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, pp. 561-562 (BAC 217), reproducido en: https://www.mercaba.org/Patrologia/Quasten/03-04_escritores_de_antioquia_siria.htm. Para una presentación de las obras, cf. Yvan Azéma, art. Théodoret de Cyre, en Dictionnaire de Spiritualité, T. 15, Paris, Beauchesne, 1991, cols. 418-435.

[2] Cf. Yvan Azéma, art. cit., col. 425.

[3] Cap. 30,5-8; SCh 257, pp. 244-251.